viernes, 26 de julio de 2019

Era Moderna II: crecimiento y divergencia de Europa (1450-1650)

Imagen: Expulsión de los moriscos en
el puerto de Denia,
por Vicente Mostre. Fuente, Wikimedia
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En la entrega anterior nos introdujimos en la Era Moderna, o Edad Moderna, como prefiráis llamarla, y lo hicimos a través de la gran expansión europea que protagonizaron portugueses y castellanos con sus viajes épicos hacia oriente y occidente. En ella pasamos muy de puntillas por la situación interna europea, que obviamente se vio muy afectada por esta expansión del mundo conocido, pero en la que se estaba dando, o a punto de darse, una fase de transición crucial, en la que nos vamos a detener ahora.

La entrega de hoy se va a centrar en dos siglos de la historia estrictamente europea, los años que van de 1450 a 1650. En ellos dio tiempo para conocer un nuevo ritmo de difusión de la cultura a través de la imprenta de tipos móviles de Gutenberg, que ayudó a avivar un fuego de cambios religiosos en gran parte de Europa: la reforma protestante, con Lutero y Calvino, por un lado, y la iglesia anglicana, por otro.

Los cambios de fe alimentaron las guerras de religión, con reyes españoles por delante, dispuestos a gastarse hasta la última onza de plata que obtenían de América para convertir a estos monarcas en adalides de un concepto con un nombre feísimo: “la contrarreforma”. La consecuencia de éste y otros errores convirtieron al país en el furgón de cola de una Europa occidental que se estaba preparando para el desarrollo.

 1. Crecimiento desarrollo y progreso

En lo que sigue vamos a hablar de períodos de crecimiento económico, de otros de crisis y empobrecimiento e incluso de situaciones de desarrollo que se dieron en la última etapa, en algunos países. Conviene por tanto aclarar estos conceptos, antes de abordarlos, porque no son sinónimos desde el punto de vista de la historia económica. Lo haré según las definiciones de Rondo Cameron y Larry Neal en el libro que cito en la bibliografía.

En primer lugar, se entiende por crecimiento económico a un aumento sostenido de la producción total de una sociedad. Se mide por el Producto Nacional Bruto (PNB), que no es exactamente igual que el Producto Interior Bruto (PIB), aunque van muy de la mano. Para no liaros, no voy a entrar en disquisiciones técnicas, pero sí os anticipo que los datos que he encontrado se refieren a PIB, así que los tomaré por equivalentes. Aclaro que estos datos son estimaciones, así que hay que cogerlos con pinzas.

El crecimiento puede darse por un aumento en los factores de producción (tierra, trabajo y capital), es lo que se conoce como crecimiento extensivo, pero también puede venir de una mayor eficiencia en el aprovechamiento de los recursos, a esto se le denomina crecimiento intensivo. La eficiencia aquí es la clave: por eficiencia se entiende hacer más con los mismos recursos, o hacer lo mismo con menos recursos, o una combinación de ambas soluciones.

Como veremos más adelante, si aumenta la población bajo un modelo de crecimiento extensivo, al aplicar más trabajo y probablemente más tierras obtendremos más producto y, por tanto, a nivel global, se habrá crecido. Pero, si la tasa de crecimiento demográfico es mayor que el ritmo de aumento de la producción, aunque el PIB total sea mayor, habrá disminuido el producto per cápita, por lo que el nivel de bienestar de los ciudadanos empeorará. Por tanto, para que se pueda asociar el crecimiento económico a bienestar, habría que hablar en términos de producto per cápita.

Luego viene el siguiente término: desarrollo económico, que viene a decir que al crecimiento le acompaña una variación “a mejor” de las estructuras sociales o en la organización de la economía. Por ejemplo, pasar de una economía de mera subsistencia a otra en la que crezcan los mercados, se organice mejor el comercio o aparezca la industria. Aunque el desarrollo pueda parecer la causa del crecimiento, no siempre ha sido así.

Una diferencia importante entre crecimiento y desarrollo es que el primero puede ser reversible y a períodos de crecimiento le pueden seguir otros de decadencia y vuelta atrás. El desarrollo también podría ser reversible, pero a lo largo de la historia vemos que cuando se producen las grandes crisis, las organizaciones no vuelven a su estado anterior, sino a otro distinto.

Pongo por ejemplo la caída del Imperio Romano de Occidente que, dio lugar a un período de pobreza extrema en el que se llegó a una nueva forma de organización que fue la economía feudal, pasando de un poder político y económico muy centralizado a otro muy desestructurado. Otro ejemplo podría ser la crisis bajomedieval y su remate con la Peste Negra, que vimos en dos entregas, cuando se partía de una situación feudal que acabó rota y dio paso a los Estados absolutos.

Y ahora llega el progreso económico que, a diferencia de los dos términos anteriores, incluye un componente ético. Una sociedad, un Estado, pueden crecer y desarrollarse, con rentas per cápita mayores y organizaciones comerciales estupendas, pero ¿cómo se está produciendo la distribución de esas rentas? ¿a qué precio se está creciendo?

La primera de esas preguntas nos lleva a otra: ¿Qué es preferible, una renta per cápita alta con gran desigualdad social, o una renta per cápita más baja con una distribución más igualitaria?

Para acabar este aspecto, la segunda pregunta, para no ser menos, también nos conduce a la siguiente: ¿puede considerarse progreso el crecimiento de la producción y el consumo a costa de envenenar el medio ambiente o acelerar el cambio climático

2. Europa era una economía de base orgánica

Esto fue así desde el principio de los tiempos hasta que se expandieron los efectos de la primera Revolución Industrial, más de un siglo después de acabar este período.

El concepto de economía orgánica es relativamente moderno y no se basa en criterios químicos. Se refiere a que, en este tipo de sociedad, la economía está basada en la obtención de energía a través de seres vivos: hombres plantas y animales. Si nos basásemos en criterios químicos todavía estaríamos en ello, porque los combustibles fósiles están compuestos principalmente por carbono.

La importancia del efecto de la base orgánica de la economía es que, al fin y al cabo, descansa en la productividad de la tierra y eso limita el volumen de dos factores críticos: alimentos y energía disponibles. Por tanto, si no se mejoran las eficiencias, una economía orgánica viene a depender más del crecimiento extensivo que del intensivo

3. Crecimiento extensivo

Con el paso de la Edad Media a la Moderna hubo pocos cambios en la estructura económica europea, que seguía basándose en la agricultura como producto y en la familia campesina como institución fundamental.

El crecimiento europeo fue sobre todo extensivo, basado por tanto en la intensificación de los factores productivos, por este orden: trabajo, tierra y capital.

El factor trabajo fue la principal causa del crecimiento, porque había cada vez más hombres y mujeres (y niños) trabajando. Esto fue el resultado de una recuperación demográfica con incrementos de la población que en algunas zonas fue espectacular: los distritos rurales de Zúrich casi duplicaron su población en las seis décadas que van 1570 a 1630. En Bélgica, la zona más densamente poblada de Europa, entre 1500 y 1550 se pasó de 41 a 54 habitantes por quilómetro cuadrado. A España no llegó este boom, porque durante este período prácticamente se mantuvo constante entre 11 y 12 habitantes por quilómetro cuadrado.

La población europea prácticamente se dobló entre 1450 y 1600. Creció más en la Europa del norte que la del sur, lo que revela el mejor comportamiento económico del norte.

El factor tierra (entiéndase también mar) fue la consecuencia inmediata tanto del crecimiento demográfico como de los avances navales y los nuevos descubrimientos.

En el mar había nuevos caladeros muy ricos en pesca, en los territorios descubiertos se comenzaron a trabajar nuevas tierras, pero en el mismo continente hubo un aumento del terreno aprovechable para la agricultura.

Como ejemplo, en Alemania, se repoblaron aldeas abandonadas tras la crisis del siglo XIV, las zonas de pasto se extendieron y creció el ganado. En Holanda, se drenaron tierras anegadas y se levantaron diques (llamados polders). En Francia, el espacio forestal cedió paso al cultivo, el bosque de Orleans pasó de 60.000 a 20.000 hectáreas en 1533.

El factor capital, aunque también creció, quizá fue menos decisivo y fue muy desigual entre las distintas regiones debido sobre todo a situaciones políticas y de estructuración social

4. Crecimiento intensivo, pero desigual

Aunque el aumento de la extensión de los cultivos fue el factor decisivo de crecimiento, también se produjeron otros cambios que permitieron crecer de forma intensiva. Estos fueron la especialización, mediante la introducción de cultivos comercializables y la diversificación de actividades, para aprovechar las oportunidades que brindaban unos mercados en auge.

Durante los primeros cien años de este período, aproximadamente de 1450 a 1550 se cultivaron buenas tierras que produjeron un aumento del rendimiento. Por ejemplo, la relación entre grano de cereal cosechado por grano sembrado pasó en Polonia de tres a seis. En Inglaterra se llegó a nueve y la relación fue superior en Flandes.

Conforme se producía más cereal, había más margen para introducir otros cultivos: en Andalucía se plantaron grandes extensiones de olivos. El viñedo ganó terreno en Alemania, Francia y Hungría. El arroz, que los árabes habían introducido en Sicilia y en Valencia, se empezó a cultivar en varias zonas del norte de Italia. En Inglaterra y los países escandinavos se extendió la cebada para elaborar cerveza y el lúpulo en Alemania.

Las ferias ganaderas fomentaron la integración de zonas complementarias, como ocurrió con los campos cerealistas del sur de Alemania y las comarcas ganaderas de Suiza, o entre distintas regiones inglesas.

Unas pocas ferias internacionales reunieron a comerciantes especializados en cambios de monedas, libranza de letras de cambio y ajustes de pagos. Constituían la espina dorsal de las finanzas europeas. Una de las ferias más importantes era la de Medina del Campo, en España, aunque también las hubo en Medina de Rioseco y Villalón.

Si alguno habéis leído o escuchado la entrega número nueve de este canal, dedicada a la ley de Engel, quizá recordéis que el vestido es la segunda prioridad de la sociedad, una vez cubiertas las necesidades de alimentación. Por tanto, no es de extrañar que, en estos tiempos, como lo fue luego durante la Revolución Industrial, el sector textil formara parte relevante de las nuevas transformaciones.

Así, crecieron los cultivos para la manufactura textil, como el lino y el cáñamo, o plantas para tintes en Centroeuropa, morera para los gusanos de seda en el norte de Italia y Murcia.

