lunes, 4 de noviembre de 2019

Repoblación y Reconquista. Edad Media española

Libro de Cantigas de Alfonso X el Sabio.
Fuente: Wikimedia
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En efecto. Hoy hablaré de España y su Edad Media, más concretamente del proceso de repoblación y la Reconquista tras la invasión musulmana, aunque para entrar en situación hablaré también de la etapa visigoda, con la que haré una pequeña introducción.

La Edad Media es un período muy interesante en la historia europea, claro que ¡cómo para no serlo después de abarcar mil años! Supuso una transición lenta desde el estado esclavista que fue el Imperio romano, pasando por una primera etapa de reorganización de los embriones de nuevos estados: la gestación de la economía feudal, el resurgimiento de las ciudades, con ello la aparición de la burguesía y finalmente el fortalecimiento y centralización de las monarquías absolutas.

Todo esto ya lo hemos visto a través de diferentes capítulos en este canal, así que no me gustaría repetirme, ni estar continuamente aludiendo a tal o cual entrega. Pero, todo o casi todo lo tratado al respecto tenía allí un carácter amplio que intentaba abordar cada tema en su conjunto europeo y algunas veces mundial. Así que, deliberadamente, fui dejando una serie de aspectos concretos respecto a lo que fue pasando en la Península Ibérica, porque en ella se estaba viviendo una situación diferente a la que podía darse en el resto de Europa y en la Edad Media peninsular hubo particularidades que no se pueden dejar de lado.

Visigodos aparte, voy a centrarme en un proceso de repoblación que se fue produciendo desde Covadonga hasta Granada durante casi ochocientos años. Insisto en el término repoblación, porque es fundamental en la primera parte de esta historia, como explicaré más adelante.

Se habla de que los musulmanes invadieron e influyeron en Hispania durante ocho siglos, debido a la existencia de unas fronteras muy permeables a través de las cuales viajó el conocimiento, se forjaron lenguas romances y se gestaron identidades. Cierto es que no puede ser comparable la influencia musulmana en Cangas de Onís o Santiago de Compostela con la que hubo en Córdoba o Granada, pero ese debate lo dejo para sesudos eruditos, entre los que no me cuento.

Ochocientos años es mucho tiempo y da lugar a muchos cambios de todo tipo, así que cubrir bajo una misma etiqueta a todo lo que sucedió incurre, sin duda, en obviar situaciones muy distintas. Pero la Historia juega a eso, pone etiquetas globales a las que cuando les metes la más mínima lupa no se sostienen. Así que no meteremos esa lupa de los críticos y llamaremos Reconquista a lo que todos entendemos como tal. El término Reconquista es posible que sea tan artificial como por ejemplo también lo sean el término de Revolución Neolítica, que consistió en varios miles de años y no en todos los sitios, o la dudosa sensación de renovación cultural que pudo haber en mi pueblo durante la llamada Ilustración. Para acabar con esto, la Reconquista es un término que se ha distorsionado mucho en el pasado y que ha alimentado disputas de carácter politizado y creo que falsamente identitario en la actualidad. Durante la preparación de este episodio he encontrado de todo y he descartado aquellas interpretaciones que me ha parecido que intentan mirar al pasado desde los criterios del presente. Como me habréis oído decir en otras ocasiones, al margen de interpretaciones y valoraciones: lo que pasó, pasó.

Vayamos a lo cierto: tras un rápido avance de los musulmanes quedaron escasas zonas en manos de “decenas de asnos salvajes” (que fue lo que dijeron entonces los moros respecto a los cristianos). Está claro que hubo desinterés por estos rebeldes y los riscos en los que se protegían, así que no les mereció la pena luchar contra ellos. Craso error por su parte, porque esta panda de insurrectos fueron el origen de una resistencia que acabó, muy poco a poco, minando el terreno musulmán a favor del cristiano.

Quede claro que no pretendo igualar las pretensiones de aquellos astures y visigodos que, parece ser, se habían negado a pagar tributos a los moros con las que hubo en los ejércitos organizados que tomaron Granada, muchos siglos después. No creo que sea defendible que Pelayo pretendiera echar a los moros de España, me imagino que con echarlos de sus montes y no pagar impuestos ya le valía.

Se habla de una repoblación constante que hubo de arriba hacia abajo, pero no se puede defender en sentido estricto, porque supondría asumir que en algún momento la Península quedó vacía a la espera de que llegara gente desde el norte de ella para revitalizar campos y pastos. Más parece que, según pintaba la ocasión, existieron algunas zonas de frontera que se despoblaron en uno u otro sentido dando lugar a la incursión de colonos, probablemente en su mayoría cristianos, casi siempre de arriba a abajo. Esto de la despoblación fue un proceso asimétrico, porque en las ricas vegas del Tajo, Guadalquivir, Ebro y la España mediterránea la gente se agarraba a sus tierras y no las soltaban llegara quien llegara.

Existieron zonas de frontera con la característica de ser poco fértiles y por tanto dadas a ser despobladas, se las llamó extremaduras. Las hubo portuguesa, leonesa y castellana, pero para no liar el tema, salvo indicación en contra, cuando hable de Extremadura me referiré a la actual región conocida como tal.

Otro aspecto que creo que debe quedar claro antes de arrancar, es el falso mito de la tolerancia, tal como hoy la podemos entender. Nadie era tolerante en el siglo VIII, ni en los siguientes, en ningún sitio. Ni cristianos ni musulmanes lo eran, ni los judíos si hubieran podido. La tolerancia y con ello la convivencia fue fruto de la necesidad. Había que labrar campos, mantener oficios y cobrar impuestos. Eso hizo que la España mora, la rica, fuera más tolerante (al menos, económicamente hablando) que la paupérrima España cristiana, cuyas familias tenían bastante con comer y subsistir.

Voy a incurrir en anacronismos tremendos. Probablemente el mayor sea cuando hable de España. Me referiré a ella como un concepto geográfico, tal como lo tenían los romanos o los godos respecto a Hispania. Por tanto, salvo cuando lo cite expresamente, España irá de los Pirineos a Gibraltar pasando por la actual Portugal, la franja bizantina, la Marca Hispánica o Al-Ándalus, que por momentos ocupó una zona del norte de Marrruecos. No excluyo a Baleares y Canarias, pero estas entraron en la historia casi al final de este relato. En cualquier caso, el concepto de España como una identidad política única no se acuñó hasta poco después de acabar esta historia, por lo que queda fuera de lo visto hoy.

Tampoco quiero negar la identidad común que se fue fraguando durante este proceso. No creo que los personajes de la historia que voy a contar tuvieran conciencia de estar fraguando un ideal único, pero el caso es que lo hicieron. Cada cual, en función de su posición social tenía como referencia el clan, la villa, el señorío y como mucho, pero pocas veces, la comarca o el reino. Probablemente, como creo que podría ocurrir ahora, unían más los enemigos comunes que las amistades y si algo tuvo en común la Reconquista, fue la fe en uno y otro bando.

El apelativo de españoles nos lo pusieron los francos. Tiene su origen en el lemosín, un dialecto occitano del sur de Francia, donde se llamó españoles (spagnols o espanyols) a los cristianos del sur de los Pirineos que llegaron en oleadas huyendo de los moros. Era una identificación en genérico, igual que los cristianos llamaron francos a todos los que llegaban de más allá de los Pirineos para asentarse (especialmente en las villas que se fueron fraguando en torno al Camino de Santiago), o los musulmanes llamaron eslavos a todos los esclavos no musulmanes que importaban de cualquier parte al norte de su frontera.

El mismo anacronismo es extensible a reinos y condados que se fueron formando, especialmente Cataluña, por la que nombraré a una parte de la Marca Hispánica desde el principio. Por ello hablaré de Cataluña o, más propiamente de los condados catalanes. Cataluña y Aragón se unieron en el siglo XII, y es en esta época cuando se encuentra el primer documento (escrito por un poeta pisano, o sea, de Pisa, en Italia) en el que aparecen por primera vez las palabras “Cataluña” y “catalanes”. Esta fracción de la Marca Hispánica fue un jaleo de unificación de posesiones señoriales y disgregación por herencias que intentaré resumir cuando le llegue el turno.

Finalmente, al hablar de los reinos, condados o Al-Ándalus, cualquier foto fija que se intente hacer durante este período saldría movida y con bordes desdibujados. Movida porque las zonas de control efectivo de cada uno de ellos estaban en constante movimiento de arriba abajo (cristianos contra moros o viceversa) o de izquierda a derecha (cristianos contra cristianos o moros contra moros), en función de la última campaña militar que se fuera dando de año en año o de los movimientos de repoblación que fueron ocurriendo, muchas veces sin control político sobre ellos. Desdibujada porque en todas partes existieron conflictos respecto a comarcas limítrofes sobre las que unos y otros señores (fueran moros o cristianos) anduvieron mucho tiempo quitándose unos a otros.

Reconociendo el terreno de juego

Es un dato poco tenido en cuenta, pero España es la segunda nación europea con una orografía más difícil y una mayor altura media después de la minúscula Suiza, a pesar de ser también la segunda en extensión después de Francia, si excluimos a Rusia. González Enciso precisa que la Historia Económica tiene necesariamente, unos actores, las personas, y un escenario, el espacio físico, y concluye diciendo que los factores naturales nunca jugaron precisamente del lado español. Citando ahora a Tortella y Núñezel desarrollo económico es fruto de tres factores, la dotación de recursos físicos, el conocimiento disponible y las instituciones para regularlo. El caso fue que la mayoría de las innovaciones que se produjeron en la agricultura centroeuropea, en especial el arado pesado, de nada servían en las áridas tierras de las dos mesetas, con suelos secos, ásperos y poco profundos, muchas veces con la roca a flor de piel, a los que a duras penas se les podía arañar con el antiguo arado romano. Respecto a las instituciones, quizá aquí hubo un problema de decisiones que pudieron ser acertadas en su momento, pero por conflictos de intereses, no se cambiaron cuando habría hecho falta.

El clima español determina la fertilidad de su suelo y esto, a su vez, influye en la densidad demográfica. En rasgos generales podrían definirse tres zonas. La primera, al norte y noroeste, donde existe una estrecha franja lluviosa. En el extremo sureste se dan las mayores temperaturas y condiciones de extrema sequía. La mayoría de la península se caracteriza por temperaturas medias altas e inexistencia de un verdadero invierno, salvo en las zonas de interior de Castilla la Vieja. La pluviosidad tiende a ser baja durante todo el año y en especial, los veranos presentan condiciones de sequía extrema. En palabras de González y Matés si la Península forma parte del continente europeo por estar unida a él, no es fácil encuadrarla dentro de Europa desde un punto de vista físico, sobre todo si entendemos por Europa su parte históricamente más dinámica de caracteres atlánticos y centroeuropeos. Sin duda, la naturaleza ha situado a España en unas condiciones que obligan a tener éstas en cuenta a la hora de cualquier comparación.

Sólo en los valles de los ríos se daban las mejores condiciones de suelo agua y temperatura. Sarrailh, un hispanista francés, hablando del siglo XVIII decía que las regiones españolas se diferenciaban entre unas “pobres” y otras “bendecidas por la naturaleza”.

España además se divide en una serie de regiones naturales muy dispares, separadas por largas cadenas montañosas. En primer lugar, la pirenaica, que nos separa de Francia y que le vino muy bien a los francos para apoyarse en una barrera natural de contención de las oleadas sarracenas. A su izquierda se extienden otras que separan a la meseta interior del litoral. Estas cadenas fueron la tabla de salvación de la “resistencia” cristiana, que se apoyó en ellas, primero para resistir y luego para descolgarse hacia el sur, en una primera etapa que fue más un “sálvese quien pueda” que una reconquista más o menos organizada. Allí existían sustratos poco romanizados que fueron la base para la creación de incipientes condados cantábricos y pirenaicos.

Bajando hacia el sur, en el centro de la península, dividiendo ésta de oeste a este, existen otras que separan las mesetas norte y sur, a la vez que otras cortan a la primera más o menos en dos diagonales que la dividen en subregiones. Finalmente, separando la meseta sur de Andalucía, está Sierra Morena y más abajo la Subbética, que acabó protegiendo al reino de Granada.

En definitiva, un conglomerado de accidentes que dificultaban la comunicación entre zonas y que fue caldo de cultivo para el desarrollo de comunidades diversas que durante la Edad Media se constituyeron en puntos de referencia que había que ganar, uno a uno, según se bajaba en la reconquista y repoblación. Pero, además, influyeron en los ritmos de crecimiento de los primeros reinos a la vez que favorecieron la aparición de identidades regionales distintas y fragmentación política. Entre otras, la distinta evolución de las lenguas romances.

Un factor decisivo en la Reconquista fueron los ríos, que en España son cortos, poco caudalosos y con mucha pendiente, lo que los hace inviables para la comunicación fluvial. Sin embargo, decidieron de forma importante las zonas de asentamiento de los invasores, y fueron fronteras naturales (como en un avance de trincheras) que hubo que ir ganando paso a paso. Por eso, Duero, Ebro, Tajo, Guadalquivir, Turia, Segura, Guadiana, Guadalete y otros, fueron hitos en la subida, posterior resistencia y finalmente bajada de la evolución de las fronteras.

El reino visigodo

No se puede entender el vertiginoso avance de los moros, que en cuatro años se hicieron con casi todo el territorio peninsular, si no se explica por qué vinieron y qué encontraron. Y lo que encontraron fue el reino visigodo en una situación calamitosa, aunque gobernando, al menos en apariencia, una unidad política que era España, la antigua Hispania romana.
Los visigodos eran de origen germano, entraron en España y parte de Francia por “encargo” de un Imperio romano que estaba dando sus últimos coletazos. Tenían su capital en Tolosa (la Toulouse francesa) dominaban aproximadamente la mitad de la Galia, en competencia con los francos y en España hacían lo que podían, en competición también con vándalos suevos y alanos.

En España, con un Imperio descompuesto, la población que encontraron podía considerarse hispanorromana, homogénea después de siglos de convivencia durante el Imperio, que mantenía una cohesión en torno a la religión católica y la estructura de la Iglesia, heredera y réplica de la antigua estructura imperial, a través de las diócesis y sus obispos. Así que, cuando fueron entrando los visigodos, nadie lo cuestionó, viniendo como venían en nombre del Imperio.

Unos cincuenta años después de esta entrada en Hispania, tímida al principio, el Imperio romano se había desmoronado y los francos se habían hecho fuertes en las tierras galas, donde arrasaron a los visigodos, a los que empujaron a atravesar masivamente la frontera pirenaica para refugiarse aquí. Fue en este momento cuando los visigodos tuvieron que empezar a poner su atención en España, porque era lo único que les quedaba.

Se calcula que en total, entraron poco más de 200.000 visigodos en España, que se encontraron con una población hispanorromana de entre seis y siete millones de habitantes. La diferencia entre unos y otros era que los nuevos vecinos estaban organizados militar y políticamente, mientras los que ya estaban aquí se dedicaban a sobrevivir en una situación de desgobierno, así que los godos recién llegados no encontraron ningún problema para asentarse y dominar la situación, y no se buscaron líos. Ellos eran arrianos, una corriente del cristianismo que había sido condenada como herejía en el concilio de Nicea, pero al menos al principio, dejaron pasar el tema, permitieron la libertad de culto y superpusieron su estructura de diócesis a la preexistente. Su objetivo era ejercer el poder político sin alterar el orden social, establecerse en enclaves aislados para cultivar o pastorear y obtener impuestos de los hispanorromanos. Un dato relevante sobre el que volveré consiste en señalar que una de las zonas de mayor asentamiento de los visigodos fue en los llamados Campos Góticos, la actual Tierra de Campos, que ocupa parte de las actuales provincias de Palencia, Valladolid, León y Zamora.

Por resumir, a partir de ese momento, en poco menos de 300 años, los visigodos consiguieron una serie de logros en los que se basó su herencia y en los que más tarde se apoyó el reino asturleonés para intentar legitimar su autoridad como sucesor legítimo con derecho a ser un primus inter pares de los demás reinos peninsulares que poco a poco se irían formando.

Ésta probablemente sea una de las principales críticas al término Reconquista que he encontrado, porque se dice que los “reconquistadores” eran diferentes a los previamente “conquistados”. Pero, si nos olvidamos de reyes y nobles, los verdaderos reconquistadores fueron campesinos y soldados que ganaron metro a metro unos territorios basándose en una unidad religiosa, los mandase quien los mandase. Si los reyes no provenían de una antigua unidad visigótica, sí que eran herederos de esta sociedad los hijos, nietos, etcétera que empezaron a tirar para abajo desde muy pronto.

Pero volvamos a los logros visigóticos: el primero fue que lejos de intentar imponer su cultura y sus hábitos hicieron lo contrario, absorber lo que encontraron y a poco de llegar ya se habían romanizado, constituyendo una prolongación de la presencia romana en la Península. De hecho, hay quien sostiene que la Edad Media no entró definitivamente en España hasta que no desapareció el reino visigodo a manos de los musulmanes.

El siguiente logro fue la unificación política de la península, que a los visigodos les llevó casi cien años. Primero domeñar a los suevos en Galicia y astures, cántabros y vascones al norte y finalmente los bizantinos en el sur, que hasta entonces dominaban una amplia cinta territorial que se extendía desde el margen sur del río Guadalete, en la bahía de Cádiz, hasta el norte de Cartagena, con capital en Córdoba. Una vez conquistado, éste fue el origen del ducado de la Bética, que ocasionó algún problema que otro a la estabilidad del reino. Por cierto, respecto a la dominación de los clanes del norte, cojámoslo con pinzas, porque fue una zona de conflictos constantes y un refugio para disidentes de principio a fin de la etapa visigoda, que resultó decisiva en la continuación de esta historia.
De los treinta y tres reyes godos que se conocen, me voy a fijar en muy pocos. En primer lugar, hablaré de Leovigildo y sus hijos, Hermenegildo y Recaredo.

Leovigildo fue el monarca que decidió establecer la capitalidad de su reino en Toledo y logró la unificación política peninsular. Se dice que Leovigildo sólo tuvo un año de paz en un reinado de quince, que aprovechó para fundar una ciudad en la Meseta, llamada Recópolis en honor a Recaredo, el hijo menor del rey. Recópolis estaba al lado de Zorita de los Canes, en la provincia de Guadalajara y sus restos son visitables.

Otro de los éxitos de Leovigildo fue legislar para mitigar la situación de apartheid en la que vivían los católicos y así, se abolió la prohibición de los matrimonios mixtos entre la fe arriana y la romana. Siendo justos, esto no fue una regla que impusieron los godos, sino la continuación de la legislación romana que pretendía que sus ciudadanos no se uniesen a intereses extranjeros. Los godos no hicieron sino adoptarla.

Donde Leovigildo probablemente se equivocó fue al intentar nadar contra corriente de una realidad religiosa que se estaba dando en su reino. Él era arriano ferviente y tenía clara la importancia de una unidad religiosa entre sus súbditos, durante su etapa en la Corona se recrudecieron las condiciones de trato a los católicos. Pero España era entonces una isla arriana entre un mar católico: los francos al norte y los bizantinos al sur, en una sociedad que se convertía en secreto, en todas las clases sociales.

Lo peor sucedió cuando Leovigildo envió a su hijo Hermenegildo como duque de la Bética a Sevilla, una región recién ganada a los bizantinos con una mayoría abismal de católicos. A poco de llegar, Hermenegildo se convirtió al catolicismo. Se dice que animado por el obispo Leandro, tío del también obispo Isidoro. Probablemente fuera por intentar hacerse dueño de una situación social que parecía irreversible, porque a continuación se proclamó rey independiente de la Bética, sin reconocer más autoridad que la propia.

Leovigildo no reaccionó con rapidez porque los vascones no dejaban de crear problemas en el norte, pero a poco que pudo, enfiló al sur y, ciudad por ciudad, destrozó las ambiciones de su hijo, algunas veces mediante batallas sangrientas. El caso es que Hermenegildo fue apresado y tras un breve cautiverio le cortaron la cabeza. No se sabe si la orden la dio el padre o su hermano Recaredo. En cualquier caso, el martirologio cristiano ganó un nuevo santo.

A la muerte de Leovigildo le sucedió su hijo Recaredo, en medio de continuas luchas palatinas. Recaredo demostró ser más práctico que su padre y a poco de llegar al trono convocó en concilio a todos los obispos, arrianos y católicos, para comunicarles que él y su familia se convertían al catolicismo. A continuación, comenzó a otorgar privilegios y propiedades a los obispos católicos en desfavor de los arrianos y el resultado no se hizo esperar, la mayoría de los obispos arrianos abrazaron el catolicismo. Con esto ya tenemos una segunda unificación: a la política de Leovigildo siguió la religiosa de Recaredo.

Unos sesenta años después de la muerte de Recaredo, llegó al poder un octogenario llamado Chindasvinto, que impuso un régimen de terror e hizo corregente a su hijo Recesvinto. Entre ambos acometieron una reforma que se plasmó en el Liber Iudiciorum, único texto legal que unía a todos: hispanorromanos y godos, sin distinción, bajo una misma ley.

