viernes, 26 de julio de 2019

Era Moderna II: crecimiento y divergencia de Europa (1450-1650)

Imagen: Expulsión de los moriscos en
el puerto de Denia,
por Vicente Mostre. Fuente, Wikimedia
Escuchar audio (recomendado):

En la entrega anterior nos introdujimos en la Era Moderna, o Edad Moderna, como prefiráis llamarla, y lo hicimos a través de la gran expansión europea que protagonizaron portugueses y castellanos con sus viajes épicos hacia oriente y occidente. En ella pasamos muy de puntillas por la situación interna europea, que obviamente se vio muy afectada por esta expansión del mundo conocido, pero en la que se estaba dando, o a punto de darse, una fase de transición crucial, en la que nos vamos a detener ahora.

La entrega de hoy se va a centrar en dos siglos de la historia estrictamente europea, los años que van de 1450 a 1650. En ellos dio tiempo para conocer un nuevo ritmo de difusión de la cultura a través de la imprenta de tipos móviles de Gutenberg, que ayudó a avivar un fuego de cambios religiosos en gran parte de Europa: la reforma protestante, con Lutero y Calvino, por un lado, y la iglesia anglicana, por otro.

Los cambios de fe alimentaron las guerras de religión, con reyes españoles por delante, dispuestos a gastarse hasta la última onza de plata que obtenían de América para convertir a estos monarcas en adalides de un concepto con un nombre feísimo: “la contrarreforma”. La consecuencia de éste y otros errores convirtieron al país en el furgón de cola de una Europa occidental que se estaba preparando para el desarrollo.

 1. Crecimiento desarrollo y progreso

En lo que sigue vamos a hablar de períodos de crecimiento económico, de otros de crisis y empobrecimiento e incluso de situaciones de desarrollo que se dieron en la última etapa, en algunos países. Conviene por tanto aclarar estos conceptos, antes de abordarlos, porque no son sinónimos desde el punto de vista de la historia económica. Lo haré según las definiciones de Rondo Cameron y Larry Neal en el libro que cito en la bibliografía.

En primer lugar, se entiende por crecimiento económico a un aumento sostenido de la producción total de una sociedad. Se mide por el Producto Nacional Bruto (PNB), que no es exactamente igual que el Producto Interior Bruto (PIB), aunque van muy de la mano. Para no liaros, no voy a entrar en disquisiciones técnicas, pero sí os anticipo que los datos que he encontrado se refieren a PIB, así que los tomaré por equivalentes. Aclaro que estos datos son estimaciones, así que hay que cogerlos con pinzas.

El crecimiento puede darse por un aumento en los factores de producción (tierra, trabajo y capital), es lo que se conoce como crecimiento extensivo, pero también puede venir de una mayor eficiencia en el aprovechamiento de los recursos, a esto se le denomina crecimiento intensivo. La eficiencia aquí es la clave: por eficiencia se entiende hacer más con los mismos recursos, o hacer lo mismo con menos recursos, o una combinación de ambas soluciones.

Como veremos más adelante, si aumenta la población bajo un modelo de crecimiento extensivo, al aplicar más trabajo y probablemente más tierras obtendremos más producto y, por tanto, a nivel global, se habrá crecido. Pero, si la tasa de crecimiento demográfico es mayor que el ritmo de aumento de la producción, aunque el PIB total sea mayor, habrá disminuido el producto per cápita, por lo que el nivel de bienestar de los ciudadanos empeorará. Por tanto, para que se pueda asociar el crecimiento económico a bienestar, habría que hablar en términos de producto per cápita.

Luego viene el siguiente término: desarrollo económico, que viene a decir que al crecimiento le acompaña una variación “a mejor” de las estructuras sociales o en la organización de la economía. Por ejemplo, pasar de una economía de mera subsistencia a otra en la que crezcan los mercados, se organice mejor el comercio o aparezca la industria. Aunque el desarrollo pueda parecer la causa del crecimiento, no siempre ha sido así.

Una diferencia importante entre crecimiento y desarrollo es que el primero puede ser reversible y a períodos de crecimiento le pueden seguir otros de decadencia y vuelta atrás. El desarrollo también podría ser reversible, pero a lo largo de la historia vemos que cuando se producen las grandes crisis, las organizaciones no vuelven a su estado anterior, sino a otro distinto.

Pongo por ejemplo la caída del Imperio Romano de Occidente que, dio lugar a un período de pobreza extrema en el que se llegó a una nueva forma de organización que fue la economía feudal, pasando de un poder político y económico muy centralizado a otro muy desestructurado. Otro ejemplo podría ser la crisis bajomedieval y su remate con la Peste Negra, que vimos en dos entregas, cuando se partía de una situación feudal que acabó rota y dio paso a los Estados absolutos.

Y ahora llega el progreso económico que, a diferencia de los dos términos anteriores, incluye un componente ético. Una sociedad, un Estado, pueden crecer y desarrollarse, con rentas per cápita mayores y organizaciones comerciales estupendas, pero ¿cómo se está produciendo la distribución de esas rentas? ¿a qué precio se está creciendo?

La primera de esas preguntas nos lleva a otra: ¿Qué es preferible, una renta per cápita alta con gran desigualdad social, o una renta per cápita más baja con una distribución más igualitaria?