La demanda de lana, con precios en alza, propició el crecimiento de las cabañas ovinas, especialmente en Inglaterra y Castilla. Allí proliferaron los rebaños estantes (los que se quedaban quietos) y aquí los trashumantes (que no paraban de ir de aquí para allá)

5. Protoindustria vs gremios

Para ello, situémonos. Estamos viajando por una época en la que los gremios vivían su edad dorada y mandaban más que nunca. De hecho, en muchas zonas mantuvieron su poder hasta el siglo XVIII.

Los gremios eran una especie de “Denominación de Origen” actual. Sólo que ahora la afiliación es voluntaria y entonces era obligatoria.

El pretexto de su existencia, según ellos, era asegurar la calidad de su producto, aunque así estorbaban la competencia y, sobre todo, impedían la innovación.

Los gremios controlaban con reglas férreas la industria y el comercio en las ciudades. La unidad productiva era el taller agremiado que a su vez era tienda, vivienda familiar y alojamiento de aprendices (a los que cobraban por su estancia y aprendizaje, o sea, que no les pagaban o les pagaban una miseria; una especie de régimen de becarios de larga duración).

El número de maestros estaba regulado, así como la duración del proceso de formación para escalar en la profesión, de aprendiz a oficial y raras veces a maestro.

En la estructura gremial no existía la especialización, cada oficial elaboraba un artículo de principio a fin y no existía una división técnica del trabajo. Por ello, la calidad final dependía exclusivamente de la habilidad del artesano y no de la capacidad de estructuración de las tareas.

Como si no hubiera un mañana, todo estaba reglado. Los gremios se ubicaban por calles: zapateros, carpinteros, bataneros, etc. estaban estrictamente delimitados y compartimentados.

Los gremios, en definitiva, al ser organismos monopolísticos, representaban un serio obstáculo a la competencia y la innovación. No sólo porque impedían la competencia entre los agremiados, sino porque, además, constituían una barrera ante la importación de productos desde el exterior.

Y entonces sucedió lo que ahora llamaríamos tendencia Low Cost, impulsada, claro está, desde el sector textil.

Con gran enfado de los gremios, impulsada por comerciantes-fabricantes, empezaron a repartirse aperos, máquinas textiles y materias primas entre algunos campesinos (principalmente mujeres y niños) que, en períodos de inactividad agrícola, producían tejidos, de menor calidad, pero de inferior coste. Se trataba de una organización de trabajo a domicilio.

Este sistema, fuera de las ciudades y al margen de la reglamentación gremial proliferó especialmente en Inglaterra, donde la producción de paños se multiplicó por diez en el período que estamos visitando.

6. Desarrollo de la pesca

La pesca creció muy impulsada por la explotación de caladeros lejanos y la mejora en los procesos de conservación: curación, salazón y ahumado.

Los campeones en este asunto fueron los holandeses, gracias a un tipo de barcos llamados herring bus, que eran buques factoría que permitían embarcar entre 18 y 30 tripulantes para faenar en alta mar durante semanas y salar el producto en sus bodegas para conservarlo hasta llegar a puerto.

La flota arenquera holandesa se multiplicó por tres en menos de cien años. El producto estrella era el bacalao, que los católicos consumían los días que la Iglesia ordenaba no comer carne. Los pescadores franceses, ingleses, españoles y portugueses fueron subiendo cada vez más al norte, según se agotaban los caladeros, hasta llegar a Terranova a fines del siglo XV.

La pesca, además de proporcionar recursos alimenticios, arrastró a mejoras en la construcción naval y el comercio, fomentó la preparación de tripulantes y la organización empresarial de ultramar.

7. No todo eran buenas noticias: agotamiento de los bosques y las tierras productivas

La demanda de hierro para hoces, guadañas y otros aperos impulsó la explotación de muchos puntos por el continente. El consumo de hierro entre 1450 y 1550 se quintuplicó.
Las necesidades de carbón vegetal para las forjas y la madera para los barcos redujeron drásticamente el tamaño de los bosques y originó un aumento del precio de la madera.

Estamos en una época de expansión del tráfico marítimo y la guerra por mar. Para construir un barco se necesitaba talar, como mínimo, 3.000 árboles. Se calcula que para reestructurar y reforzar la flota cristiana de la batalla de Lepanto fue necesario talar más de 250.000 árboles. No he encontrado datos acerca del coste ecológico de la construcción de la Armada Invencible, en España, pero debió ser brutal.

También hacía falta madera, tanto para producir salitre, uno de los componentes de la pólvora, como para fundir los cañones. Para producir una tonelada de salitre hacían falta unas veinte toneladas de madera, que venía a ser el consumo anual de madera de una ciudad de entre 100.000 y 200.000 habitantes. Para obtener 800 kilos de hierro refinado hacía falta el doble, 40 toneladas de carbón vegetal.

En Inglaterra, Enrique VIII, al comenzar su reinado contaba sólo con cinco buques de guerra. Inconcebible para un país situado en una isla. Inmediatamente comenzó una labor de construcción de barcos y cañones y creó la marina de guerra inglesa, probablemente la flota mejor organizada de la época. Para la construcción de los barcos y la fundición de cañones y balas utilizó el carbón vegetal del bosque de Weald, que está situado cerca de donde hoy está el aeropuerto de Gatwick.

Extender los cultivos significó reducir los pastos y la disminución de ganado aminoró la disponibilidad de abono y tiro. Cada vez se trabajaba en tierras más pobres, por lo que la productividad media descendió ante una población que seguía creciendo. A finales del s XVI el crecimiento extensivo estaba tocando techo en los campos europeos.

8. Tres períodos de ascenso y declive (la trampa malthusiana)

Los doscientos años que fueron de 1450 a 1650 pasaron por tres fases: una primera, que he descrito, en la que hubo crecimiento y expansión durante aproximadamente cien años. Luego llegó un período de madurez en la que se gestaron los estados fiscales y finalmente, un período de crisis que se resolvió de forma distinta según las zonas, dando lugar a lo que se conoce como la divergencia europea.

Para los que hayáis escuchado o leído la entrega número cinco del canal Priekonomio, os recuerdo que en ella hablaba de la trampa malthusiana. Por no alargarme hoy mucho, os la resumo para el caso concreto de estos siglos.

Europa salía de una crisis bajomedieval que había mermado su población y que había abandonado muchos campos cultivables por falta de mano de obra. Por fin se había acabado la terrible Guerra de los Cien Años. Por tanto, la población comenzó a crecer. En una situación predominantemente extensiva, la cantidad de brazos y la disponibilidad de tierras eran la combinación perfecta para que se diera el crecimiento del producto, lo cual realimentó el crecimiento de la población (la palanca principal, como siempre, fue la reducción de la edad de matrimonio de las mujeres, que así vivían un mayor tiempo fértil y tenían más hijos). Se comía más y mejor: una buena alimentación hace que la población sea más fuerte y menos propensa a enfermedades. En definitiva, cada vez hubo más bautizos y menos entierros.

Pero, según se fueron cultivando más campos, estos fueron menos fértiles y se produjeron rendimientos decrecientes. Había más bocas que alimentar, pero la productividad media de la tierra era menor, o incluso ya no quedan tierras cultivables.

En esta situación actúan los llamados “frenos preventivos”, ante el futuro incierto que los padres prevén para ellos y su prole. La consecuencia es tener menos hijos (la edad del matrimonio de las mujeres vuelve a aumentar). En este caso, hay menos bautizos.

Cuando los frenos preventivos no son suficientes llegan los “frenos positivos” (que aunque tengan un nombre bonito son situaciones espantosas), están formados por todo aquello que hace disminuir el tiempo de vida de la población: malnutrición, hambrunas, enfermedades y revueltas. Por tanto, hay más entierros.

En Europa, el momento de inicio se sitúa en 1570, cuando empezaron a actuar los frenos preventivos de control de población, la producción europea se estancó, la población ralentizó su ritmo de crecimiento y el precio del cereal aumentó. Estos frenos fueron insuficientes y los maléficos frenos positivos se preparaban para entrar en acción.

Todo estaba servido para que se desencadenaran hambrunas a poco que llegaran varios años consecutivos de malas cosechas, con la predisposición a contraer enfermedades y epidemias. Para colmo, en épocas de crisis, al caer el excedente aumenta la presión política y social: los reyes y los señores desencadenaron guerras y los campesinos revueltas.

El siglo XVII vivió una transición política que se resolvió por las armas: Guerra de los Treinta Años en Alemania, Guerra de los Ochenta Años, entre España y los Países Bajos o Guerra Civil inglesa, que supuso un cambio de régimen.

Las guerras producían más muertos fuera de los campos de batalla que en ellos, porque los ejércitos se rebelaron como un mecanismo muy eficiente de asolación, difundiendo enfermedades infecciosas, saqueando almacenes y destruyendo cosechas.

Alemania fue la zona más afectada, su población se redujo un 40 por ciento de 1600 a 1650. En España e Italia también hubo descenso. Portugal y Holanda se estancaron e Inglaterra siguió creciendo.

9. Dinero, dinero y dinero

Cuentan Bernardos y Hernández que cuando en 1499, Luis XII de Francia preguntó al condottiero Gian Giacomo de Trivulzio qué necesitaba para conquistar Milán, éste respondió “tres cosas: dinero, dinero y dinero”.

La guerra fue el motor del desarrollo de los estados en Europa desde mediados del siglo XVI, ligada al uso masivo de armas de fuego, ejércitos mercenarios, costosas armadas y fortificaciones. Esto dio pie a que la fiscalidad se pusiera muy seria.

El nervio de la guerra era el dinero, tanto en tierra como en mar. En Lepanto, por ejemplo, participaron aproximadamente el mismo número de naves en ambos bandos (unas 200 en cada ejército), pero ganaron los cristianos porque, con sus 1.300 cañones duplicaban a la artillería otomana.

La gran mayoría de los soldados eran mercenarios. El ejército de recluta obligatoria sólo se universalizaría tras la revolución francesa de 1789. Los soldados profesionales exigían sus pagas en tiempo y forma o empezaban a ponerse muy nerviosos. Esto lo sabían muy bien Carlos I (cuando sus tropas saquearon Roma en 1527) y Felipe II (cuyas tropas hicieron lo mismo en Amberes en 1575).

