sábado, 22 de junio de 2019

La banca, de Sumer a Florencia

El cambista y su mujer.
Obra de Quentin Massys. Museo del Louvre
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La banca, desde sus formas más primitivas, probablemente sea el segundo oficio más antiguo del mundo. Su existencia es muy anterior a la moneda y como muy tarde, surge en cuanto las sociedades empezaron a organizarse en núcleos urbanos en torno a centros de influencia política y religiosa, con gente arriba y gente abajo. Como suele suceder en Historia, aunque sea económica, me temo que hablaremos más de la parte de arriba que de la gente de abajo.

No conviene confundir dinero con moneda. El dinero puede ser cualquier cosa que se admita como unidad de cambio. Se sabe, por ejemplo, que en los campos de exterminio nazi se utilizaban los cigarrillos como instrumento de pago entre los reclusos. Esto es lo que llamamos dinero mercancía, porque puedes fumarte los cigarrillos o bien puedes guardarlos para comprar con ellos otras cosas. En cualquier caso, el dinero mercancía tiene un valor intrínseco, lo puedes usar o lo puedes cambiar, pero suele tener varios inconvenientes. Puede no ser duradero, ni transportable, ni divisible, o lo que es peor, ni homogéneo cuando te mueves de un sitio a otro.

Imagínate el jaleo: supón que nos juntamos diez para realizar intercambios, pero uno trae cereal, otro hortalizas, otro cabras, otro zapatos, etc. Entonces, para que nos podamos poner de acuerdo entre todos, tendríamos que establecer un sistema de precios que contuviera noventa tasas de intercambio, de cada uno de los diez productos respecto a los otros nueve. ¡Y además, que estuviéramos todos de acuerdo! Una vez construidas esas tasas, ¿qué sucede si tu lechuga vale la mitad de mi par de zapatos? ¿Tú me das una lechuga y yo te doy sólo un zapato? Para solucionar este desarreglo se llegó a una solución que todos aceptaron.

En primer lugar, se estableció una referencia única en base a metales preciosos  especialmente plata con ello, a cada producto se le atribuía un precio referenciado a este metal. De esta forma, si tenemos diez productos distintos, ya no hay que tener noventa tasas de intercambio, sino sólo diez. Así se creó un sistema de precios simbólico en torno al primer patrón que se conoce, el siclo, que consistía en 8,33 gramos de plata. Luego se establecía una tasa entre oro y plata y todo resuelto, o casi. Las monedas no aparecieron hasta el siglo VII.

La segunda medida que se tomó fue obvia en una sociedad jerarquizada, porque no sólo había familias que producían cosas de valor intrínseco. Alguien tenía que mantener a los que ni cosechaban lechugas ni producían zapatos ni criaban cabras. Había reyes, sacerdotes, militares o intelectuales, que empezaban a ser necesarios en unas ciudades estado que se estaban haciendo complejas y que había que organizar. Por tanto, se decidió que todos dieran su producción al ente político o religioso para que éste luego lo repartiera con su mejor criterio.

El uso monetario del oro y la plata viene de lejos —tercer milenio adE, que se sepa— esto está demostrado tanto en Mesopotamia como en Egipto. Estas economías podrían ser tipificadas como de «redistribución centralizada». Un sistema que consistía en recoger los productos agrícolas y los bienes manufacturados por todos, sin ningún criterio de mercado, para luego distribuirlos entre la población según rango y ocupación, dándose más al que era más y menos al que era menos.

En las antiguas ciudades mesopotámicas, los templos vertebraban la economía. Eran los guardianes de los pesos oficiales y dictaban los patrones de intercambio que regulaba el sistema de plata y oro. Eran también los custodios de todo aquel que quisiera tener su patrimonio resguardado, fuera plata, oro o grano. Con la aparición de la escritura, no tardaron en ser centros en los que se realizaban registros de depósitos y, ya puestos, conceder préstamos a partir de lo depositado en ellos. Tanto el código de Esnunna, en el siglo XX adE, como el más famoso, de Hammurabi, unos doscientos años posterior, regulan el tipo de interés en los préstamos de plata, que se podían restituir en grano, con una relación fija plata-grano.

El auge económico de Mesopotamia avivó el comercio y con ello la necesidad de nuevas operaciones que ya podemos llamar bancarias, principalmente depósitos y préstamos con interés, todos ellos confirmados mediante actas escritas. Los depósitos eran gratuitos, aunque los templos podían hacer uso de ellos para conceder préstamos, eso sí, con la garantía de restituirlos cuando fueran reclamados.

El edifico con actividad bancaria más antiguo del que se tiene constancia es el llamado «templo rojo de Uruk», en la ribera del Éufrates, el Irak de hoy, donde hace más de cinco mil años, por medio de los sacerdotes, se prestaban cereales con interés a agricultores y comerciantes y se ofrecían adelantos a los esclavos para redimirse o a los prisioneros de guerra para liberarse. Como la moneda aún no existía, todas las operaciones se efectuaban y se registraban en especie. Allí se han encontrado documentos de contabilidad en las que los escribas recogían las transacciones sobre tablas de arcilla.