Para acabar este aspecto, la segunda pregunta, para no ser menos, también nos conduce a la siguiente: ¿puede considerarse progreso el crecimiento de la producción y el consumo a costa de envenenar el medio ambiente o acelerar el cambio climático

2. Europa era una economía de base orgánica

Esto fue así desde el principio de los tiempos hasta que se expandieron los efectos de la primera Revolución Industrial, más de un siglo después de acabar este período.

El concepto de economía orgánica es relativamente moderno y no se basa en criterios químicos. Se refiere a que, en este tipo de sociedad, la economía está basada en la obtención de energía a través de seres vivos: hombres plantas y animales. Si nos basásemos en criterios químicos todavía estaríamos en ello, porque los combustibles fósiles están compuestos principalmente por carbono.

La importancia del efecto de la base orgánica de la economía es que, al fin y al cabo, descansa en la productividad de la tierra y eso limita el volumen de dos factores críticos: alimentos y energía disponibles. Por tanto, si no se mejoran las eficiencias, una economía orgánica viene a depender más del crecimiento extensivo que del intensivo

3. Crecimiento extensivo

Con el paso de la Edad Media a la Moderna hubo pocos cambios en la estructura económica europea, que seguía basándose en la agricultura como producto y en la familia campesina como institución fundamental.

El crecimiento europeo fue sobre todo extensivo, basado por tanto en la intensificación de los factores productivos, por este orden: trabajo, tierra y capital.

El factor trabajo fue la principal causa del crecimiento, porque había cada vez más hombres y mujeres (y niños) trabajando. Esto fue el resultado de una recuperación demográfica con incrementos de la población que en algunas zonas fue espectacular: los distritos rurales de Zúrich casi duplicaron su población en las seis décadas que van 1570 a 1630. En Bélgica, la zona más densamente poblada de Europa, entre 1500 y 1550 se pasó de 41 a 54 habitantes por quilómetro cuadrado. A España no llegó este boom, porque durante este período prácticamente se mantuvo constante entre 11 y 12 habitantes por quilómetro cuadrado.

La población europea prácticamente se dobló entre 1450 y 1600. Creció más en la Europa del norte que la del sur, lo que revela el mejor comportamiento económico del norte.

El factor tierra (entiéndase también mar) fue la consecuencia inmediata tanto del crecimiento demográfico como de los avances navales y los nuevos descubrimientos.

En el mar había nuevos caladeros muy ricos en pesca, en los territorios descubiertos se comenzaron a trabajar nuevas tierras, pero en el mismo continente hubo un aumento del terreno aprovechable para la agricultura.

Como ejemplo, en Alemania, se repoblaron aldeas abandonadas tras la crisis del siglo XIV, las zonas de pasto se extendieron y creció el ganado. En Holanda, se drenaron tierras anegadas y se levantaron diques (llamados polders). En Francia, el espacio forestal cedió paso al cultivo, el bosque de Orleans pasó de 60.000 a 20.000 hectáreas en 1533.

El factor capital, aunque también creció, quizá fue menos decisivo y fue muy desigual entre las distintas regiones debido sobre todo a situaciones políticas y de estructuración social

4. Crecimiento intensivo, pero desigual

Aunque el aumento de la extensión de los cultivos fue el factor decisivo de crecimiento, también se produjeron otros cambios que permitieron crecer de forma intensiva. Estos fueron la especialización, mediante la introducción de cultivos comercializables y la diversificación de actividades, para aprovechar las oportunidades que brindaban unos mercados en auge.

Durante los primeros cien años de este período, aproximadamente de 1450 a 1550 se cultivaron buenas tierras que produjeron un aumento del rendimiento. Por ejemplo, la relación entre grano de cereal cosechado por grano sembrado pasó en Polonia de tres a seis. En Inglaterra se llegó a nueve y la relación fue superior en Flandes.

Conforme se producía más cereal, había más margen para introducir otros cultivos: en Andalucía se plantaron grandes extensiones de olivos. El viñedo ganó terreno en Alemania, Francia y Hungría. El arroz, que los árabes habían introducido en Sicilia y en Valencia, se empezó a cultivar en varias zonas del norte de Italia. En Inglaterra y los países escandinavos se extendió la cebada para elaborar cerveza y el lúpulo en Alemania.

Las ferias ganaderas fomentaron la integración de zonas complementarias, como ocurrió con los campos cerealistas del sur de Alemania y las comarcas ganaderas de Suiza, o entre distintas regiones inglesas.

Unas pocas ferias internacionales reunieron a comerciantes especializados en cambios de monedas, libranza de letras de cambio y ajustes de pagos. Constituían la espina dorsal de las finanzas europeas. Una de las ferias más importantes era la de Medina del Campo, en España, aunque también las hubo en Medina de Rioseco y Villalón.

Si alguno habéis leído o escuchado la entrega número nueve de este canal, dedicada a la ley de Engel, quizá recordéis que el vestido es la segunda prioridad de la sociedad, una vez cubiertas las necesidades de alimentación. Por tanto, no es de extrañar que, en estos tiempos, como lo fue luego durante la Revolución Industrial, el sector textil formara parte relevante de las nuevas transformaciones.

Así, crecieron los cultivos para la manufactura textil, como el lino y el cáñamo, o plantas para tintes en Centroeuropa, morera para los gusanos de seda en el norte de Italia y Murcia.