Para fortalecer el Estado había que recurrir a la Hacienda, generalmente mediante impuestos indirectos. En Castilla existía la alcabala (10 por ciento sobre las compraventas) o las aides, que gravaban vino, licor, velas o jabón, entre otros. Los impuestos sobre la renta y la riqueza eran excepcionales porque los monarcas no querían enfadar a la clase alta, la nobleza o la Iglesia.

Cuando los impuestos no daban para pagar la fiesta, se recurría a la deuda pública, que devengaba un interés anual con plazos de amortización muy largos o indefinidos. Los tenedores de esta deuda pública eran, obviamente, los poderosos. El efecto inmediato de emitir deuda es aumentar los impuestos, para pagar las obligaciones futuras. Pero claro, los impuestos los pagaban mayoritariamente los más pobres, lo cual generaba un fenómeno de redistribución inversa de la riqueza por la cual, los impuestos que pagaban los pobres acababan en las bolsas de los ricos.

A la larga, sin embargo, los conflictos acabaron pasando factura, como lo demuestra la monarquía española, a la que ni siquiera los tesoros de América salvaron de la ruina.

10. El mercantilismo

Los estados modernos, además de intervenir en la economía vía políticas fiscales, de impuestos y deuda, también lo hicieron mediante medidas de política económica. El objetivo de todos ellos fue reforzar su poder.

La mayoría de estas medidas no eran nuevas, sólo más potentes que las que habían adoptado antes las ciudades medievales en su relación entre ellas. Principalmente se trataban de decisiones para regular el comercio exterior: protección de las manufacturas locales, fomento de las exportaciones, acumulación de metales preciosos (que se conoce como bullonismo) y lograr una balanza comercial favorable.

Adam Smith lo bautizó como “sistema mercantil”, en su crítica hacía él. El nombre derivó a “mercantilismo”, más tarde. Adam Smith era partidario del “laissez faire” en la economía y dejar actuar a los mercados.

Para evitar que otros captaran el valor añadido se prohibía la exportación de materias primas y bienes intermedios, a la vez que se fijaban altos aranceles en la importación de productos acabados.

En Inglaterra, después de la revolución parlamentaria, se aprobaron las Leyes de Navegación, para reservar a los navíos ingleses el tráfico desde puertos ingleses y así esquivar la amenaza comercial holandesa.

Se abrieron Manufacturas Reales. Grandes fábricas, financiadas por el Estado, centradas en bienes de lujo o pertrechos militares, para evitar tener que importarlos.
Se crearon compañías comerciales privilegiadas, con monopolios sobre la importación de productos coloniales.

Muchas de estas medidas estuvieron en vigor mucho tiempo y algunas de ellas aún persisten. Basta observar el actual conflicto comercial entre Estados Unidos y China, o la protección de la agricultura comunitaria en la Unión Europea.

11. Crisis final y divergencia: una Europa de tres velocidades

Algunos historiadores económicos interpretan lo sucedido a partir de 1570 como la creación de un capitalismo embrionario que fue antecedente imprescindible de la Revolución Industrial. La crisis arruinó al campesinado y sólo favoreció a los terratenientes y las burguesías mercantiles, que acumularon capitales.

La mayor parte de Europa seguía dominada por el feudalismo y la hegemonía nobiliaria, caldos de cultivo poco propicios para la innovación.

Sólo dos países, Inglaterra y Holanda, tuvieron fuerza suficiente para provocar un cambio de régimen político y de sistema económico a partir de dos revoluciones burguesas. En Holanda, se logró la independencia tras la Guerra de los Ochenta Años, librada contra España. Por fin se firmó la Paz de Westfalia en 1648, que puso fin a esta guerra y la de los Treinta Años. En Inglaterra, cuarenta años después de la decapitación de Carlos I, la Revolución Gloriosa de 1688 ató en corto las prerrogativas de un nuevo monarca a favor del parlamento.

En una Europa eminentemente campesina, la única salida posible de la crisis era reconvertir las economías agrarias de extensivas a intensivas. Desde un punto de vista técnico, la solución pasaba por una combinación más eficiente de agricultura y ganadería, con estabulación del ganado y ciclos de rotación más complejos que incluyeran pasto artificial y leguminosas, pero para ello había que contar con unos suelos y un clima que lo permitieran y una estructura social y política dinámica, que la favoreciera. 

Por tanto, la crisis se saldó con tres modelos muy distintos, entre una minoría de economías que encontró soluciones intensivas al estancamiento y una mayoría que se hundió en él.

Inglaterra y Holanda: una nueva agricultura

En estos dos países comenzó la gestación de la agricultura capitalista gracias a los vallados de las tierras (que las libraban de servidumbres de paso y permitían la puesta en práctica de rotaciones más complejas en el uso de los suelos, combinando cultivos y equilibrando agricultura y ganadería). Una innovación crucial fue el cultivo de plantas leguminosas forrajeras. Las leguminosas fijaban el nitrógeno atmosférico a los nódulos radiculares que fertilizaban la tierra, y se pudo prescindir del barbecho, lo que permitió, además, una mejor integración entre cultivos y ganadería, pues proporcionaban pienso para el ganado.

Europa mediterránea: vuelta a la subsistencia

Estancada y en retroceso, a diferencia de Holanda e Inglaterra, aquí, la clase nobiliaria, la Iglesia y la monarquía salieron reforzadas. Con climas áridos, no era posible adoptar los sistemas de cultivo del norte de Europa, salvo que se hubiesen acometido importantes inversiones de regadío o no se hubiesen abandonado las existentes. El caso español destaca por su torpeza, como veremos un poco más adelante.
Europa del Este: la segunda servidumbre

En la Europa al este del Elba se extendió la servidumbre y se ruralizó la economía. Allí, durante el siglo XVI habían tenido éxito como exportadores de cereales baratos empleando el trabajo servil. La extensión de las tierras de cultivo provocaron la caída del ganado de labor, y con ello del abonado. Cayó el rendimiento de los campos y la respuesta de los terratenientes fue recrudecer la presión sobre los campesinos con condiciones de trabajo similares a la esclavitud. Lo que pudo funcionar a corto plazo acabó suponiendo disminución de la población, revueltas, abandono de tierras y caída de las exportaciones. Estas economías sufrieron, finalmente, un hundimiento general.

12. Lo que pasaba en España

Expulsión de judíos y moros

En palabras de Bernardos y Hernández, 1492 es a la vez una fecha clave y una pista falsa. Este año sucedieron tres hechos muy relevantes para los próximos siglos: se anexionó el reino de Granada, se expulsó a los judíos y tres naves partieron rumbo a las Indias.

De las consecuencias de la llegada a las Islas Occidentales ya se habló en el capítulo anterior, así que no abundaré aquí más de lo necesario, para centrarme en las consecuencias de las expulsiones.

Tres meses después de la entrega del último reducto moro, por el edicto de Granada, promulgado el 31 de marzo de 1492, se decretó la expulsión de los judíos, a los que se dio cuatro meses para convertirse o vender lo que pudieran antes de abandonar su patria. Se les permitió llevar con ellos todas sus pertenencias, salvo oro y plata. Sabemos que lo único que algunos pudieron llevar fue la llave de su casa, aquí, en Sefarad.

Estimaciones actuales cifran una comunidad de unos 200.000 judíos en España, la mitad de los cuales se marchó y la otra se convirtió y quedó en manos de un integrismo religioso que no les puso las cosas fáciles en el futuro.

La marcha de los judíos y su represión a los que quedaron representó una gran pérdida para la economía española, que expulsó comerciantes con redes de relación internacionales, banqueros, médicos, abogados, intelectuales y científicos. A pesar de ello, el “pelotazo” americano y el comienzo de la llegada de la plata, disimuló la pérdida.

Quizá peor fue el éxodo musulmán que se alargó durante un siglo y llegó a su fin en 1609, cuando la sangría económica de guerras continentales y la crisis que había comenzado en el siglo XVI estaba ya causando estragos. Comenzó en 1492, cuando una mayoría de élite abandonó voluntariamente el suelo español. Los que se quedaron, pasaron a engrosar a la población mora no convertida que vivían en gran número en los reinos de Castilla y Aragón. Se les llamaba mudéjares y convivían en armonía con los cristianos desde hacía siglos.

Por las capitulaciones de Santa Fe, los reyes españoles se habían comprometido a respetar usos y costumbres de los mudéjares granadinos y durante los primeros años se inició una campaña de conversión pacífica por el camino del convencimiento y la fe, con bastante poco éxito.

Aquello no convencía al cardenal Cisneros, que en 1499 se trasladó a Granada para investigar la situación y luego acelerar un proceso que estaba siendo muy lento. Por ello, empezó a convencer a los reyes (especialmente a la reina) de que había que echar atrás muchas de las concesiones hechas. La consecuencia fue un edicto, en 1502, que obligaba a los mudéjares de Castilla a convertirse o abandonar el reino. El rey Fernando no quiso hacer lo mismo en Aragón, donde no se hizo efectivo hasta que su nieto, Carlos I, acabó aplicando la misma medida allí, en 1525.

Castilla, entonces, comprendía la Meseta, Andalucía, Murcia, Extremadura y los territorios cantábricos.

A partir de 1502 se procedió al bautismo masivo de mudéjares, muchas veces congregándolos en masa y espurreándoles agua bendita por encima. Esto a los mudéjares no les cambió ni la fe ni las costumbres. Pero ahora, eran cristianos, quisieran o no. Se les etiquetó como “cristianos nuevos de moro” y pasado poco tiempo, como no abandonaron su estilo de vida (ni sus prácticas culturales y religiosas) se les llamó moriscos. En una década, se había decretado la extinción de una comunidad que vivía en armonía, la mudéjar, para crear otra, a la que se persiguió para aculturarla, creando con ello serios problemas de convivencia y revueltas que llegaron a tener dimensión de guerra.

Para aculturar a los moriscos y eliminar en ellos lo diferente se recurrió a todo lo posible, según avanzaba el tiempo: se les prohibió hablar, escribir o leer en árabe; se persiguieron las prácticas higiénicas, porque el baño se asociaba a las abluciones; se les obligó a mantener las puertas de sus casas abiertas en viernes, domingos y celebraciones de boda, para asegurarse de que no practicaban el rito musulmán y que observaban las prácticas cristianas. Finalmente se decretó la diseminación de decenas de miles de moriscos granadinos por toda Castilla, que fue la gota que colmó el vaso y dio pie a la Guerra de las Alpujarras que duró dos años y fue reprimida por Juan de Austria, el hermanastro de Felipe II.