Fin del proceso, España ya está unida en una lengua (el latín), una religión (el cristianismo romano), una ley (el Liber Iudiciorum) y un soberano (el rey visigodo que aguantara lo suficiente en el cargo). Estamos a sesenta años de la hora cero.

Pero quedaban flecos importantes sin resolver en el reino visigodo. Por un lado, el religioso, con una nutrida comunidad judía que fue perseguida con ahínco de principio a fin de sus casi tres siglos de existencia. La misma reforma legal de Recesvinto, a la vez que igualaba a las comunidades hispanorromanas y visigodas, establecía medidas más segregacionistas hacia los judíos. La situación visigótica frente a los judíos llegó a parecerse mucho a una política aniquilacionista.

El problema más importante, la aparente fortaleza del Estado, no era tal. La tradición germánica consideraba a los reyes como personas electas entre los nobles guerreros que debían elegirlos, esto supuso una constante lucha de poder entre familias que se revelaban constantemente para deponer al rey de turno.

Ser rey visigodo era una profesión de altísimo riesgo. Uno de cada dos murió asesinado, algunos de ellos en sus primeras semanas, o días, de ejercicio del cargo. Mientras, los siervos, sometidos a un régimen prácticamente esclavista bajo señores de la guerra, vivían en un estado de hambre, sufrimiento y miseria, por lo que la cohesión social no existía. No hablemos de la comunidad judía, perseguida con rigor extremo. Pasara lo que pasara, los siervos seguían siendo siervos y los señores, salvo deceso brusco, señores.

En definitiva, mientras los reyes o señores vivían peleando entre ellos para ver qué clan mandaba, nadie se ocupó de lo que sucedía más abajo, entre las clases populares.

Y en eso murió Witiza, el penúltimo rey godo, o quizá el último, porque lo de Rodrigo fue toda una impostura, más propia de un golpe de estado que de un acuerdo a la antigua usanza. Pero bueno, esto venía siendo lo habitual desde siempre.

A la muerte de Witiza, Rodrigo era duque de la Bética y con la fuerza de algunos señores de la guerra, que le apoyaron, se proclamó rey. Mientras, otros señores, llamémosles witizanos, apostaban por elegir reyes entre los herederos de la prole de Witiza. Los witizanos controlaban norte y este, mientras Rodrigo lo hacía en oeste y sur.

La situación entre la población era de continua guerra civil y hambrunas, cómo no, unidas a una situación impositiva sofocante debida a la presión de los señores de la guerra que necesitaban ingresos para pagar sus litigios, fueran witizanos o de Rodrigo. Una de las consecuencias del desbarajuste visigodo fue la aparición de una España ruralizada en la que prácticamente desaparecieron las principales ciudades en las que nadie estaba seguro y todos preferían huir al campo.

Y en eso, los witizanos llamaron a los moros, para que les ayudaran a echar abajo el proyecto de Rodrigo y para que les apoyaran en su ascenso al poder. Lo suyo fue un llamamiento suicida, como todos sabemos. Los enemigos de Rodrigo fueron los tontos útiles de esta historia.

Con todo, el reino visigodo que estaba a punto de desaparecer con una rapidez inesperada cumplió una misión histórica importante: creó una idea de unidad política peninsular y preservó la herencia de Roma. Cuando su Estado se desmoronó, su legado no desapareció por completo y en buena medida inspiró a los reinos cristianos que le sucedieron.

Creación, consolidación y descomposición de Al-Ándalus (711-1031)

Resumiendo lo anterior, lo que estaban a punto de encontrarse las tropas musulmanas era una sociedad desestructurada con una élite guerrera disociada en dos bandos irreconciliables, una parte de la cual no dudaba en unirse a los invasores para destruir a la otra. El campesinado, hundido a impuestos, no sentía el más mínimo afecto por sus señores y gran parte de él vería el cambio de poder como una guerra que no iba con ellos. Los judíos, perseguidos con extrema dureza, tenían muy claro de qué parte ponerse y apoyaron sin dudarlo a los invasores.

Para acabar de rematar la situación, existía un sustrato visigodo que, a pesar de haberse convertido al catolicismo “por decreto”, provenía de una tradición arriana de base monoteísta que no veía claro eso de la santísima trinidad, y que no tuvo problemas para convertirse al islam, también monoteísta, que reconocía sus mismos libros, aunque añadiera otros. Los musulmanes, en sus arengas, calificaban a los cristianos como asnos politeístas.

Sólo noventa años después de la Hégira que realizó Mahoma desde La Meca a Medina, sucedió que en 711 entraron en España 7.000 musulmanes, la mayoría bereberes. La tropa la enviaba Muza, el emir de Ifriquiya (la actual Túnez) y la comandaba su lugarteniente, Tarik. Poco después llegaron 5.000 más y el propio Muza apareció un año más tarde con otros 18.000 guerreros, esta vez de mayoría árabe. En total, estamos hablando de 30.000 invasores en los dos primeros años de invasión.

Se calcula que en todo el siglo VIII entraron en España unos 60.000 colonos musulmanes, entre árabes, bereberes, egipcios y sirios. Obsérvese que son menos de la tercera parte de lo que en su día fue la inmigración visigoda y por ello, es de suponer que la población de Al-Ándalus era abrumadoramente de origen hispano y que otra minoría, la visigoda, al menos los triplicaba en número.

No era la primera vez que los musulmanes habían hecho intentos de incursión en España, pero no tan serios como ahora, que se producía en un momento mucho más complicado para los godos. En realidad, habría sido sólo cuestión de tiempo que el islam intentara entrar en la península, dada la fase expansiva en la que estaba. Otra cosa es que la situación actual fuera especialmente crítica y favorable a la invasión.

Así que Tarik y sus tropas atravesaron el Estrecho gracias a la ayuda del witizano don Julián, señor de Ceuta. Cuando le llegó la noticia al rey Rodrigo, éste se hallaba en el norte, intentando apaciguar a la indomable gente de allí. Dejó el asunto del norte para más tarde y se encaminó hacia el sur, donde su ejército se enfrentó al de Tarik en alguna zona cercana al río Guadalete, donde los godos fueron vencidos y el propio rey parece que murió. Dice la tradición que Rodrigo fue traicionado en plena batalla por parte de sus huestes, lo cual no es de extrañar, porque seguro que había contactos entre Tarik y los witizanos que acompañaban a Rodrigo.

Los nobles que sobrevivieron a la batalla y otros que viéndolas venir no quisieron quedarse por allí, huyeron rumbo a dos destinos. Unos a la zona narbonense, en Francia, y otros a las montañas del norte. De nuevo, la tradición dice que Pelayo, un noble visigodo, llegó a este último destino.

Sobre Pelayo existen versiones opuestas. Unos dicen que era espadero del rey (cargo muy importante, porque era el responsable de guardar y cuidar sus armas). Otros incluso afirman que el rey y él eran primos hermanos. Todos éstos dan por segura la participación de Pelayo en Guadalete. Sin embargo, hay quien afirma que ni Pelayo era godo ni estuvo en la batalla y que la tradición lo ubica como noble visigodo para legitimar el concepto de Reconquista. Incluso, hay quien pone en duda que existiera. Tendréis que perdonarme, pero a mí, esta parte de la microhistoria me parece poco interesante, así que no abundaré más en ello.

Sea como fuere, el incidente de Covadonga es indiscutible porque se recoge, con versiones distintas, tanto en las crónicas árabes como cristianas y el caudillo de los cristianos, se llamara como se llamara, ha pasado a la historia como Pelayo.

Volviendo al avance moro por la Península, éste fue un auténtico paseo, con algunas escaramuzas militares, o las más de las veces, pactando condiciones de rendimiento de las ciudades y de colaboración con los nobles. Por ejemplo, en Murcia, su príncipe Teodomiro negoció conservar sus privilegios, sus tierras y su fe a cambio de someterse, su familia adoptó el nombre de Tudmir. En Navarra, los descendientes del conde Casio se convirtieron, y su linaje adoptó el nombre de los Beni Qasi que dominaron Tudela y más tarde Zaragoza. Todos ellos apoyaron militarmente a los ejércitos de Muza y compartieron batallas gloria y botines con ellos.

Hacia 715 casi toda la península había cedido a la invasión, con excepción de parte de la zona gallega y asturiana, que se estaba recomponiendo. En una fecha que bien pudo ser 722, en Covadonga, se produce el primer altercado documentado en el que los moros son repelidos. Parece que los musulmanes tenían poco interés por esa zona, porque si hubieran querido, tenían fuerza militar para al menos, reducir los restos de disidencia.

En realidad, los invasores estaban más interesados en pasar a Francia para encontrar tierras más ricas y nuevos botines, y dejaron a un lado un grupo de aldeas montañesas sin interés en una zona agreste difícil de dominar. Así que se enfilaron hacia la Galia Narbonense con cierto éxito al principio, hasta que en 732 se encontraron con Carlos Martel, en Poitiers, que los frenó en seco y que en sucesivos años los fue expulsando del territorio galo.

En Al-Ándalus, los conquistadores habían establecido su primera capital en Sevilla, pero en 717 la trasladaron a Córdoba. Los gobernadores de Sevilla y luego Córdoba dependían del emirato de Ifriquiya, con capital en Cairuán, que a su vez dependía del califato Omeya de Damasco al que le faltaba poco para desaparecer. Por su parte, Tarik y Muza cayeron en desgracia ante el Califa dos o tres años después de su entrada en España. Cuando partieron a Damasco para hacerse perdonar (objetivo que no lograron) dejaron el gobierno andalusí en manos de Abdelaziz, hijo de Muza, que se había casado con la viuda de Rodrigo. De él se dijo que se había convertido al cristianismo y fuera o no cierto, acabó siendo asesinado dos años después y para certificarlo, su cabeza fue enviada a Damasco. Como vamos a ir viendo, las cosas no andaban tranquilas en el bando invasor.

Desde un principio, el revoltijo social que se produjo en la zona mora era importante. Los invasores eran una mayoría bereber y una minoría árabe, pero los árabes eran los que cortaban el bacalao y los bereberes andaban bastante descontentos con ello. A pesar de que los musulmanes eran los que dominaban, la mayor parte de la población era mozárabe (cristianos no conversos al islam) a los que se les permitió continuar labrando sus campos por una razón básica, hacían falta brazos para trabajar las tierras y los invasores no tenían ninguna vocación de labradores, se contentaban con vivir de los impuestos cobrados. A continuación, estaban los cristianos conversos, a los que se llamó muladíes, unos lo hicieron por conveniencia, por que se les cobraba menos impuestos que a los mozárabes, otros igual lo hicieron por convencimiento. En cualquier caso, los muladíes eran mirados con recelo por los musulmanes y con desprecio por los cristianos. Finalmente estaban los judíos, vistos con desprecio por todos, porque los judíos no tardaron en comprobar que la aparente tolerancia prometida inicialmente, no fue tal.

Por si se pueden complicar más las cosas, hay que tener en cuenta que los árabes eran procedentes de clanes familiares desde su origen, en Arabia, así que también entre ellos había rencillas. Por otro lado, estaban las ciudades que habían pactado su entrega o los señores que se habían convertido a cambio de autonomía, como los Beni Qasi de Tudela o los Tudmir de Murcia. También obtuvieron privilegios ciudades importantes como Toledo o Mérida. A esto hay que sumarle un territorio conquistado en el que las comunicaciones eran difíciles y con ello se obtiene un mapa político en el que cada cual hacía lo que le daba la gana. Que era a su vez lo que hacían los gobernadores peninsulares respecto al emirato de Ifriquiya y a su vez, Ifriquiya respecto a Damasco.

Aunque al principio los recién llegados no vinieran a cambiar tierras de mano, sino a someterlas vía impuestos, sucedió que muchos labradores huyeron y quedaron tierras abandonadas que se repartieron entre los invasores, pero con distinto criterio. Los árabes, que se consideraban creyentes “pata negra” de primera generación, recibieron las mejores tierras y a los bereberes, casi recién convertidos, se les dio las zonas más pobres. Así, los árabes se asentaron en las vegas fértiles y a los bereberes se les entregaron tierras peores en las mesetas y algunas zonas del noroeste. Descontentos los magrebíes, muchos volvieron a África, pero los que quedaron decidieron plantar cara a los árabes, desembocando la cuestión en una situación de guerra civil a la que se sumaban revueltas de mozárabes, muladíes o señores de ciudades importantes.

Para solucionar el conflicto, el visir de Córdoba llamó a tropas sirias que, en efecto, llegaron y aplacaron la situación en gran medida, pero sucedió que a alguien se le olvidó pagarles. Ya se sabe lo que pasa cuando no le pagas a un ejército mercenario, así que los sirios depusieron al visir árabe e impusieron a su jefe sirio con la intención de quedarse. El cual, para no ser menos, favoreció a esta comunidad, la siria, frente a árabes y bereberes. Con esto añadimos un punto más de complicación a la estructura social.

Mientras tanto, en el califato de Damasco, iba a suceder un hecho que por pura carambola iba a cambiar las cosas en la realidad andalusí. Los Abasíes iban a deponer y asesinar a la familia Omeya para establecer el nuevo Califato, cuya capital trasladaron a Bagdad. De aquella carnicería en 750 no se salvó casi ninguno, incluso se dice que sólo se salvo uno, llamado Abderramán, que huyó para refugiarse lo más lejos que pudo, que fue España, donde llegó a las costas orientales andaluzas cinco años después y fue protegido y ayudado por clientes de su extinta familia. Un año después de su llegada entraba en Córdoba y gracias a sus apoyos y no poca inteligencia política, se proclamó Emir independiente, tanto de Túnez como de Bagdad, adoptando el nombre de Abderramán I. Con esto reconocía el poder religioso proveniente de Bagdad, pero conservaba el poder político para él.

Abderramán I intensificó el proceso de islamización y ejerció un mayor poder político. Esto supuso muchas revueltas de la población y la aparición de poderes autónomos, algunos muy extensos, que nominalmente se sometieron a él, pero que de facto eran auténticas satrapías. Con esto se inició un proceso de feudalización dentro del propio emirato.

La proclamación de independencia no solucionó el mal endémico de Al-Ándalus. Los árabes estaban enfrentados entre los qaysíes, procedentes del norte de Arabia y los yemeníes, que venían del sur. Continuaban las disputas entre los árabes, que habían venido antes y los sirios, que llegaron después. Los bereberes seguían reclamando mejores asentamientos, los muladíes se sentían discriminados a pesar de su conversión. Los mozárabes, a pesar de pagar un tributo adicional no obtenían nada. Los judíos eran cada vez peor tratados y comprobaban que no se había valorado en nada su ayuda y para remate, ciudades como Mérida, Toledo o Zaragoza estaban fuera del control cordobés. Las revueltas, levantamientos y traiciones fueron una constante tanto del emirato como del califato, y hacían previsible el final que se tuvo.

Abderramán I, ante estas dificultades, armó un ejército de mercenarios para sofocar las luchas tribales, renunció a las tierras más allá del Duero donde prefirió crear una tierra de nadie vigilada de cerca por las tres marcas fronterizas de Mérida, Toledo y Zaragoza (inmensas en extensión, no las comparemos con las denominaciones actuales y sobre las que recomiendo, una vez más, ver los mapas). Para financiar su proyecto sin crear malestar subiendo los impuestos, Abderramán confiscó los bienes de funcionarios desleales y realizó incursiones de rapiña a los incipientes territorios cristianos, donde arrasaba con los pocos bienes que tenían y obtenía esclavos que poder vender o con los que pagar a la tropa.

Sucesor tras sucesor, el emirato se fue consolidando en lo aparente, pero seguía cimentado sobre una base insegura. A mediados del siglo IX hubo episodios de malas cosechas, epidemias, abuso de la administración, aumento de la presión fiscal, ambiciones independentistas de las marcas fronterizas que dieron lugar a rebeliones y supusieron el inicio de una alternativa política al emirato.

En Zaragoza, un Beni Qasi se autoproclamó Tercer rey de España (detrás del cordobés y el asturiano) situación que se prolongó durante más de veinte años ante la incapacidad del Emirato para evitarlo. Se produjeron situaciones parecidas en Mérida y Sevilla, aunque más breves. En Bobastro, un pueblo de la Sierra norte de Málaga, surgió una figura que constituye uno de los personajes más singulares de la historia de Al-Ándalus. Su nombre es Omar ben Hafsún, un muladí que entre él y sus sucesores levantó en rebeldía toda la zona durante un período de casi cuarenta años. Su proyecto era convertirse en emir de una península libre de la dominación árabe. Cometió al final un grave error, porque se convirtió al cristianismo y esto lo debilitó políticamente. A pesar de ello, durante el tiempo que se mantuvo en pie, fue el peor dolor de cabeza del emirato tardío y el comienzo del Califato.

En el norte, las cosas no habían ido mejor. Mientras al oeste el reino asturleonés ya empezaba a consolidarse y a desplazarse hacia Galicia y el Duero, al este, más allá de los Pirineos, la nueva dinastía carolingia fundada por Carlos Martel tuvo la suficiente fuerza como para invertir las tornas y ser ellos los que ahora realizaban incursiones contra los moros. Veremos más tarde la formación de la Marca Hispánica.

Al arrancar el siglo X el emirato no se las prometía felices. Su control político no llegaba más allá de los arrabales cordobeses, la economía era un desastre y la unidad política sólo una entelequia. A los enemigos del norte se les añadió una amenaza en el sur, los fatimíes, de creencia chií, que se independizaron del Bagdad suní y se proclamaron califato paralelo, con pretensiones de extender sus dominios a este lado del estrecho. Recordemos que el emirato Omeya cordobés pertenecía a la rama suní.

Entonces sucedió un golpe de suerte para la España musulmana, porque irrumpió en su historia un personaje decisivo para ella, un jovencísimo Abderramán III.

El joven Abderramán tuvo claro desde que subió al poder que este Estado, sumido en interminables querellas internas, con una orografía que hacía muy difíciles las comunicaciones y muy fáciles las diferencias tribales sólo podía dominarse por la fuerza mediante un ejército independiente y ajeno a las oligarquías dominantes, así que, como primera medida, reforzó su ejército con esclavos eslavos. Hay que aclarar que los musulmanes llamaban eslavos a todos los esclavos traídos de Centroeuropa e incluso los reinos cristianos del norte, vinieran de donde vinieran. Estos eslavos no conocían el idioma ni eran dados a confraternizar con el resto de la población, que les llamaba los mudos porque, por razones obvias, no se hablaban con nadie. Para el futuro, parte de estos eslavos fueron libertos y llegaron a ser una fuerza militar de primer orden con sus propios generales, lo cual acabó constituyendo otro punto de complejidad al variopinto entramado social, militar y político del califato.

Para hacernos una idea, se calcula que en este momento la población cristiana andalusí era el 70% del total, reprimida en su libertad religiosa, obligada a pagar tributos para mantener su fe. Del 30% restante, la gran mayoría eran muladíes.

Con su flamante ejército eslavo, Abderramán III sometió a los gobernadores díscolos y a lo poco que quedaba del movimiento iniciado por Ben Hafsún. Subió luego al norte y derrotó a un ejército conjunto de leoneses y navarros en Valdejunquera, a unos 25 kilómetros al sur de Pamplona, con lo que contuvo las molestas inclusiones cristianas hacia el sur y reanudó las habituales de los moros hacia el norte.

Gracias a sus campañas militares y una exitosa actividad política, Abderramán III logró anular la actividad de todos los reinos cristianos vía tributos, llamados parias, que regularmente le llegaban desde León, Navarra, Castilla y Barcelona. Gracias a ello, se consolidó el Estado andalusí que quedó dividido administrativamente en las tres marcas fronterizas, ahora bajo control, y una veintena de provincias puestas en manos de gobernadores leales. Por fin la economía se desperezó y los impuestos que se generaron fruto de su actividad, más las parias cristianas, hicieron que las arcas cordobesas se empezaran a llenar.

Una vez estabilizado lo interior y anulada la amenaza cristiana del norte, quedaba la parte más difícil, al sur. Había que contener la amenaza del califato fatimí que en estos momentos dominaba de Egipto hasta Túnez, con vocación de extenderse a Marruecos y subir luego a la península. Marruecos era por tanto la retaguardia andalusí donde había que actuar y rápido, era importante porque además, a través de allí llegaba el oro sudanés, imprescindible para nutrir la economía del emirato. Para reforzar su autoridad allí y conjurar la amenaza, no encontró otra solución que autoproclamarse él también Califa, y es lo que hizo en 929.

Tras casi cincuenta años de ejercicio de poder entre emir y califa, a la muerte de Abderramán le sucedió su hijo Alhakén y a este otro Hixén, nieto del primero. Lo que vino después fue pura filfa, como veremos dentro de poco.

