domingo, 18 de agosto de 2019

A hombros de gigantes: la revolución científica del siglo XVII

Imagen: Biblia de Gutenberg.
Fuente, Universidad de Texas
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Cuando a Isaac Newton se le preguntó por qué había sido posible su avance científico, en una de sus cartas respondió, aludiendo a Copérnico, Kepler, Galileo y otros “Si he visto más lejos es porque me subí a hombros de gigantes”.

Durante el siglo XVII, de principio a fin, en unos cuantos focos culturales europeos se produjo lo que se ha denominado Revolución científica, durante la cual se fundaron los principios científicos que hoy llamaríamos clásicos. La importancia del avance de la ciencia en esta época, de una forma muy parecida a los grandes filósofos griegos del mundo antiguo, consistió en que unos pocos nombres fueron capaces de razonar y ver el mundo de forma distinta a la regla establecida, para llegar a nuevas verdades que mediante la observación y la razón expulsaron a teorías en vigor apoyadas únicamente en creencias. La Iglesia, Aristóteles y Ptolomeo dejaron de ser el patrón con el que medirse en física, y curiosamente de forma principal en astronomía, quizás el campo de batalla más reñido que hubo en la época.

Hoy hablamos de giro copernicano cuando alguna situación cambia de forma radical. Y eso fue lo que sucedió en astronomía en este siglo, en el que la teoría ptolemaica, geocéntrica, que situaba al hombre en el centro del universo, defendida a machamartillo por los doctores de la Iglesia, tuvo que dejar paso a otra, la copernicana, que ponía a la Tierra y por tanto a la creación divina, en un rincón del universo.

Sorprendentemente, los hombres que realizaron este cambio fueron todos muy religiosos, ellos no buscaron en ningún caso un confrontamiento con la religión. Galileo, Newton o Descartes, por citar a los principales, fueron personas apegadas a sus creencias religiosas, pero lo que vieron, midieron o razonaron, se produjo a través de nuevos ojos que no estaban sujetos a verdades impuestas. Estos nuevos filósofos, a los que hoy llamamos científicos, cultivaron el empirismo, dejaron de aceptar a ciegas los antiguos referentes respecto al universo y las leyes que rigen el mundo natural; el dogma fue pasado por el filtro de la experiencia y cuando no superó la prueba, fue rechazado y se formularon nuevas teorías. Así nació la ciencia en el nuevo sentido y se hicieron rápidos progresos en matemáticas, física, química o astronomía.

El cambio que se produjo en el siglo XVII no sucedió por accidente. El siglo XVI había sido la época de los grandes descubrimientos geográficos: Colón, Vasco de Gama, Magallanes, El Cano, en sus viajes descubrieron lugares y rutas inimaginables hasta entonces.

A la ciencia le sucedió lo mismo poco después, previendo que había vastos territorios inexplorados, en un contexto en el que la autoridad para cerrar sus fronteras estaba en franca decadencia y con la ayuda de nuevos instrumentos que iban a mejorar las observaciones.

Cuando estaba preparando este capítulo, me di cuenta de que estaba repitiendo muchos conceptos que en su día sinteticé en una entrada de hace mucho tiempo, acerca de invenciones, descubrimientos, macroinventos y microinventos. En lugar de volver a repetirlos, he preferido hacer una reedición de ese capítulo, mientras acabo éste. Si os interesa el tema de hoy, os recomiendo que lo escuchéis, porque lo acabo de reeditar en forma de entrada de Ivoox. Son sólo trece minutos, pero os puede merecer la pena escucharlo.

Una visión previa de ciencia y tecnología

No debemos confundir ciencia con tecnología, ni asumir como cierto que ambas caminan de la mano. Esto sólo es así, y sólo en parte, a partir de la revolución científica de la que hablamos hoy. Por ejemplo, la primera Revolución Industrial que se originó unos cincuenta años después de acabar este periodo, fueron un conjunto de avances fundamentalmente tecnológicos y organizativos, hechos por técnicos, artesanos y empresarios. Los científicos entraron más tarde, muy especialmente a través de la química, una ciencia que cobró forma y se separó de la alquimia durante este siglo XVII.

Simplificando mucho, podríamos decir que la tecnología lo hace y la ciencia lo explica. Pero la tecnología viajó sola a través de milenios sin necesidad de que los tecnólogos tuvieran un científico detrás para explicarle por qué estaban sucediendo las cosas que ellos provocaban. Por ejemplo, los principios físicos de la famosa máquina de vapor de James Watt, patentada en 1769, no fueron explicados hasta 1824 por Sadi Carnot. Hasta hace relativamente poco, la ciencia ha recibido más de la tecnología que ésta de aquella. Concretamente, en el siglo XVII, veremos que los científicos necesitaron de los avances en instrumentos de medida de precisión para poder avanzar en sus estudios.

La Ciencia habla de leyes universales y creencias organizadas a través de teorías (la de la relatividad, la de la evolución, la mecánica cuántica, …). La cosa es seria, la entendamos o no, es una nueva forma de filosofía en la que vivimos y que aceptamos con la misma fe ciega que las almas del medievo aceptaron a Aristóteles y Ptolomeo. La diferencia es que ahora sabemos que el avance del conocimiento está sometido a una autocrítica seria que hasta el siglo XVII no empezó a existir.

Como nuevo corpus filosófico, a diferencia del avance tecnológico, que es anónimo, la ciencia necesita ser de autor: hablamos de la relatividad de Einstein, de la evolución de las especies de Darwin o del gato de Shrödinger. Como ejemplo, hay pruebas de que el teorema de Pitágoras fue postulado en Sumer mil años antes de que Pitágoras naciera; probablemente existió alguien llamado Pitágoras, pero seguro que hubo centenares de pseudopitágoras anónimos antes que él, que conservaron ese conocimiento y lo transmitieron durante mil años hasta que llegó una estrella del momento, llamado Pitágoras, que le puso cara y “marca” de entonces en adelante.

¿Ciencia y tecnología avanzan a partir de las necesidades que resuelven?

Rotundamente, no. Al menos en un sentido estricto, aunque es cierto que hay inventos y conocimiento fruto de necesidades. Pero ¿Qué influye en nuestra vida la teoría de agujeros negros de Hawking? ¿En qué ha cambiado la sociedad a partir de la teoría de la relatividad? Desde una distorsión presentista podríamos decir que las observaciones de Galileo permitieron que siglos después el hombre llagara a la Luna, pero esto no es cierto, ni a Galileo le importaba un comino, ni se llegó a la Luna gracias a él. Lo que Galileo y muchos otros científicos posteriores buscaban y hoy siguen buscando era ampliar el terreno del conocimiento.

Desde un punto de vista eminentemente práctico ¿Para qué servía saber entonces que el Sol o la Tierra eran el centro del universo? ¿Para qué sirve hoy saber si el universo se contrae o se expande? ¿A quien le influye en su vida? Esta es la forma de pensar y de actuar que surgió en el sigo XVII, un aumento de la sed de conocimiento e intentar redefinir las bases de la posición del hombre en el universo en un juego de preguntas y posibles respuestas.

Continuación de la saga del conocimiento

Se que muchos de vosotros habéis leído o escuchado todos los blog y podcast que hay en el canal. Para los que no lo hayáis hecho, por si estáis interesados, la entrega de hoy intenta dar continuación a tres capítulos que dediqué al viaje del conocimiento en el mundo antiguo, desde Sumer hasta Alejandría. En concreto, las entregas 20 a 22. Si no he dedicado ninguna otra entrega a recapitular sobre la ciencia en la Edad Media es porque me ha parecido que no constituía tema suficiente para una entrada. Otra cosa es la tecnología, sobre la que sí he hablado en cuanto a las mejoras energéticas que se produjeron en el medievo, en la entrada 25. A diferencia de lo que hice con el viaje del conocimiento en el mundo antiguo, he preferido no fraccionar este segundo viaje y condensarlo en un único capítulo.

Resumiendo el punto final de la anterior saga, podríamos decir que a Alejandría le sentó bien el paganismo y cuando llegaron las religiones monoteístas fue de mal en peor. Los cristianos quemaron gran parte de la Biblioteca en 390, en 415 asesinaron a Hipatia, una de sus miembros más relevante de entonces y finalmente en 642, los musulmanes conquistaron la ciudad, cerraron la Universidad y quemaron los libros que habían quedado.

Gran parte del conocimiento alejandrino (o lo que quedaba de él) viajó a Oriente y luego volvió a Europa por España, donde surgieron focos culturales de primer orden en una Europa medieval que tenía escaso interés por el conocimiento científico, salvo en lo referente a las ideas aristotélicas y poco más. Córdoba, Sevilla en buena medida y desde luego, Toledo, fueron los focos desde donde se expandió el conocimiento de Alejandría y otras aportaciones importantes provenientes de Persia o la India.

En cuanto al enfoque de esta segunda saga, tal como ya hice en la primera y especialmente hoy, dónde la titulo “a hombros de gigantes” permítaseme construirla en forma de micro biografías de cada uno de estos gigantes, hablando unas veces de inventos anónimos y en las más de las veces de grandes nombres de la historia, siendo consciente de dejar a un lado a muchos otros, porque prefiero ser escueto, aún pecando de omisión deliberada.

Dos grandes inventos de la Edad Media: las gafas y el reloj mecánico

Los griegos ya habían conocido las leyes fundamentales de la propagación de la luz: reflexión y refracción. Se atribuye a Ptolomeo, en Alejandría, una primera ley de la refracción, que es el principio en el que se basan las lentes. Esta ley no era exacta, pero era lo suficientemente buena. Luego los árabes la perfeccionaron y Roger Bacon la estudió y llegó a comprender su importancia para la construcción de aparatos ópticos.

La ley de la refracción no fue postulada con exactitud hasta 1620 por un matemático holandés llamado Snell, aunque no la publicó y fue Descartes quien acabó dándola a conocer. Haciendo justicia a su autor, hoy la ley se conoce como ley de Snell.

ROGER BACON (1220-1292). fue un franciscano longevo que murió a las puertas de 1300 tras una vida, como mínimo, rara. No debe confundírsele con Francis Bacon, político y pensador que vivió más de trescientos años después y del que luego hablaré.