La demanda de lana, con precios en alza, propició el crecimiento de las cabañas ovinas, especialmente en Inglaterra y Castilla. Allí proliferaron los rebaños estantes (los que se quedaban quietos) y aquí los trashumantes (que no paraban de ir de aquí para allá)

5. Protoindustria vs gremios

Para ello, situémonos. Estamos viajando por una época en la que los gremios vivían su edad dorada y mandaban más que nunca. De hecho, en muchas zonas mantuvieron su poder hasta el siglo XVIII.

Los gremios eran una especie de “Denominación de Origen” actual. Sólo que ahora la afiliación es voluntaria y entonces era obligatoria.

El pretexto de su existencia, según ellos, era asegurar la calidad de su producto, aunque así estorbaban la competencia y, sobre todo, impedían la innovación.

Los gremios controlaban con reglas férreas la industria y el comercio en las ciudades. La unidad productiva era el taller agremiado que a su vez era tienda, vivienda familiar y alojamiento de aprendices (a los que cobraban por su estancia y aprendizaje, o sea, que no les pagaban o les pagaban una miseria; una especie de régimen de becarios de larga duración).

El número de maestros estaba regulado, así como la duración del proceso de formación para escalar en la profesión, de aprendiz a oficial y raras veces a maestro.

En la estructura gremial no existía la especialización, cada oficial elaboraba un artículo de principio a fin y no existía una división técnica del trabajo. Por ello, la calidad final dependía exclusivamente de la habilidad del artesano y no de la capacidad de estructuración de las tareas.

Como si no hubiera un mañana, todo estaba reglado. Los gremios se ubicaban por calles: zapateros, carpinteros, bataneros, etc. estaban estrictamente delimitados y compartimentados.

Los gremios, en definitiva, al ser organismos monopolísticos, representaban un serio obstáculo a la competencia y la innovación. No sólo porque impedían la competencia entre los agremiados, sino porque, además, constituían una barrera ante la importación de productos desde el exterior.

Y entonces sucedió lo que ahora llamaríamos tendencia Low Cost, impulsada, claro está, desde el sector textil.

Con gran enfado de los gremios, impulsada por comerciantes-fabricantes, empezaron a repartirse aperos, máquinas textiles y materias primas entre algunos campesinos (principalmente mujeres y niños) que, en períodos de inactividad agrícola, producían tejidos, de menor calidad, pero de inferior coste. Se trataba de una organización de trabajo a domicilio.

Este sistema, fuera de las ciudades y al margen de la reglamentación gremial proliferó especialmente en Inglaterra, donde la producción de paños se multiplicó por diez en el período que estamos visitando.

6. Desarrollo de la pesca

La pesca creció muy impulsada por la explotación de caladeros lejanos y la mejora en los procesos de conservación: curación, salazón y ahumado.

Los campeones en este asunto fueron los holandeses, gracias a un tipo de barcos llamados herring bus, que eran buques factoría que permitían embarcar entre 18 y 30 tripulantes para faenar en alta mar durante semanas y salar el producto en sus bodegas para conservarlo hasta llegar a puerto.

La flota arenquera holandesa se multiplicó por tres en menos de cien años. El producto estrella era el bacalao, que los católicos consumían los días que la Iglesia ordenaba no comer carne. Los pescadores franceses, ingleses, españoles y portugueses fueron subiendo cada vez más al norte, según se agotaban los caladeros, hasta llegar a Terranova a fines del siglo XV.

La pesca, además de proporcionar recursos alimenticios, arrastró a mejoras en la construcción naval y el comercio, fomentó la preparación de tripulantes y la organización empresarial de ultramar.

7. No todo eran buenas noticias: agotamiento de los bosques y las tierras productivas

La demanda de hierro para hoces, guadañas y otros aperos impulsó la explotación de muchos puntos por el continente. El consumo de hierro entre 1450 y 1550 se quintuplicó.
Las necesidades de carbón vegetal para las forjas y la madera para los barcos redujeron drásticamente el tamaño de los bosques y originó un aumento del precio de la madera.

Estamos en una época de expansión del tráfico marítimo y la guerra por mar. Para construir un barco se necesitaba talar, como mínimo, 3.000 árboles. Se calcula que para reestructurar y reforzar la flota cristiana de la batalla de Lepanto fue necesario talar más de 250.000 árboles. No he encontrado datos acerca del coste ecológico de la construcción de la Armada Invencible, en España, pero debió ser brutal.

También hacía falta madera, tanto para producir salitre, uno de los componentes de la pólvora, como para fundir los cañones. Para producir una tonelada de salitre hacían falta unas veinte toneladas de madera, que venía a ser el consumo anual de madera de una ciudad de entre 100.000 y 200.000 habitantes. Para obtener 800 kilos de hierro refinado hacía falta el doble, 40 toneladas de carbón vegetal.

En Inglaterra, Enrique VIII, al comenzar su reinado contaba sólo con cinco buques de guerra. Inconcebible para un país situado en una isla. Inmediatamente comenzó una labor de construcción de barcos y cañones y creó la marina de guerra inglesa, probablemente la flota mejor organizada de la época. Para la construcción de los barcos y la fundición de cañones y balas utilizó el carbón vegetal del bosque de Weald, que está situado cerca de donde hoy está el aeropuerto de Gatwick.