Creo que Alhakén está bien traído a esta historia porque, más dado a la lectura que a la guerra, su reinado de quince años constituyó el culmen de la edad de oro de la cultura cordobesa. Otra cosa fue su hijo Hixén, que llegó al trono con once años y fue toda su vida un muñeco en manos de Almanzor y sus hijos, bien dopado por estos hasta sus casi cincuenta años a base de juergas, alcohol y lo que hiciera falta, sin la más mínima preocupación por la situación del califato que para eso ya estaba la llamada dinastía amirí, que fueron Almanzor y sus dos hijos vivos, porque al tercero lo mató.

Hablar de la Reconquista sin hablar de Almanzor se quedaría corto. Es cierto que Abderramán III supuso en su momento un punto de inflexión que invirtió las tornas de un emirato que no ganaba un partido a un califato que tenía sojuzgados a todos los reinos cristianos de la Península en aquel momento, pero a Abderramán, de alguna manera, se le pudieron parar los pies en la batalla de Simancas.

Pero lo de Almanzor fue otra cosa, algo sin precedentes, porque es difícil saber si se le tenía más miedo en la España cristiana o en la mora. Fue un arribista que desde posiciones administrativas modestas acabó influyendo y luego siendo amante de la madre de Hixén. Para ello buscó apoyos en personas influyentes a las que luego fue asesinando sistemáticamente, desde su mentor en la corte, a su suegro, o incluso uno de sus propios hijos, que había huido del régimen de terror impuesto por el padre.

La política impuesta por Almanzor fue aislar a un Califa marioneta, Hixén, y ganarse al sector reaccionario del islam, los alfaquíes, intérpretes de la ley coránica. Para ello, promovió la quema de muchos de los libros almacenados en las bibliotecas creadas por Alhakén.

El siguiente paso de Almanzor fue reforzar el ejército, que hasta ahora estaba constituido por dos facciones: por un lado, muladíes y árabes, por otro, eslavos. A ello sumó una recluta de bereberes e incluso mercenarios cristianos. Esto le permitió lanzar casi sesenta expediciones de castigo en los 24 años que Almanzor dominó la península. Se dice que tal era la afluencia de esclavas que traía a Córdoba, que los notables de la ciudad le llegaron a pedir que no trajera más, porque las mujeres cordobesas encontraban serios problemas para encontrar marido.

El régimen de Almanzor en Al-Ándalus fue una auténtica tiranía militar y sangrienta, eliminó a todos sus enemigos a la vez que arrasó uno por uno todos los reinos cristianos. Si llega a vivir diez años más es impensable lo que habría quedado más allá de sus fronteras Sus expediciones eran de saqueo y castigo porque, igual que sucedió con Abderramán III, las fronteras no se movieron de su sitio. Nunca fueron expediciones de repoblación, entre otras cosas, para repoblar habría necesitado una población mora numerosa y pacífica, que no existía.

Almanzor fue un verdadero azote. Saqueó ciudades como León, Pamplona, Barcelona o incluso Santiago de Compostela, cuyas campanas fueron llevadas a Córdoba.

Muerto Almanzor de forma repentina en 1002, le sucedió su hijo Malik, que intentó dar continuidad a las prácticas de su padre con la misma brutalidad, pero sin el respeto (llamémosle temor) que su padre tenía entre sus correligionarios. Sufrió varios atentados y murió seis años después, probablemente envenenado.

Entonces llegó el segundo hijo de Almanzor, Abderramán, llamado Sanchuelo por las crónicas debido a su extremado parecido físico con su abuelo, el rey Sancho de Navarra, que en su momento, para congraciarse con Almanzor le entregó a su hija como esposa. Sanchuelo era un auténtico bandarra que hizo justo lo que se esperaba de él, había sido el mejor compañero de juergas de Hixén. En primer lugar, se proclamó descendiente de su amigo el Califa y luego, en pleno invierno, organizó una expedición de castigo al norte con el objetivo de lograr alguna victoria militar que le reforzara en su discutido cargo. Para ello dirigía un ejército formado por tres grupos étnicos entre los que había de todo menos unidad. Estaban los árabes y muladíes, por un lado, los eslavos por otro y finalmente los únicos que le eran relativamente fieles, los bereberes.

Poco antes de salir de Córdoba, Sanchuelo había proclamado un edicto según el cual la nobleza árabe debía vestir al uso bereber, cosa que encendió todo tipo de rencores. Lo que sucedió entonces fue que cuando las tropas que iban al norte abandonaron la capital, incluidos todos los soldados bereberes, un biznieto de Abderramán III depuso a Hixen y se proclamó califa. Iba Sanchuelo por Toledo cuando se enteró y decidió volver, pero el asunto ya había explotado y dos terceras partes del ejército se rebeló. Sanchuelo fue decapitado antes de llegar a Córdoba y a menos de un año de llegar al poder.

Lo que sucedió a continuación es lo que venía previéndose desde que los musulmanes ocuparon España. Todas las diferencias emergieron y el decadente califato, sólo siete años después de haber amenazado la existencia de los reinos cristianos, cayó en pocos días.
Sucedieron 20 años de guerra civil a varios bandos, cada facción luchando contra las otras. Se autoproclamaron veinte Califas de los cuales, algunos tuvieron suerte y salvaron la vida retirándose de emires de uno u otro reino de taifas hasta que, finalmente, en 1031, una asamblea de notables, en Córdoba, decidió extinguir un califato que hacía más de veinte años que no existía. A estas alturas, las treinta ciudades más importantes tenían ya gobierno propio. Han nacido los reinos de taifas y con ello la inexorable agonía de la España musulmana, no sin dar entre medias un par de sustos, primero con los almorávides y luego con los almohades.

Se achaca a Almanzor la decadencia y muerte del califato cordobés porque, tras sus innegables éxitos militares contra los reinos cristianos, ejerció un poder absoluto y sangriento en el interior que no hizo más que fomentar las divisiones internas. Él y su dinastía fueron una dictadura militar que, de facto, había matado al califato desde que Almanzor inició su período de terror. Así que ya no el califato, sino la dinastía amirí, cayó como siempre caen las dictaduras militares, de un día para otro.

Las taifas se agruparon según los mismos criterios étnicos que existían en el ejército. En primer lugar, los bereberes predominan en el sur, desde el Guadalquivir hasta Granada. En segundo término, los caudillos eslavos prefirieron dirigirse a las costas levantinas. Finalmente, las fuerzas propiamente andalusíes se repartieron la zona entre el Guadalquivir y la frontera norte.

Algunos de los nuevos reinos fueron aparentemente viables por su extensión, recursos y tradición de autogobierno, como son las viejas marcas de Badajoz, Toledo y Zaragoza o la díscola Sevilla. El resto estaban llamadas a desaparecer. De todas maneras, ninguna de ellas tenía capacidad de asegurar su independencia por las armas y pronto tendrán que empezar a comprar la paz con unas parias que ahora pagaban ellos, en vez de cobrarlas.

… Pero ahora toca contar la historia desde el otro lado.

Repoblación por presura y reconquista bajo la superioridad mora (711-1031)

Esta primera etapa de la Reconquista fue heroica y definitiva en lo que sucedió después, por ello me extenderé más en ella que en las próximas. Es sorprendente que desde unos reductos minúsculos pudieran consolidarse, paso a paso, amplias zonas bajo el control cristiano. El desbarajuste que había en la zona mora seguro que tuvo parte del mérito, también hubo conquistas militares importantes por los cristianos, pero quizás la principal protagonista de esta primera etapa fuera la conocida como repoblación por presura, que veremos a continuación, cuando repasemos una a una las diferentes zonas que se fueron consolidando.

Reino Asturleonés y condado de Castilla

En la batalla de Guadalete desapareció el Estado visigodo. Su aparato administrativo quedó reducido a la nada y lo sustituyó el caos. Sólo salvaron la situación aquellas ciudades y nobles que pactaron con Tarik y Muza. El resto de los poderosos huyeron hacia las montañas del norte o a Francia, en la región narbonense. También huyeron siervos buscando libertad después de haber sido oprimidos por los antiguos señores. Durante tiempo, en buena parte de España se vivió en una situación de bandolerismo.
Los nobles visigodos y sus escasas huestes que lograron llegar al noroeste tuvieron que asimilar, o más probablemente asimilarse a aquellas comunidades con las que llevaban peleando varios siglos. De esta forma se crearon pequeños enclaves de resistencia en zonas que eran muy agrestes.

Lo cierto es que, probablemente en 722, se produjo un desencuentro entre una patrulla musulmana y un clan montañés liderado por un caudillo llamado Pelayo. Según parece, se trataba de una patrulla de castigo por haberse negado los astures a pagar impuestos. Al margen de los detalles, los números y los nombres, esto lo cuentan crónicas de ambos bandos, así que el hecho es incuestionable. Las crónicas de una parte lo quieren dejar en un simple rifirrafe, las otras en batalla campal. La importancia de este enfrentamiento es que supone el primer rechazo cristiano al avance musulmán de la suficiente importancia como para ser documentado.

Casi todo el siglo VIII es de consolidación de los reductos en tierras galaicas, astures, cántabras y vasconas, así como en el piedemonte pirenaico. Estos focos de resistencia no tenían capacidad militar para enfrentarse organizadamente a los ejércitos musulmanes. Su mayor preocupación era no ser arrasados en una conquista definitiva de la Península.

Aunque la tradición ha considerado a Pelayo el primer rey del todavía nonato reino asturiano y a su hijo Favila el segundo, esto no es cierto. O al menos, la dignidad se les impuso a título póstumo, porque el futuro reino de Asturias todavía era un conglomerado de clanes y familias que estaban pendientes de unirse unos cuantos años después. El primer rey considerado como tal fue Alfonso I, hijo de un duque cántabro que había casado con la hija de Pelayo. Se erigió rey tras el famosos abrazo que un oso dio a su cuñado Favila. Alfonso se coronó en una situación favorable, porque árabes y bereberes andaban enzarzados en una gresca que rayaba la guerra civil.

Muchos bereberes descontentos estaban abandonando los territorios del norte del Duero y Galicia, por lo que dejaron estas tierras poco guarnecidas y a manos de escaramuzas de castigo de los cristianos, que fueron echando poco a poco a los moros hacia abajo y atrayendo a los mozárabes hacia arriba, dejando una ancha franja despoblada.

Los musulmanes perdieron interés por estas tierras, porque preferían vegas y zonas más fértiles, eso hizo que se convirtiera en una tierra de nadie que en estos momentos venía muy bien a ambos bandos. Para los del sur, eran tierras pobres que no querían ni los bereberes y además, dado que había demasiado mozárabe en las tierras recién conquistadas, les convino dejar una zona por donde pudieran escapar los que quisieran y reforzar así la islamización del territorio que dominaban. Para los del norte, por su parte, esta amplia zona sin cultivar, el llamado desierto del Duero, era un escudo ante la posibilidad de invasión de un gran ejército, porque dificultaba su aprovisionamiento durante el avance.

A los cristianos que habitaban este desierto se les impulsó a emigrar a las villas del noroeste menos desprotegidas, donde además llegaron otros fugitivos mozárabes probablemente en buen número, por lo que allí comenzó a fraguarse una densidad demográfica alta que tarde o temprano tuvo que dar lugar a una inevitable expansión hacia el sur y a las tierras gallegas al oeste.

La tierra despoblada, cuya población cristiana se desplazó hacia el norte, era fundamentalmente la conocida como Campos Góticos, la actual Tierra de Campos. Una zona en la que se habían asentado gran parte de los visigodos cuando llegaron a España. Por tanto, la emigración hacia la zona de Oviedo de esta población pudiera haber dado lugar a una fuerte gotización de las tierras astures.

En lo político, la herencia germánica que tenían los godos generó una política matrimonial entre las grandes familias con el objetivo de crear lazos de sangre. Como veremos, esto es una constante entre los reinos durante toda la Edad Media Española.  Sin embargo, lo que se fue perdiendo de los usos visigodos fueron las monarquías electivas, porque poco a poco fue primando la sucesión dinástica, aunque en muchas ocasiones hubo auténticas guerras civiles entre diferentes bandos de los nobles que, en un entorno histórico similar al resto de Europa, iban a reforzar su influencia mediante la economía feudal, que aquí avanzó más lentamente por los condicionantes de la primera etapa de reconquista. Hasta el año 850 no se consagró en Asturias el derecho hereditario de sucesión a la Corona.

Fue por esta época que se comenzó la repoblación del Bierzo, de las orillas del Miño y de tierras al sur de las montañas astures y cántabras en zonas que fueron fruto de incursiones sarracenas constantes que no eran muy nutridas, probablemente grupos de veinte o treinta hombres a caballo. Pero esta vez al esfuerzo colonizador se sumó el apoyo de la Corona, que también se adjudicaba tierras a la vez que reconocía la propiedad de los colonos mediante presura. La zona más expuesta a las cabalgadas moras fue la que constituyó el embrión de Castilla en la comarca de las Bardulias, al norte de la provincia de Burgos. Los primeros castellanos, mezcla de cántabros, vascones, godos y mozárabes fueron auténticos aventureros, sometidos a constantes pillajes que los obligaban a abandonar sus tierras para luego volver a ellas cuando el peligro desaparecía. El caso de Galicia y la parte de Portugal al norte del Duero fue distinto, porque allí había más presencia de señoríos nobiliarios y eclesiales y allí fueron protagonistas los oligarcas, que dieron más de un quebradero de cabeza a los reyes una vez tras otra.

Para proteger militarmente las nuevas tierras se crearon condados, pero con una particularidad importante en la zona de León y Castilla. Los condes gobernaban en su comarca, pero no eran propietarios de más tierras que las propias. Las demás, las de los colonos, pertenecían a estos y la misión del conde era cuidar la convivencia, que se cumpliera la ley y conceder privilegios en nombre del rey. Los condados eran vitalicios y aunque en la práctica solían pasar de padres a hijos, no se hacía por derecho hereditario sino por la existencia de familias poderosas que más o menos forzaban la voluntad del rey.
Según se fue avanzando en la consolidación geográfica quedaba un aspecto que era incluso más prioritario, la consolidación religiosa o lo que es lo mismo en aquella época, la identidad política del reino astur. Para ello hay que tener en cuenta que los moros habían respetado las comunidades cristianas y sus instituciones. Por tanto, en Al-Ándalus seguían existiendo obispos al frente de sus diócesis, en especial la de Toledo, donde en teoría seguía en pie la sede primada de España. Hay que tener en cuenta que aún se estaba en una fase incipiente de creación de la fe cristiana y además, que estas diócesis quedaron muy aisladas del mundo romano, por lo que no tardaron en florecer herejías de lo más peregrino, en las que incurrió, entre otros, el obispo de Toledo. En la parte cristiana, Beato de Liébana fue un personaje decisivo para combatir al obispo de Toledo, logrando dos cosas: la primera que el Papa tomara cartas en el asunto y arrebatara a Toledo la sede primada de la Iglesia cristiana y con ello el orden visigótico pasase a Oviedo. La segunda obra de Beato, no menos importante, fue que hiciera aparecer en la Reconquista española la figura protectora del Apóstol Santiago. Ahora el reino astur era la cabeza principal de las tierras cristianas y todos allí tenían por seguro que el mismísimo Santiago cuidaba de ellas.
Alfonso II es el primer rey de Asturias ungido rey según el rito visigodo y con ello, la Corona asturiana se declaraba heredera del “orden gótico” en esa nueva capital que era Oviedo. Faltaba encontrar la tumba del Apóstol que, como no podía ser de otra manera, apareció bajo el reinado de este Alfonso, en el año 813. Llegados a este punto, hay que aclarar que cada vez toma más fuerza la hipótesis de que la supuesta tumba de Santiago bien pudo ser la de Prisciliano, un gallego que fue obispo de Ávila, sentenciado por hereje en el siglo IV. Sea quien sea el que está enterrado allí, la tradición del peregrinaje a Santiago fue un fenómeno que transformó todo el norte cristiano desde los primeros días de su existencia.
Cada vez que Córdoba se reforzaba políticamente, Asturias sufría un revés. Oviedo llegó a ser devastada en estos años por una incursión mora, aunque hay que destacar que el rey Alfonso derrotó a los atacantes según volvían con el botín en una de las primeras batallas importantes, en Lutos, no muy lejos de Oviedo. Esta dinámica de entrada y salida de los moros en sus incursiones anuales se convertirá en un hábito que los pobladores de estas tierras empezaron a metabolizar como costumbre.

A finales del siglo VIII puede considerarse que el reino astur está afianzado y apoyado en una monarquía hereditaria, su capital había pasado de Cangas de Onís a Oviedo y a poco pasaría a León. Los asturianos habían empezado a ensanchar su dominio en Galicia y avanzado hacia el sur. En su frontera este contaba con núcleos propios de resistencia cántabros y vascones consolidados, preámbulo del futuro condado de Castilla. Todavía era débil para intentar el cuerpo a cuerpo con el emirato cordobés, pero adoptó sus mismas tácticas de incursiones anuales contra los moros. Las incursiones se realizaban en verano porque en invierno, además de la meteorología se juntaba que no había campos que arrasar para abastecerse durante el camino.

La afluencia constante de mozárabes y la relativa seguridad que daba el hecho de que la frontera estuviera avanzando hacia el sur, animó a familias aventureras a establecerse en los espacios vacíos y tomar posesión de ellos para labrarlos. Este primer proceso duró cien años, y la frontera del Duero quedó consolidada hacia el año 900. Hacia 950 ya se había recuperado un tercio de la Península y doscientos años más tarde la tierra reconquistada era de dos tercios de ella.

Estos pequeños grupos de campesinos y minúsculas comunidades religiosas empezaron a descolgarse hacia el sur de la Cordillera Cantábrica en una zona que aparece denominada como Castilla por primera vez en un texto legal del año 800. Se trata de un área que se extiende por parte de Cantabria, Burgos, Vizcaya y Álava. Estos primeros colonos actuaban por cuenta propia, aunque más tarde, la Corona asturiana tomaría a su vez la iniciativa. Ante el avance de los colonos, los moros no dejaban de aparecer periódicamente, asolándolo todo, pero ello no amilanó el avance de los repobladores que lejos de desaparecer, aumentó, forjando con ello un carácter muy especial de gente áspera y peleona.

Este tipo de repoblación adquirió carácter legal bajo el nombre de presura. Partía de un primer paso consistente en que, por su cuenta y riesgo, las familias ocupaban tierras y las señalaban mediante mojones que delimitaran el terreno que se comprometían a cultivar. Luego, cuando llegara alguien comisionado por el rey o el conde de la zona en nombre de él, se les reconocería como propio con la condición de que lo hubieran labrado.

El sistema de presura también se utilizaría en Aragón y Cataluña, aunque en menor medida y más dominado por grandes señores que impusieron un régimen feudal por contraste con una comunidad de hombres libres, que fue el origen de Castilla.

Hasta aproximadamente el año 1000 se produjo un avance sistemático hacia Galicia, las tierras al norte del Duero y el piedemonte pirenaico bajo la presura. Ya en este momento se estaba produciendo un lento avance más allá del Duero, con dirección al Sistema Central.
La situación jurídica de estos primeros repobladores del reino de León, a los que se convertía en propietarios de sus tierras, atrajo a suficiente población para repoblar esa primera zona vacía. Para protegerse de las incursiones musulmanas se acogían a nobles guerreros o a monasterios designados por los reyes según la zona, a los que también se les dotaba de grandes extensiones de terreno, especialmente en Galicia. Esta fue una repoblación de hombres libres, propietarios de la tierra y no siervos. Los monasterios y señores delegados por los monarcas no eran dueños de sus tierras, sino aseguradores de que las tierras se ocupaban según lo establecido y administradores de justicia en los litigios que surgieran entre vecinos. La estructura social de estos nuevos asentamientos se fue colmando de pequeños y medianos propietarios en las zonas más fronterizas, aunque en Galicia, donde se habían ubicado numerosos monasterios y poderosos condes que dominaban la tierra, la situación jurídica era más dada a la servidumbre. En esta esquina de España se empezaron a hacer fuertes unos abades y nobles que representaron las mayores tiranteces del reino de León ante cualquier intento de evolución y que acabaron provocando la escisión del condado de Portugal.

La inseguridad implícita a este tipo de sociedad de frontera aconsejaba al campesino vivir a la sombra de algún caballero que les brindara protección frente a las cabalgadas moras. Así, como vasallos a cambio de algún impuesto o la prestación de servicios, se desarrolló una curiosa forma de feudalismo, única en Europa, llamada behetría, mediante la cual, los campesinos podían elegir a cuál de los señores ofrecer vasallaje, o incluso cambiar de señor. Esto era consecuencia de la necesidad de mano de obra que tenían los nobles, que favorecía un mayor poder de negociación a los vasallos. Más tarde, según esta necesidad fue desapareciendo y las fronteras se fueron alejando más, se produjo un paulatino proceso de señorialización que fue haciendo que muchas de las pequeñas y medianas propiedades fueran cayendo en manos de los señoríos y los campesinos pasaran a convertirse en siervos.

Pero, volviendo a los primeros años de la repoblación, estuvo clara la importancia de los colonos para reyes y condes porque, agricultores y ganaderos afianzaban el territorio de una forma constante que no se lograba con unas pocas cabalgadas al año con o contra los moros. Ni moros ni cristianos lograron casi nunca mover fronteras a base de escaramuzas. Los que movieron y estabilizaron las fronteras, al menos en esta época, siempre fueron los colonos.