En la época que le tocó vivir a Roger Bacon existían dos grandes órdenes religiosas: dominicos y franciscanos. Los franciscanos eran frailes sencillos muy orientados a la naturaleza. Los dominicos, sin embargo, vivían sumidos en un sistema filosófico llamado Escolástica, derivado principalmente de la obra de Santo Tomás de Aquino, que pretendió poner en armonía las Santas Escrituras y las obras de Platón y Aristóteles. Para ello, los escolásticos entraron en disquisiciones peregrinas que fueron un freno para la ciencia e incluso para la economía durante más de tres siglos, porque lo malo vino cuando el papado le encomendó a los dominicos la persecución de herejes y estos se pusieron manos a la obra, con la Inquisición como herramienta. Se emplearon tan a fondo que se les conocía como domini-canes (perros de Dios).

En la obra El nombre de la Rosa, de Umberto Eco, se recrea de forma magistral estas disquisiciones entre dominicos y franciscanos en un proceso inquisitorial presidido por el dominico Bernardo Gui, rodeado por misteriosos crímenes provocados por una supuesta obra de Aristóteles que trata sobre “la risa” y que no debía ser dada a conocer. Perdón por el destripe, pero seguro que la habéis leído todos o visto la película.
Pues bien, en este curioso contexto histórico a Roger Bacon se le ocurrió decir cosas como:

“Todas las categorías del saber dependen del conocimiento de la cantidad, de la que tratan las matemáticas, y, por consiguiente, todo el poder de la lógica depende de las matemáticas”

Suena peligroso, ¿verdad? Los dominicos estaban dándole vueltas a encajar el mundo vía disquisiciones bizantinas y empeñados en buscar herejes y de pronto alguien (un franciscano, para colmo) viene y dice que la explicación no está en Aristóteles ni en Platón, sino en las matemáticas. Ambos filósofos, por cierto, muy mediocres matemáticos de su tiempo.

Todos conocemos a personajes no científicos que crearon grandes fantasías tecnológicas: Leonardo da Vinci, Julio Verne o H.G. Wells quizás sean los más famosos. Lo que es menos conocido es que este fraile, al que sí podemos considerar como proto-científico, hace casi mil años profetizó lo siguiente:

“Grandes barcos, sin velas ni remos, navegarían por ríos y mares, vehículos sin animales de tiro se moverían rápidamente por tierra; máquinas voladoras, con alas batientes, como las de un pájaro, surcarían los aires, y personas, provistas de campanas de buceo, explorarían las profundidades oceánicas”

Aunque se preocupó por varias ramas de la ciencia, su principal atracción fue la óptica, hizo experimentos con lentes convexas para corregir los defectos de la visión, comprendió los fenómenos de la reflexión y la refracción y vagamente, explicó como deberían disponerse las lentes para servir de anteojos y telescopios. A pesar de sus estudios en óptica, se cree que no llegó a construir ninguno de estos aparatos.

Roger Bacon fue un fraile sencillo que no ocupó ningún puesto importante ni en la Iglesia ni fuera de ella. Desde el principio de sus trabajos fue tildado de peligroso y vivió diez años vigilado bajo la prohibición de publicar. Tuvo una racha de suerte, porque tras estos diez años subió al trono de Roma un antiguo compañero suyo, que intercedió ante las autoridades franciscanas para que le levantaran la prohibición y encargó a Roger una especie de compendio científico de la época, que él asumió gustoso. La buena racha sólo le duró cuatro años, porque el Papa murió y acto seguido, se le juzgó y condenó por defender ideas heterodoxas, así que fue a prisión para pasar allí la mayor parte del resto de su vida.

LAS GAFAS. Realmente no se conoce al inventor de las gafas, aunque el invento tuvo lugar, probablemente en Pisa, en el último cuarto del siglo XIII. Pocas décadas después ya se estaban fabricando en Venecia de forma regular. La argucia del invento consistió en mejorar las lentes para reducir su distorsión y engarzarlas en una montura para que así quedaran libres las manos del usuario y no se entorpeciera el trabajo manual.

Pensemos en un artesano o erudito cualificado de la época: un vidriero, un tejedor, un escriba antes de la invención de la imprenta, un estudioso o cualquier otro, que llegara al inicio de su época creativa a los veinte años y que tuviera una esperanza de vida profesional que se alargaría hasta los sesenta años, si no fuera porque a la edad de cuarenta le empezaría a aparecer la presbicia. En resumen, a este artesano, la invención de las gafas le iba a duplicar su vida profesional útil

Las primeras lentes fueron todas convexas y sólo servían a los présbites, y no eran uniformes. Pero, afortunadamente, las lentes para corregir la presbicia no deben ser muy precisas porque su única función es agrandar, y aunque unas agranden más que otras, todas llegan a ser útiles. Por eso hoy hay restaurantes que las prestan para leer la carta o se venden expuestas en las farmacias, para que el cliente las pruebe y elija la que mejor le venga.

Los miopes no pueden hacer lo mismo, pero en cuestión de décadas se estaban fabricando miles de gafas al año, equipadas con lentes cóncavas y convexas que también servían a miopes e hipermétropes. Estamos hablando ya de una época muy próxima al final de la Edad Media.

Seguro que todos los que tenemos una edad conservamos la imagen de un relojero trabajando con su monóculo de tubo encajado en el ojo, hurgando en los mecanismos imposibles de un reloj mecánico. A partir de las gafas surgieron instrumentos ópticos de aumento que permitieron realizar trabajos refinados y construir aparatos mecánicos de precisión, como relojes, gracias a los cuales se inventaron todo tipo de instrumentos como nanómetros, micrómetros o sierras dentadas de precisión.

El primero en utilizar el telescopio con fines científicos fue Galileo, en 1609, aunque su origen probablemente esté en Holanda, conseguido por fabricantes de gafas, que paralelamente inventaron el microscopio. En primer lugar, se dedicaron a construir “juguetes” ópticos, como gemelos para teatro, y al final construyeron los primeros telescopios que hoy llamaríamos catalejos. En la Haya se conservan dos patentes de 1608, una sobre la fabricación de esos juguetes y otra sobre el telescopio.

Cuando Galileo supo del descubrimiento se puso a ensayar por sí mismo la construcción de un anteojo, que tuvo que mejorar junto con su discípulo Torricelli, porque la calidad de los anteojos holandeses no le valía. Hay que tener en cuenta que los ópticos holandeses buscaban una solución para poder observar los movimientos de las tropas del duque de Alba y Galileo pretendía hurgar en la superficie lunar, Saturno y mucho más.

El telescopio de Galileo agrandaba el área de los objetos en aproximadamente mil veces, lo cual reducía sus distancias aparentes en unas treinta. En el año siguiente, Kepler pensó en una mejor disposición de las lentes y poco después Huygens hizo aún mayores perfeccionamientos que dieron al instrumento su forma actual.

La nueva necesidad de mejores gafas, instrumentos ópticos de aumento, microscopios y telescopios indujeron mejoras en el campo tecnológico y avances en el científico.

En lo tecnológico hubo que mejorar la fabricación del vidrio. Primero hubo que eliminar todo rastro de nebulosidad en los vidrios ópticos; y segundo, hubo que conseguir eliminar defectos y burbujas.

Los estudios de óptica teórica crecieron para buscar las causas de los dos principales defectos de las lentes. El primero fue la aberración esférica (el hecho de que las lentes no ofrecieran una imagen rectilínea), éste lo resolvió Descartes, cuando demostró que podría evitarse si fuera posible pulir las lentes con superficies paraboloides. Más tarde, Newton con sus famosos experimentos sobre la difracción de la luz a través de un prisma reveló la causa del segundo defecto, la aberración cromática, por la cual, las luces de diferentes colores llegan a focos de observación distintos y en las lentes produce halos.

A mediados del siglo XVII ya se usaban máquinas para pulir lentes. Las superficies paraboloides no fueron posibles hasta el siglo XVIII, pero para mejorar el caso de los instrumentos ópticos se encontró una situación intermedia, combinando lentes y espejos (que no sufren de aberración cromática).

EL RELOJ MECÁNICO. Si importantes habían sido los progresos en óptica, que cambiaron la forma de trabajar o de investigar el universo, no fueron menos los avances en la medición del tiempo, que llegaron a cambiar la forma de actuar de la gente. 

Antes de que apareciera el reloj mecánico, la hora se deducía bien por relojes de sol (llamados cuadrantes solares) en una forma absoluta, por ejemplo, “es mediodía” o bien por relojes de agua (llamados clepsidras) en una forma relativa, por ejemplo, “han transcurrido cuatro horas desde el principio de la observación”. Ambos eran métodos de medir que hoy diríamos analógicos, es decir, medían el tiempo en una forma continua. Cada uno de ambos métodos tenía su problema:

Naturalmente, los relojes de sol sólo servían durante el día, pero si nos vamos más arriba de los Alpes, a nadie le puede sorprender que transcurran dos semanas, o más, con un cielo encapotado en el que sea imposible proyectar sombra alguna que sirviera para medir la hora.

Respecto a la clepsidra, funcionaba bastante mal cuando la temperatura se aproximaba al punto de congelación del agua (cuatro grados centígrados o menos). Con el tiempo, la existencia de sedimentos empeoraba la precisión de estos aparatos.

Como vemos, la utilidad de estos instrumentos era mayor cuando más al sur se utilizaban.

La Europa medieval necesitaba medir el tiempo desde dos polos de poder distintos. Por un lado, la Iglesia dividía el tiempo para realizar sus siete oraciones diarias, incluidos los maitines que se hacían de madrugada. La solución que encontró fue burda pero práctica. En cada momento del año, el ciclo diario se dividía en dos partes: la duración del día y de la noche. Por eso, dependiendo de si era invierno o verano, las horas de una u otra parte eran mas cortas o más largas. En conclusión, salvo en los equinoccios de primavera y otoño, los intervalos horarios de las noches eran más cortos, o viceversa, que los de los días.