Extender los cultivos significó reducir los pastos y la disminución de ganado aminoró la disponibilidad de abono y tiro. Cada vez se trabajaba en tierras más pobres, por lo que la productividad media descendió ante una población que seguía creciendo. A finales del s XVI el crecimiento extensivo estaba tocando techo en los campos europeos.

8. Tres períodos de ascenso y declive (la trampa malthusiana)

Los doscientos años que fueron de 1450 a 1650 pasaron por tres fases: una primera, que he descrito, en la que hubo crecimiento y expansión durante aproximadamente cien años. Luego llegó un período de madurez en la que se gestaron los estados fiscales y finalmente, un período de crisis que se resolvió de forma distinta según las zonas, dando lugar a lo que se conoce como la divergencia europea.

Para los que hayáis escuchado o leído la entrega número cinco del canal Priekonomio, os recuerdo que en ella hablaba de la trampa malthusiana. Por no alargarme hoy mucho, os la resumo para el caso concreto de estos siglos.

Europa salía de una crisis bajomedieval que había mermado su población y que había abandonado muchos campos cultivables por falta de mano de obra. Por fin se había acabado la terrible Guerra de los Cien Años. Por tanto, la población comenzó a crecer. En una situación predominantemente extensiva, la cantidad de brazos y la disponibilidad de tierras eran la combinación perfecta para que se diera el crecimiento del producto, lo cual realimentó el crecimiento de la población (la palanca principal, como siempre, fue la reducción de la edad de matrimonio de las mujeres, que así vivían un mayor tiempo fértil y tenían más hijos). Se comía más y mejor: una buena alimentación hace que la población sea más fuerte y menos propensa a enfermedades. En definitiva, cada vez hubo más bautizos y menos entierros.

Pero, según se fueron cultivando más campos, estos fueron menos fértiles y se produjeron rendimientos decrecientes. Había más bocas que alimentar, pero la productividad media de la tierra era menor, o incluso ya no quedan tierras cultivables.

En esta situación actúan los llamados “frenos preventivos”, ante el futuro incierto que los padres prevén para ellos y su prole. La consecuencia es tener menos hijos (la edad del matrimonio de las mujeres vuelve a aumentar). En este caso, hay menos bautizos.

Cuando los frenos preventivos no son suficientes llegan los “frenos positivos” (que aunque tengan un nombre bonito son situaciones espantosas), están formados por todo aquello que hace disminuir el tiempo de vida de la población: malnutrición, hambrunas, enfermedades y revueltas. Por tanto, hay más entierros.

En Europa, el momento de inicio se sitúa en 1570, cuando empezaron a actuar los frenos preventivos de control de población, la producción europea se estancó, la población ralentizó su ritmo de crecimiento y el precio del cereal aumentó. Estos frenos fueron insuficientes y los maléficos frenos positivos se preparaban para entrar en acción.

Todo estaba servido para que se desencadenaran hambrunas a poco que llegaran varios años consecutivos de malas cosechas, con la predisposición a contraer enfermedades y epidemias. Para colmo, en épocas de crisis, al caer el excedente aumenta la presión política y social: los reyes y los señores desencadenaron guerras y los campesinos revueltas.

El siglo XVII vivió una transición política que se resolvió por las armas: Guerra de los Treinta Años en Alemania, Guerra de los Ochenta Años, entre España y los Países Bajos o Guerra Civil inglesa, que supuso un cambio de régimen.

Las guerras producían más muertos fuera de los campos de batalla que en ellos, porque los ejércitos se rebelaron como un mecanismo muy eficiente de asolación, difundiendo enfermedades infecciosas, saqueando almacenes y destruyendo cosechas.

Alemania fue la zona más afectada, su población se redujo un 40 por ciento de 1600 a 1650. En España e Italia también hubo descenso. Portugal y Holanda se estancaron e Inglaterra siguió creciendo.

9. Dinero, dinero y dinero

Cuentan Bernardos y Hernández que cuando en 1499, Luis XII de Francia preguntó al condottiero Gian Giacomo de Trivulzio qué necesitaba para conquistar Milán, éste respondió “tres cosas: dinero, dinero y dinero”.

La guerra fue el motor del desarrollo de los estados en Europa desde mediados del siglo XVI, ligada al uso masivo de armas de fuego, ejércitos mercenarios, costosas armadas y fortificaciones. Esto dio pie a que la fiscalidad se pusiera muy seria.

El nervio de la guerra era el dinero, tanto en tierra como en mar. En Lepanto, por ejemplo, participaron aproximadamente el mismo número de naves en ambos bandos (unas 200 en cada ejército), pero ganaron los cristianos porque, con sus 1.300 cañones duplicaban a la artillería otomana.

La gran mayoría de los soldados eran mercenarios. El ejército de recluta obligatoria sólo se universalizaría tras la revolución francesa de 1789. Los soldados profesionales exigían sus pagas en tiempo y forma o empezaban a ponerse muy nerviosos. Esto lo sabían muy bien Carlos I (cuando sus tropas saquearon Roma en 1527) y Felipe II (cuyas tropas hicieron lo mismo en Amberes en 1575).