Así que, desde el principio, estaba claro que había que dotar de derechos y privilegios a estos valientes que, como hormigas, eran la auténtica fuerza de asentamiento de los nuevos territorios cristianos, cada vez más al sur. Con ello llegaron las cartas pueblas, mediante ellas se les eximía de delitos cometidos previamente (incluso crímenes) se les daba permiso para que su ganado pastara libremente en tierras del rey o del conde, para cortar madera sin exigencia de impuestos. En definitiva, se les daba una razón para llegar y para quedarse y motivos para luchar por sus libertades cuando los moros los atacasen o para volver tras esconderse cuando las cosas se pusiesen serias.

Esto sucedió sobre todo en el condado de Castilla, que fue la zona fronteriza más agredida ahora y después por las incursiones musulmanas. Donde menos y más tarde llegó el movimiento feudal que estaba imperando en todo centro Europa.

En Castilla se empiezan a crear “concejos” de vecinos a los que se concede autoridad para reconocer derechos de propiedad. Es la primera vez en Europa que reyes y magnates delegan su autoridad en asambleas vecinales.

Hacia el año 1000, el reino asturleonés, a diferencia del cordobés, era un mundo exclusivamente agrario y ganadero, no emitía moneda y los bienes en circulación eran los productos del campo, en una sociedad dedicada a la agricultura de subsistencia, organizada en pequeñas comunidades mal comunicadas. Se trataba de una sociedad de pequeños y medianos propietarios donde casi todas las familias tenían una casa y un huerto y compartían entre ellos las propiedades colectivas (montes y pastos). Galicia, como he dicho, era cosa aparte.

Respecto a Castilla, poco a poco se había configurado como una región especial, mucho más expuesta a los conflictos constantes de frontera y con unos colonos que por su situación especial habían adquirido privilegios excepcionales, así que no es de extrañar que uno de sus condes, Fernán González, acabara proclamando su independencia y convirtiera su estirpe en hereditaria, hacia 950, siempre bajo sometimiento al rey leonés cuando necesitara de su ayuda. Era una especie de confederación medieval. Obviamente, a la corona leonesa aquello no le hizo ninguna gracia y hubo desencuentros al principio, tanto que Fernán González pasó por el encarcelamiento, pero la situación fronteriza en Castilla era tan conflictiva que al rey no le quedó más remedio que ceder y a partir de ese momento, Castilla estableció su propia política de acuerdos militares y alianzas matrimoniales que acabarían convirtiéndola en la gran protagonista de la Reconquista.

Marca Hispánica

Esta zona, dependiente del Imperio carolingio, era en realidad un lugar de lucha constante entre familias poderosas.

Habíamos dejado los terrenos francos cuando Carlos Martel frenó en seco a los musulmanes en Poitier. Martel fue el fundador de la dinastía Carolingia, que llegó a su apogeo con uno de sus hijos, Carlomagno, que en un principio estuvo muy interesado en entrar en la Península y más tarde se conformó con dejar asegurada la frontera sur de su imperio, para asegurarse de que no volvería a haber ningún otro intento de que los moros se le presentaran un día en casa.

A los moros nunca les gustaron las zonas montañosas, por eso, en las zonas pirenaicas su dominación no consistió en una ocupación física, sino en una exigencia de vasallaje con entregas periódicas de botín. Por tanto, no es de extrañar que el piedemonte pirenaico fuera relativamente fácil de retener, bien por antiguas familias visigodas o por comisionados francos.

En torno al año 800, Carlomagno creó la Marca Hispánica para reforzar la frontera sobre unos territorios que había conquistado a los moros. La Marca consistía en una sucesión de condados feudatarios de la corona carolingia que sellaban la frontera pirenaica ante la entrada de moros. De izquierda a derecha, la Marca Hispánica arrancaba en el condado de Pamplona, luego Aragón, Sobrarbe, Ribagorza y finalmente, hasta llegar al Mediterráneo, se completaba con un conjunto de condados que hoy la historia llama condados catalanes, que se fueron cohesionando muy desde el principio en torno al condado de Barcelona, generalmente por uniones matrimoniales. Estos condados fueron, además de Barcelona: Berga, Besalú, Cerdaña, Conflent, Ampurias, Gerona, Manresa, Osona, Pallars, Rosellón y Urgel.

Una vez muerto Carlomagno, el Imperio carolingio entro en declive y esto provocó que en cien años no quedaran vínculos de vasallaje entre ninguna de estas tierras y sus antiguos señores franceses. De este hecho surgen tres actores decisivos que faltaban por incorporar en esta historia: el reino de Pamplona, el de Aragón, y el principado de Barcelona.

Reino de Pamplona

La zona navarra, por aquella época, vivía en una lucha constante entre dos familias: los Velasco, muy apoyados por los carolingios y los Arista, parientes de los Beni Qasi, aquellos visigodos que se pasaron al islam. Al final, los Arista ganaron gracias al apoyo de los Beni Qasi e Iñigo Arista se proclamó rey de Pamplona, en torno al 820 en un territorio que abarcaba media Navarra y media Huesca, si lo miramos con mapas actuales.

Las tierras navarras dependientes del condado de Pamplona fueron las primeras en emanciparse de la Marca Hispánica. Los navarros le habían plantado cara a Carlomagno desde el principio: como he dicho. El clan dominante, los Arista, estaba ligado por lazos de sangre con los muladíes Beni Qasi, y a medias con ellos, lograron infundir un terrible varapalo al ejército de Carlomagno en Roncesvalles, cuando volvía a su tierra tras fracasar en la toma de Zaragoza.

Pocos años después de Roncesvalles, quedó creado en Pamplona el segundo reino independiente de la Península, después del asturleonés, a la vez que su gesta en Roncesvalles pasaba a la historia de la literatura universal a través del Cantar de Roldán, conde francés que murió allí según la tradición.

Al principio, este condado de la Marca Hispánica se intituló como reino de Pamplona, pero hacia el año 900 pasó a llamarse reino de Navarra y llegó a ser protagonista de una parte de la Reconquista, porque, aunque pequeño en extensión, era el gozne que unía la España cristiana del oeste (reino asturleonés) con la del este. A su vez, era un colchón que separaba a los francos del califato y además, un enclave importante desde el que más tarde, se podría controlar el riquísimo valle riojano del Ebro. Pamplona, de hecho, fue el primer reino cristiano que acuñó moneda.

Reino de Aragón

Después de algunos ires y venires, al auspicio de divisiones sucesorias de la Corona de Navarra, surgiría el Reino de Aragón, una minúscula comarca que apenas ocupaba la actual provincia de Huesca, con capital en Jaca. Fue futo de la unión del original condado de Aragón con los condados de Sobrarbe, Ribagorza, Pallars y el Rosellón francés. Lo veremos más adelante.

Condado de Barcelona

Los condados catalanes, situados en torno a la frontera pirenaica oriental fueron, desde época visigoda, la zona más urbanizada y poblada de España, cuyas élites (los futuros condes) mantuvieron contactos estrechos con la zona franca, así que no hubo ningún problema en que pasaran a hacerse vasallos de los carolingios ante la amenaza musulmana.

Cataluña era una yuxtaposición de comarcas con una aceptación común de la preminencia barcelonesa, de cuyo condado siempre habían dependido el de Manresa y el de Osona, al que se unió el de Gerona a finales del siglo IX y mucho más tarde, en el siglo XII, Pallars, Besalú, Berga y Cerdaña.

La independencia del condado de Barcelona se precipitó a raíz de una desgracia a finales del primer milenio, la destrucción de Barcelona por Almanzor, cuando el conde pidió ayuda a su supuesto señor y protector, el rey francés, que no hizo ni caso. A partir de ahí, la relación se rompió.

La división en condados se reforzó con la aparición de señoríos fuertes, muchos de ellos eclesiásticos, lo cual redundaba en una posición débil del conde de Barcelona y favoreció la aparición en esta zona de la peor cara del feudalismo, lo que más tarde se llamaría las malas prácticas. Hubo revueltas de señores importantes que no aceptaron el régimen de libertades con las que el conde de Barcelona quería proteger a los campesinos que iban a repoblar las tierras de frontera. Ésta fue una causa, aunque no la única, de que la Reconquista en esta zona no fuera tan ágil como lo fue la castellana.

Probablemente el único hecho relevante de repoblación que surge en esta zona se deba a un conde de Barcelona, Wifredo el Velloso, que llegó a unir por herencia varios condados y que repobló una zona del condado de Osona que entonces estaba despoblada, se trataba de la Plana de Vic.

La Península en época de Taifas

La descomposición del estado visigodo hizo posible que Muza y Tarik invadieran España en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, tras la caída del califato, se tardó casi quinientos años en revertir la situación. Al margen de situaciones puntuales que ya iremos viendo, hubo otras causas que justifican esta lentitud.

En primer lugar, después del arranque de Abderramán III y luego el cataclismo que supusieron las campañas de Almanzor, los reinos cristianos estaban exhaustos militarmente y eran pobres de solemnidad en comparación con cada una de las veinticuatro taifas de reciente creación (subrayo esto: el califato se descompuso en veinticuatro pedazos). Es cierto que la desmembración del califato supuso el principio del fin de la etapa musulmana peninsular, pero con el tiempo llegarían dos amenazas que podrían poner en duda esta certeza, primero con los almorávides y después con los almohades, que veremos en su debido momento.

Entre Abderramán III y Almanzor, la zona cristiana se había quedado temblando, pero realmente las fronteras no se movieron y los musulmanes no fueron capaces de revertir la situación desde un punto de vista geográfico. La razón, desde el principio al fin de la reconquista fue que a los del sur les faltaba el empuje repoblador que tenían los del norte. Desde abajo llegaban militares mercenarios importados para la guerra; desde el norte, además de soldados, la verdadera fuerza de contención fueron los colonos. Mientras que la zona musulmana siempre se conformó con estabilizar fronteras, la cristiana nunca dejó de estar empecinada en avanzar hacia el sur.

Ahora las tornas se habían vuelto del revés, los emires de las taifas bastante tenían con recomponer su situación y cuidarse de sus vecinos correligionarios, porque, no olvidemos que la creación de las taifas tenía en muchos casos un origen étnico de división entre bereberes, eslavos y musulmanes (incluidos muladíes). Sin embargo, por muy divididos que estuvieran, los ricos seguían siendo ellos y los grandotes del norte (especialmente León, Castilla y Navarra) vivían en una economía precaria.

Aunque había mucho secano en el sur, la prosperidad andalusí se basaba en la riqueza de las vegas de sus ríos (Ebro, Tajo, Guadalquivir y la zona mediterránea) donde ellos perfeccionaron las técnicas de regadío con el conocimiento adquirido en Oriente. Se construyeron por doquier acequias, canales subterráneos, pozos de extracción y norias elevadoras, en un entramado tan denso y complejo que había funcionarios encargados de su supervisión.

Antes de la invasión musulmana, la agricultura se basaba en la llamada tríada mediterránea: trigo vid y olivo. En la agricultura andalusí se incorporaron otros productos que encontraron tierras más ricas y climas más benignos que en sus lugares de origen y, por tanto, se aclimataron con total facilidad y llegaron a ser más productivos que nunca. Aparecieron nuevas frutas y verduras, como los cítricos, también la caña de azúcar, el algodón, el lino, el cáñamo o los colorantes, que prosperaron según lo hacía la industria textil.

Respecto a la ganadería, se importaron ingentes rebaños de ovejas norteafricanas que trajeron sangre nueva a los peninsulares y mejoraron su raza, dando lugar al origen de lo que fue el motor de la futura economía castellana.

Los bosques empezaron a resentirse, fruto del aumento de la agricultura, el desarrollo de las ciudades y del intenso comercio marítimo que necesitaba de mucha madera para construir barcos.

Pero la seña de identidad de la sociedad islámica fue la ciudad, en torno a la cual giraba todo. En su centro existía un corazón administrativo, comercial y cultural que constituía la medina, amurallada. En torno a la medina se distribuían los arrabales (también amurallados). Se trataba de barrios que tenían vida propia, con zocos bulliciosos, baños públicos y mezquita. La ciudad andalusí era dinámica y bulliciosa, en contraste con lo que la España cristiana se empeñaba en llamar ciudades: unos raquíticos poblachones eclesiásticos o militares, donde no había apenas actividad.

Se supone que la población total peninsular era de unos siete millones de habitantes, de los cuales, la mayoría debía estar en Al-Ándalus, porque en la meseta norte había grandes vacíos poblacionales. De la frontera para abajo nos encontramos con Córdoba (mínimo 200.000 habitantes), Sevilla (80.000), Toledo (40.000) Almería y Granada (30.000), Zaragoza, Valencia y Málaga (15.000). En ese momento, en todo el occidente cristiano europeo, muy pocas capitales se aproximaban a los 40.000 habitantes.

En la zona cristiana apenas había mercados y los que había se celebraban con cierta periodicidad, yendo de lo semanal a lo anual, siempre con limitadísimos productos. Los mercados andalusíes eran una realidad cotidiana tanto en la medina como en los arrabales. Muchos de los edificios que se construyeron procedían de una necesidad comercial: posadas para alojar a mercaderes y almacenes para conservar las mercancías (llamadas alhóndigas); existían alcaicerías (eran los recintos donde vender los productos) que ofrecían en sus galerías porticadas bienes producidos por artesanos de todo el mundo.

Al-Ándalus gozaba de una situación geográfica privilegiada, a caballo entre la Europa cristiana y el África musulmana. En ella se desarrolló un próspero comercio exterior que contribuyó significativamente a su economía. Sus comerciantes fueron judíos al principio y musulmanes más tarde. Existían verdaderos empresarios que operaban a gran escala, muchas veces siendo proveedores del Estado, revitalizando viejas rutas comerciales o abriendo nuevas.

La pirámide social andalusí se dividía en tres clases. La cúspide la ocupaban príncipes y altos funcionarios, con excelentes pensiones e importantes exenciones fiscales. En la base estaban los que pagaban la broma a base de impuestos, fueran musulmanes, mozárabes o judíos: eran tenderos, artesanos, trabajadores urbanos de todo pelo, campesinos libres o sometidos a servidumbre. Y entre ambas clases sociales estaban los notables, que eran una correa de transmisión entre el poder y las masas: los alfaquíes coránicos y los comerciantes ricos.

Con la nueva situación política del sur, las taifas no tuvieron más remedio que pedir protección a los vecinos de arriba. La protección no era sólo de taifa contra taifa, sino también ante la amenaza de algún otro reino cristiano. Y los reyes cristianos ofrecieron esa protección encantados, claro está, comprada a muy alto precio. Así que ahora esos impuestos, las parias, que antes fluían de arriba hacia abajo, ahora empezaron a circular de abajo hacia arriba. Este dinero llegó como agua de mayo a unos reinos que necesitaban recomponerse militarmente y costear una repoblación que no era barata, porque entre otras cosas, la repoblación por presura había llegado a su límite y ahora había que reforzar la protección militar, construir iglesias o fundar monasterios.

Ante esta situación, siendo prácticos, ¿convenía matar a la gallina de los huevos de oro? Claramente no. Así que, sin reparar en melindres de carácter religioso, todos optaron por aceptar las parias y dejar correr el tiempo, siguiendo la filosofía de una reflexión que Sancho Panza haría siglos más tarde: “vengan días y vengan ollas”. Pero la situación de entonces originó que hubiera ocasiones en las que un reino cristiano luchara contra otro para defender a su taifa protegida, o mejor dicho, las parias que recibía de ella.

En ocasiones, algún rey cristiano se venía arriba y atacaba una taifa a la que protegía, generalmente era a causa de impago. El problema era que, según desplazaban sus huestes hacia la frontera y más allá, estaban dejando desprotegido su reino, cosa que sus vecinos de planta (entiéndase otros reinos cristianos) podían aprovechar para darle un susto y quitarle alguna que otra comarca que tenían en litigio con ellos. Así que en algunas ocasiones se acudió a la solución de pedir ayuda al Papa y solicitar que declarara cruzada a ese ataque. Una vez declarada la cruzada, todos estaban obligados a no atacar al reino en litigio con los moros salvo pena de excomunión. Por eso, al margen de las famosas cruzadas libradas en Oriente Medio, en España fueron varias las cruzadas que se declararon a lo largo de estos siglos.

La España cristiana después del año 1000

El hecho que posibilitó las unificaciones políticas de los diferentes reinos cristianos fue, sin duda, una unidad religiosa al norte frente a otra que existía al sur. Siempre se trató de Cruzada contra Yihad y viceversa. Aunque con importantes paréntesis.

Vamos a situarnos en la época inmediatamente anterior al surgimiento de los reinos de taifas, cuando Al-Ándalus se descompuso y dio lugar a veinticuatro entidades independientes, la mayoría de ellas con poquísimo futuro y casi ninguna con capacidad defensiva suficiente si enfrente hubiera tenido un enemigo serio como podría haber sido el Imperio carolingio de doscientos años atrás. La realidad política andalusí era un verdadero desastre tras el asesinato de Sanchuelo, el segundo hijo de Almanzor, en 1009. 

En el norte nos encontramos con varias entidades políticas, unas más formadas y otras menos. Primero tenemos a los asturleoneses con cuatro zonas muy distintas en función del tipo de grandes señores que mandaban en ellas. 

La región gallega, al norte del Miño, estaba lejos de la frontera y allí a los colonos no era necesario concederles privilegios porque no aportaban nada, más allá de su trabajo, así que la situación era de servidumbre y sanseacabó. Además, allí estaba el obispo de Santiago, uno de los mayores señores feudales de ese tiempo y el segundo en poder político del reino. De los condes y obispos de esta zona, sin caer en presentismos, podríamos decir que no veían con buenos ojos las veleidades que según ellos se estaban cometiendo en las zonas fronterizas, repartiendo cartas pueblas o concediendo privilegios individuales.

La región portuguesa, que iba del Miño al Duero, era muy similar a la gallega, pero allí tuvo mucha importancia una de las herencias regias que se iba a producir un siglo más tarde, poniendo a la casa de Orange a su cargo y luego, el advenimiento de la orden de Cluny. Esto lo veremos más adelante, cuando hablemos de la formación del reino de Portugal.

En el centro de la Corona asturleonesa, estaba la región leonesa, más escorada hacia los usos galaicos o portugueses que a los castellanos. Igual que la zona portuguesa, tenía al Duero como defensa natural. Esta zona fue la principal fuente de estabilidad política del reino leonés a pesar de las constantes desavenencias de las grandes familias, tanto entre ellas como con sus reyes. Como vemos, gran parte de la corona asturleonesa se estaba comportando como una entidad feudal, con un rey arriba haciendo equilibrismo.

A la derecha del reino leonés estaba Castilla, un condado que venía relinchando desde 950 cuando Fernán González se proclamó conde independiente bajo servidumbre del rey de León, que acabó proclamándose reino de todo derecho en 1035. Aquí las cosas eran muy distintas porque Castilla fue la frontera por excelencia, lo cual fraguó en derechos especiales concedidos por condes y monarcas a una población que igual se defendía cuando venían mal dadas, o atacaba cuando podía para rapiñar. Fue tierra de infanzones, que adquirían tal calidad con el sólo hecho de tener caballo y armas. La posibilidad de progresión social que se produjo en Castilla fue única en la Europa medieval. Por eso, no es de extrañar que Castilla acabara siendo la protagonista de las últimas fases de la Reconquista.

Siguiendo a la derecha nos encontramos con el reino de Navarra, de cuyo nacimiento ya hemos hablado, que estableció su capital en Nájera. Aunque pequeño en extensión, durante la primera mitad del siglo XI, llegó a ser decisivo en la próxima configuración política de esta España cristiana.

Es muy importante resaltar que en esta época no hubo nunca unas fronteras con carácter identitario. Siempre se trató de demarcaciones patrimoniales de los reyes que se consideraban amos de la tierra. A los siervos les daba igual. Lo que dividía, por ejemplo, a navarros de aragoneses era que estaban sometidos al vasallaje de señores que rendían pleitesía a uno u otro rey. Y muchos de estos reyes (o condes, en Cataluña) tenían un concepto de su reino como el que tiene un cortijo y a su muerte reparte las fincas entre sus retoños.

Así que hemos llegado a una situación en la que, tras una constante política de enlaces matrimoniales y segregación por herencia, lo habitual era que los que no eran primos eran hermanos, tíos, sobrinos o cuñados. Sin que ello evitara que un hermano matara a otro si la situación lo aconsejaba. La política matrimonial no buscaba una relación de cariño mutuo, sino de alianzas políticas de conveniencia y, sobre todo, de cuestiones sucesorias. Además, cada vez que los reyes aglutinaron reinos y luego los dividieron, la herencia no dejaba contento a nadie y era siempre causa de guerras civiles entre hermanos o cuñados.
Navarra fue importantísima en la configuración política posterior de la España cristiana a través de uno de sus reyes, Sancho III el Mayor, el rey peninsular más poderoso de su tiempo. Su mayor mérito fue llegar a serlo sin hacer uso de la violencia, con buen tino político, aprovechando que se había convertido en heredero de todo o casi todo.