Pero los burgos de nuevo cuño necesitaban una solución distinta. No se trataba de cuando mandar a la gente a rezar a la Iglesia, sino de organizar la actividad colectiva. Era necesario establecer una hora para despertarse, ir al trabajo, abrir el mercado, cerrar el mercado, dejar el trabajo y, por último, una hora para apagar las luces o antorchas e irse a dormir.

Como en el caso de las gafas, tampoco sabemos quien inventó el reloj mecánico, aunque ambos inventos fueron coincidentes en el tiempo. Es posible que surgiera en Italia o Inglaterra (quizás paralelamente en ambos sitios) y también se difundió rápidamente, relegando a los relojes de agua, pero no a los cuadrantes solares que eran necesarios como referencia para ajustar las medidas de las nuevas máquinas y “ponerlas en hora”. Los primeros relojes mecánicos eran imprecisos y con mucha tendencia a estropearse, hasta tal punto que resultaba rentable contratar los servicios de un fabricante de relojes al mismo tiempo que se compraba el reloj.

En una época en la que la Iglesia lo dominaba todo, también el reloj mecánico tendió a minar la autoridad eclesiástica. Con este aparato las horas del día y la noche eran iguales en su duración, lo cual supuso una nueva forma de ver el tiempo. Ahora, el avance del tiempo a lo largo del día ya no lo marcaba el tañido de las campanas sino la aguja de la plaza o del ayuntamiento que así conferían poder a lo seglar. Cada burgo quería uno; los conquistadores se apoderaban de ellos como botines de guerra; los turistas venían a ver y oír estas máquinas igual que acudían en peregrinación a visitar las reliquias sagradas.

Desde el punto de vista tecnológico, existió desde el principio una fuerte presión para la mejora del mecanismo. La calidad de un reloj frente a otro era medible, en cuanto era mejor el que menos se averiaba y el que conservaba mayor precisión de su medida. Los relojeros se embarcaron en una tarea de perfeccionamiento de los mecanismos y de búsqueda de fallos. Ellos fueron los precursores de la ingeniería mecánica. Como dato, durante la Revolución Industrial, los relojeros fueron artesanos muy valorados para mantener los nuevos ingenios mecánicos que surgieron.

La imprenta, un acelerador del Renacimiento

En un mundo que se iba a hacer grande y conectado a través de los grandes viajeros, en 1454 sucedió algo que iba a engrandecer la mente humana: se publicó la Biblia de Gutenberg.

La imprenta como herramienta se conocía desde hacia tiempo, una plancha de madera, papel y tinta se venían utilizando por los chinos hacía siglos, aunque en Europa esto apenas se extendió. La importancia de la imprenta de tipos móviles, desarrollada por Gutenberg, fue que aunó una serie de mejoras tecnológicas en una época en la que todo era favorable para que su aparición supusiera una auténtica conmoción en la cultura y el conocimiento. El pensamiento, la actividad científica y la publicación de resultados, a partir de la imprenta, comenzaron poco a poco durante el siglo XVI y fueron arrolladores durante el XVII. En este siglo, la fascinación por la novedad era tan grande que los catálogos de los editores estaban llenos de títulos que prometían una nueva alquimia, astronomía, botánica, química, geometría, medicina, farmacopea, retórica o tecnología.

GUTENBERG (1400-1468). Se sabe poco de él, probablemente porque era un tipo oscuro que no desvelaba en lo que estaba trabajando. Nació hacia 1400 y para financiar sus trabajos recurrió a socios económicos. Es posible que se retrasara en llegar al objetivo propuesto, el caso es que uno de esos socios interpuso un pleito y lo ganó. Tras ganar el juicio, este socio se quedó con todos los materiales y máquinas, y Gutenberg quedó en la miseria.  Murió roto y desolado mientras que su famosa Biblia ya era considerada una obra de arte. Sobre ella, hay quien afirma que es el libro impreso más bello que jamás ha existido.

El invento de la imprenta comprende cuatro herramientas básicas, todas las cuales se continuaron usando hasta buena parte del siglo XX.

La primera de ellas fue crear moldes para fabricar cada uno de los tipos de forma precisa y repetitiva.

La segunda fue inventar una aleación de plomo, estaño y antimonio para fabricar las letras. El antimonio endurecía la aleación para que los tipos pudieran soportar la presión de varias impresiones. Esta aleación se ha estado utilizando hasta hace no mucho.

La tercera invención fue la propia imprenta. Las imprentas anteriores, las que utilizaban planchas labradas de madera, eran ligeras y también hechas en madera para no romper los moldes. En cambio, para encuadernar los libros se utilizaban prensas de hierro con un torno que ejercía una gran presión en la obra encuadernada. Gutenberg adaptó la prensa de encuadernación y creó la prensa de impresión, que habría destruido los tipos de madera, pero que se aguantaba perfectamente por los nuevos tipos metálicos.

Finalmente, tras muchos experimentos, creó una nueva tinta con base de aceite, que se podía colorear y crear libros tan maravillosos como fue su Biblia. Hay que tener en cuenta que el uso del óleo en la pintura proviene de esta época. Hasta este momento, los pintores usaban el temple. Por lo tanto, Gutenberg se sumó al cambio de técnica que se estaba produciendo en el arte pictórico.

La historia de Gutenberg pone en evidencia una necesidad que acabó produciéndose, lamentablemente para él, después de su muerte: Para que haya inventos tiene que haber inventores, y para que haya inventores tiene que haber estímulos a la invención. Es lo que hoy conocemos como patentes, que surgieron en Venecia unos diez años después de que Gutenberg muriera. En Inglaterra se crearon en 1550, con un uso arbitrario por parte de la Corona hasta que en 1624 la cosa quedó regulada y supuso el desarrollo de nuevos inventores e inventos que le vino muy bien a la Revolución Industrial

Gutenberg podía tener deudas y obligación de pagarlas, pero el hecho y derecho de sus invenciones, al margen de tener que entregar máquinas y material, hoy lo habrían hecho inmensamente rico y le habrían permitido avanzar en nuevos inventos.

La imprenta nació cuando el Renacimiento estaba en marcha y vino a acelerar el cambio en la interpretación que se hacía de las ciencias. Hasta el siglo XVI, el conocimiento científico se había venido produciendo de una forma marginal y dispersa. A partir de él, comienzan a fundarse unas nuevas instituciones llamadas academias, que en el siglo XVII gozaban de estabilidad y tenían gran influencia social y política. El objetivo de estas academias era el desarrollo y la potenciación de la ciencia. Muchas de estas academias, fundadas en Florecia, Londres, París y otras muchas capitales, aún perdura.

Durante el Renacimiento, al amparo de la imprenta, aparecieron por primera vez catálogos de los grandes avances tecnológicos. Polidoro Vergilio, hacia 1500, escribió una de las primeras compilaciones de grandes inventos e inventores de cosas como la pólvora, el vidrio, el metal, el alambre, la seda, la imprenta y los barcos.

En cuanto al pensamiento, Francis Bacon publicó su relato utópico La nueva Atlántida, donde situaba un gran laboratorio de investigación patrocinado por el Estado (lo llamó la Casa de Salomón). En él, ubicaba dos grandes pabellones para honrar las grandes creaciones y sus creadores. En el primero había dibujos y muestras de los grandes inventos, en el segundo estatuas de sus inventores, esculpidas en madera, mármol, plata u oro, en función de la relevancia de su invento. Bacon no se equivocaba: hoy, son innumerables los museos de la ciencia y la tecnología y no es extraño encontrarse con estatuas de grandes científicos e inventores cuando se pasea por las ciudades.

El renacimiento clásico en la literatura y el arte, fue en el sentido de volver el pensamiento de los hombres y las ideas antiguas. En ciencia se produjo en el sentido contrario, porque se apartó de los métodos científicos griegos y pasó de lo especulativo a lo empírico.

FRANCIS BACON (1561-1626). Fue un político de primer nivel en la Corte inglesa, primero con la reina Isabel y después con Jaime I. Llegó a ser Lord Canciller del Reino durante el reinado del último. Durante este ascenso por la política acumuló muchos y muy poderosos enemigos; parece que no dudaba en utilizar métodos poco éticos. Finalmente, en 1621 sus enemigos pudieron con él. Se le acusó de recibir sobornos, fue juzgado, condenado a pagar una multa y acabó con sus huesos en la Torre de Londres, de donde fue liberado poco después, pero nunca volvió a ejercer ningún cargo público. Es a este último período de retiro al que debemos la mayoría de su productivo trabajo intelectual, que revela como era la mente de un hombre renacentista.

Bacon fue uno de los mayores defensores del empirismo a través de su obra escrita. Solía enfrentar la esterilidad de la filosofía especulativa que no había cambiado desde los tiempos de Aristóteles con los avances considerables de las artes mecánicas a través de los siglos. Mientras los escolásticos debatían sobre cuestiones filosóficas nimias, los hombres prácticos desarrollaron nuevas formas de impulsar máquinas, de librar combates, escribir libros, navegar o construir edificios.

Bacon no era científico, pero tenía ideas claras sobre el cambio que debía producirse en las investigaciones científicas. Sostuvo que el mecanismo deductivo (que lleva de lo general a lo particular) debía ser reemplazado por el inductivo (que va de lo particular a lo general). Hoy se acepta que la investigación científica debe contener mezcla de inducción y deducción, porque si los científicos no pudieran plantear hipótesis, muchas veces su camino se vería cortado, sin vías de continuidad.

Es irónico que la muerte de Bacon fuera a causa de un humilde experimento. Era invierno y atravesaba un campo nevado cuando se le ocurrió llevar a cabo una prueba para demostrar su teoría de que el frío retrasa la putrefacción de la carne. Bajó de su carroza, compró un pollo y lo rellenó de nieve. Del pollo no se sabe más, pero él cogió una pulmonía a causa de la cual murió.

De la alquimia esotérica a la química como ciencia, pasando por tecnólogos serios

La química nació como tecnología, y no fue ciencia hasta el siglo XVIII, no obstante, la incluiré para poder resumir los avances que se habían producido y su importancia.

Por la época que rondamos me voy a referir a la química inorgánica, aunque la orgánica fue “a mucha honra” la madre de la segunda revolución industrial, ya desde un punto de vista absolutamente científico.