Para fortalecer el Estado había que recurrir a la Hacienda, generalmente mediante impuestos indirectos. En Castilla existía la alcabala (10 por ciento sobre las compraventas) o las aides, que gravaban vino, licor, velas o jabón, entre otros. Los impuestos sobre la renta y la riqueza eran excepcionales porque los monarcas no querían enfadar a la clase alta, la nobleza o la Iglesia.

Cuando los impuestos no daban para pagar la fiesta, se recurría a la deuda pública, que devengaba un interés anual con plazos de amortización muy largos o indefinidos. Los tenedores de esta deuda pública eran, obviamente, los poderosos. El efecto inmediato de emitir deuda es aumentar los impuestos, para pagar las obligaciones futuras. Pero claro, los impuestos los pagaban mayoritariamente los más pobres, lo cual generaba un fenómeno de redistribución inversa de la riqueza por la cual, los impuestos que pagaban los pobres acababan en las bolsas de los ricos.

A la larga, sin embargo, los conflictos acabaron pasando factura, como lo demuestra la monarquía española, a la que ni siquiera los tesoros de América salvaron de la ruina.

10. El mercantilismo

Los estados modernos, además de intervenir en la economía vía políticas fiscales, de impuestos y deuda, también lo hicieron mediante medidas de política económica. El objetivo de todos ellos fue reforzar su poder.

La mayoría de estas medidas no eran nuevas, sólo más potentes que las que habían adoptado antes las ciudades medievales en su relación entre ellas. Principalmente se trataban de decisiones para regular el comercio exterior: protección de las manufacturas locales, fomento de las exportaciones, acumulación de metales preciosos (que se conoce como bullonismo) y lograr una balanza comercial favorable.

Adam Smith lo bautizó como “sistema mercantil”, en su crítica hacía él. El nombre derivó a “mercantilismo”, más tarde. Adam Smith era partidario del “laissez faire” en la economía y dejar actuar a los mercados.

Para evitar que otros captaran el valor añadido se prohibía la exportación de materias primas y bienes intermedios, a la vez que se fijaban altos aranceles en la importación de productos acabados.

En Inglaterra, después de la revolución parlamentaria, se aprobaron las Leyes de Navegación, para reservar a los navíos ingleses el tráfico desde puertos ingleses y así esquivar la amenaza comercial holandesa.

Se abrieron Manufacturas Reales. Grandes fábricas, financiadas por el Estado, centradas en bienes de lujo o pertrechos militares, para evitar tener que importarlos.
Se crearon compañías comerciales privilegiadas, con monopolios sobre la importación de productos coloniales.

Muchas de estas medidas estuvieron en vigor mucho tiempo y algunas de ellas aún persisten. Basta observar el actual conflicto comercial entre Estados Unidos y China, o la protección de la agricultura comunitaria en la Unión Europea.

11. Crisis final y divergencia: una Europa de tres velocidades

Algunos historiadores económicos interpretan lo sucedido a partir de 1570 como la creación de un capitalismo embrionario que fue antecedente imprescindible de la Revolución Industrial. La crisis arruinó al campesinado y sólo favoreció a los terratenientes y las burguesías mercantiles, que acumularon capitales.

La mayor parte de Europa seguía dominada por el feudalismo y la hegemonía nobiliaria, caldos de cultivo poco propicios para la innovación.

Sólo dos países, Inglaterra y Holanda, tuvieron fuerza suficiente para provocar un cambio de régimen político y de sistema económico a partir de dos revoluciones burguesas. En Holanda, se logró la independencia tras la Guerra de los Ochenta Años, librada contra España. Por fin se firmó la Paz de Westfalia en 1648, que puso fin a esta guerra y la de los Treinta Años. En Inglaterra, cuarenta años después de la decapitación de Carlos I, la Revolución Gloriosa de 1688 ató en corto las prerrogativas de un nuevo monarca a favor del parlamento.

En una Europa eminentemente campesina, la única salida posible de la crisis era reconvertir las economías agrarias de extensivas a intensivas. Desde un punto de vista técnico, la solución pasaba por una combinación más eficiente de agricultura y ganadería, con estabulación del ganado y ciclos de rotación más complejos que incluyeran pasto artificial y leguminosas, pero para ello había que contar con unos suelos y un clima que lo permitieran y una estructura social y política dinámica, que la favoreciera. 

Por tanto, la crisis se saldó con tres modelos muy distintos, entre una minoría de economías que encontró soluciones intensivas al estancamiento y una mayoría que se hundió en él.

Inglaterra y Holanda: una nueva agricultura

En estos dos países comenzó la gestación de la agricultura capitalista gracias a los vallados de las tierras (que las libraban de servidumbres de paso y permitían la puesta en práctica de rotaciones más complejas en el uso de los suelos, combinando cultivos y equilibrando agricultura y ganadería). Una innovación crucial fue el cultivo de plantas leguminosas forrajeras. Las leguminosas fijaban el nitrógeno atmosférico a los nódulos radiculares que fertilizaban la tierra, y se pudo prescindir del barbecho, lo que permitió, además, una mejor integración entre cultivos y ganadería, pues proporcionaban pienso para el ganado.