El tipo corriente era del 33 por ciento anual para préstamos de cereales y dátiles y entre el 12 y el 20 por ciento para los préstamos de metales, plata sobre todo. Existen evidencias de toma de garantías sobre alguno de los préstamos, por lo común, campos, casas y esclavos. El código de Hammurabi establecía que, para evitar la usura, todos los contratos de préstamo debían ser visados por funcionarios reales.

Con el tiempo, el intercambio fue a más y se hizo necesario dotar a las operaciones de una cobertura geográfica que los sacerdotes no podían ofrecer, así que los templos recurrieron a comisionistas particulares a los que, mediante acuerdos de garantías, se les concedió licencias para operar. Fue entonces cuando en Sumeria —la actual Irak— aparecieron los primeros grandes bancos privados que se especializaron en tipos de operación y se enfocaron geográficamente. En Ur —muy cercana al golfo Pérsico— estaba la banca Eanasir, cuyos agentes operaban en los puertos con minerales de cobre, oro, marfil y alabastro; en Sippar —al norte— existía la banca Eigibi, que operaba en el comercio de vino y esclavos; en Babilonia —a unos cien kilómetros de la actual Bagdad— hacía negocio la banca Neboahiddiu, especializada en operaciones con metales preciosos, En Nippour estaba la banca Mourashou, que durante más de un siglo realizó operaciones en Babilonia central.

Estos primeros bancos privados continuaban realizando las mismas operaciones de préstamo y depósito que los antiguos templos, pero crearon nuevos servicios para los comerciantes. Se constituyeron en cajeros de sus clientes, realizaban pagos por su cuenta, hacían el oficio de notarios e inventaron la aceptación, al poner su sello sobre una tablilla para garantizar el pago del precio de adquisición de una cosa y obligarse a indemnizar al vendedor en caso de fallecimiento del comprador.

Y en esto llegaron los hititas, que hacia 1600 tomaron y saquearon Babilonia dejando ese imperio muy desmejorado. Los hititas estaban más al oeste que los babilonios, concretamente en Capadocia y Anatolia, la actual Turquía. Se trataba de un imperio con vocación mercantil, así que no es de extrañar que se hayan descubierto testimonios de auténticos bancos que igual financiaban caravanas o grandes expediciones, prestaban dinero a riesgo o se involucraban en negocios inmobiliarios. Para ello contaban con un órgano económico de gobierno, el Karum, que era una especie de cámara de comercio con autoridad jurisdiccional y de compensación. Originariamente, el Karum era un lugar donde se almacenaban las mercancías, pero con el paso del tiempo pasó a resolver litigios o fijar recargos por retrasos en los pagos. Uno de los banqueros de entonces, un tal Ummeanum, sustituyó el sistema de cambio a través de los cereales por el pago en lingotes de plata grabados con marcas de control. Los hititas aún no imaginaron la moneda, pero casi, porque idearon servirse del estampillado de lingotes como instrumento de cambio.

El imperio hitita colapsó cuatrocientos años después de nacer, coincidiendo con la irrupción de los pueblos del mar, en el siglo XII. Tras la caída del imperio hitita apareció un reino, el de Lidia, en Anatolia, en el que unos quinientos años después, sus reyes se atrevieron a la aventura de crear la moneda. Primero fue el rey Giges, que creó una moneda hecha con electro, una aleación de oro y plata muy abundante allí. Sustituyó los lingotes de oro y plata, de peso y formas diferentes, por fragmentos uniformes acuñados por medio de una señal que garantizase oficialmente su valor. Más tarde, Creso perfeccionó el arte de acuñar monedas de oro con fineza controlada y fue un rey inmensamente rico hasta que se le acabó la racha cuando lo derrotaron los persas, que hacia el año 500 realizaron la primera experiencia del bimetalismo, emitiendo monedas de oro y plata, estableciendo una proporción fija entre oro y plata (de uno a tres) respetada por la mayoría de los países hasta que 2.500 años después, en 1717, Inglaterra lo abandonó por el patrón oro hasta 1931, en plena resaca de la Gran Depresión.

Con el paso de los años llegaron los griegos. Ellos adoptaron el uso de la moneda que llevaron hasta Sicilia y con las conquistas macedónicas de Alejandro hasta la India. Luego vinieron los romanos, que se incorporaron al club de la moneda antes de la primera guerra púnica —allá por el siglo tercero—.

Trapeza, en griego, significa mesa. En el siglo IV adE, las ciudades estado griegas más relevantes disponían de sus propios bancos, orquestados a través de pequeños cambistas y prestamistas locales, llamados trapezitas. La función primitiva de los trapezitas era simple pero útil, valorar y cambiar las diferentes monedas, luego evolucionó a cuidar las monedas de los clientes y finalmente a prestar dinero a partir de dinero propio o de los depósitos confiados, previo consentimiento del depositante.

En cuanto a los préstamos, los más importantes de la época griega eran los relacionados con el comercio marítimo. La financiación de barcos habitualmente incluía una inversión de capital más un seguro. Los riesgos de esta inversión y por tanto el precio de la financiación se basaban en cuatro factores: el tiempo que duraba el viaje, las tempestades, las flotas enemigas o los piratas, y los escollos del mar. Demóstenes (h 350 adE) era miembro de una familia de banqueros y comerciantes. Además de político, se ganó la vida como abogado y citó en sus obras contratos de préstamo, más algún litigio por aspectos formales.