Existe el mito de que la química es la evolución de la alquimia, que no es del todo cierto. La química surge como un cuerpo científico nuevo que se apoya en conocimientos antiguos a los que viene a dar explicación. En mi opinión, la verdadera química, antes de ser ciencia fue tecnología, y muy seria.

Veamos esto en cinco fases: el dominio de los elementos, la alquimia pura y dura, la yatroquímica medicinal, la industria textil, las necesidades de la guerra y finalmente la pólvora.

DOMINIO DE LOS ELEMENTOS. Supuso una lucha contra la temperatura y la capacidad de obtener aleaciones útiles o nuevos materiales. Es anterior al nacimiento de la Historia. Cobre, Bronce, Hierro, Cerámica, Vidrio, necesitaron de observadores que lograran replicar las condiciones de fabricación de cada nuevo material.

ALQUIMIA. Como todos sabemos, los dos fines principales de la alquimia eran la transmutación de metales viles en oro y el descubrimiento del elixir de la vida. Si bien ambos nos pueden parecer disparates hoy, lo cierto es que alguno de los experimentos de los alquimistas pudo dar lugar a formas de purificación de ciertos metales o a la creación de compuestos químicos que fueron útiles, desde el punto de vista industrial o médico.

En zonas frías de Europa, poder reavivar a las personas con una bebida de alta graduación alcohólica era un asunto importante. Como los procesos de destilación se veían con recelo, se solían llevar a cabo en el secreto de los laboratorios alquímicos, generalmente en abadías.

En la academia alejandrina hubo una sección de alquimia que se movía en el secretismo. Sus trabajos eran casi todos especulativos y muchas veces erróneos. La ciencia no se resintió cuando Diocleciano ordenó cerrar esta sección y quemar sus libros.

A pesar de todo, los alquimistas de la Academia prueban que dominaban la extracción del mercurio a partir del cinabrio o la fabricación del blanco de plomo, que fue el primer pigmento inorgánico conocido, utilizado hasta hace no mucho por los pintores. También supieron obtener algunas sustancias compuestas, como el sulfato de cobre y el cardenillo.
Autores árabes, en el siglo VIII, explicaban como preparar el arsénico y el antimonio, como refinar metales y como teñir cueros y telas. Para el siglo XI ya sabían producir muchas mas sustancias útiles.

YATROQUÍMICA. En rigor, no se le puede considerar todavía como Química, pero empieza a parecérsele, porque cambia los objetivos iniciales de la alquimia y se fija otro muy distinto, la curación.

El planteamiento de la yatroquímica surge a partir de los trabajos de Paracelso de Basilea, que defiende que el objetivo más importante de la química debía ser la producción de medicamentos para paliar el sufrimiento humano. Este nuevo enfoque hizo que se disparase la demanda de medicamentos y con ello de su investigación y fabricación. 

PARACELSO (1490-1541). Charlatán, vanidoso, arrogante, fue probablemente el primer químico de la historia.

Era hijo de un médico de Basilea, donde estudió medicina y fue nombrado profesor en su Universidad. Su primer acto académico consistió en quemar las obras de Galeno y Avicena. Las obras de Paracelso combinan lo cierto con lo confuso, a pesar de lo cual, sus planteamientos consiguieron cambiar el criterio que la sociedad tenía hacia la alquimia y en concreto, la yatroquímica.

Su interés en el empleo curativo de la química lo llevó a probar los efectos de varios productos, venenosos y no venenosos, en los cuerpos de sus infortunados pacientes, lo que concluyó en su expulsión de Basilea.

A pesar de todo, el trabajo de Paracelso fue extenso y aprendió a preparar un gran número de productos químicos hasta entonces desconocidos: produjo hidrógeno, dejando actuar el vinagre sobre limaduras de hierro, sin sospechar que había descubierto la más fundamental de las sustancias químicas. Consiguió preparar el éter, al que llamó extracto de vitriolo, con el que consiguió dormir a unos pollitos, los cuales despertaban sin lesión alguna al cabo de un tiempo “moderadamente largo”. A esto no le hizo caso nadie en su momento y el uso del éter en cirugía fue muy posterior.

Hay que reconocer que Paracelso logró situar a la química en la parrilla de salida. Logró que ésta fuera una materia necesaria en los estudios de medicina de su tiempo. Hasta el siglo XIX, la química sólo se impartía en las escuelas de medicina. En el siglo XVIII existió una cátedra de química en Oxford, aunque su titular apareció poco por allí. En Cambridge se contrató a un profesor de química, sin sueldo. En Inglaterra no se fundó el Royal College of Chemistry hasta 1845.

LA INDUSTRIA TEXTIL y lo que podríamos llamar proto-química industrial, estuvieron muy relacionadas, como lo estuvo el nacimiento de la nueva química, posterior a la Revolución Industrial, con la obtención de tintes sintéticos para los nuevos paños que se empezaron a fabricar.

Todos hemos visto, sea en cuadros o en tapices, o incluso en prendas de vestir muy antiguas, como desde el mundo antiguo se dominaba una extensa gama de colores. A diferencia de los tintes actuales, que son sintéticos, los tintes de la antigüedad eran casi todos de origen animal o vegetal, aunque algunos de ellos eran de producción complicada y cara.

Pero, empecemos por el principio del proceso del tintado. Desde tiempos remotos, los tintoreros comprobaron que las telas tomaban los colores mucho más intensamente y de forma más permanente si se las trataban antes con lo que ahora sabemos que son sales de aluminio. Las más importantes de estas sales, llamadas mordientes, son los alumbres, muy abundantes en la naturaleza. Como los alumbres suelen contener hierro, que dificulta la calidad del tintado, fue muy importante encontrar procesos de purificación de los alumbres.

Griegos y romanos utilizaban mordientes de potasio, que se obtenía en regiones volcánicas y era muy escaso. Pero los árabes, antes del siglo XIII describieron un método para purificar el alumbre de aluminio. Consistía en obtener una solución del alumbre con orina de caballo (que aporta amoníaco) y concentrarla mediante ebullición hasta que cristalizara.

Hasta la caída de Constantinopla, la provisión de alumbre era casi exclusivamente proveniente de Oriente Próximo, pero las invasiones turcas cortaron prácticamente el flujo y durante unos años el alumbre disparó su precio, como también sucedió con las especias. Pero hubo suerte, y ocho años después de la toma de Estambul, se encontraron grandes yacimientos a pocos kilómetros de Roma, en pleno territorio papal. Se acabó concediendo su explotación a los Medici, que con ello dominaron el monopolio del alumbre durante años.

Respecto a los tintes antiguos, el más conocido fue el añil, también conocido como índigo o glasto, porque se producía a través de estas plantas. Es la tonalidad, a la vez oscura e intensa, que vemos en los turbantes de los llamados hombres azules del desierto.

De suma importancia fue el famoso púrpura fenicio, que es un violeta oscuro tirando a rojizo. Los romanos le dieron suma importancia, ya que por su precio desorbitado sólo se lo podían permitir los emperadores. Era la llamada “púrpura imperial”. Se obtenía de unas glándulas existentes en unos moluscos, que sólo daban una o dos gotas por animal. El secreto de su fabricación se perdió con la caída de Bizancio y desde entonces se obtuvo combinando rojos y azules.

Los tonos rojos carmesí se obtenían a partir de la raíz de una planta muy común en las zonas mediterráneas conocida como rubia.

También se obtuvieron rojos más permanentes de origen animal, que se extraía de un insecto parásito, la cochinilla, en el Nuevo Mundo.

El escarlata, que sustituyó a la púrpura no se obtuvo con calidad hasta la utilización de mordientes de sales de estaño, en Holanda, a principios del siglo XVII.

Los amarillos se obtenían de diferentes plantas, principalmente la gualda y el alazor.

Para obtener los verdes se mezclaban tintes azules con amarillos.

Para el negro se utilizaba una mezcla de vitriolo verde (sulfato de hierro) y extracto de agallas de roble: la combinación de los dos produce tanato de hierro, que es de un negro intenso.

LAS NECESIDADES DE LA GUERRA fueron otro gran acelerador de los desarrollos de productos concretos. El primero fue el famoso “fuego griego”, una sustancia pastosa que ardía más y mejor cuando se la intentaba apagar echándole agua y que fue tan importante para la defensa del Imperio bizantino. Su fórmula se mantuvo en secreto y se perdió, pero parece que pudo estar formado, al menos en su base, por algún derivado del petróleo combinado con cal viva, la cual genera calor cuando entra en contacto con el agua y puede prender a sustancias con bajo punto de ignición, como la nafta.

Y FINALMENTE, LA PÓLVORA, que es una mezcla de tres elementos: salitre, azufre y carbón. Los dos últimos elementos presentaban poca dificultad. La obtención de carbón, entonces vegetal, era de una base tecnológica mínima. Respecto al azufre, se encuentra bastante puro en la naturaleza, por ejemplo, en las conocidas minas de azufre de Sicilia, de la época romana. Si era necesario purificarlo se hacía por destilación. Como el azufre había llegado a ocupar un lugar místico en las operaciones de los alquimistas, su purificación estaba muy estudiada y tampoco presentaba dificultades importantes.

Así que llegamos al salitre, que es una sal potásica derivada del ácido nítrico, que cuando se calienta libera oxígeno. Los chinos ya se dieron cuenta de que, si a las mezclas incendiarias se les añadía salitre, sus propiedades explosivas aumentaban.

El salitre, sin embargo, presentaba mucha más dificultad que el carbón o el azufre, ya que no existía en estado puro. La fuente común era la tierra proveniente de establos, pocilgas, etc. donde se producía debido a la acción de las bacterias sobre el estiércol.

El salitre también se usaba para la mezcla de combustión lenta utilizada para prender fuego a la carga de los cañones o los fusiles de llave de mecha. Consistía en un bramante recio impregnado con salitre para que se quemara lenta y uniformemente y no se apagara con el viento.