El rey Felipe II recibió muchas presiones para que expulsara a los moriscos, como habían hecho sus bisabuelos con los judíos, pero el rey tenía una grave objeción, ya que al estar bautizados eran cristianos y si se les llevaba a tierras moras, que eran las más cercanas y su destino natural, acabarían cayendo en las garras de la herejía y sus almas se perderían. Al final el rey no cedió, aunque se le propusieron dos soluciones a cual más brillante. Una era llevarlos a Terranova, donde no había “ni dios” al que convertirse. La segunda, más elaborada, era embarcarlos en naves desfondadas para que se los tragara el mar y murieran ahogados, pero como cristianos (luego san Pedro vería donde colocarlos).

Murió Felipe II y le sucedió su hijo, Felipe III, que dejó el gobierno en manos del Duque de Lerma, al que se considera el mayor ladrón de España de todos los tiempos. En este momento se aconsejó la expulsión de todos ellos porque se suponía que confabulaban con moros, piratas e incluso holandeses para atacar a la corona, que seguro que fue así en algún caso aislado, dado el régimen de exclusión al que se les tenía sometidos, pero desde luego ni mucho menos de la inmensa mayoría.

El decreto se publicó en 1609 y ese mismo año se produjeron las primeras expulsiones, principalmente de la zona de Valencia. Para 1614 ya se había borrado a los moriscos del suelo patrio y con ello, España perdió a 300.000 españoles por decisión propia. Los pobres moros españoles pasaron en cien años y pico por tres estatus: mudéjares en armonía, moriscos perseguidos y andalusíes en el exilio.

Por toda Castilla y Aragón, el colectivo era muy numeroso y estaba bastante cohesionado. Como ejemplo, el pueblo de Hornachos, en la provincia de Badajoz, que era la principal morería de Castilla con unas cinco mil almas, casi en su totalidad moriscas, organizadas en torno a líderes moriscos. Tras su expulsión recalaron en Salé, separada de Rabat por un río. Allí, los hornacheros se dedicaron con gran éxito a la piratería y llegaron a constituir la república independiente de Salé. Aún hoy, los hornacheros conservan su identidad, que les distingue del resto de andalusíes y se pueden ver calles dedicadas al pueblo de Hornachos y sus principales familias, paseando por Rabat.

Una huerta es un tesoro si el hortelano es un moro.

Así reza un dicho de la época anterior a la expulsión morisca. Durante toda la reconquista, la agricultura española había recibido una rica herencia de los musulmanes. Los mudéjares, luego moriscos dominaban a la perfección el arte del regadío y eran excelentes hortelanos. En el momento de su expulsión, los moriscos eran la columna vertebral de la economía agrícola en el sur y el levante españoles. Con su marcha quedaron despoblados los campos más ricos. Los cristianos que los reemplazaron fueron incapaces de conservar los intrincados sistemas de regadío y otros aspectos de la sumamente productiva agricultura mora. Los efectos de la expulsión de los moriscos fueron particularmente graves en Valencia, Aragón y Granada.

En el siglo XVII la tierra estaba concentrada en enormes latifundios en manos de la aristocracia, la Iglesia y las órdenes religiosas. Eran propietarios ausentes que, por medio de intermediarios arrendaban la tierra en pequeñas parcelas a aparceros, que no tenían ni el capital ni el incentivo para invertir y conservar el sistema árabe. Así, en muchas zonas se abandonó el regadío y se volvió al cereal y muchos campesinos cayeron en el peonaje, un estatus no muy lejano a la servidumbre.

Aún así, la producción de grano no era suficiente para alimentar a la población y España empezó a depender cada vez más de las importaciones de trigo y otros cereales.

Mientras la crisis agraria se cebó con la agricultura cerealista extensiva, algunas regiones encontraron alternativas: en Galicia y Asturias la introducción del maíz a partir de 1630 permitió mantener densidades de población notables.

La Mesta

El Honrado Concejo de la Mesta era una agrupación gremial, creada en el siglo XIII que perduró como institución hasta el XIX, que agrupaba a todos los ganaderos, a los que se les otorgaba privilegios especiales en detrimento de los agricultores. En cuanto a sus derechos, aún hoy perviven las Cañadas Reales con privilegios de paso, que los senderistas y ciclistas agradecemos.

La lana merina española era muy demandada, especialmente en los Países Bajos. Los pastores seguían la práctica de la trashumancia, es decir, trasladar los rebaños a los pastos montañosos, en verano, para ir a las tierras bajas, en invierno. Esto no era una práctica exclusiva de España, se practicaba en toda Europa, de Italia a Noruega. Lo inusual en España era su extensión y sus privilegios. Las cañadas cubrían desde las montañas de Cantabria hasta los valles de Andalucía y Extremadura.

El movimiento de los rebaños trashumantes se podía grabar muy fácilmente, con sólo situar controles en lugares de paso estratégicos y su exportación generaba ingresos adicionales, vía impuestos. Por ello, los monarcas, siempre ávidos de ingresos tributarios, concedieron a la Mesta unos privilegios diferenciales con respecto a los agricultores, cuyas cosechas eran más difíciles de gravar y a más largo plazo. La Mesta, por esta razón, era un poderoso grupo de presión en la Corte.

Pero, para la agricultura, la Mesta y sus derechos, era un movimiento trashumante que lo saqueaba todo a su paso, que se alimentaba de las tierras comunales e impedía labrar tierras que hubieran sido necesarias para evitar hambrunas. Hasta su abolición, en el siglo XIX, la agricultura española no pudo plantearse una mejora intensiva, como ya se estaban planteando en Inglaterra y Holanda doscientos años antes.

Los privilegios excesivos de la Mesta, junto con otras medidas gubernamentales poco inteligentes, como el intento de fijar precios máximos para el trigo durante la gran inflación conocida como “la revolución de los precios”, no contribuyeron a estimular mejoras técnicas en un sistema de tenencia de la tierra que ya de por sí las desalentaba. La productividad de la agricultura española, de aquí en adelante, era probablemente la más baja de Europa Occidental.

Lo caro que sale un Imperio

El matrimonio de los Reyes Católicos no supuso una unificación territorial, ni aún con la verdadera integración, una vez se hizo cargo de todo su nieto, Carlos I. De hecho, subsistieron aduanas entre Castilla y Aragón hasta el siglo XVIII, y sistemas monetarios y fiscales distintos. Tampoco la unión con Portugal desde 1580 a 1640 implicó una unificación política ni económica de ningún tipo.

Si escasa era la integración de los territorios peninsulares, lo era aún menos con los territorios europeos heredados por Carlos I, que eran un campo de batalla y constituían una sangría para las arcas españolas. Respecto a los territorios de ultramar, sólo eran vistos como una fuente de recursos, especialmente plata.

Cuando en España no se ponía el sol, lo que existía era un Imperio tentacular que intentaba el equilibrio desde Filipinas a Flandes y desde la Península a las Indias Occidentales. Un imperio muy extenso que necesitaba muchos recursos que no producían en España y que había que importar. La necesidad de plata que exigían las guerras europeas era mayor que la que se obtenía en América. Las armas había que comprarlas en Alemania o Italia hasta que a finales del siglo XVI se funda la Real Fábrica de Armas. No se era autosuficiente ni siquiera en cereal, que había que importar.

España es, en el siglo XVII, el país europeo con mayor número de nobles, pues muchos títulos se compran directamente al tesoro español. La gran nobleza tiene mucho más interés en colocar su dinero en los juros y títulos de crédito del tesoro español que en inversiones industriales.

Hacía falta oro para pagar las campañas. Como los ingresos eran en plata, los Austrias recurrieron a intermediarios que pudieran liberar oro con urgencia en las plazas europeas donde estaban emplazados los tercios. A estos intermediarios se les pagaba con plata hasta que se podía y, cuando no, mediante títulos de deuda pública a elevado interés (eran los llamados juros).

En 1557, cuando las remesas de plata que llegaban a Sevilla eran a razón de 200 toneladas por año (y subiendo) Felipe II se vio obligado a declarar la bancarrota y renegociar la deuda española. Esta fue la primera bancarrota de los Austrias, pero le cogieron gusto, porque también las hubo en 1575, 1596 y 1607.

Estas bancarrotas no perjudicaron en absoluto a los prestamistas, porque el mecanismo era renegociar la deuda, alargar los plazos y subir el tipo de interés. Al tener que pagar más en concepto de intereses, era necesario subir los impuestos, así que quien acababa pagando el pato era la ciudadanía, por cierto, de a pie, porque ya hemos visto que el sistema fiscal era regresivo y pagaban más los pobres que los ricos.

La economía española sufría de subdesarrollo industrial estructural. Así que, cuando el ritmo de plata se redujo, a partir de 1648, se entró en una crisis multisecular irreversible y la miseria se extendió por todo el país.

La hemorragia del talento

Como se suele decir en los entierros: “siempre se van los mejores”. Y eso sucedió aquí. La expulsión y persecución de judíos y moriscos privó al país de buenos comerciantes, agricultores especialistas, productores de seda, artesanos. Sin olvidar a los intelectuales, científicos y traductores, que contribuyeron a la difusión de las culturas árabe e india en Europa.

Ser intelectual en España se hizo difícil, salvo que escribieras obras galantes o fueras poeta culterano, todo hecho con métrica perfecta cuyo contenido no entendía nadie (ni leía, porque estábamos en un país de analfabetos). En ser científico ni soñamos. España fue el país de “que inventen ellos”.

Giraudo nos dice que en la biblioteca del palacio real del Escorial apenas hay un centenar de libros de matemáticas escritos por españoles. De ellos, sólo once son escritos e impresos en España, el resto están publicados en Amberes o en Mesina. ¡La fuga de cerebros no es nueva!

Para abundar en lo cateto, Felipe II prohibió en 1557 los viajes al extranjero para cursar estudios. Tuvo que venir un francés, Felipe V, para anular este decreto en 1718.

Paradójicamente, en plena decadencia cultural y técnica, con los cimientos económicos socavados, la literatura española entraba en su Siglo de Oro. Gracias a la ironía, el sarcasmo y el realismo de Cervantes, Quevedo o el autor anónimo del Lazarillo, podemos conocer lo que realmente pasaba en los campos, los caminos y las calles de una España misérrima y mal gobernada. ¡Mi homenaje a ellos!