Los banqueros griegos emularon y perfeccionaron el trabajo de sus antecesores babilonios. Sustituyeron las tablas de arcilla por los libros de contabilidad, crearon cajas fuertes para custodiar joyas y vasos preciosos, otorgaron avales, se constituyeron en intermediarios en el pago y para los extranjeros, asesoraban sobre las prácticas comerciales de la ciudad en la que estos pretendían hacer negocios, sin ninguna otra alternativa a ellos donde poder resguardar el capital, en moneda no ateniense, probablemente evitándoles, de paso, pagar impuestos.

Se sabe también que algunos atenienses guardaban su dinero con los banqueros, tanto por seguridad como para esconder la amplitud de su riqueza a ojos de los recaudadores de impuestos. Los banqueros prestaban dinero a particulares —el propio y el de sus depósitos— habitualmente a una tasa de interés del 12 por ciento anual. Naturalmente, la gente prefería pedir prestado a los amigos o a los parientes y la mayor parte de las transacciones de crédito eran de este tipo. Por eso, los banqueros eran sólo un último recurso.

Un banquero muy famoso en Grecia fue Pasión, más o menos en 400 adE. Empezó como esclavo en el banco de sus amos, pero su gran sentido de los negocios y sus tejes y manejes, algunas veces bastante turbios, primero lo hicieron hombre libre y ciudadano de pleno derecho, luego dueño del banco y finalmente poseedor de una inmensa fortuna. A consecuencia de un litigio, Pasión estuvo a punto de arruinarse al principio de su carrera, cuando fue demandado por un cliente descontento, según parece, con bastante razón.

Ya en Roma, la ley de las Doce Tablas (en 450 adE) es la primera codificación romana de la que se tiene noticia. Incluía limitaciones en el cobro de intereses, por lo que los banqueros romanos fueron concibiendo distintos procedimientos para la recuperación del capital y los intereses a la vez. Durante la época clásica los intereses legales eran del 12% y durante la época justiniana, mucho más tarde, del 6%.

Es en Roma donde a través de las obras de sus pensadores e historiadores encontramos mayor número de testimonios sobre las prácticas bancarias y contables. Allí existieron varios tipos de operadores financieros, pero los que más se asemejaron a la figura actual de banquero eran los argentarii, que administraban depósitos, concedían prestamos y anticipos o servían de avalistas. También estaban los nummularii, que eran cambistas y comprobadores de monedas, al mismo estilo que los que luego surgieron en la Edad Media alrededor de las Ferias, los puertos y las grandes ciudades.

La aparición de los argentarii en Roma se menciona por primera vez a principios del siglo IV adE. La mayoría de sus clientes eran propietarios agrícolas y comerciantes. Por regla general trabajaban en los mercados y desde sus mesas (mensae) concedían préstamos y participaban en subastas.

Los mensae acabaron teniendo un fin público, porque a sus administradores, los collectarii, se les encomendaba la recaudación de impuestos en las provincias, distribuir las monedas acuñadas en los talleres imperiales y asegurar la paridad entre las distintas monedas en circulación.

Casi al final del Imperio, en 408 dE, el código de Justiniano incluía diversas ordenanzas para regular las relaciones entre los collectarii y los gobernadores de las provincias. Por ejemplo, se les prohibía adelantar dinero a los futuros gobernadores para que estos no compraran con él sus cargos.

La aristocracia romana del dinero, la orden ecuestre, se orientó al mundo de los negocios y se impuso a la antigua aristocracia campesina. Eran los caballeros los que lograban las contratas de trabajos públicos, los aprovisionamientos de los ejércitos y la flota, y además realizaban la actividad de recaudación de impuestos. Más tarde, los caballeros se agruparon en sociedades, cuyas partes (acciones) eran transmisibles. Estas sociedades eran las que financiaban al Estado la construcción de las calzadas, o el transporte desde Asia y África de los cereales y aceite necesarios para el aprovisionamiento de Roma, o aseguraban las transferencias para pagar tropas.

Las crisis financieras durante el Imperio romano fueron frecuentes, con mucha suerte, un emperador arreglaba el sistema económico y el siguiente lo estropeaba, salvo cuando pasaban tres o cuatro en un año, que en ese caso no había forma de arreglar nada. La primera crisis conocida se dio justo al principio, en época de Augusto y sus consecuencias las tuvo que intentar arreglar su sucesor, Tiberio.

La cosa venía de largo. Tras décadas de guerras civiles en los últimos años de la República, Augusto venció a Marco Antonio y subsumió definitivamente al reino egipcio, regresando a Roma con un inmenso tesoro capturado allí. A su vuelta, para reactivar el comercio del Imperio, que estaba bastante perjudicado después de tanta lucha de egos entre generales, comenzó a poner en circulación este tesoro vía préstamos, obras civiles y recompensas al ejército. Como hemos visto en entregas anteriores, se produjo el efecto de uno de los principios económicos más antiguos: la teoría cuantitativa del dinero, que muy simplificadamente viene a decir que cuando se introduce en un sistema económico más dinero que la capacidad que tiene este mercado de aumentar la producción física de bienes y servicios, aparecerán tensiones inflacionistas.