El proceso de mezcla de los tres ingredientes de la pólvora era difícil, porque se necesitaba una mezcla uniforme y en proporciones correctas, y peligroso porque el calor generado durante el proceso podía acabar en lo peor. Pronto se crearon molinos de pólvora que al principio fueron manuales, pero en el siglo XVII ya eran hidráulicos. Durante el proceso, la mezcla se mantenía húmeda, para disminuir el riesgo de explosión. Al principio se fabricaba polvo de pólvora, pero pronto se reservó este “polvorín” para el cebo y para el arma se preparó en forma granular, haciendo pasar la pólvora húmeda por cedazos.

Nacimiento de la Química como ciencia

La química es una ciencia tardía, muy ligada, por una parte, a un lastre esotérico y por otro a talleres artesanales de fabricación de tintes, utilización de orines de caballo y raíces u hojas. Sin dar mayor explicación a lo que había detrás de ello.

Sin detenerme mucho, porque en su mayor parte fue posterior al siglo XVII, citaré a tres nombres que de forma secuencial sentaron las tres bases de la química moderna.

Se puede considerar a BOYLE como el padre de la química moderna, a mediados del siglo XVII. Fue él el primero en reconocer los elementos químicos como la forma más simple de la materia, que no se podían descomponer en otras sustancias.

La siguiente idea principal fue la que postuló LAVOISIER a finales del siglo XVIII acerca de que la materia ni se crea ni se destruye, aunque esté sujeta a cambios químicos. Lavoisier murió guillotinado, pero no por químico, sino por ser recaudador de impuestos. Hubo movimientos importantes para salvar su cabeza, pero Robespierre fue implacable.

El tercer y último actor del nacimiento de la química es DALTON, que a principios del siglo XIX publicó una formulación de su teoría atómica según la cual, cada elemento está formado por una clase característica de átomos y cada compuesto por una combinación específica de ellos.

Avances en física y matemáticas

No hablaré sobre astronomía en este apartado, porque la voy a considerar independientemente en el siguiente. La razón de no incluirla aquí, que es donde formalmente debería estar, es que, en general, los avances en física, hidrodinámica o matemáticas no suscitaron más polémicas que las que hubo para reclamar la autoría de los avances hechos. La mayoría de las disputas se deben a la fecha de publicación, porque muchos descubrimientos se guardaron en los cajones durante años, incluso décadas, de forma que el mérito lo ganó el primero que lo dio a conocer. Doy mi opinión sobre este asunto: considero que lo importante de la ciencia es su contribución al progreso, y por tanto, creo que el deber de un buen científico es dar a conocer su obra, para que otros puedan progresar sobre ella, así que se me notará un poquito más inclinado a los que publicaban que a los que callaban.

Respecto a la herencia recibida en el Renacimiento, la mayor parte se derivó de los focos culturales en la península ibérica, dónde se tradujeron del árabe al latín un buen número de obras que recogían textos de los clásicos griegos o los grandes matemáticos árabes. Probablemente, el más grande traductor de la época fue Gerardo de Cremona, que tradujo 92 de estos textos en el siglo XII, en Toledo.

En MECÁNICA se pueden establecer como pioneros a dos hombres que investigaron sobre ella a finales del siglo XVI con trabajos que se complementan, Stevin en Brujas, sobre la estática (mecánica de los cuerpos en reposo) y Galileo en Pisa sobre la dinámica (mecánica de los cuerpos en movimiento).

En estática, Stevin avanzó en el concepto de equilibrio de los cuerpos, y en matemáticas, fue el introductor de los números negativos.

La obra de Galileo fue más avanzada. Su obra es de tal trascendencia para la ciencia que la abordaré en dos partes.

GALILEO (1564-1642). La primera parte de esta historia se desarrolla a finales del siglo XVI y trata de sus trabajos en física.

Hay anécdotas sobre los científicos, muchas veces falsas, que a fuerza de repetirlas acaban enmascarando la dimensión de su obra. Los dos ejemplos más claros son el “manzanazo” de Newton y el “pero se mueve” de Galileo. Nadie hoy día se cree ninguna de estas dos historias, pero en el caso concreto de Galileo, si no hubiera hecho ningún avance en astronomía, tendría méritos suficientes para haber pasado a la historia de la ciencia por más de diez razones. Lo de la astronomía, que veremos luego, ya lo convirtió en prodigioso.

Nació el mismo día que murió Miguel Ángel. Su padre quiso que estudiase medicina y lo envió a la Universidad de Pisa para tal fin. Un día, por casualidad, asistió a una conferencia sobre geometría y descubrió que las matemáticas le resultaban mucho más interesantes que la medicina, así que cambio la una por la otra.

Por problemas económicos tuvo que dejar la universidad y se trasladó a Florencia a dar clases, donde adquirió tal reputación que fue contratado por su antigua universidad, la de Pisa, para ocupar una cátedra a la edad de 25 años. Pero su carácter le podía y no dejaba de ganarse enemigos entre los que no compartían sus opiniones científicas, por ello pronto se vio obligado a cambiar la universidad de Pisa por la de Padua, en la que llegó a durar 18 años.

Durante su estancia en la universidad de Pisa empezó a realizar experimentos para refutar las viejas teorías aristotélicas de la mecánica. Uno de sus primeros trabajos fue en el campo de la hidrostática, donde los aristotélicos decían que un cuerpo flotaba o se sumergía en función de su forma. Por ejemplo, una aguja o una hoja son más de flotar, mientras que una esfera es más de hundirse. Arquímedes ya había comprobado que esto no era cierto y que todo dependía de la densidad de los cuerpos, pero la escuela aristotélica estaba en boga y a Galileo le interesaba pasar sus tesis por el cedazo de la prueba.

Para demostrar la falsedad de esta verdad aristotélica, Galileo realizó un experimento precioso que dejó las cosas claras de entonces en adelante. Sumergió una bola de cera en el fondo de una vasija llena de agua, luego fue aumentando, poco a poco, la densidad del líquido añadiéndole sal. A partir de determinada cantidad de sal, la bola de cera se elevó hasta flotar. Por tanto, demostró de forma irrefutable que un cuerpo no se hunde o flota en función de su forma, sino de acuerdo con la relación entre su densidad y la del fluido en la que está sumergido.

Otro invento de Galileo fue el termómetro. Consistía en una esfera de cristal “del tamaño de un huevo de gallina”, lleno de agua, de la cual salía un tubo muy estrecho. No tardó este artefacto en aplicarse en medicina, mediante el cual, el sufrido paciente debía introducir en su boca esta esfera, para así observar su temperatura.

Galileo, como todos los grandes científicos de esta época, era un hombre religioso. Iba a misa a la catedral de Pisa, comulgaba y participaba en los rezos. Durante la homilía, cuando unos abrían los ojos sobrecogidos y otros dormitaban, a él se le iba la cabeza a la observación. Fue así como se fijó en las oscilaciones de las lámparas de la catedral, movidas por la brisa. Intuyó que, fueran las lámparas grandes o pequeñas, a misma longitud de cuerda, el período de las oscilaciones era el mismo a pesar de la amplitud de la oscilación. Pero ¿cómo medirlo en plena misa? Galileo midió el tiempo de las oscilaciones recurriendo a lo único que tenía a mano, ¡su propio pulso! Luego llevó el experimento a su laboratorio y demostró que, manteniendo iguales el resto de las condiciones, una bola de corcho o de acero, oscilaban con la misma frecuencia. Esto demostraba que la gravedad actuaba con igual energía sobre todas las sustancias para acelerar su caída.

Galileo comprendió que esta propiedad periódica del péndulo hacía posible la construcción de relojes más precisos, con la dificultad de encontrar algún medio para mantener el movimiento del peso. Aunque había resuelto el problema, nunca construyó un reloj, pero dejó resuelta la solución para otros.

Se le atribuye un experimento que probablemente no fue cierto: dejar caer desde la torre de Pisa una bala de cañón y otra de mosquete para comprobar que ambas llegaban al suelo al mismo tiempo.

Lo que sí es seguro es que utilizó una tabla de unos diez metros de longitud, con una pequeña inclinación y una acanaladura en su centro, por la que dejaba caer esferas de cuerpos de distinta densidad. Para medir los tiempos relativos de caída en función de la longitud, utilizó una clepsidra mejorada que él desarrolló. Para averiguar la diferencia entre los tiempos de caída en función de la altura recorrida, pesaba el agua que había pasado por la clepsidra. El peso era la única herramienta realmente fiable de su época. Con esta argucia encontró la forma de medir que, de otra forma, en aquel tiempo hubiera resultado imposible. Este fue uno de los grandes momentos de la historia de la ciencia.

Galileo, de esta forma, postuló la ley del movimiento “uniformemente acelerado” cuando se trataba de superficies inclinadas, por el que un cuerpo cae con una aceleración constante que aumenta su velocidad según avanza en su caída, sin necesidad de aplicar ninguna fuerza sobre él, porque la gravedad ya la ejerce por sí sola. Luego, dejando rodar sus bolas por un plano horizontal, comprobó que el movimiento era bastante constante hasta que la fricción y la resistencia del aire los frenaba.

Se trató de otro varapalo serio a la enseñanza de Aristóteles, que decía que todo movimiento necesitaba una fuerza para mantenerlo. Tanto fue así que los escolásticos llegaron a sostener que para que los planetas se movieran, existía un relevo de ángeles para empujarlos y mantenerlos en movimiento.

Ahora, con los experimentos de Galileo, se supo que para que un cuerpo se moviera, sólo había que dejarlo abandonado a sí solo, independientemente de si era corcho o acero. Newton lo formuló algo más tarde, pero el padre empírico fue Galileo.

La siguiente gran figura brilló en las matemáticas.

DESCARTES (1595-1650). Nació en Francia y recibió una excelente formación, dónde destacó en matemáticas. Ingresó en el ejercito, del cual salió al poco tiempo para dedicarse en exclusiva a las matemáticas y a la filosofía. El primer trabajo que abordó fue una obra de título El mundo, con el que pretendía dar una perspectiva completa de la ciencia y una teoría completa del universo. Pero, cuando llevaba cinco años trabajando en él y estaba a punto de acabarlo, tuvo noticias de la condena de Galileo, así que prefirió no complicarse la vida y abandonar este trabajo. Finalmente, El mundo, se publicó incompleto catorce años después de la muerte del autor.