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [6], [9], [22], [31].

lunes, 8 de julio de 2019

Era Moderna I: cuando el mundo fue todo el mundo

Imagen: Estrecho de Magallanes
(mapa de Jodocus Hondius de 1606).
Fuente: Wikimedia
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En unos días espantosos de destrucción y muerte, en 1453, los otomanos conquistaron y arrasaron Constantinopla, que pasaron a llamar Estambul.

Esta fecha está considerada como el tránsito de la Edad Media a la Era Moderna. Por supuesto, desde un punto de vista eurocéntrico muy discutible. Si el que lee esto está en otra parte del mundo, Constantinopla puede sonarle a algo lejano y las consecuencias de su caída, aparentemente, sólo afectaron a los europeos, aunque quizá no, como veremos. Hasta entonces, Europa era un rincón del mundo, que tenía su epicentro en Asia al que, de golpe y porrazo, dos estados, ambos ubicados en la península ibérica, situaron en pleno centro de los acontecimientos que habrían de venir: el mundo, gracias a Portugal y Castilla, comenzó a ser todo el mundo.

Existe un debate que a mí me parece baladí sobre si el tránsito de la Edad Media a la Era Moderna se debe ubicar en 1453 o 1492. En primer lugar, las fechas de tránsito son artificiosas siempre y se refieren a hechos demasiado concretos como para que afecten a todas las geografías. Pero, puestos a preferir una fecha para poner fin a la Edad Media, me gusta más la de la caída de Constantinopla por dos razones.

La primera es nemotécnica, llamémosla del estudiante perezoso. “Principio de la Edad Media: caída del Imperio romano de Occidente. Fin de la Edad Media: caída del Imperio romano de Oriente”. Como regla de aprendizaje no es mala, salvo que el estudiante viva, por ejemplo, en Mianmar, el Imperio romano le suene sólo de “algo”, y no tenga claro eso de que hubiera dos imperios romanos ni por qué.

La segunda razón, igual más transcendente, es de causa y efecto. Si el mundo se hizo mundo fue porque a raíz de que los otomanos rompieran el statu quo en el Mediterráneo, en 1453, otros encontraran la forma de aprovechar la situación, lanzándose a la navegación atlántica. Primero Portugal y Castilla, luego Inglaterra y Holanda.

Pero, antes de contar el desenlace, vamos a ubicarnos en el contexto regional previo a la aventura sobre lo que estaba pasando estos días en el mundo.

1. Lo que pasaba en Asia:

En Asia era donde realmente se cortaba el bacalao, desde hacía tiempo y por muchísimos años más. Datos del siglo XVIII, con todo el mundo descubierto y en funcionamiento, nos dicen que el ochenta por ciento del PIB mundial se generaba en Asia y el veinte por ciento que quedaba, era a repartir entre los otros cuatro continentes.

Hacia 1500, París, la ciudad más populosa de Europa, contaba con 125.000 habitantes, mientras que Estambul o Pekín rondaban los 700.000, seguidos por Calcuta, con 500.000 o El Cairo con 450.000.

En sociedades de base agraria, la existencia de grandes ciudades y el porcentaje de la población total que habita en ellas, son un indicador de la productividad agrícola, ya que sólo agriculturas relativamente productivas pueden permitirse el lujo de alimentar a tanta gente que no se dedica directamente a producir alimentos.

A principios del siglo XV, cualquiera habría vaticinado que la China del Imperio Ming estaba llamada a conquistar el mundo. Tenía cien millones de habitantes, estaba en el meollo del comercio mundial, había establecido colonias en todo el sudeste asiático, poseían una tecnología avanzada y su flota estaba muy por encima de lo que podrían soñar otros estados. Sus barcos eran los más grandes que nunca se hubieron construido, de varios pisos, auténticos campamentos flotantes, capaces de albergar centenares de soldados cada uno, con dimensiones increíbles hasta entonces: 120 metros de eslora (longitud del buque) y 48 de manga (anchura máxima). Comparadas con la Santa María de Colón, que sólo tenía 25 metros de eslora, eran auténticos titanes.

En la primera década del siglo XV se construyeron o rehabilitaron unos 1.700 barcos en China. La flota principal se puso a cargo del almirante eunuco Zheng He (lo de eunuco, como se verá, tiene cierta importancia). Se componía ésta de más de trescientas naves que transportaban a treinta mil personas. Con estos medios, la presencia china se hizo fuerte en toda la costa asiática.

Pero en el decenio de 1430 subió al trono un emperador nuevo, muy influido por mandarines confucianistas que veían con malos ojos al comercio, porque para ellos, la única fuente verdadera de riqueza era la agricultura. Este grupo de presión era muy crítico con los eunucos que, según ellos, con sus aventuras marítimas habían agotado las arcas del Imperio y debilitado su autoridad sobre la población.

Para empeorar las cosas, en la frontera noroeste, los mongoles no dejaban de incordiar y fue más importante consolidar la fuerza continental que la expansión marítima. La amenaza mongola hizo conveniente trasladar la capital a Pekín, más al norte, cuando además de consolidar murallas era necesario construir un palacio nuevo suficientemente amplio (de algo más de 9.000 habitaciones). Los campesinos venían de estar obligados a prestar servicios durante treinta días, pero esta vez hubo que hacer una excepción y se les mantuvo en el tajo estatal durante varios años. ¡Cómo para ponerse a pensar en construir barcos! Así, entre unas cosas y otras, China se recluyó y en vez de ser un portador de mercancías que llevaba sus productos a otros lugares, se convirtió en un receptor de ofertas comerciales cuando estas llegaran, que llegaron, sobre todo con Portugal, luego con el comercio español en Manila y poco después con ingleses y holandeses.

La locura china anti expansionista llegó a tal punto que no sólo se abandonó la exploración marítima, sino que se erradicó el recuerdo de ella. En 1500, quien construyera una nave de más de dos mástiles se enfrentaba a la pena de muerte, en 1525, sus autoridades costeras, tenían orden de destruir cualquier barco y en 1550 se consideró criminal a cualquiera que navegara.

También en Asia, la India del Imperio Mughal era un gran polo industrial en contacto con los comerciantes árabes y a punto de ser visitado por los marinos y comerciantes portugueses. La India de esta época puede considerarse una de las zonas más ricas del mundo y foco comercial del Índico, tanto con China como con los árabes.

2. Lo que pasaba en el islam:

A pesar de que en la Península Ibérica el mundo islámico estaba en retroceso y próximo a su desaparición, la situación global era de expansión, tanto geográfica como de actividad comercial. Las caravanas árabes llegaban hasta el África subsahariana, eran los amos indiscutibles del mar Rojo, por mar llegaban hasta Mozambique y aunque su religión estaba siendo desalojada de Europa occidental, en Oriente seguían ganando adeptos, lo que les daba facilidades para el comercio.

Una vez que los otomanos entraron en Constantinopla y no dejaron títere con cabeza, no pararon ahí y en los setenta años siguientes ocuparon los Balcanes y la costa del Danubio, llegando a cercar Viena en 1529. En el Mediterráneo, desplazaron a venecianos y genoveses durante siglo y pico, hasta que la flota de la Liga Santa que unía las fuerzas de España, Venecia y el Papado vino a poner las cosas en su sitio en la batalla de Lepanto.

3. Lo que pasaba en África:

Casi siempre que busco referencias sobre historia económica africana me encuentro con poca información sobre ellos y mucha sobre lo que hicieron otros a partir de ellos.

Ya se ha dicho que las caravanas árabes se movían por la mitad norte del continente. Más tarde, cuando lleguemos a Portugal, veremos que éstos establecieron colonias en su costa y que dos colectivos, los africanos y los amerindios, sin saberlo, estaban preparándose para ser actores de reparto en una película muy triste. 

4. Lo que pasaba en Europa:

Me refiero aquí a la parte izquierda europea, porque en la zona oriental, entre el recrudecimiento de la servidumbre y los otomanos dando palos, las cosas no andaban finas.

En el aspecto demográfico, tras el desastre que había supuesto la Peste Negra, después de cien años, el asunto se iba arreglando poco a poco. La recuperación fue por zonas, dada la desigualdad regional que existía, pero puede considerarse que, a pesar de tener distintas velocidades según las geografías, el crecimiento fue generalizado.

A mediados del siglo XV, un siglo después de los devastadores efectos de las hambrunas y la Peste, se estima que la población europea era de aproximadamente 50 millones de habitantes, aún menor que los habitantes existentes antes de la Pestilencia, pero que empezaba a crecer con un ritmo sostenido.

La incidencia de la peste y otras enfermedades epidémicas, al parecer, disminuyó gradualmente, quizá como resultado de una creciente inmunización natural de la gente, o de cambios climatológicos que entorpecieron la acción de los portadores. El clima tal vez mejoró.

Europa se encontraba muy lejos de los grandes circuitos comerciales que estaban situados en el océano Índico y el mar de la China y su conexión con ellos se producía a través de las grandes caravanas de la ruta de la Seda, dominadas por un islam al que no podía considerarse precisamente un aliado. Si añadimos a esto el despeje que hicieron los otomanos en el Mediterráneo, la situación no pintaba bien para el comercio europeo de distancia.

A finales de la Edad Media, uno de los comercios más prósperos que existían en Europa era el de las especias (pimienta, clavo, nuez moscada, jengibre, etc. así como algunos tintes para tejidos). La utilidad de las especias era convertir a los alimentos en comestibles, ya que tapaban o disimulaban los olores y sabores de carnes y pescado que muchas veces estaban en proceso de descomposición cuando iban a ser ingeridos. Además, para el comercio de distancia, su atractivo residía en el elevado valor por unidad de peso.

Obviamente, la expansión otomana por el Mediterráneo asestó un golpe grave al comercio de las especias asiáticas, así que hubo que hacer algo para solucionar la situación, en función de las posibilidades existentes.