Si partimos de una situación estable, en la que todos o la mayor parte de los factores están ya empleados, no se podrá generar más, al menos a corto plazo y entonces, la irrupción de dinero extra disparará la demanda, que al no poder ser resuelta por la oferta vía aumento de la productividad, buscará el equilibrio a través del incremento de precios. O sea, una escalada inflacionista desmesurada que se encontró Tiberio al llegar su momento de gloria, cuando murió Augusto, que había estado más preocupado por favorecer el comercio y la economía que por engrosar las arcas imperiales.

Para conocer con mayor detalle este suceso os recomiendo que consultéis el blog historiasdelahistoria.com, narrado por Javier Sanz. En concreto, su entrega titulada ¿Cómo se rescató a los bancos en el siglo I en la antigua Roma?

Tiberio, probablemente más motivado por el exceso de telarañas en sus arcas que por la escalada de precios, decidió reabsorber moneda circulante. ¿Cómo se hace eso?: pues no renovando préstamos, suprimiendo obra civil y otros gastos públicos—por ejemplo, reparto de grano entre la extensa población ociosa de Roma— y reteniendo lo recaudado mediante impuestos. Esto lo decidió Tiberio de forma abrupta sin tener claras las consecuencias, que fueron inmediatas; los argentinos de hoy lo llamarían corralito. Los que estaban endeudados porque vivían de sacar partido a la inflación, corrieron a retirar sus fondos a los bancos, que ante la avalancha de peticiones tuvieron que cerrar sus ventanillas, porque no podían hacer frente a la liquidez que les exigían sus clientes. A continuación, las industrias y los comercios no pudieron pagar a sus proveedores y tuvieron que cerrar también. La situación de pánico se generalizó y el sistema bancario romano, que estaba muy interrelacionado, colapsó en su totalidad, contagiándose la crisis de un banco a otro.

Podríamos decir que ya entonces se vivía en una especie de economía global en la que, cualquier problema en la metrópolis se contagiaba a uña de caballo en sus provincias. De forma más o menos simultánea se produjo el asalto de otros bancos en Lyon, Alejandría, Cartago y Bizancio. Hubo quiebras en cadena y suicidios. Se aprovecharon de ello los que tenían el bolsillo más profundo y pudieron resistir —los latifundistas— que compraron las tierras a los pequeños propietarios cargados de deudas. Volvieron a florecer los usureros, que operaban fuera de las normas vigentes y finalmente los precios empezaron a caer y de una situación mala, de alta inflación, se pasó a una peor, de deflación.

Tiberio —cual Banco Central de la época actual— no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer y redistribuyó una cifra astronómica entre los Bancos para que la pusiesen en circulación inmediatamente, con orden de prestarla por tres años, sin intereses. Parece ésta una historia escrita en 2008, pero no, sucedió dos mil años antes.

En cuanto a corruptelas, tampoco faltaron en Roma historias escabrosas alrededor de la banca que se han hecho célebres. Una de ellas es la quiebra del banco Piscina Pública, narrada por Hipólito de Roma, que fue el primer antipapa de los muchos que acabó teniendo la Iglesia romana. A este Hipólito no le caía nada bien un tal Calixto —que llegó a Papa con el nombre de Calixto I— al que en su obra escrita Hipólito pone a caldo.

Cuenta la historia —la escrita por Hipólito— que Calixto nació esclavo, aunque más tarde fue liberado. En edad adulta se convirtió al cristianismo —cosa normal, en aquella época en la que los sacramentos de comunión y confirmación eran una misma cosa, porque el bautismo no se practicaba con los niños—. Trabajaba Calixto a las órdenes de Calcóforo, hombre muy cercano al emperador Cómodo, que tenía buena mano con los negocios y regentaba un banco. En este banco se ocupó Calixto de recoger los depósitos de sus correligionarios cristianos, con la mala fortuna de que este dinero recogido por el bueno de Calixto desapareció. Vaya usted a saber cómo, porque las fuentes de origen cristiano que he consultado echan la culpa, ¿adivinamos a quién?... Claro, como no… ¡a los judíos!

El caso es que ni Calcóforo ni las autoridades tuvieron tan clara la intervención de los judíos en el desfalco y Calixto fue inculpado y enviado a las minas de sal de Cerdeña bajo condena de trabajos forzados, donde estuvo tres años. De allí le salvó la intermediación de Marcia, una de las concubinas de Cómodo, y pudo volver a la península itálica.

El hombre debía tener un alto poder de seducción y convicción, porque al volver a Roma, el Papa Ceferino le encomendó la administración de la principal propiedad de la sede romana del cristianismo en aquella época: las catacumbas de la Vía Apia, que hoy se conocen como de san Calixto —por él—. A la muerte de Ceferino lo hacen Papa, momento en el que Hipólito se rebota y se convierte en antipapa, es decir, Papa paralelo y empieza a lanzar diatribas contra él. A veces tan enfrentadas que hay quien piensa que sus historias están sesgadas por el odio.