Una vez asentado en el trono de Navarra, Sancho heredó Aragón. Aprovechando un vacío político en los condados de Sobrarbe y Ribagorza, los anexionó. Tras el asesinato del último conde de Castilla, también la heredo, porque estaba casado con la hermana del difunto. Respecto a León, allí había un rey niño y la regencia la ejercía la madrastra, hermana suya, muy atenta a las instrucciones de Sancho.

El rey Sancho, en su testamento, quiso dejar una herencia en la que todos sus hijos quedaran bien colocados. A su hija la casó con el rey niño de León, al primogénito le legó el reino de Navarra, a otro el condado de Castilla y lo casó con la hermana del rey leonés, al siguiente el condado de Aragón y a otro más, los condados de Sobrarbe y Ribagorza.

Esta herencia dejó especialmente descontento al conde de Aragón, que se veía constreñido en sus exiguas tierras, así que desde el principio empezó a pleitear con su hermano el navarro, sin mucho éxito. Pero tuvo la suerte de que otro de sus hermanos, el de los dos condados, muriese asesinado, cosa que aprovechó para anexionarse sus posesiones y de paso, intitularse rey. Así nació el reino de Aragón, ahora un poquito más holgado, con capitalidad en Jaca. Su primer rey fue Ramiro I.

Entre León y Castilla surgió el típico conflicto entre cuñados por unas comarcas fronterizas que Sancho III había sustraído al reino leonés con la aquiescencia de su hermana, la regente, incorporando estas comarcas al condado de Castilla. Pero el rey niño creció y cuando llegó a cumplir los veinte años tuvo claro que había que devolver esas tierras a su legítimo dueño, o sea él mismo. Así que reunió a sus huestes y arremetió contra las castellanas, que estaban ayudadas por las navarras.

El desenlace para los leoneses no pudo ser más calamitoso, porque Bermudo III, que así se llamaba este rey, murió en combate sin descendencia, así que los derechos sucesorios recayeron en su hermana, que estaba casada con el conde Fernando de Castilla, que así se llamaba el cuñado, así que al rey que provocó la guerra le salió el tiro por la culata. Por tanto, la consecuencia inmediata de aquella batalla fue la unión de Castilla y León bajo un mismo cetro en manos de la persona cuyo ejército mató a Bermudo. Quedaba así constituido el reino de Castilla y León y su primer rey fue Fernando I.

Después de este folletín que me he visto obligado a incluir en el relato para entender el nacimiento y estructura de la siguiente etapa de la reconquista, nos encontramos, taifas aparte, con la España de los cuatro reinos: Castilla y León, Navarra, Aragón y Cataluña.

Queda hablar de la zona catalana, sin una clara unidad política, altamente feudalizada en la que Barcelona mantenía su preponderancia en medio de grandes dificultades con los señores. Barcelona era sin duda la ciudad más próspera de la España cristiana por su comercio y su industria, a lo que hay que sumar las parias que cobraba a las taifas más próximas, entre ellas las de Zaragoza.

Ahora Cataluña tenía un vecino fuerte, Aragón, lo cual recomendaba a su vez unificarse y cobrar entidad por lo que pudiera pasar. Durante esta época se siguió haciendo presuras allí donde fue posible.

En Cataluña también se vivieron folletines familiares que lejos de acabar estabilizándola, generaron más ruido, por lo que la consolidación tuvo que esperar.

El Camino de Santiago

Desde el descubrimiento de la tumba del Apóstol, poco después del año 800, Santiago fue foco de peregrinación de la Europa cristiana, junto con Jerusalén y Roma. Por el Camino se sucedía un goteo de gente proveniente del norte de los Pirineos, muchas veces desarraigada, que acabó creando asentamientos en los que se ofrecía al peregrino todo lo que necesitaba.

Hasta el año 1000 no puede hablarse propiamente de ciudades en torno al Camino, porque para poder ser consideradas como tales, las ciudades deberían tener un núcleo estable de población que no se dedicase al campo y ejercieran actividades como posaderos, comerciantes, cambistas o artesanos. Una ciudad requiere de instituciones independientes de los señoríos que organicen la vida colectiva en nombre, directamente, del rey. A partir del año 1000 empiezan a florecer las primeras ciudades y con ello, surge la vida urbana. Una situación que los reyes fomentaronn porque con ello estaban reforzando su posición frente a la de los nobles. Por eso, a estos recién llegados a los que se llamaba francos se les concedieron privilegios, llamados franquicias. Los privilegios podían ser de todo tipo, pero alguno que se conoce es que sólo ellos podían vender pan o vino a los peregrinos.

En las cercanías de Astorga se conocen los primeros asentamientos mudéjares (musulmanes en zonas cristianas) que deciden quedarse en sus tierras, ahora reconquistadas por los cristianos. Hay quien dice que esto fue el origen de cómo se les conoce, “maragatos”, proveniente de “mauris capti” (moros cautivos) pero también hay quien dice que no, así que vaya usted a saber.

El trazado de estas nuevas ciudades es distinto de la antigua disposición nuclear y ahora todo se organiza en torno a la calle mayor, que coincide con la ruta de paso del Camino.

Es entonces cuando la Orden de Cluny irrumpe en el orbe cristiano, y como no, en España, en y fuera del Camino, amplificando la entrada del conocimiento que se estaba produciendo y fundando monasterios con barrios adosados a ellos.

Es cierto que el desarrollo urbano se produjo especialmente a lo largo del Camino, desde Pamplona y Jaca hasta el valle del Duero y Galicia. Pero también lo es que a partir del siglo XII también se desarrollaron ciudades en otras partes ajenas a él, en Aragón y Cataluña, con nuevos barrios de artesanos y comerciantes. La expansión definitiva llegó en el siglo XIII con el surgimiento de nuevos arrabales en torno a las ciudades fortificadas.

El desarrollo urbano: este proceso es muy evidente en la evolución de las ciudades y las villas que se extienden a lo largo del Camino de Santiago, desde Pamplona y Jaca hasta el valle del Duero y Galicia. A todas ellas afluyeron forasteros, que formaban barrios específicos, se dedicaban al comercio o la artesanía y disfrutaban de privilegios: “los francos”. Pero el surgimiento a partir del siglo XII de calles y habitantes, con un marcado carácter artesanal y comercial, es generalizable a otras partes como Cataluña, Aragón, Castilla y León, Navarra y el norte de Portugal. Su máximo desarrollo se alcanzó en la segunda mitad de la centuria siguiente (s. XIII), cuando muchas ciudades amplían su plano con la aparición de barrios nuevos (arrabales) fuera de las primitivas murallas.

Repoblación concejil (1050-1150)

Conforme la repoblación avanzaba y se le iban ganando terreno e influencia a los moros, era irremediable que fuera llegando la tendencia que se estaba produciendo en el resto de Europa: la progresiva implantación del sistema feudal que supuso el ascenso de la nobleza guerrera y la aristocracia religiosa, con una Orden de Cluny, a la que no había quien le tosiera. Así que lentamente se fue reorganizando la estructura de la propiedad en desfavor de los pequeños propietarios. Fue en este período cuando se empezó a desarrollar la diversidad lingüística en la Península. La economía era de mera subsistencia, autoconsumo y autárquica. El comercio entre las zonas cristianas y Al-Ándalus o incluso entre los diferentes reinos cristianos era escasísimo. La moneda apenas circulaba.

En este período se avanzó hasta el valle medio del Ebro y Tarragona. Al oeste, la frontera pasó del Duero al Tajo. Ahora ya se estaba peleando por zonas que daban algo más que cereal y que fueron defendidas e incluso mantenidas por los colonos de abajo, más allá del progreso de la cruz frente a la media luna. La España de arriba empezó a poblarse de mudéjares. Mientras que, como en siglos anteriores, la de abajo tuvo que seguir admitiendo la existencia de mozárabes.

El sistema de presura ya no daba para más y se había acabado la cómoda situación de los monarcas o señores según el cual, unos primeros aventureros se atrevían a colonizar y luego ellos ya llegarían para bendecir la ocupación. Así que los monarcas tuvieron que inmiscuirse y asumir el protagonismo del proceso repoblador en un proceso inverso al anterior. Primero se delimitaban unidades administrativas, llamadas concejos, a cuyo frente se colocaba a un representante regio con capacidad para entregar tierras a todo aquel que aspirase a adquirir la vecindad en el alfoz (que así se llamaba lo que ahora denominaríamos partido judicial). De este modo, en cada alfoz se ubicaban aldeas dependientes del concejo urbano, con unas propiedades de tamaño medio y se delimitaban amplios espacios comunales, básicamente monte y pastos. Los concejos estaban bajo la protección de señores locales y sus milicias, aunque también aportaban tropas civiles para la defensa del terreno.

El avance fue mayor en todas las antiguas zonas de frontera portuguesas leonesas y castellanas (las que llamaban extremaduras). Más al este, Cataluña y los reinos navarro y aragonés tuvieron que lidiar con una mayor presencia musulmana en las zonas del valle del Ebro por lo que el avance era más lento. Sin embargo, Barcelona hizo sus primeros pinitos mediterráneos, aliada con italianos y franceses, todos ellos incordiados desde Mallorca, que era un nido de piratas berberiscos. Así que, en alianza, fueron para allá y lograron limpiar Mallorca de piratas. Más tarde fue recuperada por los moros, pero los catalanes habían probado el gusto salado del Mediterráneo y les había gustado.

Los abades de la Orden de Cluny campaban a sus anchas y se estaban convirtiendo en los grandes señores feudales del momento, para gran disgusto de los nobles. Hasta ahora, los monasterios estaban bajo la influencia de los grandes señores que decidían a quien poner al cargo y cometían todo tipo de abusos. Cluny sólo respondía ante el Papa, así que los abusos cambiaron de mano. Cierto es que con la Orden entró en España la nueva cultura europea y una reforma y unificación religiosa que, además del arte Románico, trajo la sustitución del antiguo rito mozárabe, de origen visigodo, por el nuevo rito romano.

La Orden de Cluny venía con la llamada reforma gregoriana. Los monjes vivían en común bajo voto de pobreza. A diferencia de la situación anterior, ahora los monjes no podrían poseer bienes ni disponer de ellos. En definitiva, como veremos más adelante con las órdenes militares, la Orden era inmensamente rica, pero sus canónigos pobres. O eso fue al menos lo que sucedió al principio, porque ya se sabe que el poder corrompe.
De todo este período me centraré en tres personajes singulares y algún actor secundario en torno a ellos, los nombraré por orden de aparición en la historia. Se trata de Alfonso VI, rey de Castilla y León; Yusuf, caudillo almorávide y Sancho I el Batallador, rey de Navarra y Aragón.

De Alfonso VI se puede decir que llegó a ser rey de Castilla y León tras quitar de en medio a sus dos hermanos en una guerra fratricida que se ha hecho famosa porque, supuestamente, Rodrigo Díaz el Cid, le hizo jurar en Santa Gadea que no había tenido nada que ver con el asesinato de su hermano Sancho, cometido por Vellido Dolfos. Sea verdad o leyenda, Alfonso VI fue un rey guerrero que hizo mucho daño a la contraparte, los moros.

En la planta baja de esta historia, estaba sucediendo que las taifas estaban todas carcomidas por el pago de las parias y las taifas fuertes estaban comiéndose a las taifas débiles. Algunas taifas fuertes eran Zaragoza, Sevilla, Toledo, Granada o Mérida. En general, no había músculo para seguir pagando y Alfonso VI aprovechó el impago para avanzar. El gran éxito de su reinado fue conquistar Toledo, del que logró apoderarse mediante asedio y un trueque diplomático con su emir, al que le cedió derechos en Valencia a cambio de tener el terreno libre en la antigua capital hispana. Así, Alfonso VI tomó el control de una ciudad multicultural en la que se iba a producir un movimiento intelectual de vital importancia para el conocimiento europeo, me estoy refiriendo a los llamados traductores de Toledo.

Los arzobispos de Toledo, pertenecientes a Cluny, promovieron la traducción de todas las obras árabes que encontraron allí, aprovechando la coexistencia de intelectuales hebreos, musulmanes y cristianos. Lo de Toledo fue cuestión de suerte porque al haber estado lejos de la Córdoba populista de Almanzor y de los desvaríos almorávides, pudo conservar gran cantidad de obras que se salvaron de las quemas integristas. Allí se tradujeron centenares de obras, de las cuales el 47% fueron de cálculo y cosmología, el 21% de filosofía, el 20% de medicina, el 8% de religión física y ciencias y el 4% de alquimia y ciencias ocultas.

La conquista de Toledo fue el primer gran hito de la Reconquista, supuso apropiarse de una ciudad emblemática en la tradición de herencia visigoda que el reino asturleonés venía reivindicando desde el principio. Con el tiempo, Toledo volvería a ser la capital primada de la España cristiana y este fue un primer paso para que todo el reino acabara siendo conocido como Castilla.

Todo iba bastante bien para los cristianos hasta que, hacia 1090, tras la conquista de Toledo, algunas taifas fuertes del sur (Sevilla, Mérida y Granada) se sintieron amenazadas y corrieron a buscar ayuda de un movimiento a la vez religioso y militar que se había formado en África, los almorávides, que aunque a su llegada supusieron un fuerte descalabro para los cristianos, fueron un mazazo que desbarató a las antiguas taifas, como veremos.

Tras la llegada de los almorávides, los cristianos lograron recomponerse. O quizá habría que decir que los almorávides se fueron descomponiendo poco a poco. En cualquier caso, al final de este período de repoblación veremos que el saldo fue muy positivo, porque se logró arrebatar al islam ciudades emblemáticas como Coímbra, Toledo, Zaragoza o Tarragona.

Los almorávides eran un movimiento religioso fundamentalista nacido en el África subsahariana que acabó haciéndose dueño del actual Marruecos y mucho más, hasta las costas senegalesas, al mando del que ahora era un anacoreta octogenario, llamado Yusuf. No los unían razones étnicas, los había negros y bereberes bajo una idea común, depurar el estilo de vida musulmán que creían corrompido por lujos y relajación religiosa. 

En 1086 desembarcaron en Algeciras 70.000 guerreros almorávides al mando de Yusuf. Desde el primer momento creyeron encontrarse entre señores de taifas dedicados a la vida muelle y la relajación religiosa. Por ello, los primeros perdedores, como en época visigoda, fueron los mismos emires que los habían llamado, a los que uno tras otro fueron apeando de su cargo.

Frente a una época de parias que sometía a la población a fuertes cargas impositivas, prometieron volver a los impuestos exclusivamente coránicos, lo cual encandiló al pueblo. Pero claro, costear 70.000 guerreros sin cobrar impuestos adicionales exige una situación de guerra y conquista constante de botines. Y al final, la guerra y la conquista tienen un límite mientras que a los ejércitos no puedes dejar de pagarles.

Alfonso VI plantó cara a los almorávides, pero sufrió derrotas importantes y heridas que se lo acabarían llevando por delante. No obstante, entre él y otros, por ejemplo, el Cid y luego Alfonso el Batallador, lograron contener el empuje de esta furia bárbara.

Como otras veces en esta historia, Yusuf traía guerreros, no colonos, así que pronto comprendió que su estrategia debía ser la de mantener a los cristianos a raya y dominar las taifas existentes, sin intentar avanzar la frontera hacia el norte.

Con los almorávides, Al-Ándalus pasó a ser provincia de un imperio con capital en Marrakech. Durante las taifas, judíos y cristianos habían vivido una situación de mayor tolerancia a causa de la debilidad política existente, pero ahora, bajo el integrismo de los africanos, vieron como se reducían drásticamente sus libertades, por lo que hubo un goteo constante de emigración hacia la otra parte de la frontera. Esto influyó negativamente en la agricultura de la parte musulmana y la recaudación de impuestos y fue otro motivo más del debilitamiento de su economía.

Para empeorar las cosas, los cristianos lograron contener la oleada, las conquistas militares dejaron de producirse y con ello los ingresos derivados del saqueo. Por tanto, para sostener su Estado basado en una fuerte presencia militar, los almorávides tuvieron que acabar recurriendo a lo contrario que habían prometido, subir los impuestos a la población local y al comercio, con esto, las cosas no favorecían simpatías hacia ellos en unas tierras que los veían ahora como usurpadores que vivían a su costa.

Un detalle importante en esta historia es que Alfonso VI pidió ayuda a los reinos cristianos europeos. Vinieron muchos, pero hay que destacar que entre ellos llegaron dos segundones de la casa francesa de Borgoña. Estos dos vinieron para quedarse y de hecho ambos dieron buenos braguetazos porque casaron con dos hijas de Alfonso: Urraca, que sería reina de León y Castilla, y Teresa, que sería condesa de Portugal. Cuidado con el borgoñón portugués porque a causa de él se va a generar la gran escisión peninsular. Como dato preliminar, el ducado de Borgoña era una de las casas más poderosas de Europa y fue el que apadrinó el nacimiento de la Orden de Cluny, que además de ejercer una importante influencia territorial en España, sentó a muchos Papas en Roma.

El borgoñón de Urraca murió pronto y dejó a una viuda joven disponible para otros proyectos matrimoniales que luego veremos y a un hijo que supuestamente era el heredero legítimo del reino. El otro, Enrique de Borgoña, casado con Teresa hija de Alfonso VI, ambos condes de Portugal bajo sometimiento al reino de León, son los prolegómenos de la escisión lusa, porque Enrique y Teresa se iban a aprovechar de la inestabilidad política de León y los sucesivos conflictos con el rey navarro y los condes gallegos. Jugaron todas las bazas que pudieron y la consecuencia fue que Portugal se convirtió en un condado independiente, nominalmente ligado a la corona leonesa, pero haciendo lo que le daba la gana, algo así como Castilla cien años atrás. Fue su hijo el que se coronó rey, muy ayudado por los obispos portugueses, nombrados por su padre, que eran del Cluny y que influyeron en el Papa para que lo reconociera como tal. Casualmente, el Papa que acabó reconociendo al reino también había pertenecido a la Orden de Cluny.

Y aquí llega una historia que empezó intentando ser épica y acabó como el rosario de la aurora. Intentaré contarla.

Recordemos a Alfonso VI, rey de Castilla y León (incluida la zona portuguesa, no se olvide). El hombre había quedado maltrecho en la derrota que le infringieron los almorávides en Sagrajas, así que no pudo acudir a la siguiente gran derrota que se avecinaba, en Uclés, pero mandó allí a su hijo y heredero, de catorce años, a la batalla. En Uclés se vivió una derrota sin paliativos para la parte cristiana, se sucedieron hechos heroicos de parte de la tropa para salvar la vida del niño, pero todo fue inútil. El heredero de la corona murió en las postrimerías del combate y el reino se quedó sin heredero. Ahora, la llamada a heredar la Corona era Urraca, hija de Alfonso VI, viuda de uno de los borgoñones y madre de un heredero.

Alfonso VI había sido el rey cristiano más importante de la península y siempre tuvo como objetivo unificar la cristiandad española, así que concertó un matrimonio de Estado entre Urraca y Alfonso I el Batallador, rey de Navarra y Aragón. Fue un acontecimiento con pretensiones políticas de igual calado que el que se dio más tarde con el matrimonio de los reyes católicos, pero con dos protagonistas muy diferentes. Los acuerdos del enlace incluían que si uno de los dos moría, el que sobreviviera reinaría sobre León, Castilla, Navarra y Aragón. Además, si hubiera un hijo del enlace, éste sería el único heredero de los cuatro reinos, dejando así a un lado los derechos del hijo que Urraca había tenido en su matrimonio con el borgoñón difunto. Esto sentó como un tiro a los nobles leoneses, especialmente a los gallegos, porque veían que de esta forma se diluiría su poder si las cosas llegaban a feliz término, así que desde el principio aludieron a la consanguinidad entre los conyugues, que eran primos lejanos, cosa que era ridícula, porque en todos los matrimonios regios en aquella época había existido la consanguinidad. Al final, los hechos derivaron en tal disparate que esta fue la única solución que encontró el Papa para poner cierto orden en esta esquina de la cristiandad.

Hablemos primero de Urraca. Reina en un mundo de hombres que siempre tuvo clara su posición regia y que no iba a dejarse amilanar por su condición de mujer. Ejerció su cargo de principio a fin y le plantó cara a su regio esposo, que tenía una personalidad como para echarle el pan de lejos. Urraca fue casada en matrimonio de Estado, a pesar de que ya tenía una relación pública con un conde, al que no dejó a pesar del enlace. Éste no fue el único novio que tuvo y no sabemos si lo que sucedió entre ambos esposos pudo ser debido a los fortísimos dolores de frente que sufrió el Batallador como consecuencia de ello.

Respecto a el Batallador, todo podría resumirse en que su principal obsesión era expandir Aragón hasta llegar al mar y desde ahí, irse a batallar a las Cruzadas en Tierra Santa. Tenía un perfil más de monje guerrero que de marido, vivía una vida ascética y nunca iba con mujeres. Su obsesión era la lucha contra el moro. Lo de que el Batallador llegara a las costas mediterráneas no hacía ninguna gracia en Barcelona porque, de haberse producido, habría dejado sin capacidad de expansión de Cataluña hacia el sur.