La clave de la solución la resume Cipolla en el título de uno de sus libros: “Cañones y Velas”. Los europeos habían avanzado poco tecnológicamente y su economía, eminentemente agraria, estaba creciendo de forma extensiva y no por mejoras en nuevos convertidores mecánicos. Sin embargo, desde hacía tiempo, dos industrias habían avanzado sustancialmente, la de construcción de barcos y la de la guerra. Esto venía potenciado por una tercera innovación, de índole política, que se reforzó a partir de la Peste Negra: los gobiernos absolutistas. Estos estados modernos eran más fuertes y en ocasiones más extensos, los nuevos monarcas tenían más poder y más medios para acometer grandes proyectos de expansión territorial y hacer la guerra de forma distinta. En ellos, ya no se desplazaban enormes ejércitos por tierra, bastaba con enviar barcos maniobrables y bien artillados.

De una Europa feudal tremendamente fragmentada, se empezó a producir una “simplificación” política imparable. De las 1.000 unidades políticas en el siglo XIV se pasó a unas 500 en el siglo XVII (y sólo 25 hacia 1900) que luego aumentó tras los tratados posteriores a la Gran Guerra.

Respecto a las innovaciones en la navegación, desde el siglo XIII venían confluyendo las mejoras en las técnicas de construcción del Norte con las del Mediterráneo y el resultado fue unos barcos más grandes, más manejables, con mayor capacidad de carga, que podían realizar travesías mucho más largas en las que se utilizaba el astrolabio y la brújula, cuyo uso ya venía de lejos.

El timón de popa, de bisagras (también llamado de codaste), sustituyó al remo de dirección, lo cual mejoró la maniobrabilidad. Los navíos eran ahora de casco redondo, esto aumentaba la capacidad de carga y el mayor tamaño permitía colocar tres o cuatro velas, combinando cuadradas y latinas, lo que mejoró el empuje e hizo innecesario el uso de remeros, liberando así más sitio. La nueva combinación de velas permitía navegar incluso con vientos desfavorables.

A todo ello hay que sumar el uso del acero en espadas, picas y corazas, y la construcción de cañones en bronce o hierro, cada vez más ligeros, que empezaron a montarse en las naves a partir del siglo XIV.

Mucho antes de que las naves de Colón llegasen al Caribe, los europeos estaban explorando el mundo en el eje Norte Sur. Especialmente había interés por navegar a lo largo de las costas africanas, más desconocidas. Los genoveses, hacia 1300 habían enviado una expedición con galeras de remos para descender por las costas africanas, pero esa expedición no volvió y nunca más se supo de ella. Los italianos fueron conservadores en el diseño de sus barcos y otros países, más innovadores, les tomaron la delantera, especialmente flamencos, holandeses y portugueses.

5. Lo que pasaba en América:

En la América continental que se iban a encontrar los españoles pocos años más tarde, destacaban dos grandes civilizaciones: la Azteca, que desde México dominaba gran parte de Centroamérica y la Inca, en el altiplano andino, con una longitud de unos 4.000 kilómetros desde las actuales Colombia hasta el norte de Argentina y Chile.

Ambas civilizaciones, que podríamos llamar imperios, tenían mucho en común. Las dos estaban gobernadas por reyes que a su vez ejercían de sumos sacerdotes  Moctezuma, en el caso azteca, a la llegada de Cortés y Atahualpa, en el inca, cuando apareció Pizarro. Ambas, también, se habían formado a costa de dominar a pueblos vecinos con un uso indiscriminado del terror. Los aztecas, por ejemplo, habían sojuzgado a la civilización Maya. En definitiva, ambos eran muy guerreros y muy poderosos, pero digamos que poco queridos por los alrededores. ¡Ah, y ambos eran inmensamente ricos!

Los aztecas habían desarrollado una civilización muy urbanizada. Su capital, Tenochtitlán, tenía medio millón de pobladores (recordemos que, en aquellos años, la mayor ciudad de Europa, París, tenia 125.000). Recogían tributos en especie de los pueblos conquistados (alimentos, piedras preciosas, oro, plata) también hombres, muchos de los cuales acababan siendo usados en sacrificios rituales. Su agricultura se basaba en el maíz y era muy productiva, carecían de animales de tiro, poseían ciertos conocimientos astronómicos y tenían una escritura algo tosca.

Los Incas desconocían la rueda, claro que igual lo escabroso del terreno en el que se movían hacía a ésta poco útil o incluso innecesaria. Aunque tampoco disponían de animales de tiro, usaban llamas y alpacas para el transporte. No tenían propiedad privada ni practicaban el comercio. Recogían tributos en especie de los pueblos conquistados y su economía se basaba en el trabajo forzado y el cultivo del maíz y la mandioca. Desconocían la escritura, pero la sustituían con un sistema de notación basado en cuerdas y nudos que aún no ha logrado descifrarse. Su extenso imperio estaba recorrido por una red de caminos empedrados que los mensajeros imperiales recorrían continuamente, a pie. También construyeron grandes ciudades y edificios civiles, como Cuzco, Cajamarca o Callao. Cuando llegó Pizarro acababan de salir de una guerra civil muy cruenta.

6. Lo que pasaba en la Península Ibérica:

Tres décadas después de la caída de Constantinopla, la Península estaba regida por cinco coronas: Castilla, Aragón, Portugal, Navarra y Granada, aunque a la de Granada le quedaba muy poco para desaparecer de la lista.

El heredero aragonés, Fernando, y la aspirante a usurpar la Corona castellana, Isabel, habían establecido una alianza matrimonial que desembocó en una guerra civil en Castilla entre los partidarios de estos y los de la hija del rey fallecido, a los que apoyaba Portugal. La situación se resolvió a favor de los que luego serían conocidos como los “Reyes Católicos”. Permítaseme no entrar en la cuestión dinástica de Juana la Beltraneja y su padre, Enrique IV, llamado el impotente, porque la entrega se haría muy larga y se apartaría del objetivo.

En aquel momento, Portugal hacía mucho que había concluido sus guerras contra los moros y le preocupaba convertirse en una potencia atlántica, mientras que los planes de Aragón y Castilla estaban centrados en acabar con el reino de Granada.

Portugal llevaba, desde principios de siglo, realizando un trabajo concienzudo de exploración de la costa africana y, entre otras bases importantes, dominaba los archipiélagos de Azores, Madeira y Cabo Verde. Castilla había hecho sus pinitos, conquistando Canarias. Aragón, por su situación geográfica, siempre había estado más preocupado por el Mediterráneo y allí, bastante tenía con la amenaza turca.

Así que, al finalizar la guerra civil castellana, en la que Portugal había tenido parte activa, para poner orden a las cosas, Castilla y Portugal firmaron el tratado de Alcaçovas por el que Portugal reconocía a Isabel y a cambio obtenía algo que le interesaba sobre manera: eliminar la competencia castellana en su expansión atlántica hacia el sur, con el objetivo de rodear la costa africana y llegar a las Indias.

Por el tratado de Alcaçovas, Castilla reconocía a Portugal el derecho sobre las rutas y tierras del Sur, con la excepción de Canarias, cuyo dominio castellano era reconocido por Portugal.

7. La herencia de Enrique el Navegante:

Desde finales de la Edad Media, Portugal era una nación dedicada a la pesca de altura y el comercio con el norte de Europa, incapaz de competir en el Mediterráneo con los navegantes italianos, de ahí que aprovechara su situación periférica para hacerse la dueña del Atlántico.

Los éxitos portugueses en la navegación atlántica y luego asiática no fueron fortuitos, se debieron a un trabajo constante de estudio, conocimiento y avance paso a paso en las técnicas de construcción naval y de navegación que en buena parte fueron fruto del patrocinio de Enrique el Navegante.

El infante Enrique era el hijo menor del rey de Portugal. Desde muy joven se trazó el objetivo de alcanzar el océano Índico bordeando la costa africana.

Su primer paso fue convencer al rey, su padre, de la importancia de establecer bases estables en África. La conquista de Ceuta en 1415 fue la primera meta y a partir de ahí, la Corona portuguesa realizó incursiones casi anuales por la costa africana, en las que se constituyeron colonias, especialmente tras la conquista de Madeira y Cabo Verde.

Más tarde, el Infante estableció su base en Sagres, al extremo sudoeste de Portugal, muy cerca del Cabo de san Vicente. Allí reunió astrónomos, geógrafos, cartógrafos y navegantes de todas las nacionalidades. En Sagres, sus marineros trazaron cartas de las costas y las corrientes, descubrieron o redescubrieron y colonizaron las islas del atlántico y establecieron relaciones con los jefes nativos de la costa africana. Cuando Enrique murió, sus expediciones habían llegado más allá de las costas de Cabo Verde.

Muerto Enrique, el patronato real a la exploración decreció sustancialmente, probablemente muy influido por haber encontrado un filón en el reino nativo de Ghana, con el que los mercaderes portugueses mantenían un lucrativo comercio basado en marfil, oro y esclavos.

Veinte años después de morir el Navegante, llegó al trono Juan II de Portugal, que retomó el proyecto de su tío abuelo con el mismo entusiasmo y a un ritmo acelerado.

En pocos años, los navegantes portugueses llegaron casi al extremo de África y todos estaban seguros de que estaban a punto de conseguir el objetivo de bordearla. Juan, entonces, envío dos expediciones paralelas, una al sur y otra al este. 

Costa africana abajo, siempre por mar, navegó Bartolomé de la Cosa, que dobló el cabo de Buena Esperanza, al que llamó cabo de las Tormentas. Mientras, por el Mediterráneo y luego por tierra hasta el mar Rojo, viajó Pedro de Covilao, que llegó a los límites occidentales del océano Índico.

8. Y en eso llegó Colón:

De Cristóbal Colón hay pocas cosas seguras, pero una es indiscutible: ¡sabía nadar bien!, porque después de un rifirrafe entre la nave genovesa en la que navegaba y otra corsaria, se salvó llegando a nado a las costas del Algarve, desde donde partió hacia Lisboa para buscar la ayuda de uno de sus hermanos y otros contactos genoveses. Esto sucedió hacia 1476.

En Portugal no le fue mal, llegó a ocupar un puesto importante como enlace de una casa de mercaderes genoveses, se casó con una mujer perteneciente a la nobleza segundona y realizó viajes atlánticos hacia el norte y el sur durante algunos años.

Sea como fuere, vaya usted a saber, hacia 1483, cuando las tripulaciones portuguesas todavía andaban abriéndose camino por las costas africanas, pudo Colón acceder al rey de Portugal para presentarle su proyecto de llegar a la Indias navegando hacia el oeste y no hacia el este. El asunto no extrañó, porque se sabía desde tiempos inmemoriales que la Tierra era una esfera, otra cosa eran sus dimensiones.