A pesar de todo, la perspectiva de la Historia considera a Calixto I como un buen Papa que consolidó la Iglesia de su momento. Pero esta perspectiva, que ahora se tiene desde lejos, no se tenía todavía en el Trastévere, un barrio romano en el que por aquella época había una presencia cristiana importante y donde parece que la ciudadanía no había acabado de olvidar la malversación hecha hacía años por el ya Papa, Calixto I, que había dejado a muchos vecinos sin sus ahorros. Allí, en el Trastévere, andaba un día caminando nuestro buen Papa, cuando un grupo —de, llamémosle, vecinos indignados— lo martirizó a garrotazos y lo convirtió en santo.

Respecto a san Calixto y los rumores de sinvergüenza que existieron y existen en torno a él, Indro Montanelli especula con cierta ironía: “El hecho de que, en cuanto fue Papa, proclamase válido el arrepentimiento para borrar todo pecado, incluso mortal, nos hace sospechar que en esas voces había algo de verdad”.

Durante la última época del Imperio romano y luego, tras su caída, se vivió una época en la que apenas hubo circulación monetaria hasta aproximadamente el final de la Alta Edad Media y para colmo de males, los cristianos tenían prohibidísimo el préstamo con intereses. Como siempre que hay una limitación artificial a la oferta, la consecuencia inmediata es la subida de precios. En el caso del dinero, se pasó de una situación en la que el tipo estaba más o menos controlado a otra en la que los intereses no tardaron en entrar en lo que podríamos calificar como usura. En la Alta Edad Media, el dinero prácticamente despareció.

A los judíos les estaba prohibido dedicarse a actividades agrícolas y este colectivo se centró en unos pocos oficios, como la medicina, la orfebrería y desde luego, la actividad crediticia. A los judíos se deben los préstamos con garantía mobiliaria (o sea, el empeño). Sus procedimientos bancarios serían adoptados más tarde por los lombardos y por los fundadores de los primeros montes de piedad.

Mientras los sirios y los judíos operaban en las ciudades, en el campo lo hacían los monasterios. Como sucedía en los templos primitivos, los monasterios disponían de un capital que les permitía actuar como bancos. Además de las ofrendas en metales preciosos, disponían de depósitos de particulares. Los monasterios, sin caer en la prohibición canónica de los préstamos con interés, practicaban el crédito agrícola en beneficio de los señores o de los cultivadores de la tierra y proporcionaban fondos tras hacer fundir algunas piezas de orfebrería, cuyo metal acuñaban.

En esta época y durante varios siglos, la palabra de reyes y grandes señores valía tan poco como la vida y haciendas de los prestamistas —de esto podrían dar buena fe las almas de los templarios quemados por haber prestado demasiado dinero a Francia—. En el mejor de los casos, un prestamista molesto podía ser enviado al exilio tras embargar sus bienes. La cosa era sencilla, máxime si, teniendo en cuenta que la mayoría no eran cristianos y por tanto, extranjeros y de otras religiones, en un ejercicio de magnanimidad, se les devolvía a sus países y a cambio se eliminaba la deuda. Si además eran judíos, miel sobre hojuelas, por deicidas. Pero claro, si matas o expulsas a los prestamistas infieles y extranjeros, con la prohibición de la Iglesia de que los cristianos prestaran con intereses, ¿de dónde se sacaba el dinero entonces? Ante la insuficiencia de crédito, los grandes prestatarios, reyes y nobles, asesorados por teólogos y confesores, encontraron diversas maneras de salvar los edictos de los concilios de la Iglesia que prohibían la usura. En primer lugar, en plena época feudal, se obligó a los siervos a hacer préstamos coercitivos, algo así como préstamos reembolsables nunca reembolsados. Luego, con el desarrollo y fortaleza de las ciudades, los préstamos se hicieron más transparentes, pero ante la evidencia de que era más difícil matar o exiliar a un cristiano local e influyente que a un judío, se inventó la bancarrota y el repudio de la deuda. En esencia, me prestas el dinero a la fuerza y luego yo me declaro insolvente. Este mecanismo se hizo más patente según las monarquías fueron más absolutas y el feudalismo fue perdiendo fuerza, como veremos cuando lleguemos a la época de la guerra de los cien años.

Al principio de la Baja Edad Media, coincidiendo con un período climático propicio —el conocido como óptimo climático medieval— se produjo una importante reactivación de la economía a partir del año 1000, que dio lugar al florecimiento de las ciudades. En Italia, especialmente al norte, habían logrado sobrevivir algunas ciudades importantes y fue allí, en Lombardía, donde se renovaron las tradiciones de los antiguos argentarii y nummularii romanos, estableciendo luego sucursales bancarias en Brujas, París, Ámsterdam y Londres.