Europa mediterránea: vuelta a la subsistencia

Estancada y en retroceso, a diferencia de Holanda e Inglaterra, aquí, la clase nobiliaria, la Iglesia y la monarquía salieron reforzadas. Con climas áridos, no era posible adoptar los sistemas de cultivo del norte de Europa, salvo que se hubiesen acometido importantes inversiones de regadío o no se hubiesen abandonado las existentes. El caso español destaca por su torpeza, como veremos un poco más adelante.
Europa del Este: la segunda servidumbre

En la Europa al este del Elba se extendió la servidumbre y se ruralizó la economía. Allí, durante el siglo XVI habían tenido éxito como exportadores de cereales baratos empleando el trabajo servil. La extensión de las tierras de cultivo provocaron la caída del ganado de labor, y con ello del abonado. Cayó el rendimiento de los campos y la respuesta de los terratenientes fue recrudecer la presión sobre los campesinos con condiciones de trabajo similares a la esclavitud. Lo que pudo funcionar a corto plazo acabó suponiendo disminución de la población, revueltas, abandono de tierras y caída de las exportaciones. Estas economías sufrieron, finalmente, un hundimiento general.

12. Lo que pasaba en España

Expulsión de judíos y moros

En palabras de Bernardos y Hernández, 1492 es a la vez una fecha clave y una pista falsa. Este año sucedieron tres hechos muy relevantes para los próximos siglos: se anexionó el reino de Granada, se expulsó a los judíos y tres naves partieron rumbo a las Indias.

De las consecuencias de la llegada a las Islas Occidentales ya se habló en el capítulo anterior, así que no abundaré aquí más de lo necesario, para centrarme en las consecuencias de las expulsiones.

Tres meses después de la entrega del último reducto moro, por el edicto de Granada, promulgado el 31 de marzo de 1492, se decretó la expulsión de los judíos, a los que se dio cuatro meses para convertirse o vender lo que pudieran antes de abandonar su patria. Se les permitió llevar con ellos todas sus pertenencias, salvo oro y plata. Sabemos que lo único que algunos pudieron llevar fue la llave de su casa, aquí, en Sefarad.

Estimaciones actuales cifran una comunidad de unos 200.000 judíos en España, la mitad de los cuales se marchó y la otra se convirtió y quedó en manos de un integrismo religioso que no les puso las cosas fáciles en el futuro.

La marcha de los judíos y su represión a los que quedaron representó una gran pérdida para la economía española, que expulsó comerciantes con redes de relación internacionales, banqueros, médicos, abogados, intelectuales y científicos. A pesar de ello, el “pelotazo” americano y el comienzo de la llegada de la plata, disimuló la pérdida.

Quizá peor fue el éxodo musulmán que se alargó durante un siglo y llegó a su fin en 1609, cuando la sangría económica de guerras continentales y la crisis que había comenzado en el siglo XVI estaba ya causando estragos. Comenzó en 1492, cuando una mayoría de élite abandonó voluntariamente el suelo español. Los que se quedaron, pasaron a engrosar a la población mora no convertida que vivían en gran número en los reinos de Castilla y Aragón. Se les llamaba mudéjares y convivían en armonía con los cristianos desde hacía siglos.

Por las capitulaciones de Santa Fe, los reyes españoles se habían comprometido a respetar usos y costumbres de los mudéjares granadinos y durante los primeros años se inició una campaña de conversión pacífica por el camino del convencimiento y la fe, con bastante poco éxito.

Aquello no convencía al cardenal Cisneros, que en 1499 se trasladó a Granada para investigar la situación y luego acelerar un proceso que estaba siendo muy lento. Por ello, empezó a convencer a los reyes (especialmente a la reina) de que había que echar atrás muchas de las concesiones hechas. La consecuencia fue un edicto, en 1502, que obligaba a los mudéjares de Castilla a convertirse o abandonar el reino. El rey Fernando no quiso hacer lo mismo en Aragón, donde no se hizo efectivo hasta que su nieto, Carlos I, acabó aplicando la misma medida allí, en 1525.

Castilla, entonces, comprendía la Meseta, Andalucía, Murcia, Extremadura y los territorios cantábricos.

A partir de 1502 se procedió al bautismo masivo de mudéjares, muchas veces congregándolos en masa y espurreándoles agua bendita por encima. Esto a los mudéjares no les cambió ni la fe ni las costumbres. Pero ahora, eran cristianos, quisieran o no. Se les etiquetó como “cristianos nuevos de moro” y pasado poco tiempo, como no abandonaron su estilo de vida (ni sus prácticas culturales y religiosas) se les llamó moriscos. En una década, se había decretado la extinción de una comunidad que vivía en armonía, la mudéjar, para crear otra, a la que se persiguió para aculturarla, creando con ello serios problemas de convivencia y revueltas que llegaron a tener dimensión de guerra.

Para aculturar a los moriscos y eliminar en ellos lo diferente se recurrió a todo lo posible, según avanzaba el tiempo: se les prohibió hablar, escribir o leer en árabe; se persiguieron las prácticas higiénicas, porque el baño se asociaba a las abluciones; se les obligó a mantener las puertas de sus casas abiertas en viernes, domingos y celebraciones de boda, para asegurarse de que no practicaban el rito musulmán y que observaban las prácticas cristianas. Finalmente se decretó la diseminación de decenas de miles de moriscos granadinos por toda Castilla, que fue la gota que colmó el vaso y dio pie a la Guerra de las Alpujarras que duró dos años y fue reprimida por Juan de Austria, el hermanastro de Felipe II.