El proyecto se estudió y se rechazó, más adelante podremos especular por qué. Portugal estaba enfrascado en sus expediciones africanas y a punto de llegar a las Indias por el este. Así que Colón se dirigió a los monarcas que tenía más a mano y volvió a presentar su proyecto a los reyes de Castilla y Aragón, pero estos estaban en plena fase final de la guerra contra Granada y no le hicieron ni caso. Colón acudió entonces a los reyes de Francia e Inglaterra que no le hicieron más caso que los anteriores.

La hipótesis de Colón era que la distancia entre las Azores y las tierras del Khan donde se encontraban las valiosísimas especias era poco más que la equivalente a atravesar el Mediterráneo. Y no era cierto, es más, sólo la distancia hasta el inexplorado Caribe duplicaba las dimensiones del Mare Nostrum, de la distancia para llegar a Las Indias ni hablamos, especialmente si había que sortear el continente americano, bordeándolo. Esta pudo ser la razón por la que los geógrafos portugueses rechazaron su plan, considerándolo alocado porque ellos tenían un conocimiento más exacto de las dimensiones de la Tierra.

En los primeros días de 1492 capituló Granada y la reina Isabel, convencida por algunos de sus consejeros más cercanos se atrevió a financiar la expedición. Colón izó velas el 3 de agosto en Palos y, después de bajar hasta las Canarias, se dispuso a atravesar el Atlántico hasta las primeras tierras que encontró, donde llegó “por los pelos” el 12 de octubre, porque la tripulación se sentía engañada y la opinión general era tirar al almirante por la borda y volver a casa.

Tras algunas semanas de reconocimiento por las islas a las que había llegado, volvió a España para dar la “gran noticia”, con las manos tan vacías como en sus tres siguientes viajes, porque ni en aquel ni en los sucesivos consiguió que alguien le diera referencias de un tal Gran Khan ni de Cipango y de lo que es clavo, pimienta etc. ni un gramo. De oro y plata, encontró muy poco.

La vuelta del primer viaje fue muy accidentada y paradójicamente tuvo que atracar en puertos portugueses, de forma que el descubrimiento llegó antes a los oídos del rey Juan de Portugal que a los de Isabel de Castilla. Los portugueses no daban crédito, ellos llevaban cien años trabajando en la aventura atlántica con expediciones planificadas, geógrafos, cartógrafos y todo tipo de medios y de pronto, un puñado de castellanos se habían montado en tres barcos y lograron, en un solo viaje, lo que ellos no habían conseguido en tanto tiempo.

Inmediatamente después de la vuelta de Colón, los reyes pidieron al Papa un una “línea de demarcación” para confirmar el título de españolas a las tierras recién descubiertas. Esta línea se situó a uno 600 kilómetros al oeste de las islas Azores. Al año siguiente, 1494, en el tratado de Tordesillas, los portugueses convencieron a los españoles para que esa línea se desplazase aproximadamente 400 kilómetros más al oeste. Aquí los portugueses ya estarían mejor ubicados, porque ganaron los derechos sobre la panza americana en la que está Brasil. En 1500 navegaron directamente hacia allí y lo reclamaron para Portugal.

A los seis meses de haber vuelto, el segundo viaje de Colón ya definió la política de asentamiento de la Corona de Castilla. Esta segunda expedición la componían 17 naves, 1.500 hombres y suficiente equipamiento para establecer una colonia permanente, con granjeros artesanos y ganaderos, incluido ganado vacuno y otros animales. El primer asentamiento castellano fue en La Española y resultó un desastre. Los colonos españoles se sentían engañados y parece que los Colón no supieron gobernar la situación de descontrol que se había generado. En su tercer viaje, Colón fue devuelto a España cargado de grilletes. Allí se le perdonó y se le encomendó un cuarto viaje, en 1502, para encontrar un paso a Catay, a ver si había suerte y encontraba algo de valor, más allá de las islas paradisíacas en las que todos nos quisiéramos jubilar hoy día.

Sólo en sus dos últimos viajes, Colón entró en contacto con el continente, siempre buscando un camino para llegar a las Indias, pero murió desacreditado y enfrascado en su idea de haber llegado a las costas de China, India o Japón.

9. La reacción portuguesa:

En palabras de Landes, “el descubrimiento de Colón conmocionó a los portugueses como conmocionó el Sputnik a los norteamericanos”. Ellos habían sido los primeros a los que el genovés les había propuesto el proyecto y habían sido tan torpes de rechazarlo. ¡Era injusto!, después de muchas décadas intentando rodear África con expediciones caras, sistemáticas y planificadas, llegaban los españoles y en un solo intento llegaban a Asia o quizá descubrían un nuevo mundo.

¡Había que reaccionar rápidamente! Así que en 1497 levaba anclas en Lisboa una pequeña flotilla de cuatro naves bajo el mando de Vasco de Gama con el perenne objetivo de llegar a la India circunnavegando África. El viaje se prolongó por más de 40.000 kilómetros, duró más de dos años, partieron 170 personas y sólo volvieron 54. 

Vasco de Gama Llegó hasta Calcuta, en la India. A causa de motines, enfermedades, tormentas y piratas árabes que se encontró, perdió dos de las cuatro naves y dos tercios de su tripulación. Sin embargo, la carga de especias con la que volvió fue suficiente para pagar varias veces el coste del viaje.

Por lo oído de las expediciones de Colón, ellos iban cargados de chucherías, cuentas de vidrio y camisas malas, pero a diferencia del Caribe, los comerciantes musulmanes con los que se encontraron no vieron en absoluto atractivas estas baratijas. Allí se conocía la diferencia entre chucherías y objetos preciosos y los tejidos que ellos fabricaban eran de mucha mejor calidad que los europeos.

Gama volvía a Lisboa con las manos tan vacías como su colega Colón, cuando tuvo la suerte de avistar un pequeño navío musulmán cargado de especias, que logró capturar. La rapiña obtenida fue suficiente para disculpar económicamente la expedición y fijó un precedente, al basar el éxito económico en la fuerza de las armas, por encima de la competitividad comercial.

La relevancia de la expedición de Vasco de Gama fue la información que trajo a Lisboa. En primer lugar, habían comprobado que los europeos eran más poderosos que los nativos, tenían mejores naves y fusiles, así que el uso de la fuerza era posible. En segundo lugar, aunque no habían podido comerciar con fruslerías, como los españoles hacían en un Caribe sin muchas posibilidades, si llevaban oro a la India, podrían comprar infinidad de especias a precios irrisorios en Europa. Cincuenta kilos de pimienta podían pagarse en Calcuta a tres ducados. Esta cantidad, viajando por los circuitos tradicionales, pasando por media docena de intermediarios, pagando peajes y sobornos, se vendía en Venecia por ochenta ducados, casi treinta veces el precio pagado. Ante este beneficio ¿qué coste tenía equipar una flota? ¿qué valor tenían las vidas de los marinos?

Menos de seis meses después del regreso de Vasco de Gama, Portugal envío una segunda flota a la India con los objetivos mucho más claros. La componían trece naves y 1.200 hombres, la mayoría soldados. Su misión era hacer negocios y no meterse en líos, pero sin dudar en hundir a cañonazos a cualquier nave enemiga que se les antepusiese.
Con esta nueva misión, Europa empezó a dejar claro que, allí donde fuera, impondría su poder a todo aquel que se encontrara al alcance de sus cañones navales.

Los portugueses no tardaron en capitalizar su ventaja. En diez años barrieron a los árabes del océano Índico y establecieron puestos de comercio fortificados desde Mozambique y el Golfo Pérsico hasta las Molucas. En 1513, uno de sus barcos arribó a Cantón, al sur de China, y para mediados de siglo habían iniciado ya relaciones comerciales y diplomáticas con Japón.

Portugal no intento colonizar ni conquistar el interior de la India, África o las islas, contentándose con controlar las rutas marítimas desde los fuertes estratégicos y los puestos comerciales.

Para controlar el negocio marítimo, hacia 1500 se estableció en Lisboa la Casa de Indias, a la que se otorgó el monopolio del comercio con Oriente, la supervisión de la navegación y el cobro de impuestos.

A semejanza de Portugal, Castilla organizó la explotación económica de América a través de la Casa de Contratación de Sevilla, a partir de 1503, que perduró hasta el siglo XVIII. La Casa organizaba los convoyes anuales a América, cobraba la parte correspondiente al rey de las remesas de metales (un quinto de todo lo producido; el llamado Quinto Real) y otros aranceles y derechos sobre las mercancías. También se ocupaba de la formación de los pilotos y el registro de cartas náuticas y mapas.

10. La reacción europea

La noticia del descubrimiento de Colón se expandió como la pólvora. En 1497, los mercaderes de Bristol respaldaron dos viajes en los que se descubrieron Terranova y Nueva Escocia, pero como no encontraron especias, metales preciosos o algo vendible, se perdió interés. Los franceses también lo intentaron y llegaron al río San Lorenzo, reclamando para Francia lo que acabó llamándose Canadá. Tampoco estos pusieron mayor interés, salvo para pescar en los grandes bancos de Terranova.

11. Hay que llegar a Catay

En 1519, Fernando Magallanes, un marino portugués que había caído en desgracia en su país, convenció al rey de España para organizar una expedición de cinco barcos a las islas de las especias, bordeando América hacia el sur y luego yendo directamente a Asia, que él situaba a pocos días de navegación de Panamá.

Magallanes, igual que Colón, se basaba en datos equivocados sobre las dimensiones de la Tierra. Parece ser que partía de las estimaciones de Ptolomeo, que calculaba que el radio terrestre era de cuatro mil kilómetros en vez de los más de seis mil que tiene. Este error acortaba el perímetro terrestre en quince mil kilómetros, que fueron los que Magallanes se encontró delante de él cuando abandonó América por su lado occidental para intentar llegar a su destino.

La primera dificultad fue encontrar un paso navegable, que él situaba en el Río de la Plata, pero que resultó ser una fake new. Así que tuvo que seguir bajando hasta llegar al tormentoso y traidor estrecho que hoy lleva su nombre. Una vez atravesado éste, se adentró en lo que él llamó “Mar Pacífico”, borrando de la Historia el nombre de “Mar del Sur” que le había dado Núñez de Balboa, pocos años antes.