Las cruzadas fueron un acicate para el restablecimiento de la banca. Los cruzados tenían necesidad de fondos para equiparse antes de ir y luego allí, en el supuesto de caer prisioneros, era importante poder transferir rápidamente el importe del rescate a Oriente Medio o a África. En sentido inverso, los cruzados tenían que hacer llegar a sus mujeres e hijos que habían quedado en Europa, el producto de los botines de guerra o las rentas que se generaban en Oriente. Tras siglos de salida neta de metales preciosos de Europa, con las cruzadas comenzaron a aumentar las reservas. Los templarios, una orden militar y religiosa a la vez, creada en 1108 en Jerusalén para proteger a los peregrinos, jugarían un papel importante en este período, tanto desde la óptica bancaria como del desarrollo de las técnicas de contabilidad.

Los templarios recibieron multitud de donaciones. La gente lo hacía de buena gana, unos interesados en ganarse el cielo, otros por el mero hecho de quedar bien con la Orden. Así, los templarios recibieron posesiones, bienes inmuebles, parcelas, tierras, títulos, derechos, porcentajes en rentas, e incluso pueblos y villas enteras con los derechos y aranceles que recaían sobre ellas. Muchos nobles europeos confiaron en el Temple como guardián de sus riquezas, e incluso muchos templarios fueron usados como tesoreros reales; ese fue el caso del reino francés, que dispuso de tesoreros templarios que tenían la obligación de personarse en las reuniones de palacio en las que se debatiera el uso del tesoro. Alfonso el Batallador, rey de Navarra y Aragón, en su testamento legó a los templarios una parte de sus reinos. Los súbditos locales no aceptaron el legado, pero en compensación concedieron a la orden privilegios y señoríos.

Rápidamente, Francia, Inglaterra, Alemania y España se llenaron de encomiendas, que eran enclaves pertenecientes a la orden, independientes de cualquier jurisdicción civil o eclesiástica, porque el Temple mandaba mucho. No distaban mucho unas de otras, no más de un día de viaje. Con esta idea, los templarios se aseguraban de que los comerciantes durmieran siempre a resguardo para poder así garantizar la seguridad de los caminos. Los templarios, conocedores de la escasez monetaria europea, ofrecían préstamos menos usurarios que los ofrecidos por los judíos, y de esta forma se convirtieron en banqueros; los más importantes desde la caída de la parte occidental del Imperio Romano. Las casas del Temple recibían depósitos, fondos y metales preciosos. Los capitales se hallaban protegidos por su carácter religioso y por las sólidas fortificaciones de sus encomiendas.

Cuando tenían que transportar oro o pedrería, colocaban el tesoro bajo la protección de sus lanzas. Para no dejar inactivos los recursos de que disponían, los empleaban en préstamos y adelantos. Reanudando los procedimientos de los monasterios, los templarios realizaban operaciones crediticias agrícolas y apoyaron los importantes avances técnicos de la época.

La práctica de la contabilidad por partida doble parece haber sido iniciada por ellos, como se muestra en el Diario de Caja del Temple de París y otros documentos contables que se conservan.

A partir de 1250 se produce el declive del Temple. Los factores que lo provocaron fueron, además de la competencia de otras órdenes religiosas, los reveses sufridos en Tierra Santa, pero especialmente la situación financiera de la corona francesa, que económicamente estaba en sus manos y que acabó convenciendo al Papa en Aviñón, Clemente V, en 1313, de que decretara la suspensión de la orden y permitiera la ejecución de muchos de ellos.

Alrededor de esta época, con la aparición de las ferias, Europa experimentó un cambio que sería crucial para su futuro económico y financiero. Si bien el mercado local se venía desarrollando en los mercados de las ciudades, las necesidades del intercambio comercial internacional dieron lugar a las ferias. Las más famosas fueron las de Champaña, en el nordeste de Francia, un enclave que interconectó Italia, Francia, Alemania y Países Bajos. Allí brillaron los banqueros italianos de Venecia, Génova y Florencia, que importaron desde su experiencia en las cruzadas una herramienta crediticia que ya usaban los árabes, la lettera di pagamento, o letra de cambio, que dirían los modernos.

Pero no nos engañemos al sobreestimar el uso del dinero amonedado de esta época. Aunque su uso fue mayor que en la Alta Edad Media, la mayor parte de la sociedad no necesitaba usar monedas a diario. La vida rural seguía fundamentada en un alto grado de autosuficiencia y en trueques a pequeña escala, con monedas adquiridas ocasionalmente por la venta de excedentes agrícolas y gastados también ocasionalmente en el pago de impuestos, rentas, cuotas, multas o en los raros pagos por bienes o servicios especializados.

En cuanto al comercio, había un hándicap por superar.

Mientras no hubo mucho que mercar, o las relaciones eran sencillas, los comerciantes se defendían con el antiguo sistema de medición romano para representar las cifras, basado en letras, que unas veces se ponían delante, para agregar, y otras detrás, para restar. Un galimatías en el que, si sumar se hace difícil, multiplicar es casi imposible y en dividir ni soñamos. Porque el sistema numérico romano carecía de un elemento fundamental que ya los sumerios previeron miles de años antes, el principio matemático de lugar y valor. Pero a los romanos no se les puede pedir mucho en cuestión de innovación. Como conquistadores eran un hacha, como innovadores, especialmente en álgebra, los últimos de la cola.