De la reconquista, existe una leyenda aurea en torno a la figura del Cid Campeador que lo considera el guerrero por excelencia de estos siglos. Es cierto que esta leyenda se está desmontando en la actualidad y se está yendo al extremo contrario, tildándolo de mercenario al servicio de unos y de otros. Creo que no podemos virar entre el blanco y el negro y que, en tonos de grises, el Cid fue indiscutiblemente un gran guerrero de su tiempo, auténtico rey de la taifa de Valencia, que hacía lo que todos, apoyar a quien le pagara a él y a su ejército.

Pero, por encima del Cid, mi candidato a “mejor soldado de la Reconquista” es Alfonso I el Batallador. Fue una especie de “Juan sin miedo” que afrontó todo tipo de riesgos. A su muerte legó más del doble de los territorios que había heredado. Como veremos más adelante, su toma de la ciudad de Zaragoza fue modélica en una época en la que la bestialidad era lo más común. Otra cosa fueron las relaciones de pareja entre Alfonso y Urraca, aparentemente llamados a realizar la gran unificación de la España cristiana. Alfonso apaleó y encerró a Urraca varias veces, teniendo esta que ser rescatada por sus condes.

Definitivamente, Alfonso era más bruto que un arado y a Urraca nunca se le pasó por la cabeza ser “reina florero”. Llamar desencuentro a lo que hubo allí es quedarse muy cortos, porque lo exacto es llamarle guerra civil. Fue el colmo de la Edad Media española, ya no era guerra entre cuñados, hermanos o tíos y sobrinos; los ejércitos de Urraca y Alfonso se las vieron varias veces en una auténtica guerra civil donde peleaban y se mataban partidarios de una y otro, batalla tras batalla. Luego, una y otra vez, en una especie de relación tóxica, ambos se reconciliaban y volvían a empezar, hasta que el Papa puso orden y bajo pena de excomunión disolvió el matrimonio.

Lo que en realidad subyacía en el matrimonio de Urraca y Alfonso era el enfrentamiento de dos Españas muy distintas.

Por una parte, Urraca representaba y defendía las características de su reino feudal, basado en señoríos y sostenido por la fuerza de los grandes nobles. Se trataba de una situación de mantenimiento del estatus de los señores frente a los siervos.

Alfonso, sin embargo, estaba en plena fase de ampliación de su reino y necesitaba repoblar. Estamos en una época de fronteras difíciles, así que este rey entendió perfectamente que a la gente había que darle derechos para ofrecerles así razones para defender sus tierras. El Batallador nunca renunció a sus derechos sobre Castilla. Allí, e incluso en León, concedió a las villas fueros y franquicias, en detrimento de los intereses feudales, para gran disgusto de la reina y sus nobles.

Belorado, una ciudad en el Camino de Santiago al oriente de Burgos, donde hay personas a las que tengo especial cariño, obtuvo fueros del Batallador, entre cuyos derechos se incluía el permiso real para celebrar, por primera vez en España, una gran feria anual.

Distingamos entre dos fenómenos comerciales muy distintos, mercado y feria. Para ello pondremos como ejemplo a Belorado, donde ya había un mercado semanal por concesión del conde Fernán González. Era un acontecimiento local que se producía con periodicidad semanal. Un día a la semana, los comerciantes de la ciudad estaban autorizados a exponer sus productos para venderlos a sus paisanos. Era, por tanto, un acontecimiento local donde se vendían productos de primera necesidad y útiles de consumo habitual.

Una feria era algo de mayor relevancia. En primer lugar, duraba varios días y atraía a comerciantes y compradores que no sólo eran de los alrededores, también venían de puntos lejanos para comprar y vender todo tipo de productos.

Hasta aquel momento había habido dos rutas comerciales importantes, la que venía del sur trayendo productos de los mercados musulmanes y la del norte, a través del Camino. La intolerancia almorávide había cerrado todo tipo de contacto con el sur, así que sólo quedó la que traía paños de Francia y Flandes más algún otro artículo de lujo.

En esta primera feria de la España cristiana, como en muchas otras que le sucedieron, no sólo existía la venta minorista, de hecho, era más importante el comercio al por mayor y aparecieron los cambistas.

Para seguir con las gestas de el Batallador, su conquista de Zaragoza era el segundo golpe de importancia en la cristiandad después de la conquista de Toledo por su homónimo castellano. Con Zaragoza, Aragón se convertía en una auténtica potencia peninsular que tener en cuenta. Respecto a la forma y el estilo con que se tomó, el rey permitió que todo aquel que quisiera irse, llevase consigo todas sus pertenencias. Esto generó tal clima de confianza que la mayoría de los 20.000 musulmanes que entonces vivían en Zaragoza se quedaran.

Otra de sus grandes campañas fue la de Granada, que no pudo tomar, pero que le supuso un periplo larguísimo durante el que se le fueron uniendo 14.000 mozárabes, a los que llevó de vuelta con él y a los que instaló en los alrededores de Zaragoza, otorgándole fueros.

Pero Alfonso I el Batallador acabó muriendo y su testamento iba a ser tan excéntrico como había sido el personaje. Un auténtico lío diplomático al principio, afortunadamente con buenas consecuencias en el medio plazo.

Cuando se abrió el testamento del Batallador se organizó un lío dinástico sin precedentes, porque este rey con alma de cruzado dejó sus reinos en herencia a las tres órdenes militares que custodiaban Tierra Santa (los caballeros del Santo Sepulcro, los Hospitalarios, que luego serían conocidos como Orden de Malta, y los Templarios). Esta decisión, implícitamente, suponía dejarle el control absoluto a la Santa Sede, porque los caballeros dependían directamente de ella, así que al Papa se le afiló el hocico y no estuvo dispuesto a soltar cacho. Curiosamente, ninguna de las tres Órdenes mostró excesivo interés en ejecutar lo dispuesto en el testamento.

Los nobles aragoneses y navarros no estuvieron dispuestos a acatar el testamento y se armó un revuelo donde todo el mundo llegaba aportando su árbol genealógico para demostrar su derecho al trono pero, para resumir, Navarra y Aragón se escindieron. En Navarra quedó como rey no reconocido por el Papa un nieto del Cid y en Aragón quedó Ramiro II el Monje, hermano del rey muerto, que tuvo que colgar los hábitos para hacerse cargo de su parte. Este rey, por cierto, que debería haber pasado a la Historia por un hecho trascendental de altura política, lo ha hecho por un incidente que no está claro que fuese cierto: “la campana de Huesca”, la historia de la decapitación de sus trece nobles más díscolos.

En cualquier caso, Ramiro II había sido llevado al cargo porque con ello los nobles quisieron asegurarse un rey títere, pero se encontraron con un auténtico hombre de Estado. El exmonje hizo su trabajo. Primero desposó con una noble francesa y al año tuvo su heredera, Petronila. A continuación llegó el trabajo diplomático y cuando la niña sólo tenía un año, la comprometió en matrimonio con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, que tenía 24. Por este compromiso, Ramón fue nombrado príncipe de Aragón y el heredero que éste tuviera con Petronila, aunaría para siempre los feudos catalanes y aragoneses bajo la Corona aragonesa. Hecho esto, el rey Ramiro y su mujer desaparecieron de la esfera pública, se separaron y cada uno de ellos se fue a pasar el resto de su vida a sendos conventos.

El tino de la maniobra de unión de Aragón y Cataluña consistía en callar bocas. Resulta que el conde de Barcelona era caballero templario, así que con la unificación, si bien Aragón no quedaba en manos de la Orden, sí lo hacía en uno de sus miembros. Los contactos diplomáticos siguieron su curso y el Temple aceptó de buen grado esta sucesión a cambio de privilegios para establecerse en Cataluña y Aragón. Tema resuelto.

Yendo ahora al otro extremo, en Portugal, tras los condes Teresa y Enrique, que ya venían actuando de forma independiente desde el principio, llegó su heredero, Alfonso Enríquez, que muy apoyado por los obispos cluniacenses se intituló rey de Portugal en 1139. Es cierto que el papado no reconoció el título hasta cuarenta años más tarde, pero la separación era ya un hecho. Para fortuna de Portugal, adelantando un poco lo que se tratará en el apartado siguiente, recaló allí una expedición de cruzados ingleses y normandos, de camino a Tierra Santa. Al recién estrenado rey portugués no le costó trabajo convencerlos de que no había que ir tan lejos para matar moros y cobrar botines, así que con su ayuda, tiró para el sur y extendió la frontera portuguesa hasta Lisboa, la cual reconquistaron.

Finalmente, en el sur, los almorávides vivían horas bajas. Totalmente desprestigiados y en buena medida relajados en sus costumbres les habían salido unos enemigos muy poderosos en Marruecos, los almohades, que eran aún más integristas de lo que ellos habían sido en sus principios y que apoyados en clanes bereberes les estaban haciendo la vida imposible y los estaban debilitando en una guerra civil.

La hegemonía almorávide estaba llegando a su fin en Al-Ándalus porque se estaba descomponiendo en Marruecos. Esto lo supieron ver los reyes cristianos que en estas fechas mojaron sus pies en las playas del extremo sur de sus fronteras durante varias expediciones de castigo: Almería, Málaga y Cádiz.

La revolución almohade basaba su fuerza en sus ejércitos, obviamente, pero también en el descontento popular contra los almorávides, que cayeron más desde dentro que desde fuera, de forma que cuando las primeras tropas almohades desembarcaron en España, en 1146, ya habían sucedido levantamientos populares y derrocamientos en muchas ciudades del sur.

Repoblación mediante órdenes militares (1150-1212)

Durante este período se ganaron los valles del Guadiana y las tierras del maestrazgo, entre Teruel y Castellón. El avance siguió siendo mayor en la zona occidental que en la oriental.

Aunque cada vez hubo más tierras conquistadas, la capacidad de cubrirlas con concejos que protegieran las nuevas fronteras prácticamente se agotó. Eran tierras cada vez más disputadas con los moros, así que hubo que recurrir a nuevos mecanismos y los reyes encomendaron la defensa a las órdenes militares. En principio se recurrió a los templarios y los hospitalarios, pero finalmente estas tierras quedaron en manos de las órdenes españolas de Alcántara, Santiago, Calatrava, Montesa y la portuguesa de Avis, que gestionaron inmensos latifundios muy poco poblados, por lo que se recurrió a la ganadería, menos demandante de mano de obra que la agricultura y además móvil, por lo que siempre se podía huir con los rebaños ante una amenaza de incursión musulmana.

La Orden de Calatrava nació ante la llamada del reino de Castilla para defender esa ciudad y su entorno, fue fundada por dos monjes cistercienses que en pocos meses lograron convocar un ejército permanente de 20.000 hombres. La de Santiago surgió en el reino de León para defender el Camino y la frontera de Extremadura. La Orden de Alcántara nació para defender el entorno de Ciudad Rodrigo, la de Montesa, en Valencia, a instancias del rey de Aragón y la de Avis en Portugal, como herencia de los caballeros cruzados que habían llegado no hacía mucho.

Mientras, los almohades se habían hecho dueños de Al-Ándalus, que seguía siendo una provincia magrebí, y el rigor religioso dio una nueva vuelta de tuerca en la España mora de donde tuvieron que huir prestigiosos intelectuales como Averroes o Maimónides. Los almohades se encontraron con el mismo problema que habían tenido los almorávides, heterogeneidad de la población y antipatía de la gente a su fervor religioso. La gran primera afluencia de tropas almohades desde el Magreb sucedió en 1165, la siguiente en 1095 y finalmente, la última y definitiva en 1212, para presentar batalla en las Navas de Tolosa.

En la parte cristiana, frente a la relajación que se estaba dando en la Orden de Cluny, llegó una nueva, la del Cister, que acabaría siendo más poderosa e influyente que su predecesora. Si Cluny trajo el Románico, Cister traería el Gótico. Igual que en su momento Cluny llegó para reformar y purificar la regla de san Benito, ahora el Císter llegó para reformar y purificar a Cluny.

El carácter de las nuevas poblaciones fue cambiando según se avanzaba hacia zonas más pobladas. En la zona del Tajo, por ejemplo, los castellanos se encontraron con mucha población que decidió quedarse. Por supuesto se quedaban los mozárabes, encantados, pero también permanecían judíos y musulmanes. En algunas zonas de Aragón y Cataluña los mudéjares llegaron a ser un tercio del total de la población (recordemos que los mudéjares son los musulmanes en tierras cristianas). Al norte también había nutridas comunidades de francos, con especial representatividad en Pamplona y Lérida.

Esta fue una época de desencuentros entre los monarcas cristianos, más preocupados en ganar terrenos a izquierda y derecha que en avanzar hacia el sur. La Santa Sede no ayudó, muy preocupada por impedir los matrimonios entre parientes, que habrían servido para unificar intereses y crear pactos. En fin, los conflictos se desarrollaron geográficamente más en lo horizontal que en lo vertical.

Los almohades supieron aprovechar la situación de conflicto perpetuo entre los intereses patrimoniales de los reyes cristianos, más interesados en ganar cortijos que en cualquier ambición de índole identitario. Con ello, mediante algún que otro pacto con éste o aquel monarca, lograron controlar la situación y mantener a raya al enemigo cristiano. No nos engañemos, en aquella época lo importante era expandirse patrimonialmente y a los cristianos nunca le dio especial reparo aliarse con el moro si así le podían quitar alguna que otra comarca al vecino.

Las cosas empezaron a complicarse no sólo para la España cristiana, sino para toda Europa. El músculo almohade parecía no tener fin. En 1195 su líder, Yusuf, reunió un ejército que las fuentes de entonces cifran en 300.000 hombres que llevó hacia el norte. Fueran en número lo que dicen las fuentes, que es más que dudoso, la mitad o la cuarta parte, el ejército era numerosísimo. Una de las principales razones de la lentitud de la reconquista fue la fuente inagotable de guerreros que el Magreb siempre había suministrado a Al-Ándalus.

El ejército de Yusuf pasó Despeñaperros y se encaminó hacia Toledo, pero al llegar a Alarcos, que está en Ciudad Real, se encontró con las tropas castellanas, a las que masacraron. Se cree que allí murieron entre veinte y treinta mil castellanos y el golpe para Castilla fue tan duro que no estuvo en condiciones de enfrentarse seriamente a los almohades hasta que creció una nueva generación de hombres.

A partir de la sangría de Alarcos, los monarcas cristianos comenzaron a consolidar pactos entre ellos y en esto ayudaría mucho la posición del Papa, que envió a muchos embajadores para animar a la unión contra el moro.

Los almohades fueron una amenaza muy seria, por su capacidad de armar grandes ejércitos y por su fanatismo yihadista. Cuando murió Yusuf le sucedió su hijo, al que la cristiandad conoce como el Miramamolín. Éste había jurado tomar Roma y que su caballo abrevará en el Tíber.

La siguiente excursión seria la realiza el Miramamolín, de nuevo atravesando Sierra Morena y atacando y rindiendo el castillo de Salvatierra, que era el punto más avanzado de la vanguardia castellana, muy bien guarecido por los caballeros de Calatrava, que nada pudieron hacer para contener el ataque. Ahora, sin las defensas fronterizas que antes aseguraban Alarcos y Salvatierra, a los almohades se les abría una franja de paso hacia el norte y la preocupación se extendió a toda la cristiandad, que veían a este califa muy capaz de atravesar los Pirineos y cumplir su promesa romana, así que el Papa puso lo que más podía poner, al declarar la Santa Cruzada y hacer proclamas en todas las diócesis europeas para que se armaran ejércitos con los que bajar a España y ayudar a los reinos cristianos en su lucha desigual.

La tropa cristiana que partió de Toledo contaba con unos treinta mil hombres venidos de Europa, cincuenta mil castellanos, veinte mil aragoneses, el rey navarro con doscientos caballeros y sus correspondientes tropas, y algunos voluntarios portugueses y leoneses porque sus reyes no quisieron unirse a la llamada. Allí se juntaron tres reyes cristianos y los grandes maestres de todas las órdenes militares.

A mitad de camino, casi toda la tropa extranjera decidió volverse por donde habían venido porque no estuvieron de acuerdo con que se les cortasen las alas en las degollinas que ellos querían hacer por el camino. De hecho, en Malagón no dejaron títere con cabeza, que era su forma de hacer Cruzada al estilo de lo que hacían en Tierra Santa. El rey castellano les reprendió con dureza y les prohibió repetir en las siguientes ciudades que fueron tomando por el camino. Los españoles, acostumbrados a la coexistencia durante siglos, no veían las cosas como ellos, así que quejosos de no poder ejecutar a todo moro o judío con el que se cruzasen y sobre todo, por la falta de botines, se dieron media vuelta y dejaron el ejército cristiano reducido a dos terceras partes, lo cual dicen que paradójicamente resultó provechoso para los cristianos, porque posibilitó una mejor intendencia.

En las Navas de Tolosa, un ejército de setenta mil cristianos derrotó al musulmán, que contaba con cien mil hombres. Esta batalla tuvo lugar a escasos kilómetros de otra, que ocurrió seiscientos años después cuando en los campos de Bailén un ejército español derrotó a otro francés.

Inmediatamente después de la victoria, los cristianos tomaron buen número de plazas en los alrededores para asegurar su situación más allá de la nueva frontera natural, que ahora estaba en Sierra Morena. El Miramamolín volvió a Marruecos, se instaló en Rabat y a poco murió, dicen que envenenado. En cualquier caso, los almohades habían caído y ahora se abrían ante los cristianos los campos andaluces.

Los hechos podrían haber sido más rápidos a partir de las Navas, pero las cosas no fueron bien a partir de ella. Aquel mismo verano de 1212 ya se estaba desencadenando una epidemia de peste en la península. En los dos años siguientes hubo severas heladas y extremas sequías que arruinaron las cosechas. A Aragón se le habían puesto las cosas serias en sus posesiones francesas, epicentro de la herejía albigense, adonde el rey aragonés tuvo que acudir para defender a sus súbditos cátaros de los ataques que estaban sufriendo por parte de los franceses y en una de las batallas murió tan sólo un año más tarde. Y en Castilla, su rey murió de enfermedad un año después que el aragonés.

Repoblación por repartimientos (1212-1280)

Con la aniquilación de las fuerzas almohades la Reconquista entró en una nueva fase, ahora se trataba de los territorios más ricos de la península: el litoral levantino hasta Murcia y todo el valle del Guadalquivir, zonas densamente pobladas por musulmanes que hubo que ganar a fuerza de duras campañas militares. Las tierras conquistadas se distribuyeron mediante el sistema de repartimientos entre los que participaron en su conquista.

Tras conquistar una zona, los notarios reales inventariaban los bienes y tierras y formaban lotes, llamados donadíos, que se repartían conforme a los méritos y el rango social de los conquistadores. Del reparto se excluían las tierras de los musulmanes (ahora ya, mudéjares) que decidieron permanecer en ellas tras la conquista.

Los miembros de la alta nobleza capaces de movilizar grandes huestes, así como miembros de órdenes militares y el alto clero recibieron grandes “donadíos”, lo cual fue el origen del latifundismo andaluz. Aunque también hubo repartos de parcelas pequeñas.

El siglo XIII fue determinante para la reconquista. La victoria de Las Navas de Tolosa (1212), la toma de Mallorca por Jaime I (1229) y la definitiva unión de Castilla y León (1230), son el prólogo a un fuerte avance cristiano a mediados de siglo: Córdoba (1236), Valencia (1238), Murcia (1243), Sevilla (1248) y Cádiz (1265). Se puede decir que antes de finales del siglo XIII la suerte de la reconquista estaba echada. De la España musulmana no quedaba sino un relativamente pequeño reino de Granada, que no obstante sobreviviría otros dos siglos más.

En cualquier caso, la reconquista de los reinos del sur, sobre todo los de Murcia y Sevilla y la apertura para la navegación cristiana del estrecho de Gibraltar, dieron a Castilla también la posibilidad de integrarse en unos circuitos comerciales mediterráneos de los que hasta entonces había estado aislada. Pero Castilla no era ajena al mar, porque en su zona cantábrica se estaba desarrollando un pujante comercio marítimo con los litorales de Centro Europa. Desde un siglo atrás están acreditadas las expediciones balleneras atlánticas de cántabros, vascos y astures, que con el tiempo llegarán a establecer bases en Terranova.

La Corona de Aragón empieza a estar consolidada política y económicamente y se lanza a su expansión mediterránea. Es en esta zona donde se crean grandes centros urbanos con privilegios reales que atraen los grandes capitales. Las necesidades de estas urbes facilitan el desarrollo de los gremios, que fomentan el desarrollo industrial de Aragón que realimentado por su expansión marítima facilitan la progresiva exportación de productos industriales, sobre todo textiles, muy especialmente desde Barcelona.