El océano Pacífico atrapó a la expedición durante meses de hambre, enfermedad y finalmente la muerte de Magallanes y la mayoría de su tripulación.

Por fin, uno de los oficiales de Magallanes, Sebastián Elcano, consiguió llevar el único barco superviviente y su exigua tripulación a través del océano Índico y de vuelta a España, al cabo de tres años, convirtiéndose en los primeros hombres que habían navegado enteramente alrededor de la Tierra sin habérselo propuesto.

De los 239 hombres que salieron, sólo 18 llegaron en el viaje de vuelta, más tarde regresarían otros 17 que habían sido apresados por los portugueses en las costas de África. A pesar de todo, la carga de especias que los exiguos restos de la expedición había logrado traer a Sevilla, fueron suficientes para financiar los costes totales de la expedición. Como logro adicional, incorporaron Filipinas a la Corona, que constituyó un punto comercial de primer orden para el comercio español con Asia.

12. No todo fue plata

Como veremos más adelante, la minería de la plata americana fue el producto estrella durante más de un siglo, pero hubo muchos otros intercambios, que ahora tenemos normalizados, y que se produjeron durante las primeras décadas de la expansión española y portuguesa.

De Europa a América se llevaron cereales y ganado, que pronto generaron productos de exportación, como los cueros y sobre todo el azúcar, la cual pasó de ser cosa de ricos a un producto popular con gran demanda en Europa que, con el paso del tiempo, dio lugar a grandes plantaciones en las que, a falta de amerindios, se recurrió a esclavos africanos por parte de españoles, portugueses y luego ingleses y franceses.

Sobre el comercio humano, los portugueses partían de una excelente posición, ya que tenían la costa africana sembrado de puestos comerciales. Ellos dominaron este siniestro y lucrativo negocio, que regulaban a pachas con la Corona española mediante el llamado “asiento de negros”, con bases en el golfo de Guinea y Angola.

En cuanto a agricultura, de América llegaron productos que cambiaron radicalmente la economía agrícola y la alimentación de la población y del ganado europeos. Importante fue el maíz, que se aclimató en muchas regiones, con mayores rendimientos que los cereales tradicionales.

Portugueses y españoles expandieron el mundo, no sólo geográficamente sino también en los usos cotidianos. De América se importaron las patatas, los tomates, las judías verdes, los pimientos rojos, las calabazas y el maíz, así como el pavo domesticado, que llegó a Europa desde México.

El arroz, originalmente de Asia, se naturalizó tanto en Europa como en América. Tintes exóticos como el índigo o la cochinilla dieron color a los tejidos europeos y los hicieron más alegres y fáciles de vender tanto en Europa como en ultramar. El café de África, el cacao de América y el té de Asia se convirtieron en bebidas europeas básicas. El algodón y el azúcar, aunque ya conocidos en Europa, nunca habían sido producidos o comercializados a tan gran escala.

La porcelana china tuvo una historia similar. El tabaco, una de las contribuciones americanas a la civilización más célebre y controvertida, pronto adquirió popularidad en Europa. En años posteriores, las frutas tropicales y los frutos secos complementaron la dieta de los europeos, y las pieles y los cueros, las maderas exóticas y las nuevas fibras pasaron a constituir una parte importante de los productos europeos.

13. Los españoles por fin encontraron tajo:

A los españoles no les iba nada bien en los asentamientos que estaban realizando en esas nuevas tierras a las que habían llegado, porque todo el mundo empezaba a tener claro que aquello no eran las tierras buscadas y para llegar a las especias había que seguir hacia el Este. Así que, erre que erre, había que encontrar el camino. Especias seguía sin haber, pero en las incursiones en el continente, guerreando muchas veces contra los indígenas, encontraron que algunos portaban adornos de oro, que nunca dudaron en apropiarse con toda la brutalidad que fuera necesaria e incluso más. Pero estas rapiñas no lograban justificar la presencia de tantos hombres ni la inversión de la Corona.

Fueron muchas las expediciones que fracasaron, muchos los aventureros muertos, unos de enfermedades, otros de hambre o manos de los pobladores (ojo, que también llegaron a matarse entre ellos), pero la aventura militar siempre estuvo acompañada de una violencia desmedida por la que siempre se ha criticado a España.

Las dos expediciones que se han hecho más famosas son la de Hernán Cortés y la de Francisco Pizarro. La primera desbarató al Imperio azteca y la segunda hizo lo propio con el Inca, consiguiendo ambas los tesoros de sus reyes y sus templos y marcando un hito en la conquista que, después de treinta años de aventuras y sinsabores, empezaron a verse dueños de la situación.

14. Los gérmenes, esos grandes aliados

En “La Guerra de los mundos”, de George Wells, los gérmenes son los que logran salvar a la humanidad al contagiar y matar a los alienígenas que invadían la Tierra. En América sucedió a la inversa, fueron los alienígenas los que, sin saberlo, portaban esos gérmenes que diezmaron a la población y allanaron el camino de Pizarro y Cortés.

Todo arranca casi quince mil años antes, cuando los primeros pobladores del continente viajaron desde Rusia a Alaska a través del estrecho de Bering coincidiendo con una glaciación que lo hizo transitable.

En aquel momento no había sucedido aún la Revolución Neolítica, en la que el hombre domesticó a los animales y empezó a convivir con ellos. Durante el neolítico, los animales transmitieron al hombre muchas enfermedades ante las que asiáticos africanos y europeos estaban relativamente inmunizados, hasta el punto de que se convirtieron en enfermedades de la infancia.

Pero en América apenas se habían domesticado animales y allí no había cerdos, gallinas, caballos o vacas; por eso, los patógenos que portaban los europeos eran nuevos para ellos y la consecuencia fue atroz.

Pero de esto no podemos culpar a los españoles porque, si no hubieran sido ellos los primeros en llegar al Continente, era cuestión de años que lo hubieran hecho otros y, por muy pacífica que hubiera sido otra expedición, las consecuencias hubieran sido las mismas. En este sentido, habría hecho el mismo daño una expedición de monjes tibetanos liderados por el Dalai Lama.

El trabajo forzado de los indígenas en minas y plantaciones vino a rematar la catástrofe, donde el muy posible hacinamiento y las duras condiciones de trabajo no ayudaron a fortalecer a la población contra las enfermedades.

La viruela, sobre todo, el sarampión, la gripe, el tifus y otras enfermedades actuaron, provocando la crisis demográfica. Se calcula que entre 1492 y 1650 la población amerindia se redujo entre un cincuenta y un noventa por ciento. Por ejemplo, se estima que en 1532 México contaba con más de 16 millones de habitantes nativos, de los que en 1602 sólo quedaban poco más de un millón. 

15. Bien vale un Potosí

La primera fuente de extracción de riqueza fue relativamente sencilla y rápida, el robo y el saqueo. Para ir más allá, para conseguir más, había que recurrir a la potencialidad extractiva, que fue la explotación minera que se comenzó en la década de 1540 en las minas de plata de Zacatecas en México y muy por encima, de Potosí, en Bolivia.

Potosí está en los Andes, a 3.800 metros de altitud, en una zona prácticamente inaccesible. Pese a ello, la necesidad de mano de obra hizo que su población creciera hasta los 150.000 habitantes.

La plata de las minas españolas del continente americano fue creciendo, desde 150 kilos anuales en la década de 1520 a casi tres millones de kilos en la de 1590.

Neil Mac Gregor afirma que, sin Potosí, la historia del siglo XVI europeo hubiera sido muy diferente. Fue la plata americana la que hizo de los reyes españoles los gobernantes más poderosos de Europa y pagó sus ejércitos y armadas. Permitió a la monarquía española combatir a franceses, holandeses, ingleses y turcos, estableciendo una pauta de gasto que en última instancia habría de rebelarse ruinosa.

Igual que sucedió en las antiguas minas romanas de azufre, las condiciones de trabajo en Potosí fueron letales. A un ritmo y condiciones de trabajo penosos, se añadía el frío de las montañas, por lo que la pulmonía era un peligro constante y el envenenamiento por mercurio acechaba a los que trabajaban en el proceso de refinado, que se hacía por amalgamación. Hacia 1600, cuando el índice de mortalidad se disparó entre las comunidades indias autóctonas, se llevó a Potosí a decenas de miles de esclavos africanos para sustituirles. Éstos resultaron ser más resistentes que la población local, pero también ellos murieron en gran número.

En la ceca de Potosí se acuñaba la más famosa de todas las monedas, el Real de a Ocho, desde allí, las monedas se cargaban a lomos de llamas para realizar un viaje de dos meses a través de los Andes hasta Lima y la costa del Pacífico. Desde aquí, la flota del tesoro llevaba la plata de Perú a Panamá, donde era transportada por tierra a través del istmo, para luego cruzar el Atlántico en convoyes.

La irrupción de tanta plata en Europa aumentó enormemente las reservas europeas de masa monetaria, triplicándola al menos en el curso del siglo XVI y dando lugar a un siglo inflacionista que se conoce como el de la Revolución de los Precios. Hasta entonces habían sido habituales las bruscas oscilaciones anuales o estacionales, fruto de las variaciones de las cosechas. Lo nuevo era una inflación sostenida. Aunque muy pequeña si se mide con parámetros actuales (un 1,4 por ciento anual acumulado) sin embargo, a los coetáneos les pareció catastrófica. La subida de los salarios estuvo por debajo de la de los precios, con lo que los salarios reales se vieron mermados.

Podría pensarse que entonces, en España, se ataba a los perros con longaniza, porque aquí deberían ser ricos todos. Pero no, la situación era muy distinta y la realidad fue que la sociedad estaba empobrecida y nadie veía un chavo de plata, porque todo iba a manos de los banqueros europeos (muchos italianos) que financiaban las guerras de religión de la Corona española. De hecho, la mayoría del comercio hacia América se basaba en productos extranjeros con lo que el comercio nacional empeoró y España empezó a vivir una mala racha que duró mucho tiempo. Pero eso es otra historia.

Acabo con el resumen del viaje de la plata, creo que brillante, de Francisco de Quevedo en su sátira:

Nace en las Indias honrado, donde el mundo le acompaña; viene a morir en España, y es en Génova enterrado...Poderoso caballero es don Dinero.

Fuentes de la bibliografía: [1], [3], [6], [10], [13], [31].

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