El rey Felipe II recibió muchas presiones para que expulsara a los moriscos, como habían hecho sus bisabuelos con los judíos, pero el rey tenía una grave objeción, ya que al estar bautizados eran cristianos y si se les llevaba a tierras moras, que eran las más cercanas y su destino natural, acabarían cayendo en las garras de la herejía y sus almas se perderían. Al final el rey no cedió, aunque se le propusieron dos soluciones a cual más brillante. Una era llevarlos a Terranova, donde no había “ni dios” al que convertirse. La segunda, más elaborada, era embarcarlos en naves desfondadas para que se los tragara el mar y murieran ahogados, pero como cristianos (luego san Pedro vería donde colocarlos).

Murió Felipe II y le sucedió su hijo, Felipe III, que dejó el gobierno en manos del Duque de Lerma, al que se considera el mayor ladrón de España de todos los tiempos. En este momento se aconsejó la expulsión de todos ellos porque se suponía que confabulaban con moros, piratas e incluso holandeses para atacar a la corona, que seguro que fue así en algún caso aislado, dado el régimen de exclusión al que se les tenía sometidos, pero desde luego ni mucho menos de la inmensa mayoría.

El decreto se publicó en 1609 y ese mismo año se produjeron las primeras expulsiones, principalmente de la zona de Valencia. Para 1614 ya se había borrado a los moriscos del suelo patrio y con ello, España perdió a 300.000 españoles por decisión propia. Los pobres moros españoles pasaron en cien años y pico por tres estatus: mudéjares en armonía, moriscos perseguidos y andalusíes en el exilio.

Por toda Castilla y Aragón, el colectivo era muy numeroso y estaba bastante cohesionado. Como ejemplo, el pueblo de Hornachos, en la provincia de Badajoz, que era la principal morería de Castilla con unas cinco mil almas, casi en su totalidad moriscas, organizadas en torno a líderes moriscos. Tras su expulsión recalaron en Salé, separada de Rabat por un río. Allí, los hornacheros se dedicaron con gran éxito a la piratería y llegaron a constituir la república independiente de Salé. Aún hoy, los hornacheros conservan su identidad, que les distingue del resto de andalusíes y se pueden ver calles dedicadas al pueblo de Hornachos y sus principales familias, paseando por Rabat.

Una huerta es un tesoro si el hortelano es un moro.

Así reza un dicho de la época anterior a la expulsión morisca. Durante toda la reconquista, la agricultura española había recibido una rica herencia de los musulmanes. Los mudéjares, luego moriscos dominaban a la perfección el arte del regadío y eran excelentes hortelanos. En el momento de su expulsión, los moriscos eran la columna vertebral de la economía agrícola en el sur y el levante españoles. Con su marcha quedaron despoblados los campos más ricos. Los cristianos que los reemplazaron fueron incapaces de conservar los intrincados sistemas de regadío y otros aspectos de la sumamente productiva agricultura mora. Los efectos de la expulsión de los moriscos fueron particularmente graves en Valencia, Aragón y Granada.

En el siglo XVII la tierra estaba concentrada en enormes latifundios en manos de la aristocracia, la Iglesia y las órdenes religiosas. Eran propietarios ausentes que, por medio de intermediarios arrendaban la tierra en pequeñas parcelas a aparceros, que no tenían ni el capital ni el incentivo para invertir y conservar el sistema árabe. Así, en muchas zonas se abandonó el regadío y se volvió al cereal y muchos campesinos cayeron en el peonaje, un estatus no muy lejano a la servidumbre.

Aún así, la producción de grano no era suficiente para alimentar a la población y España empezó a depender cada vez más de las importaciones de trigo y otros cereales.

Mientras la crisis agraria se cebó con la agricultura cerealista extensiva, algunas regiones encontraron alternativas: en Galicia y Asturias la introducción del maíz a partir de 1630 permitió mantener densidades de población notables.

La Mesta

El Honrado Concejo de la Mesta era una agrupación gremial, creada en el siglo XIII que perduró como institución hasta el XIX, que agrupaba a todos los ganaderos, a los que se les otorgaba privilegios especiales en detrimento de los agricultores. En cuanto a sus derechos, aún hoy perviven las Cañadas Reales con privilegios de paso, que los senderistas y ciclistas agradecemos.

La lana merina española era muy demandada, especialmente en los Países Bajos. Los pastores seguían la práctica de la trashumancia, es decir, trasladar los rebaños a los pastos montañosos, en verano, para ir a las tierras bajas, en invierno. Esto no era una práctica exclusiva de España, se practicaba en toda Europa, de Italia a Noruega. Lo inusual en España era su extensión y sus privilegios. Las cañadas cubrían desde las montañas de Cantabria hasta los valles de Andalucía y Extremadura.

El movimiento de los rebaños trashumantes se podía grabar muy fácilmente, con sólo situar controles en lugares de paso estratégicos y su exportación generaba ingresos adicionales, vía impuestos. Por ello, los monarcas, siempre ávidos de ingresos tributarios, concedieron a la Mesta unos privilegios diferenciales con respecto a los agricultores, cuyas cosechas eran más difíciles de gravar y a más largo plazo. La Mesta, por esta razón, era un poderoso grupo de presión en la Corte.