A lo largo del siglo XIII se pasó de la fabricación de paños de baja calidad, que obligaba a importar los tejidos de mayor calidad a una industria que fabricaba buen género y exportaba por todo el Mediterráneo. Pero el textil no era la única actividad. La metalurgia, incluida la platería, la confección, la industria de curtidos y la construcción son otras tantas actividades que se beneficiaron de la coyuntura de crecimiento.

En Castilla, la industria fue con mayor retraso por su condición más continental que marítima, su mayor desgaste en el proceso de reconquista y el auge que estaba teniendo la industria ganadera, que acabó también teniendo repercusión en una notable mejora de la industria textil, que más tímidamente que Aragón, también empezó a exportarse. Las ciudades donde antes se desarrolló una industria pañera de calidad fueron Segovia, Zamora, Ávila y Soria, ciudades relacionadas también con el auge de la Mesta y por lo tanto, con las disponibilidades de una buena materia prima. Más adelante estas actividades se extendieron a otras ciudades, sobre todo del sur, como Toledo, Murcia o Córdoba.

Los territorios que se iban conquistando ofrecían también la posibilidad de incorporar sus actividades artesanales tradicionales a los mercados de una Castilla cristiana más extensa que antes. También el aumento de población facilitaría esto, pero los procesos de reconquista en territorios tan amplios y relativamente poco poblados llevaron consigo dislocaciones de los mercados en la medida que la población se movió de un lugar a otro.
Fuera de las zonas ricas y fértiles, en buena parte de las nuevas tierras no eran posibles los cultivos extensos o no había población suficiente para desarrollar la agricultura, así que se optó por la ganadería de amplios espacios organizando el territorio, cosa que sólo los grandes señores podían hacer eficazmente.

Estamos ante una España bastante mejor definida que antes, en la que existen seis reinos que quedan en cinco: tras la situación inicial de Portugal, Castilla, León, Navarra, Aragón y el recién creado reino de Granada, los reinos de Castilla y León quedaron bajo una misma autoridad, la de Fernando III el Santo, que aunó definitivamente estas dos coronas que nunca volverían a segregarse.

Aragón tenía una estructura algo compleja, porque englobaba el antiguo reino de Aragón, el Condado de Barcelona, las Baleares y el reino de Valencia, recién conquistado, al que el rey Jaime I otorgó fueros especiales. La región valenciana englobaba a Castellón, Valencia y parte de Alicante. Cuando llegaron los cristianos se encontraron con una sociedad en la que convivían 120.000 musulmanes, 65.000 cristianos y 2.000 judíos.

El reino granadino se construyó sobre los desechos de las antiguas taifas bajo la única cabeza de Alhamar I, hasta entonces reyezuelo de la ciudad de Arjona, patria chica, por cierto, de éste que os está hablando. Esta primera etapa de un reino que se fue achicando en sucesivas conquistas se extendía por las actuales provincias de Almería, Granada, Málaga y un poco de la de Jaén.

La convivencia no fue fácil en esta época en la que las tornas habían cambiado y los antiguos conquistadores eran ahora los conquistados. Se produjeron revueltas mudéjares relevantes en Sevilla, Murcia y Alicante. En las ciudades que opusieron resistencia al avance cristiano no se permitió que los mudéjares permanecieran en sus tierras y durante estos años hubo una incesante migración de mudéjares rumbo al recién creado reino granadino.

En el conjunto cristiano, no exento de riñas serias entre reyes que querían ampliar sus regios solares, existía no obstante una amalgama familiar interesante. Baste como ejemplo decir que en 1212, el rey de Portugal era hijo de una catalana, el de León de una portuguesa, el de Castilla de una navarra y los de Navarra y Aragón, eran hijos de sendas infantas castellanas.

El remate cultural de este período se da en la España cristiana de la mano de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, que como rey fue un desastre en lo político y lo económico, pero que situó a Castilla en la cima de la cultura europea de entonces. Con él, la Escuela de Traductores de Toledo llegó a su máximo esplendor. Fundó la primera universidad española en Salamanca, la cuarta de Europa tras Bolonia, Oxford y Cambridge. Emprendió el trabajo de escribir la primera Historia de España. Creó un observatorio astronómico puntera en su tiempo y compuso centenares de poemas tanto religiosos como profanos. La novedad del rey Alfonso fue que bajo su protección, no sólo se tradujo mucha obra, sino que también se creó mucha obra nueva.

Honrado Concejo de la Mesta

Respecto a la actividad ganadera, que se intensificó a partir de ahora, no fue una actividad nueva en la Península porque, en zonas de agricultura pobre, la ganadería siempre supuso un complemento a las actividades agrarias incluso cuando la lana no se había convertido en una posibilidad lucrativa.

En épocas romanas, la cría de ovejas, incluido el aprovechamiento de la lana, era una actividad habitual en la Península. Hubo escritores romanos que alabaron la calidad de la lana española. La importación de ovejas africanas y su cruce en la Península dio lugar a la raza merina. La costumbre de la trashumancia, que veremos más adelante ya se practicaba en el norte de África y no se sabe cuando se originó en España, pero sí existe constancia escrita de litigios entre agricultores y pastores en la época visigótica.

Se supone que tras la invasión musulmana continuó el pastoreo de ovejas y que luego se acrecentó. Algunos autores sostienen que la necesidad de búsqueda de nuevos pastos fue uno de los motores de la reconquista.

La primera institución ganadera que aparece en la Península es la Casa de Ganaderos de Zaragoza, en 1218, que nació cincuenta y cinco años antes que la Mesta y que, por cierto, aún pervive.

La conquista de extensos pastizales extremeños y manchegos favoreció la expansión de la ganadería trashumante, esto dio lugar en todos los reinos a unas organizaciones de ganaderos y de pastores en torno a varias Mestas con el objetivo de defender organizadamente sus intereses. En concreto, en Castilla y León existían cuatro de estas agrupaciones, las de León, Soria, Segovia y Cuenca. Son las que más tarde se agruparían en el Honrado Concejo de la Mesta, organizado definitivamente en 1273, como institución propia y privilegios claramente establecidos que les son otorgados por el rey Sabio.

La Mesta fue un instrumento de desarrollo de la ganadería trashumante en beneficio, sobre todo, de la exportación lanera de muy alta calidad para alimentar la industria de paños en los Países Bajos, Francia e Inglaterra a través de los puertos cantábricos. Era todo un negocio para la Corona castellana que recogía de ella los impuestos de exportación más los propios del discurrir y pastar de los rebaños durante sus migraciones estacionales.

Quién no ha oído alguna vez el dicho de: no hay que mezclar churras con merinas.

Las ovejas churras se utilizan para producir leche, carne, o lana basta, del tipo de la que se empleaba para rellenar colchones y permanecían estabuladas. Las merinas, por el contrario son trashumantes, ofrecen una lana fina muy apreciada para la producción de paños de calidad. Las merinas fueron en su tiempo, la auténtica joya del reino de Castilla y es a lo que la Corona se dedicó a proteger y privilegiar a través de las concesiones a la Mesta. Una de las concesiones, por ejemplo, fue que los pastores estaban exentos del servicio de armas.

Aunque al frente de la Mesta hubiese una persona nombrada directamente por el rey, ésta nunca fue una institución aristocrática. Pero en la práctica estaba controlada por los principales ganaderos, que eran señores nobles o conventos influyentes. En realidad, era una situación que beneficiaba a todo el sector. A los grandes porque afianzaba su poder y a los pequeños, que vivían al rebufo de la influencia de los grandes.

A mediados del siglo XIV se crearon nuevas técnicas de hilado y cardado, el uso de la rueca, la rueda de hilar y la expansión de los molinos bataneros. Esto hizo aumentar la producción de paños de calidad y redundó en un espectacular incremento de la cabaña merina, que fue, con mucho, la principal industria castellana.

Lo que en principio fue un notable progreso para la economía, con el paso de los siglos acabó siendo una institución basada en privilegios arcaicos que acabó frenando el progreso castellano hasta que fue abolida a mitad del siglo XIX.
La importancia de la Mesta es incuestionable para estos primeros tiempos de Reconquista. De todos modos, como ya dije antes, según Tortella y Núñez, el problema no era lo que en un momento dado se desarrolló, sino que con el tiempo no se hicieran los cambios oportunos cuando fueron necesarios.

El horrible siglo XIV

Lo del siglo XIV fue como esas películas de ciencia ficción en las que podemos imaginar a un cronista que se queda dormido en torno a 1300 en una Europa relativamente próspera y al despertar, casi un siglo después, lo que encuentra es un rastro de desolación, pobreza y muerte.

En este canal hay un episodio específico para lo sucedido en el siglo XIV, concretamente la entrega 29 que se titula La Peste Negra, así que no me extenderé mucho aquí y haré un pequeño resumen adaptado a la situación española, que difiere poco de la europea en estos años. Baste decir como titular que, en concreto para la Reconquista, supuso un parón en seco.

Las razones de este parón fueron tanto exógenas como endógenas. En lo exógeno hay que tener en cuenta el clima y las epidemias. En lo endógeno, las crisis, que más que políticas eran el resultado de ambiciones patrimoniales y discusiones sucesorias entre unos reyes y señores feudales cristianos más preocupados por heredar el reino o la comarca vecina que por centrarse en luchar contra los sarracenos. Únase a ello algún que otro rey más que penoso y el panorama queda resuelto.

No obstante, la situación de la España cristiana peninsular no era peor, ni ajena, al jaleo que se montó en tierras de Francia, que por aquella época era un puzle político por resolver.

Por hablar primero de los factores exógenos. El clima cambió y las temperaturas bajaron, es lo que se conoce como la Pequeña Edad del Hielo, que impactó en la producción de cereal, que se redujo, y provocó hambrunas y desnutrición. Incluso disminuyeron los forrajes, por lo que los rebaños menguaron.

En una población desnutrida bajan las defensas y la convierte en carne de cañón para enfermedades infecciosas de todo tipo, así que vinieron las epidemias. La peor de ellas fue la Peste Negra (la mítica Pestilencia) que desde Oriente llegó a toda Europa a mitad de siglo. A España llegó a través del puerto de Palma de Mallorca, de ahí pasó a las costas levantinas y luego se propagó hacia el interior, cebándose sobre todo en tierras de la Corona de Aragón y Navarra, aunque de la Peste no se libró nadie porque se propagó por todas las vías de comunicación, en especial el Camino de Santiago. En la Corona de Castilla, se llevó por delante a su rey, que murió de peste mientras asediaba Gibraltar, que estaba en manos de los molestísimos benimerines, la tercera oleada de guerreros magrebíes, después de almorávides y almohades, que esta vez puso las cosas muy serias en las costas mediterráneas durante más de treinta años. Es cierto que los benimerines fueron un problema, pero también lo es que nunca fueron una amenaza hacia el norte y todo quedó resuelto en los campos andaluces.

Con la Peste, de forma casi repentina los campos y ciudades quedaron despoblados. Por ejemplo, en Plana de Vic murió dos tercios de la población, en Teruel un tercio y en Mallorca un cuarto. Como consecuencia del descalabro demográfico, los señores feudales entraron en una situación de inestabilidad económica, con tierras sin labrar y cobrando menos impuestos. Esto acabó en guerras generalizadas por toda Europa. España no pudo ser menos y aquí se libró la guerra civil castellana entre dos hermanastros. Hay que tener en cuenta que, a estas alturas, Castilla se había convertido en la gran protagonista de la Reconquista, así que a la fuerza, el avance sobre el reino de Granada quedó reducido a cabalgadas de pillaje en uno y otro sentido, quizá con un saldo más positivo para los musulmanes que para los cristianos.

Aragón había empezado el siglo con muy buen pie. Tras sucesivos pactos con Castilla para acotar los futuros avances, se le habían agotado las tierras que conquistar en la Península, así que acabada esa vía de crecimiento se centró en su vocación marinera de siempre, con bastante buen tino, por cierto. Territorialmente dominaba el Rosellón, Cerdeña, Córcega y Sicilia.

La Corona aragonesa se había convertido en una potencia marítima comercial de extremo a extremo del Mediterráneo con bases en Barcelona, Valencia, Mallorca y numerosas delegaciones repartidas por las costas mediterráneas. El comercio floreció extraordinariamente. A lo largo de los puertos aragoneses llegaban desde el este seda, pimienta, algodón, oro, perfumes, papel, quizá también esclavos. De ellos salía lino, paños, lana y algunas manufacturas procedentes de artesanos locales y de las nuevas tierras conquistadas.

En Aragón, Jaime I el Conquistador otorgó naturaleza legal al gremio de hombres del mar de Barcelona, que incluía, además de a los marinos, a todos los que vivían del comercio marítimo también en tierra firme. Les otorgó fueros y creó un tribunal específico para resolver sus litigios: el Consulado del Mar. Pronto estos consulados se extendieron a otros puertos, como Perpiñán, Valencia o Mallorca. En torno a esta actividad comercial surgieron las lonjas, auténticos templos del comercio. En los puertos extranjeros operaban los cónsules de Ultramar, con una doble misión, comercial y diplomática.

A final del primer cuarto del siglo, a Aragón se le acabó la racha cuando Genoveses y Pisanos empezaron a hacerle frente en el mar y cuando los nobles feudales de la Corona empezaron a revolverse, porque no olvidemos que la esencia aragonesa, en especial la catalana, era eminentemente feudal. Valencia le arrebató el protagonismo a Barcelona. Como tantas otras veces, una mala política sucesoria acabó logrando que todos: hermanos, hermanastros y nobles acabaran luchando entre ellos y todo estaba preparado para que llegara la Peste y rematara la situación.

Si el arranque de siglo fue bueno para Aragón, no sucedió lo mismo en Castilla y León donde se estaba produciendo una inestabilidad política sin parangón que supuso una debilidad en lo militar que los granadinos supieron aprovechar muy bien para hacer cabalgadas de castigo y saqueo en sus tierras.

Respecto a Navarra y Castilla, que acabaron guerreando entre ellos, coincidieron dos reyes a cuál peor: por Navarra Carlos el Malo y por Castilla Pedro el Cruel. Los apelativos los puso la historia, no yo. En concreto al Malo se lo pusieron los franceses, porque fue allí donde cometió sus tropelías. Al Cruel se lo pusieron los castellanos, porque fue aquí donde se empleó a fondo en dejar una triste memoria de su reinado.

Estamos en el principio de la guerra de los Cien Años, que se está librando en tierras de la actual Francia entre franceses e ingleses. Esta guerra iba a tener consecuencias (malas) para mucha gente en Europa. Por ejemplo, fue la causa del hundimiento de la banca italiana y una ruina para varias ciudades del norte de Italia. En España, en una guerra civil que está a punto de empezar en Castilla, supondrá el destino de huestes de uno y otro bando en las treguas que franceses e ingleses se concedieron. Para el pueblo llano, las consecuencias fueron las de siempre: devastación de campos, más hambrunas y mucha epidemia, porque como sabemos, los ejércitos son un eficacísimo vehículo para transmitir patógenos.

Pero, por si aquello de la inestabilidad no tuviera límite, en este momento llegó la crisis al papado, que hasta entonces, con mejor o peor criterio había sido un árbitro entre contendientes, llamando al orden y a la unidad en tiempos de crisis. Sucedió en tiempos del Papa Celestino, que se vio obligado a mediar entre los intereses de aragoneses y franceses en Sicilia y Nápoles. Este papa no acababa de decidirse y la Curia lo obligó a dimitir para dar paso al nuevo papa Bonifacio, cuya primera decisión fue encarcelar a su predecesor, el papa emérito, que casualmente murió de inmediato. Bonifacio intentó solucionar la cosa con arreglos políticos que no gustaron a nadie y sobre todo, disgustaron a los franceses. Entre el rey francés y Bonifacio hubo más que palabras, en concreto guantazos que le dieron al papa unos comisionados del francés, pero las “hostialidades” acabaron pronto porque el papa murió. Al siguiente lo envenenaron y casualmente el que llegó después fue un papa francés que para dejar claro su posicionamiento decidió coronarse no en Roma, sino en Lyon ante el rey de Francia. Para rematar la impostura, trasladó la sede pontificia a Aviñón en 1309, donde permaneció setenta años. Por cierto, estos dos personajes (rey y papa) fueron los que decidieron la ignominiosa extinción de los templarios.

He dicho que el Papado se estableció en Aviñón setenta años, pero no es del todo cierto, porque tras este período llegó lo peor, el llamado cisma de Occidente, que sucedió cuando hubo pasado este tiempo y que se alargó durante cuarenta años más. Comenzó cuando el papa vigente decidió que había llegado el momento de volver a Roma, cosa que hizo, pero tuvo la mala fortuna de morir recién llegado y con esto, había que elegir a un nuevo sucesor de la silla de san Pedro.

La elección del nuevo papa se celebró bajo todo tipo de presiones, incluidas las masas que exigían que el elegido fuera italiano, así que los cardenales votaron y parece que no anduvieron muy finos, porque según quedó investido el nuevo, por cierto italiano, empezaron a arrepentirse uno tras otro por haber designado a alguien que estaba empeñado en hacer reformas que no gustaban a nadie. Auspiciado por el rey francés se celebró un conclave paralelo que eligió, como no, a un papa francés que se instaló en Aviñón. El cisma estaba servido y ahora la cristiandad no sabía a qué atenerse porque en rigor ambos papados eran legítimos, así que frecuentemente las obediencias a uno u otro se decidieron por cuestiones políticas entre reinos partidarios o enemigos de Francia. Sorprende ver como hubo santos, actualmente canonizados por la Iglesia, que estuvieron en una y otra parte.

Como dije antes, el cisma tardó en resolverse cuarenta años, estando en la sede de Aviñón un papa aragonés, el llamado papa Luna, que decidió no ser un títere de la corona francesa y con ello fue perdiendo apoyos en una época tragicómica en la que llegó a haber tres papas simultáneamente. Finalmente, el papado se recompuso y acabó en Roma, mientras el papa Luna se retiró a Peñíscola sin renunciar a su dignidad hasta que murió, mucho después, a la edad de noventa y seis años.

Volviendo a la Península, el reino de Navarra hacía más de un siglo que estaba gobernado por una dinastía francesa, así que no es de extrañar que su posicionamiento inicial fuera pro-francés en el conflicto europeo. Por aquella época estaba poblado por unos 200.000 habitantes, tenía una economía saneada basada en la minería de los metales y el paso de vías comerciales muy activas. Fue muy castigado por la Peste, que dejó ciudades hasta con un 60% de bajas. En esto llegó Carlos el Malo.

Este rey navarro en realidad estaba interesado en heredar la Corona francesa e intrigó y asesinó todo lo que pudo al abrigo de la Guerra de los Cien Años. Vivía en Francia cuando le tocó heredar, así que bajó a Navarra, se coronó, hizo matar a todos los caballeros de los que desconfiaba, se fue de vuelta para intrigar por el trono francés y no regresó hasta diez años después, lo cual era usual en esta dinastía porque sus miembros gustaban más de residir en Francia que en Navarra. Ya de vuelta, porque de Francia lo echaron a espadazos, se involucró en la guerra civil castellana, pactando con ambas partes, como no podía ser menos dada su personalidad de intrigante. La ambigüedad del Malo acabó pasándole factura, porque le arrebataron varias plazas importantes.

Respecto a Pedro I el Cruel, heredó la Corona con dieciséis años cuando su padre murió de peste en el asedio de Gibraltar. Desde el primer momento su madre tomó las riendas para salvar una situación muy delicada, con Castilla y León divididos en dos bandos de poder que intentaré simplificar.

Frente al bando digamos oficial, el que comandaba la reina madre, estaba el de la amante del rey, que le había dado diez hijos y que en vida de él había sido fiel consejera y muy influyente en la Corte mientras la reina había vivido apartada de ella. Entre tanto, los grandes señores estaban muy molestos porque los bastardos reales habían sido muy beneficiados en los repartos de su padre. Uno de ellos, por ejemplo, era el maestre de la Orden de Santiago, una de las autoridades mayores del reino.

Según la reina se enteró de la muerte del marido, para dejar las cosas claras desde el principio, hizo encarcelar a la amante, a la que ejecutó a reglón seguido. Uno de los hijos de la amante difunta, Enrique de Trastámara no lo perdonaría nunca y acabó sublevándose contra un rey que según iba tomando decisiones fue ganando enemigos internos y acabaría enredado en un lío de faldas que le granjeará otros fuera.  

Cuando el rey Pedro tomó las riendas empezó la degollina de todo el que amenazaba su poder. Para reafirmarlo, se casó con una Borbón francesa, buscando así alianzas externas, pero Pedro era mucho Pedro, dos días después de la boda encerró a su mujer en el Alcázar de Toledo porque andaba liado con una tal María Padilla que le tenía sorbido el seso. Podemos imaginar los aullidos en la Corte francesa. En Castilla, la cuestión marital se usó como pretexto para evidenciar las antiguas rencillas de poder y dividir al reino en dos bandos. Los Trastámara, obviamente, se posicionaron en la facción partidaria de la Borbón, como también lo hizo Aragón, que era aliado de Francia.