En vez de compendiar y explicar la ciencia, se dedicó a otras obras que él consideró que iban a ser menos polémicas. Sus famosos Discurso del método y Principios filosóficos.

La teoría de Descartes es más propia de un filósofo que de un hombre de ciencia, está basada en principios generales, contemplación y conjeturas más que en la experimentación. Descartes se embarcó en la búsqueda de la certeza basándose en el principio de que había que dudar de todo. Se trataba de una idea extraña, pero funcionó.

Era un hombre tremendamente religioso, de hecho, en sus trabajos pretendió demostrar la existencia de Dios. Sin embargo, sin quererlo, como cada vez que se avanzaba en ciencia, su obra minó más que ninguna otra la autoridad de la Iglesia, porque su “método científico” revolucionó la ciencia y la forma en la que la humanidad vivía el mundo.

Galileo había dicho que el libro de la Naturaleza está escrito con caracteres matemáticos. Descartes demostró que esos caracteres matemáticos son simplemente números, pues a cualquier punto real se le puede atribuir un conjunto de coordenadas cartesianas, como las llamaría Leibniz, y a toda línea, sea curva o recta, y a todo cuerpo, sea simple o compuesto, le corresponde una ecuación matemática.

Esta visión cartesiana del mundo influyó en todos, incluyendo a los que odiaron y condenaron por ello a Descartes. Pascal no le perdonó jamás que no necesitara a Dios para nada más que para poner el universo en marcha y los teólogos católicos creyeron que era necesario condenarlo por una docena de motivos de herejía distintos y poner su Discurso en el índice de libros prohibidos.

Descartes murió en Suecia un invierno muy frío, donde acudió llamado por su mecenas la reina Cristina, que se empeñó en que le diera clases de filosofía todos los días a las cinco de la mañana. La consecuencia de esas clases fue una grave pulmonía que lo llevó a la tumba.

La astronomía, una ciencia en el centro de una polémica inútil

En el siglo XVI a nadie le interesaba la astronomía, que se daba por resuelta, y los reyes, emperadores y grandes nobles, sólo estaban preocupados por la superchería astrológica. Los observadores astronómicos de aquella época vivían de hacer cartas astrales, en las que ellos mismos no creían. El mismo Kepler dijo que la astronomía vivía a expensas de su hermana tonta, la astrología.

La cuestión en el pasado había sido si el Sol y los demás planetas giraban alrededor de la Tierra o lo contrario. El resto del universo era considerado como una especie de decorado de fondo que no importaba.

La Grecia clásica partía de una orgía especulativa que primero razonaba lo general para luego llegar a lo particular. ¿Es el hombre el centro de la creación o no? Pues, resuelto que el hombre es el centro, todo debe girar en torno a él y las observaciones se deben ajustar a una teoría geocéntrica. Para intentar cuadrar esto, Ptolomeo ideó un esquema “de locos” para explicarlo. Eso sí, con la Tierra y el hombre en el centro de la creación. Tanto en la Edad Media como en la Moderna, los escolásticos desayunaban cada mañana con esta teoría.

Hubo quien intentó, desde el principio, exponer teorías heliocéntricas:

Anaxágoras, en Atenas, y después Aristarco, en Alejandría, habían sostenido que la Tierra giraba alrededor del Sol. Al primero se le acusó de impiedad y ateísmo. Fue, primero encarcelado y finalmente desterrado. Respecto al segundo, lo acusaron de impío y no está claro si sufrió alguna consecuencia por ello.

Más tarde, el cordobés Arzaquel que vivía en Toledo, y Al Bitrugi, desde Sevilla, propusieron que los planetas se movían alrededor del Sol. El cordobés proponía órbitas elípticas y el sevillano, circulares. A diferencia de los filósofos griegos y los científicos renacentistas, estos dos tuvieron la suerte de que nadie les prestó la más mínima atención y no hubo represalias.

PTOLOMEO, en el siglo II, fue un buen científico para su época, trabajó en trigonometría, hizo observaciones sobre más de mil estrellas y otros estudios relevantes. Finalmente recaló en el estudio de los movimientos planetarios, dónde partía de una premisa clara: la Tierra es el centro del universo porque el hombre lo es.

Para intentar cuadrar, muy malamente, sus observaciones con su teoría, ideó un sistema de círculos sobre círculos, en los que necesitaba más de 80 círculos para explicar el movimiento de cuatro o cinco planetas más el Sol y la Luna. Aquello no lo entendía nadie, pero explicaba lo relevante del caso: la supremacía del ser humano como heredero de Dios. Además, para el futuro, cuadraba muy bien con las ideas aristotélicas que tanto gustaban a la Iglesia.

Así quedaron las cosas durante casi mil quinientos años hasta que llegaron otros. Unos desde la razón y otros desde la observación, que vinieron a decir cosas distintas. Hagamos repaso:

COPÉRNICO (1473-1543). Fijémonos en la fecha de su nacimiento, casi equidistante de la caída de Constantinopla y del descubrimiento de América, justo a caballo entre la Edad Media y la Moderna.

Vivió casi toda su vida en Polonia y como otros científicos de renombre, recibió una educación exquisita. Podría haber escogido dedicarse a cualquier cosa, desde derecho a medicina, pero eligió la astronomía y las matemáticas. Recordemos que la astronomía oficial de aquella época era la ptolemaica, aunque un buen número de pensadores empezaban a ponerla en duda, creando un poso de duda y empezando a orientarse hacia las ideas de Aristarco.

Copérnico recogió todos los textos griegos que pudo, incluidos los dedicados a la mera observación. Él no tenía experiencia en astronomía práctica y esto le llevo a cometer errores, porque daba por buenas todas las observaciones y no supo descartar las malas. Pero, siendo un buen matemático, logró hilvanar un esquema heliocéntrico que para que le cuadrara con las observaciones que había leído, caía en el mismo defecto de la teoría geocéntrica, ya que se componía de 27 círculos en vez de los 84 de Ptolomeo. De esta manera, aunque simplificó el problema, sólo se quedó a medias de resolverlo.

No obstante, la importancia de la aparición de Copérnico radica en que efectivamente planteó ese “giro copernicano” al poner al Sol y no a la Tierra en el centro del universo.

No fue tan valiente como luego lo sería Galileo y no se atrevió a publicar su obra hasta el final de su vida. Temía, y con razón, que la ciencia ortodoxa se le pusiera en contra con vaya usted a saber que consecuencias. He leído en varias referencias que vivió lo justo para que el último día de su vida pudieran presentarle un primer ejemplar. Esta última anécdota, no tengo claro que sea tan cierta, aunque sí lo es que el libro no estuvo preparado hasta muy poco antes de que él muriera.

Sorprendentemente el libro superó la censura. La razón es que un amigo de Copérnico, editor del libro, a espaldas del autor, sustituyó la introducción original por otra en la que afirmaba que en las páginas siguientes no se presentaba una teoría sino una mera hipótesis concebida para simplificar ciertas dificultades matemáticas, que tampoco se proponía que la Tierra rotara sobre su eje una vez al día ni que girara alrededor del Sol una vez al año. Justo lo contrario de lo que en realidad contenían las páginas interiores. Aquí, el despiste de los revisores sólo se explica por dos razones: que fueran perezosos y no pasaran de la introducción, o que siguieran leyendo y no se enterasen de nada.

Transcurridos setenta años, más o menos, a punto de estallar el Caso Galileo, la Iglesia fue consciente de la influencia que había tenido la teoría de Copérnico y en 1616 fue incluida en el índice de libros prohibidos y no fue hasta 1822 que dio permiso formal para que se enseñara el sistema de Copérnico como la verdad y no como simple hipótesis.

Por cierto, el libro de Copérnico disgustó también mucho a los luteranos, a los que no gustó del mismo Lutero para abajo.

GIORDANO BRUNO (1547-1600). Italiano, dominico, agresivo, intolerante y turbulento. Al menos eso dice la historia de él, y parece que fue cierto. Obsérvese que era dominico y por tanto pertenecía a la orden que más estaba luchando por mantener el orden de las cosas. Sin embargo, tuvo que huir de Italia porque estaba acusado de herejía (por muchos motivos, no sólo astronómicos) y acabó en Inglaterra como profesor.

Su pensamiento fue, en lo conceptual, mucho más allá de las nuevas teorías de Copérnico.  Bruno especuló con que “el universo es infinito” y por tanto, en un entorno infinito, carece de sentido buscar un centro. Expulsó del centro de la creación no sólo a la Tierra, sino también al Sol. Según este nuevo planteamiento, habría una pléyade de soles con planetas orbitando en torno a ellos en un mundo infinito y por tanto, sin fronteras.

Esta fue la gota que colmó el vaso. Recordemos que la obra de Copérnico no fue condenada hasta dieciséis años después de la muerte de Bruno y la Iglesia había corrido un tupido velo y mirado para otro lado. Pero la obra de Giordano Bruno rebasaba todo lo admisible: sus doctrinas sugerían que había otros mundos iguales al nuestro, lo que convertía a Dios en una especie de divinidad tribal para nuestro planeta. Sobre el Infierno no había problema, ya que estaba situado en el centro de la Tierra. Pero ¿y el Cielo? Éste estaba ubicado más allá de la “esfera de las estrellas” y en el universo infinito que ahora se proponía no quedaba sitio material para él.

Bruno cometió el error de volver a Italia y fue apresado por la Inquisición, que lo mantuvo en prisión siete años y finalmente lo juzgó en un proceso que presidió un personaje que volveremos a encontrarnos: el cardenal Bellarmino. Finalmente fue ejecutado. La sentencia decía que “debía ser castigado con toda la clemencia posible y sin derramamiento de sangre”. O sea, que lo quemaron en la hoguera en 1600. Parece probable que la sentencia no fuese sólo debida a su teoría del universo infinito, pero no hay duda de que pudo ayudar bastante a la conclusión.