Pero, para la agricultura, la Mesta y sus derechos, era un movimiento trashumante que lo saqueaba todo a su paso, que se alimentaba de las tierras comunales e impedía labrar tierras que hubieran sido necesarias para evitar hambrunas. Hasta su abolición, en el siglo XIX, la agricultura española no pudo plantearse una mejora intensiva, como ya se estaban planteando en Inglaterra y Holanda doscientos años antes.

Los privilegios excesivos de la Mesta, junto con otras medidas gubernamentales poco inteligentes, como el intento de fijar precios máximos para el trigo durante la gran inflación conocida como “la revolución de los precios”, no contribuyeron a estimular mejoras técnicas en un sistema de tenencia de la tierra que ya de por sí las desalentaba. La productividad de la agricultura española, de aquí en adelante, era probablemente la más baja de Europa Occidental.

Lo caro que sale un Imperio

El matrimonio de los Reyes Católicos no supuso una unificación territorial, ni aún con la verdadera integración, una vez se hizo cargo de todo su nieto, Carlos I. De hecho, subsistieron aduanas entre Castilla y Aragón hasta el siglo XVIII, y sistemas monetarios y fiscales distintos. Tampoco la unión con Portugal desde 1580 a 1640 implicó una unificación política ni económica de ningún tipo.

Si escasa era la integración de los territorios peninsulares, lo era aún menos con los territorios europeos heredados por Carlos I, que eran un campo de batalla y constituían una sangría para las arcas españolas. Respecto a los territorios de ultramar, sólo eran vistos como una fuente de recursos, especialmente plata.

Cuando en España no se ponía el sol, lo que existía era un Imperio tentacular que intentaba el equilibrio desde Filipinas a Flandes y desde la Península a las Indias Occidentales. Un imperio muy extenso que necesitaba muchos recursos que no producían en España y que había que importar. La necesidad de plata que exigían las guerras europeas era mayor que la que se obtenía en América. Las armas había que comprarlas en Alemania o Italia hasta que a finales del siglo XVI se funda la Real Fábrica de Armas. No se era autosuficiente ni siquiera en cereal, que había que importar.

España es, en el siglo XVII, el país europeo con mayor número de nobles, pues muchos títulos se compran directamente al tesoro español. La gran nobleza tiene mucho más interés en colocar su dinero en los juros y títulos de crédito del tesoro español que en inversiones industriales.

Hacía falta oro para pagar las campañas. Como los ingresos eran en plata, los Austrias recurrieron a intermediarios que pudieran liberar oro con urgencia en las plazas europeas donde estaban emplazados los tercios. A estos intermediarios se les pagaba con plata hasta que se podía y, cuando no, mediante títulos de deuda pública a elevado interés (eran los llamados juros).

En 1557, cuando las remesas de plata que llegaban a Sevilla eran a razón de 200 toneladas por año (y subiendo) Felipe II se vio obligado a declarar la bancarrota y renegociar la deuda española. Esta fue la primera bancarrota de los Austrias, pero le cogieron gusto, porque también las hubo en 1575, 1596 y 1607.

Estas bancarrotas no perjudicaron en absoluto a los prestamistas, porque el mecanismo era renegociar la deuda, alargar los plazos y subir el tipo de interés. Al tener que pagar más en concepto de intereses, era necesario subir los impuestos, así que quien acababa pagando el pato era la ciudadanía, por cierto, de a pie, porque ya hemos visto que el sistema fiscal era regresivo y pagaban más los pobres que los ricos.

La economía española sufría de subdesarrollo industrial estructural. Así que, cuando el ritmo de plata se redujo, a partir de 1648, se entró en una crisis multisecular irreversible y la miseria se extendió por todo el país.

La hemorragia del talento

Como se suele decir en los entierros: “siempre se van los mejores”. Y eso sucedió aquí. La expulsión y persecución de judíos y moriscos privó al país de buenos comerciantes, agricultores especialistas, productores de seda, artesanos. Sin olvidar a los intelectuales, científicos y traductores, que contribuyeron a la difusión de las culturas árabe e india en Europa.

Ser intelectual en España se hizo difícil, salvo que escribieras obras galantes o fueras poeta culterano, todo hecho con métrica perfecta cuyo contenido no entendía nadie (ni leía, porque estábamos en un país de analfabetos). En ser científico ni soñamos. España fue el país de “que inventen ellos”.

Giraudo nos dice que en la biblioteca del palacio real del Escorial apenas hay un centenar de libros de matemáticas escritos por españoles. De ellos, sólo once son escritos e impresos en España, el resto están publicados en Amberes o en Mesina. ¡La fuga de cerebros no es nueva!

Para abundar en lo cateto, Felipe II prohibió en 1557 los viajes al extranjero para cursar estudios. Tuvo que venir un francés, Felipe V, para anular este decreto en 1718.

Paradójicamente, en plena decadencia cultural y técnica, con los cimientos económicos socavados, la literatura española entraba en su Siglo de Oro. Gracias a la ironía, el sarcasmo y el realismo de Cervantes, Quevedo o el autor anónimo del Lazarillo, podemos conocer lo que realmente pasaba en los campos, los caminos y las calles de una España misérrima y mal gobernada. ¡Mi homenaje a ellos!

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [6], [9], [22], [31].

No hay comentarios:

Publicar un comentario