Mientras perduró el sistema de medición romano, comerciantes y banqueros lo superaron gracias al ábaco, un invento muy antiguo en el que, con buena técnica, se podían resolver las cuatro reglas elementales, pero que presentaba evidentes inconvenientes para realizar cálculos más complejos.

Y entonces, hacia 1200, llegó nuestro héroe, que transformó la capacidad de cálculo del mundo occidental. Se llamó Leonardo de Pisa y es conocido como Leonardo Fibonacci. Era hijo de un mercader florentino que importaba pieles desde el norte de África. Leonardo pasó un buen tiempo en el norte de Argelia y allí recopiló las matemáticas árabes e hindús que divulgó en un libro revolucionario “Liber Abacci” (el Libro del Ábaco) en el que Fibonacci comienza diciendo una verdad que revolucionó al mundo occidental del conocimiento:

“Las nueve cifras indias son 9 8 7 6 5 4 3 2 1. Con estas nueve cifras y con el signo 0 que los árabes llaman «zephir», puede escribirse cualquier número, tal y como se demuestra más adelante”

En el Liber Abacci se encuentran expuestos el cálculo de los números según el sistema de numeración posicional, operaciones con fracciones comunes, aplicaciones y cálculos comerciales como la regla de tres, la división proporcional, problemas sobre la determinación de la calidad de las monedas; problemas de progresiones y ecuaciones; raíces cuadradas y cúbicas. El libro recomendaba el abandono del ábaco y el sistema romano y su sustitución por los guarismos hindú-arábigos que, al incorporar el cero, además de la numeración posicional, permitía unos cálculos más rápidos y sencillos.

Cuando apareció el libro de Fibonacci, este sistema de numeración ya era conocido en la España musulmana desde el siglo XI, pero su uso no se generalizó en toda Europa hasta finales del siglo XV.

Respecto al entorno teológico y filosófico en el que se desarrolla gran parte de la Baja Edad Media, éste estaba dominado por los escolásticos. Para entender su aprensión por el negocio financiero, cito lo escrito por uno de los últimos de ellos, Nicolás Oresme a finales del siglo XIV, en su Tratado de la primera invención de las monedas. Decía Oresme:

«Existen tres formas en las que se puede obtener beneficio del dinero sin apartarlo de su propósito natural: uno es el arte del cambista, banquero o intercambio; otro es la usura; un tercero es la alteración de la moneda. La primera vía es despreciable, la segunda mala, y la tercera peor»

La primera de las tres formas está valorada contra corriente y la segunda, entendida como cobro de interés, igual; a espaldas de una realidad que se había impuesto en las finanzas y los grandes bancos italianos, a los que acudían sin ningún pudor reyes y Papas. En la Baja Edad Media, la banca empezaría a entrar en la sociedad y la política sin que la religión pudiese impedirlo. De hecho, no fueron pocos los Papas que lograron su puesto gracias al apoyo económico de los banqueros, algunas veces familiares, como en el caso de los Papas Medici.

Con el engrandecimiento de algunas ciudades y la aparición de una clase banquera, establecida e influyente en ellas, se hizo frecuente la emisión de deuda pública, en una situación de inestabilidad política absoluta en toda Europa, con guerras civiles —Castilla—; entre ciudades —por ejemplo, Florencia y Pisa—; o entre estados—Francia e Inglaterra—. Sin olvidar a la Santa Sede, que tenía sumida a Europa en un conflicto secular entre güelfos y gibelinos, los primeros apoyando a los Papas en su conflicto con el Sacro Imperio Romano Germánico, al que apoyaban los segundos.

Al margen de las crisis locales, de escala menor, la primera gran crisis internacional se originó en Florencia, como consecuencia de una especie de Brexit duro que declaró la pérfida Albión y que pilló a los banqueros florentinos sentados en la silla equivocada.

Francia e Inglaterra acababan de entrar en la guerra de los cien años y ambas necesitaban financiarse. Para ello recurrieron a los banqueros italianos, que ya bastante tenían con el riesgo de los préstamos a sus propias ciudades el cual, mal que bien, tenían en cierta forma controlado, participando o influyendo en el gobierno local. Pero entrar en un conflicto de final incierto que involucraba a dos potencias, era ya moverse entre arenas movedizas, porque ahora no se trataba de grandes señores, que podrían ser más manejables, sino monarquías que empezaban a ser absolutas, en las que sus reyes acumulaban un poder inédito hasta entonces.

Y los banqueros italianos entraron al trapo del préstamo a ambos países, muy condicionados por las necesidades comerciales de sus ciudades. En concreto, las ciudades del norte de Italia basaban su industria en la confección de paños de alta calidad, para lo que dependían de Inglaterra como proveedor de lana. Apostaron por Inglaterra, que sufrió varias derrotas consecutivas y cuyo rey, Eduardo III, se declaró en bancarrota y suspendió pagos en 1340. Esto fue un disparo en la línea de flotación de la banca florentina, la mayor de la zona. Como consecuencia de aquella suspensión de pagos, el Banco Peruzzi quebró en 1343 y el Banco Bardi le siguió en 1346. Eran los más grandes y a ellos les siguieron, uno detrás de otro, el resto de los bancos menores. Si a esto le sumamos que Francia les confisco sus propiedades allí por ayudar al contrario y luego la Peste Negra, que se inició en 1348, el panorama no podía ser más oscuro.