TYCHO BRAHE (1546-1601). Nació en Dinamarca tres años después de la muerte de Copérnico. Fue en buena medida su antítesis. Copérnico era un buen matemático y teórico, pero como observador no valía nada, razón por la que tuvo que fiarse de medidas de otros. Por el contrario, Tycho probablemente sea el mejor observador de todos los tiempos, sin apenas instrumentos o instrumentos muy toscos, pero flojeaba como matemático y teórico.

Cuando era estudiante sucedió un eclipse solar que le causó tal impresión que le llevó a interesarse por la astronomía y a estudiar las obras de Ptolomeo. Comenzó así sus primeras observaciones a partir de instrumentos que fabricaba él mismo.

Al acabar sus estudios viajó por Europa para conocer de primera mano los avances en astronomía. Conoció la reciente obra de Copérnico, sobre la que se mostró contrario, entre otros razonamientos, porque se oponía tanto a las Escrituras como a la doctrina de Ptolomeo.

Federico II, rey de Dinamarca, le concedió una pensión anual y una isla cerca de Copenhague para que construyera un observatorio y una casa para vivir. Cuando murió el rey, sus ingresos se vieron muy mermados, así que accedió a una invitación del emperador de Alemania para que se instalara en Praga, a donde viajó y en la que se le concedió una pensión y un castillo, para emplazar su nuevo observatorio, pero antes de que pudiera emprender un trabajo serio, enfermó de un modo repentino y murió.

La aportación de Tycho a la astronomía no fue en absoluto teórica sino basada en su capacidad de observación por dos caminos: en primer lugar, por los instrumentos, que mejoró. La segunda razón, fundamental, fue en el método de medición. Hasta él, los astrónomos hacían varias observaciones y luego escogían la que consideraban mejor. Esto provoca, como mínimo, lo que se conoce como “error aleatorio”, por fallos accidentales en el momento de la medida. Tycho revolucionó el método haciendo muchas medidas y promediándolas. Al promediar, los errores se compensan unos con otros y el “error aleatorio” desaparece.

Otro hecho afortunado en torno a Tycho Brahe fue que, ya en Praga, contratara como ayudante a un joven Kepler, que al morir su jefe, quedó en posesión de más y mejores observaciones de la que nadie había tenido hasta entonces. Hablaremos de él más adelante.

Un aspecto relevante de la vida de Tycho Brahe fue que él mismo se definía como de carácter difícil y exaltado. En un duelo de juventud perdió gran parte de la nariz de un sablazo. A partir de entonces se vio obligado a llevar durante el resto de su vida una prótesis metálica para disimular la amputación. Lo del carácter lo incluyo, porque es relevante como Tycho conocía sus limitaciones y su obsesión por la observación sistemática.

Quizás el acontecimiento más notable de su vida fue el descubrimiento, en 1572, del nacimiento de una supernova en la constelación de Casiopea. Observó la nueva y brillante estrella durante varios meses y en 1573 publicó una monografía sobre ella que le hizo inmediatamente famoso y fue muy polémica, porque se suponía que en el universo aristotélico y cristiano no aparecían estrellas nuevas.

Cuando observó la aparición de la nueva estrella, para asegurarse de lo que estaba viendo, llamó a sus criados para que le confirmaran la existencia de ese punto de luz. Los criados le dieron la razón, pero entonces él, consciente de su propio carácter, temió que la confirmación de los criados se debiera a miedo a él y a sus exabruptos, así que salió al campo y pidió la opinión a campesinos de la zona. Sólo entonces, cuando otros le aseguraron que veían lo mismo que veía él, dio por bueno el descubrimiento.

Los teólogos católicos, después de estudiar debidamente la monografía de Tycho, concluyeron que el documento y su autor estaban equivocados. La nueva estrella no era realmente nueva, simplemente no se había descubierto hasta entonces. Pero Tycho vivía en Dinamarca, un país luterano, cuyo rey era un devoto protestante y al que le preocupaban tan poco como a Tycho las críticas de los religiosos católicos.

KEPLER (1571-1630). Tenía treinta años cuando murió Tycho Brahe, y ha he dicho que se encontró con el mayor tesoro que puede encontrarse un astrónomo, multitud de observaciones fiables y de primera mano.

Alemán de familia luterana, su padre lo envió a un monasterio protestante para que siguiera la carrera eclesiástica, pero allí, el joven Kepler conoció las teorías de Copérnico, que abrazó como ciertas. Esto lo convenció de que sus creencias científicas no eran propias de un pastor y abandonó la carrera para dedicarse a las matemáticas.

Publicó su primera obra a los 24 años, en la que defendía las teorías copernicanas desde argumentos más místicos que científicos. Envió esta obra a Galileo y a Tycho. El primero se despachó diciendo que los argumentos le parecían ingeniosos y el segundo fue más crítico, dándole un consejo: “En primer lugar, tratar de establecer sólidos cimientos para sus opiniones, por medio de la observación, y después, edificando sobre aquellos, tratar de llegar a las causas de las cosas”. A pesar de todo, Tycho debió de estimar la capacidad intelectual de Kepler, porque lo invitó a Praga, primero como huésped y luego como ayudante suyo en el Observatorio.

Tycho vivió toda su vida queriendo rebatir las teorías de Copérnico, pero al no ser buen matemático necesitaba a Kepler para dar forma a sus observaciones. Por suerte para Kepler, Tycho murió al poco y él quedó libre para demostrar las ideas de Copérnico, aunque pronto descubrió que esa teoría andaba coja.

Desde la Grecia Antigua, la astronomía había vivido aprisionada en la idea de la circunferencia. Ya hemos visto que el cordobés Azarquel había pensado que los planetas podían moverse en elipses, pero nadie le hizo caso.

Ocho años después de la muerte de Tycho, gracias a sus mediciones, Kepler había postulado sus dos primeras leyes basándose en el movimiento de Marte. Tardó otros nueve años en extender esas leyes a los demás planetas conocidos, la Luna y los cuatro satélites de Júpiter a la vez que publicaba su tercera ley.

Las tres leyes de Kepler sobre el movimiento planetario no eran exactas, pero casi, y no pudieron ser perfeccionadas hasta más de doscientos años después. De las más de ochenta órbitas circulares de Ptolomeo, que Copérnico redujo a 34, con Kepler se pasó a explicar el movimiento de los siete cuerpos celestes conocidos en sólo siete órbitas elípticas, una para cada uno.

En el mismo año que Kepler publicó su Astronomía Nova, y las dos primeras leyes del movimiento planetario, Galileo construyó su primer telescopio y el universo estaba a punto de cambiar la mente humana.

GALILEO (1564-1642). Habíamos dejado a Galileo con sus importantes descubrimientos físicos y lo retomamos en 1608, cuando tuvo noticias del telescopio y lo mejoró junto a Torricelli. Para 1609 todo estaba preparado para que empezase una verdadera revolución del conocimiento.

Al primer lugar que enfocó Galileo su flamante telescopio fue a la Luna, en ella descubrió lo que parecían sombras que cambiaban de forma según lo hacía la posición del satélite respecto al Sol. Esta fue su primera conclusión peligrosa: la Luna, como la Tierra, tenía una superficie rugosa en la que había montañas y por consiguiente, era un mundo como el nuestro y no una esfera perfecta tal como pretendían los aristotélicos.

Lo siguiente fue enfocarlo a zonas conocidas del firmamento y empezó a ver estrellas hasta entonces ignotas. La Espada de Orión ya no tenía nueve estrellas, sino más de ochenta, las seis estrellas de la Pléyade pasaron a 36. ¿Qué pasaría si se aumentase la capacidad óptica del telescopio? ¿Serían aún más? ¿Tenían razón Anaxágoras y Demócrito cuando afirmaban en contra de sus propios contemporáneos que la Galaxia no es otra cosa que una masa de innumerables estrellas apiñadas en racimos? Lo más peligroso, ¿había tenido razón Giordano Bruno, ejecutado sólo hacía nueve años, al asegurar que el número de estrellas bien podría ser infinito?

A continuación, Galileo enfocó a Júpiter y descubrió cuatro satélites girando alrededor del gran planeta. ¿Validaba esto la hipótesis de Copérnico que había imaginado a los planetas superponiendo giros sobre giros?

Yendo más allá, estudió Venus y comprobó que pasaba por fases sucesivas, como la Luna, lo cual demostraba que Venus no tenía luz propia y que brillaba según la luz reflejada del Sol. Esto, aparentemente sin importancia, desbancaba la hipótesis de Ptolomeo que requería que Venus no mostrara nunca a la Tierra más que un semicírculo constantemente iluminado de su superficie, mientras que la de Copérnico exigía que Venus o la propia Tierra, atravesaran por fases. Entonces ¿la Tierra, igual que Venus, giraban alrededor del Sol? Con esta sola observación quedó enterrada la hipótesis ptolemaica y subió al escenario la copernicana, a falta de que llegara Kepler y rematara la obra.

Ese mismo año, observó los anillos de Saturno, pero los interpretó mal y en sus escritos dice que Saturno está formado por “tres esferas que casi se tocan mutuamente”.

Para acabar de apuntalar tanta observación peligrosa, apuntó hacia el Sol e hizo observaciones sobre las manchas que observó. Kepler, sin telescopio, había observado en él una macha oscura, pero lo había atribuido a Mercurio pasando por delante del Sol. Galileo no sólo observó las manchas solares, sino que vio que se movían. Al principio pensó que era una ilusión óptica, pero al seguir su trayectoria comprobó que también el Sol gira sobre su eje e incluso aportó las medidas para calcular el período de su revolución.

Galileo, para entonces, ya era un científico prestigiosísimo, y con más carácter que el que tuvo Copérnico, así que, a diferencia del otro, se animó a publicar todo esto en 1613 sin ocultar ni disimular nada y dando su opinión abierta sobre Ptolomeo y Copérnico.
La consecuencia fue la acusación de herejía y fue convocado ante la Inquisición para que opinara acerca de las dos proposiciones siguientes:

1. El Sol es el centro del universo y está enteramente inmóvil.

2. La Tierra no es el centro del universo ni está inmóvil, sino que se mueve con movimiento diario

Los teólogos de la Inquisición dictaminaron respecto a la primera proposición que era “falsa y absurda desde el punto de vista filosófico y formalmente herética” y respecto a la segunda que “merece la misma censura que la primera desde el punto de vista filosófico; y en cuanto a la verdad teológica, es por lo menos errónea respecto a la fe”.