Para solucionar las cosas, Pedro cambió a todos los altos cargos de su Corte, desde el valido hasta los maestres de las órdenes de Calatrava y Santiago, con algún que otro ejecutado en el suceso. Después convenció a los obispos para que declararan nulo su matrimonio y volvió a casarse, sin apartarse ni un momento de la Padilla y su familia, a la que había colocado en los nuevos cargos nombrados. En Portugal, visto la que se estaba liando, empezaron a tener fundadas pretensiones de apear de la Corona a Pedro y colocar en ella a un hijo del rey portugués.

Los partidarios de la Borbón eran los grandes aristócratas, que veían en los lazos con Francia la posibilidad de reforzar su poder frente al rey. Los partidarios de la Padilla eran la baja nobleza y los grandes burgueses, que querían justo lo contrario, reforzar el poder real en detrimento de los grandes señores. Estas fueron unas décadas clave para el comienzo del declive del sistema feudal y en Castilla se estaba viviendo esa lucha.

Tras algún que otro conflicto, entre otros con su madre, que ya empezaba a darse cuenta de cómo era la personalidad del muchacho, Pedro empezó a cortar cabezas a diestro y siniestro, arrasando incluso ciudades. Dos hermanos de Enrique cayeron bajo la degollina que el rey estaba organizando por todo el reino. La situación se prolongó durante años y fue tal el disparate que empezaron también a caer antiguos aliados de Pedro, de los que ahora éste desconfiaba.

La situación marital del rey Pedro no podía ser más liosa. Enchochado de la Padilla a la que trataba como reina, una primera esposa Borbón que vivía repudiada y encerrada, y una segunda esposa con la que se había casado tras el repudio, sin excluir dos amonestaciones papales de excomunión. Así que todo aconsejaba simplificar la situación, cosa a la que se dedicó el Cruel haciendo asesinar a la Borbón que involuntariamente estaba sirviendo de excusa a una de las facciones descontentas. La Peste vino a simplificar aún más la situación cuando se llevó por delante a la Padilla.

Así anduvieron las cosas en tierras de Castilla y León durante veinte años, con un rey Pedro I a quien sus partidarios (más tirando al miedo que a la empatía) llamaban el Justiciero y sus enemigos el Cruel. La realidad era que en Castilla cada vez había menos partidarios de Pedro y los franceses estaban dispuestos a hacer lo que fuera para vengar la afrenta que éste les había infringido si no fuera porque andaban bastante ocupados en su larga guerra contra Inglaterra.

Pero hete aquí que se produjo una tregua entre Francia e Inglaterra, y ambos bandos se encontraron ante el mismo problema: sendos ejércitos mercenarios, compuestos ambos por lo peor de cada familia, que con guerra o sin ella no estaban dispuestos en cesar la rapiña que ahora se volvió indiscriminada. Castilla fue la solución para los dos bandos, porque los franceses enviaron sus tropas a apoyar a Enrique de Trastámara, para que de paso que las pagara él, e Inglaterra hizo lo mismo con los suyos, que transfirió al rey Pedro.

Al mando de los mercenarios ingleses venía el legendario Príncipe Negro, heredero de la corona inglesa y a los franceses los comandaba alguien bastante bruto llamado Bertrand Duguesclin. La Navarra de Carlos el Malo también apoyaba al rey Pedro, por sus antiguas desavenencias con Francia.

Al principio todo hacía pensar que la facción realista era la que saldría ganando, teniendo a su servicio a los temibles arqueros ingleses con sus arcos largos, de hecho la cosa empezó a pintar muy mal tras la primera batalla seria que se libró, donde las tropas del Trastámara quedaron diezmadas y el aspirante estuvo a punto de perder la vida en ella. Sin embargo, lo decisivo de esta guerra civil fue la misma causa que la desencadenó, dicho mansamente, la estupidez de un rey que en primera instancia hizo asesinar a mandos de su propio ejército porque en su criterio no habían sido lo suficientemente bravos en la batalla y, ya puestos, negarse a pagar a los mercenarios del Príncipe Negro, que se fueron y con esto, el rey se quedó más solo que la una para la siguiente batalla, en la que fue machacado su ejército. Pedro entonces cometió su último error, al intentar pactar con Duguesclin en campo abierto, pero el caballero francés lo condujo engañado a una tienda donde le esperaba su hermanastro y lo sujetó mientras Enrique apuñaló a Pedro a placer. Fue entonces lo de la famosa frase que se atribuye al francés: “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. Así, la dinastía Trastámara llegó al poder y se acabaría convirtiendo en reinante, primero en Castilla, luego en Aragón y finalmente en Navarra. Del rey Enrique, que tampoco se quedaba corto en aquello de la violencia, dicen que fue un buen rey.

Los moros granadinos habían vivido esta situación embelesados, porque aprovechando la debacle castellana consolidaron económicamente su reino mediante un largo pacto con Pedro e incluso le ayudaron militarmente contra su hermanastro Enrique.

Volviendo a Aragón, que dejamos en una situación mala, allá cuando la peste, las cosas no estaban mejorando según finalizaba el siglo. La Corona apenas podía mantener un imperio marítimo constantemente agredido y con problemas políticos muy serios en Cerdeña y Sicilia. Su excesiva deudalización mantenía al rey con las manos atadas a la hora de financiar sus políticas, para ello tenía que recurrir a endeudarse con los señores feudales y para pagarles no tenía más remedio que aumentar los impuestos en las ciudades libres. Como siempre, un proceso que enriquecía a los ricos con el dinero de los pobres, lo cual fue toda una constante de la Europa feudal. Al final, el rey quedó en manos de banqueros florentinos y probablemente algún prestamista judío.

A pesar de sus miserias, la corte palaciega aragonesa no dejó de crecer y con ello sus gastos y la corrupción, mientras el pueblo estaba más oprimido cada día. La cosa acabó en sublevaciones por todas partes que se cebaron con la población judía: las aljamas de Mallorca, Valencia, Lérida, Gerona, Barcelona y muchas otras ciudades fueron asaltadas y se sucedieron masacres con los judíos como objetivo. Sólo se salvó la aljama de Zaragoza.
La masacre de judíos no sólo se produjo en Aragón, también en Castilla había saltado la chispa poco antes, en la aljama de Sevilla donde se produjo una auténtica carnicería y fue un hecho que se propagó por todo el reino: Córdoba, Burgos, Toledo y Logroño, entre otras ciudades. Pero esto no era nuevo en Europa, de hecho, bastante tarde llego a España, porque a los judíos se les estaba masacrando en todas partes. Empezó en Inglaterra, un siglo antes, siguió en Francia y Alemania avivada por la Peste Negra, continuó en Bruselas, Lovaina y Holanda hasta que llegó a España.

Acabaremos el siglo con la parte mora, porque la esplendorosa Granada, que a mitad de siglo contaba con más de 160.000 habitantes en su capital y 300.000 personas en todo el reino, gozando de un esplendor económico y cultural, tuvo un cambio de fortuna a final de siglo. Sucedió que un rey padre tenía un hijo, el segundo de los varones y que por tanto no era el heredero. Este hijo salió fundamentalista en un reino culto y refinado y claro, mató al padre, se hizo con la Corona y se decidió a plantar cara a un reino de Castilla que estaba ya lo suficientemente recuperado para aguantar el envite con resultados que son de prever.

Siglo XV. Fin de la presente historia: Toma de Granada

Tras el paso de la Peste Negra comenzó el declive del sistema feudal en toda Europa, pero particularmente en España, donde un conjunto de reinos se venía apoyando en la alta nobleza para expandir sus tierras. Aquí, las ciudades y el comercio empezaban a engendrar unas clases sociales con suficiente fuerza para reivindicar sus derechos, muy importante en el reino de Aragón, particularmente en Barcelona. Castilla se había creado por y para la reconquista, y eso había supuesto la fundación de ciudades con fueros y una clase nobiliaria de segundo nivel, nacida de infanzones guerreros.

Las políticas matrimoniales durante siglos habían supuesto que no había reino, incluso señorío, donde no hubiera una amalgama de parientes que al menor despiste del vecino, se creía con derecho a exhibir sus derechos para suplantarlo, o sucederlo en caso de muerte, con o sin herederos. Nunca más que antes se sucedieron conflictos y guerras fratricidas, parricidas, entre cuñados, o parentescos de todo pelo.

Castilla había consolidado su posición marítima en el cantábrico basada en la pesca y el negocio de la lana, empezaba a hacer sus pinitos en el Mediterráneo y la navegación de cabotaje en las costas atlánticas, donde se las iba a ver con los portugueses. Ahora el rey contaba con un Consejo del que poco a poco se había desplazado a los señores feudales para dar paso a artesanos, comerciantes o auténticos funcionarios, todos bajo las órdenes directas del rey.

Tras neutralizar a los magnates lo siguiente fue bajarles los humos a los portugueses, que cada vez que veían un síntoma de debilidad creaban problemas fronterizos a lo largo de la raya portuguesa. Una flotilla se encaminó hacia el sur de las costas africanas y anexionó Canarias, que fue tomada por caballeros normandos bajo el Pendón castellano.

El rey castellano que arrancó el siglo se llamaba Enrique III y sus actos hacían presagiar una época de esplendor. Este joven rey se encargó de estabilizar su reino, tras neutralizar a los portugueses, firmo acuerdos con Aragón y Navarra, para que no crearan problemas y ahora sí, pudo dedicarse a Granada, que estaba creando conflictos en Murcia, como no, con mercenarios magrebíes venidos a tal efecto.

Tuvo fortuna el rey Enrique, sofocó las revueltas y se impuso a los granadinos, a los que sometió al pago de parias. Aunque la guerra con Granada continuó durante todo el siglo, aquello ya empezaba a ser un reino menguante que vez tras otra acabaría teniendo que pagar impuestos a los castellanos cada vez que estos se pusieron serios.

La cosa castellana iba viento en popa cuando poco después del sometimiento granadino, murió el rey Enrique III, llamado el Doliente por la historia. Dejó un heredero que tenía un año en una Castilla que era un hervidero de intereses, en medio de una España cristiana (incluida Portugal) que era una jaula de grillos carnívoros. El niño quedó bajo la tutela de su tío, Fernando de Trastámara, llamado Fernando de Antequera, porque había seguido con la labor de su hermano y continuó dando disgustos a los moros, entre otros, la toma de Antequera. Pero Fernando, que en este momento era el castellano con más riquezas, estaba llamado a otro destino, diferente al de ser segundón del rey de Castilla.

Aragón, que era fuerte en el Mediterráneo occidental, tenía aspiraciones de expandirse en el oriental, pero tanto en la expansión geográfica como la comercial pura y dura se enfrentaba, igual que su competencia, con un nuevo actor en el Mediterráneo, el Imperio turco, que además de hacerle mucho daño en el mar, se lo hacía incluso más en el comercio, porque poco a poco fue copando los puertos orientales y con ello el tráfico de los productos que llegaban desde oriente.

Aragón tampoco arrancó el siglo con buen pie. Tenía serios problemas económicos y era un conglomerado que ponía muy difícil su gobierno. Estaba formada por la suma del núcleo aragonés, el principado catalán, dentro de él, Barcelona y los reinos de Valencia y Mallorca. Cada uno de ellos tenía fueros propios y una conformación social muy diferente, incluso antagonista. En Cataluña convivían señores feudales muy poderosos, que siempre veían con recelo cualquier movimiento renovador que consistiera en conceder más libertades a los siervos de la Gleba, una práctica que los ataba a la tierra y los sometía a la jurisdicción y justicia de sus señores. En Barcelona convivían, además de mucha miseria arracimada, como en todas las grandes urbes de aquel momento, los grandes comerciantes, convertidos en Ciutadans Honrats (ciudadanos honorables) que era un conjunto de unas pocas familias que constituía un patriciado que de facto, gobernaba la ciudad. Frente a estos y también sus intereses, se encontraban los artesanos agrupados en gremios y los pequeños y medianos comerciantes. Mallorca iba y venía de reino independiente a reino anexionado en cada jaleo sucesorio y Valencia tuvo siempre muy claro que su posición comercial y marítima tenía como principal competidor a Barcelona.

En medio de esta sopa de intereses, va el rey de Aragón y se muere sin descendencia en 1410. ¡A ver a quién ponemos! Porque las preferencias de los feudales y los ricohombres burgueses está claro que no eran los mismos. Hubo dos años de interregno durante los cuales se creó un Consejo formado por nueve notables que convocó una especie de “concurso de méritos” al que se presentaron seis candidatos con sus correspondientes pedigríes en orden, que atestiguaban su legítimo derecho a calzarse la Corona. Uno de ellos Fernando de Antequera, el Trastámara. Tras mucha deliberación, evitar a los favoritos de los feudales, a quién nadie veía ya con buenos ojos porque sus preferencias consistían en colocar a un rey títere, se tomó la decisión.

Fernando, que además de presentar los papeles en regla, tuvo algún que otro encontronazo con sus rivales, ayudado por tropas castellanas, acabó ganando. Con esto ya tenemos a dos Trastámara gobernando: Juan en Castilla, que será el padre de la futura reina Isabel y su tío Fernando en Aragón, cuya sobrina nieta junto su nieto Fernando, darán comienzo a la unidad de España.

Ido Fernando de Castilla para ocupar el trono aragonés, quedó libre el campo para que se acabaran formando dos facciones irreconciliables: la alta nobleza, por un lado, y la baja nobleza más las ciudades, por otro.

Pero en el sur las cosas pintaban todavía peor, porque si en Aragón y Castilla las riñas estaban aún latentes, mejor o peor contenidas, en Granada, hacia 1430, se había llegado a la guerra civil entre dos bandos irreconciliables que se alternaban en poner y matar al rey, según el resultado de la última contienda. Al final, el bando que iba perdiendo solicitó la ayuda de Castilla, que la brindó gustoso con tal de sacar partido a la situación. Como siempre que hay dos bandos que se escinden por puro interés, y el que va perdiendo se quiere apoyar en un enemigo potencial, el que sale ganando es el enemigo.

Porque la tropa castellana entró en el reino de Granada con la ayuda de sus compinches granadinos y descendió hasta su vega sin encontrar apenas resistencia. Al final, el rey granadino en el cargo acabó plantando cara y hubo batalla, que perdió el moro. Ganó Castilla y situó al aspirante en el trono bajo un vasallaje permanente (y sometimiento a parias) que ya no cesó hasta la caída definitiva.

Lo de Navarra hacía tiempo que se había convertido en un lío dinástico que no voy a explicar, porque es un jaleo de nombres y derechos. Pero este pequeño reino que hacía mucho tiempo que había sido anulado en sus pretensiones territoriales en la reconquista española, acogotado a izquierda y derecha por Castilla y Aragón, con una última etapa más orientada al crecimiento en Francia que en España, una vez más va a ser un excelente actor de reparto en esta película.

Recordemos que Fernando de Antequera pasó a ser rey de Aragón, pero murió relativamente pronto. El mayor de sus hijos, Alfonso, heredó la Corona en medio del mismo batiburrillo de luchas de poder que heredó su padre. Alfonso fue un rey longevo, reinó más de cuarenta años, aunque no todos residiendo en una Barcelona que le era hostil.

El segundo hijo de Fernando de Antequera, de nombre Juan, casó con la reina de Navarra, pasando a ser rey de aquellas tierras. Ya tenemos a tres reinos gobernados por la misma familia, no iba mal la cosa, si no fuera porque a pesar de ser todos parientes muy cercanos, no paraban de luchar entre ellos. La cercanía familiar no hacía más que incrementar los supuestos derechos que unos esgrimían frente al otro. El mismo rey Juan de Navarra tuvo que enfrentarse a su propio hijo, que pretendió arrebatarle la corona de Navarra y luego le supuso un problema en Cataluña. A Juan no le tembló el pulso y desheredó a su hijo, el Príncipe de Viana.

Definitivamente, Aragón tenía puestas todas sus esperanzas de recuperación en el Mediterráneo y tras enredos diplomáticos y más de un choque militar que involucraron a Francia, Aragón, el papado y algún otro, Alfonso entró triunfante en el reino de Nápoles, que era, más o menos el tercio inferior de la península itálica. Estamos casi a mitad de siglo y la corona aragonesa, con el control de Cerdeña, Sicilia y Nápoles, se hace dueña del ombligo del Mediterráneo occidental, a la vez que abre su influencia a las costas adriáticas. Respecto a Alfonso, le encantó el sitio donde había llegado y no se movió de allí en los siguientes quince años, limitándose a gobernar en remoto hasta su muerte.

Mientras, el feudalismo estaba pasando por sus últimos años y no iba a morir sin plantar frente en Aragón, porque a estas alturas Cataluña era un conflicto de principio a fin. Allí se producían los malos usos”, que consistían en prácticas que no eran legales, pero eran costumbre. Los señores, que veían disminuir el número de campesinos que huían a la ciudad, inmersos en una economía que no iba bien y que limitaba sus rentas, no cesaban de atosigar con obligaciones a sus siervos. Fueron muchas las tropelías a las que se veían sometidos los payeses, no me quiero detener en ellas, porque se resume en que consistía en un régimen de esclavitud en pleno siglo XV. Los malos usos habían sido condenados en el reino de Aragón, pero los grandes terratenientes catalanes seguían haciendo uso impune de ellos.

A mitad del siglo XV Cataluña es un carajal. Los campesinos se organizaron en torno a la Remensa, un gremio con derechos reconocidos de forma parecida al Consulado del Mar. La mala situación económica llevó a la Corona a adoptar medidas mercantilistas que frenasen las importaciones y fomentaran el consumo interno, lo cual revolvió a los grandes comerciantes, que se agruparon en otra asociación, la Biga, apoyados por la Generalidad, una institución creada para la recaudación de tributos. Mientras, los pequeños comerciantes se agrupan en una tercera agrupación, la Busca, bajo el auspicio del gobierno municipal de Barcelona (el llamado Consejo del Ciento).

En 1458, cuando menos falta hacía, murió el rey aragonés, Alfonso, sin sucesión y una vez más se desataron los intereses sucesorios partidistas, pero hubo alguien que tenía claro lo que había que hacer. Se trataba de Juan, rey de Navarra, hijo de Fernando de Antequera y hermano del rey fallecido que desde el primer momento tuvo claro que aquel reino era suyo por derecho. Se empezó entonces una guerra interna larga y cruenta, porque los feudales y los oligarcas no querían ver a Juan ni en pintura, mientras que los campesinos y los pequeños comerciantes lo apoyaban. Al final, cuatro años después de la muerte de su hermano, las tropas de Juan logran capitular Barcelona, y éste se convierte en el siguiente rey aragonés. A su muerte volverá a repartir reinos, dejará Navarra a su hija y Aragón a su hijo Fernando, pero mientras urdirá una trama decisiva.

Andamos más o menos por 1470. Los reinos, los señoríos y las economías estaban entremezclados. Lo que hacía uno lo transportaba el otro y lo que producía el otro lo consumía el uno. Aragón, con sus problemas, no dejaba de ser una potencia mediterránea y Castilla, también con los suyos, era la potencia continental sin lugar a duda. Lo que lacraba el progreso, lo que realmente desunía, era la fuerza que en uno y otro reino representaba la alta nobleza, más pendiente de sus intereses que a favor de una política de Estado. Y esto fue lo que Juan, el rey de Aragón supo ver, con la misma altura de miras que le hizo desheredar a su hijo en Navarra.

Así que el rey Juan urdió el complot político de mayores consecuencias en la historia de España, el matrimonio entre su hijo Fernando y la aspirante al trono de Castilla, Isabel. Ambos eran Trastámara, de hecho, eran primos segundos y el papa se iba a subir por las paredes antes de sancionar esa unión, pero no faltó un obispo amigo que acudió al enlace secreto con una bula falsa. Más tarde, el papa se tragó el sapo y bendijo el matrimonio.

Es cierto que Isabel se consideró siempre reina de Castilla y reina consorte de Aragón, pero este no fue el caso de su marido, que se consideró rey de Castilla por derecho propio, como descendiente directo, al igual que Isabel, de Juan I de Castilla.

Lo que sigue es bien conocido, así que lo resumiré al máximo.

Enrique IV, hermano de Isabel, murió cuatro años más tarde entre rumores que le achacaban impotencia, cosa que desde el principio alimentó el mismo, porque fue la razón que adujo para anular su primer matrimonio. Su hija, la llamada Juana la Beltraneja, una niña desdichada y títere del reino de Portugal, fue apartada de sus derechos de sucesión por considerarla una hija bastarda, cosa curiosa en una dinastía que procedía de un bastardo, el rey Enrique. Pero, en fin, bien está lo que bien acaba, y los reyes, llamados los Católicos, lograron unir ambos reinos, Castilla y Aragón. Años después tomaron Granada y ocho años después de la muerte de la reina Isabel, basándose en derechos sucesorios y alguna que otra tropa de apoyo, Fernando anexionó Navarra. Portugal se perdió por el camino, pero el resto de España quedó integrada en un puzle complejo en el que todavía vivimos.

Fuentes de la bibliografía: [3], [32], [33], [34], [35], [36], [37], [38], [39], [40], [41].
   

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