Tras la Peste Negra, la economía europea se recupero relativamente pronto y en cincuenta años el comercio estaba prácticamente repuesto y Europa se preparaba para el Renacimiento. Fue en estas fechas cuando los Medici fundaron su banco, en sociedad con algunos miembros de la familia Bardi. El poder y la riqueza que acumularon les permitieron intervenir en las decisiones políticas italianas durante más de un siglo. Mantuvieron excelentes relaciones con la monarquía inglesa y el Vaticano. De hecho, lograron de éste que se les otorgara la explotación de las minas de alumbre descubiertas en territorio papal poco después de la caída de Constantinopla, lo que había supuesto que el alumbre oriental prácticamente desapareciera de Europa. Con esta jugada, los Medici se adueñaron del monopolio de alumbre en Occidente.

Los bancos anteriores a la época de la Peste, los que cayeron, eran propiedad exclusiva de familias, aunque tuvieran oficinas en el exterior. Por el contrario, la Banca Medici no era una sola, sino un conjunto de sociedades descentralizadas, todas controladas mayoritariamente por la familia Medici. Junto a la casa central de Florencia, existían sociedades filiales en Londres, Brujas, Ginebra, Génova, Milán, Roma, Nápoles, Venecia, Lyon y Aviñón, todas ellas con su propio capital y ganancias retenidas, su línea de negocio propia y su gestor principal. Cada gestor era socio capitalista en minoría de los Medici, que eran los que centralizaban la contabilidad y orientaban el negocio.

Los Medici fueron los mayores banqueros de finales de la Edad Media, pero incluso ellos cayeron fruto de un error básico: mezclar economía con política.

Según el banco fue creciendo, extendiéndose en ciudades y ampliando operaciones, los recursos ajenos captados a través de depósitos llegaron a ser una gran parte del fondo operativo del banco. Estos depósitos se realizaban a la vista —en la que los depositantes podían exigir la devolución de su dinero de forma instantánea —o a corto plazo —por ejemplo, el capital de los socios locales que se retiraran del negocio— mientras que los préstamos emitidos eran mayoritariamente deuda pública y por tanto a muy largo plazo, muchas de las veces fuera de Italia y sin el control directo de los Medici.

Los problemas políticos locales hicieron que la familia dejase de dar prioridad al negocio bancario para centrarse en la actividad política de control de la ciudad de Florencia, donde sus enemigos atávicos, los Pazzi, iban a por ellos. Los Pazzi, por razones obviamente económicas y de poder, en los primeros tiempos del dominio de Lorenzo y su hermano Giuliano, habían intentado matar a ambos. Con Lorenzo no lo lograron, pero Giuliano acabó en un charco de sangre y su hermano se encargó de vengar con creces ese asesinato.

Ocupados los Medici en la política, las sucursales se vieron con mayor autonomía respecto a la matriz florentina y acometieron préstamos arriesgados, como fueron los de la sucursal de Brujas a Carlos el Temerario, duque de Borgoña, o los de la sucursal de Londres al rey Eduardo IV, que nunca fueron devueltos. Esto unido a que, tras la caída de Constantinopla, se les habían confiscado muchas propiedades en Oriente, y a que Lorenzo el Magnífico había muerto en 1492, desencadenó en quiebra, en medio de una ciudad que les echaba en cara sus problemas y en la que habían perdido el control. Así que, en 1494, los Medici fueron expulsados de la ciudad y se confiscaron sus propiedades.

Y aquí acaba esta historia. Pero, idos estos banqueros que fueron míticos, surgieron otros, cada vez más y en más sitios, ya dentro de una nueva economía en la que la banca privada adquirió un protagonismo social y político que nunca ha perdido.

Aunque hemos hecho un repaso de la actividad financiera que ha recorrido cinco mil años, no podemos confundir el carácter de la banca actual, que germinó a finales de la Edad Media en Italia, con las anteriores formas de bancos.

La gran diferencia de la banca surgida a finales de la Edad Media fue que en las ciudades medievales se gestó una nueva clase social especializada en la actividad comercial y financiera. Esta burguesía económica adquirió fuerza para imponer políticas mercantilistas destinadas a fomentar la actividad comercial. Los banqueros medievales financiaron el comercio y también a las Haciendas de las monarquías, lo que les permitió influir en la política económica. Esto era algo que no sucedió en las ciudades romanas, en las que no surgió una burguesía comercial ni unos banqueros especialistas que financiaran el comercio y que prestaran al tesoro romano. El Estado romano no recurrió nunca a la emisión de deuda pública. La Hacienda imperial se financiaba con los impuestos, los botines, las confiscaciones a la población, la venta de tesoros y la adulteración monetaria, pero nunca con créditos.

En definitiva, la banca moderna germinó en Italia, creció en Holanda, se desarrolló en Inglaterra y maduró en los Estados Unidos, pero eso es otra historia.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [4], [5], [9], [14], [28], [29],  Historiasdelahistoria.com.


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