El Papa envió al cardenal Bellarmino (el que ya vimos cuando la quema de Giordano Bruno) que llevaba un mandamiento formal de ordenarle, bajo pena de prisión, “de abstenerse de enseñar o defender este genero de doctrina y creencia ni tratar de ello”. No se conoce lo que hablaron, pero una semana después fue publicado un decreto por el que se ordenaba que la obra de Copérnico se retirara de la circulación hasta que se corrigiera. El libro de Galileo se publicó cuatro años después con “correcciones”, tales como que el movimiento de la Tierra no era una verdad absoluta, sino una hipótesis que facilitaba los cálculos y por supuesto, obviando a Copérnico.

Bellarmino murió en 1621 y Galileo fue cumpliendo años y probablemente convirtiéndose en más insolente y menos de estar callado, así que en 1632, con casi 70 años, publicó un Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo, el de Ptolomeo y el de Copérnico. Entonces estalló la tormenta.

En este libro, hay tres personajes que discuten entre ellos los méritos de ambos sistemas. Uno es un partidario convencido de Copérnico, el otro es un violento adversario de éste, apoyado en las doctrinas de Aristóteles, mientras que un tercero proclama ser un observador y comentarista imparcial (se supone que Galileo era ese comentarista imparcial). El adversario de Copérnico salía muy mal parado en la obra y se le dejaba como estúpido e incapaz de comprender el más sencillo de los argumentos.

Este libro era, naturalmente, un público desafío a la admonición del papa, de 1616, para que abandonara las opiniones de Copérnico. No obstante, Galileo burló al Censor del Santo Oficio que le había dado permiso para publicarlo bajo dos condiciones. La primera fue que el movimiento de la Tierra fuera tratado como hipótesis y no como hecho; la segunda era que recogiera argumentos dados por el papa en su momento, para defender la opinión ortodoxa. Galileo no cumplió la primera condición en absoluto y para empeorar las cosas, cumplió la segunda, pero poniendo los argumentos del papa en boca del personaje que dejaba como idiota.

Inmediatamente se prohibió la venta del libro y esta vez la Inquisición lo encarceló (aunque se sabe que se le trató con gran consideración y con toda cortesía). Dos meses más tarde tuvo lugar la vista del proceso y se dice que fue amenazado con el tormento, aunque parece que no había ningún ánimo de llevarlo a cabo.

Una de las acusaciones contra Galileo es que hubiera publicado sus obras en italiano, y no en latín, desacatando la autoridad de los miembros dirigentes y dirigiéndose a un público más amplio. De hecho, estaba popularizando (vulgarizando) una herejía y eso era intolerable.

En junio se pronunció la sentencia: Galileo tenía que hacer penitencia durante tres años y retractarse en hábito de penitente de todas las doctrinas de Copérnico. Al retractarse tenía que abjurar de sus propias creencias y a la vez comprometerse a no volver sobre ellas en toda su vida: “Yo doy seguridad de que creo y siempre creeré lo que la Iglesia reconoce y enseña como verdad”. No hay razón alguna para aceptar el cuento enteramente improbable de que Galileo terminó aquella retractación murmurando en voz baja las palabras E pur si muove (“Y sin embargo se mueve”). Es, desde luego, lo que Galileo hubiera podido decir; pero las cosas estaban feas y mejor estar calladito. 

Después de otra temporada de prisión, se le permitió trasladarse a Arcetri, fuera de Florencia donde continuó trabajando en problemas científicos, que ya no fueron de los que producían discusiones. Entre otros, el estudio de la resistencia a la flexión de una viga, que constituye el primer estudio de una nueva rama de la ciencia: la teoría de la resistencia de los materiales.

Galileo quedó ciego en 1637 (algunos creen que a causa de observar el Sol sin protección para la vista) y la obra de su vida llegó a término. Falleció en 1642, año del Nacimiento de Newton, quien había de difundir y dar más amplia significación a sus trabajos.

Exactamente igual que la obra primitiva de Galileo en mecánica había hecho añicos la física aristotélica, su obra posterior en astronomía hizo pedazos su cosmología. El esquema principal del universo quedó entonces claramente determinado, y era evidente que la victoria final quedaría únicamente a favor de Copérnico, Bruno y Galileo.

Como colofón a esta historia, y sólo como mera anécdota, el cardenal Bellarmino fue canonizado en 1930 (sí, no me he equivocado de fecha, fue en el siglo XX) y un año más tarde declarado Doctor de la Iglesia.

NEWTON (1642-1727) Siempre llevó a gala haber nacido el año que murió Galileo, el cual, como vimos, nació el mismo día que murió Miguel Ángel. Una bonita secuencia de tres hombres singulares.

Es cierto que, tal como el propio Newton reconocía, su obra se construyó desde una perspectiva de quién “estaba sentado a hombros de gigantes”, en especial Copérnico, Kepler, Descartes y Galileo, que entre todos hicieron posible a Newton, pero es difícil comprender su grandeza sin entender que, hasta él, nadie había realizado un viaje tan largo, en solitario, por los mares del pensamiento.

Nació hijo prematuro y póstumo de un hacendado empobrecido, “tan pequeño y falto de vitalidad, que dos mujeres que fueron a buscar un medicamento tonificante para la pobre criatura se sorprendieron de hallarlo todavía vivo cuando regresaron”.

De niño fue un alumno atrasado y falto de atención, con cierta aptitud mecánica para inventar y construir juguetes sofisticados. Cuando tenía 13 años, murió el segundo marido de su madre que tuvo el mérito de dejar a la familia bien situada económicamente. Cuando enviudó, su madre lo trajo de nuevo a casa, de donde lo había apartado durante su segundo matrimonio. El objetivo era que ayudase en los trabajos de la hacienda, pero Newton tenía la cabeza en otra parte y sólo pensaba en sus problemas mecánicos. Visto que como labrador no tenía ningún futuro, se le envió al Trinity College a ver si el niño mejoraba por la vía del estudio.

En Cambridge, al principio, no destacó en absoluto ante sus profesores ni él puso el más mínimo interés en hacerlo. Pero todo cambió cuando cayó en sus manos un libro sobre astrología en el que encontró un diagrama que no supo entender. Entonces compró un Euclides y se puso a la obra de aprender geometría. Una vez dominado con facilidad este libro, se puso a estudiar la mucho más difícil Geometría de Descartes.

Cuando tenía 23 años, Inglaterra fue devastada por la peste, y los estudiantes de Cambridge fueron enviados a sus casas para librarlos del contagio. En su hacienda, tuvo Newton tiempo para reflexionar sobre muchos de los problemas científicos de su tiempo. Las disquisiciones y los avances que hizo en este periodo, sin haber cumplido aún los 24 años, fueron lo suficiente extensos como para mantenerlo ocupado el resto de su vida.

A su vuelta en Cambridge fue elegido profesor de su Colegio. Dos años después, un profesor de matemáticas, padrino científico de Newton, renunció a su cátedra con el expreso propósito de dejar libre una vacante para él. Cuando fue formalmente elegido, quedó en libertad de dedicar todo el tiempo a la ciencia.

Con 47 años fue nombrado miembro del Parlamento en representación de la universidad, pero al año volvió a Cambridge hasta que, siete años después se le designó alcaide de la Casa de la Moneda y luego director.

Isaac Newton fue un gran director de la Casa de la Moneda e hizo esfuerzos para asentar la moneda inglesa en tiempos difíciles. También en economía supo hacer observaciones importantes. Por ejemplo, observó que había una relación directa entre los precios y la cantidad de moneda en circulación, lo que tomó forma en la llamada teoría de la cantidad de moneda, que viene a decir que si duplicas la moneda en circulación, permaneciendo igual lo demás, entonces los precios (en términos de moneda legal) se duplican. 

La intervención de los científicos en la economía no es de extrañar. Ya Copérnico aconsejó al gobierno polaco sobre lo que más tarde se conocería como la ley de Gresham, que dice que cuando tienes simultáneamente dos monedas en circulación, una buena (no adulterada) y otra mala (adulterada) la moneda buena se retira de la circulación. Esto ha sido una constante en la historia desde tiempo de los romanos.

La aceptación del cargo de la Casa de la Moneda acabó virtualmente la obra original de Newton en la ciencia; pero fue elegido presidente de la Royal Society en 1703 cargo que ejerció hasta su muerte.

Sobre su obra científica, resultan prodigiosos los avances que realizó confinado en su hacienda durante los dos años de peste.

Descubrió el conocido como binomio de Newton. Sólo con esto, cualquier matemático habría justificado toda una carrera, pero para este joven, sólo fue el principio.

Realizó también sus famosos experimentos de difracción de la luz blanca al atravesar un prisma, replicando el fenómeno físico del arco iris.

Desde el punto de vista matemático, quizá su mayor contribución consistió en fundar el cálculo infinitesimal, lo que todos conocemos como derivadas e integrales. Partía de un universo estático, descrito por Descartes en su geometría analítica, que él lanzó a otro, más real, que estaba en constante movimiento. Es cierto que tardó en publicar este conocimiento y se le adelantó Leibniz, con trabajos paralelos al suyo y con una enunciación más sencilla. Vaya por tanto aquí el reconocimiento a Leibniz por su mayor sencillez de exposición que Newton y además, por poner a disposición de la ciencia su nuevo conocimiento.

Falta por contar la mayor aportación de la filosofía de Newton, algo que explicaba todas las observaciones de los gigantes anteriores a él y que se replicaba en el universo, fuera Júpiter o Marte o zonas ignotas aún. Su gran aportación fue postular que las fuerzas que mantenían unidas en movimientos orbitales a los planetas o las estrellas no eran de diferente naturaleza que las que hacían caer a una manzana perpendicular al suelo. Su ley de la gravitación universal vino a establecer un orden cósmico que aún sigue en vigor.

Fuentes de la bibliografía: [6], [7], [8], [23], [24], [26].


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