jueves, 11 de octubre de 2018

La Peste Negra

Imagen: en Tournai entierran a víctimas de la peste.
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Después de más de trescientos años de prosperidad en los que Europa se extendió, la alimentación mejoró, la población creció y el comercio eclosionó, creando rutas que conectaban todo el mundo conocido, quién nos iba a decir que las cosas iban a empeorar de tal modo y tan de repente que muchos llegaron a creer que se estaba a las puertas de ese fin del mundo que no había llegado en el año mil.

Del año 1000 al 1300 las cosas mejoraron, es cierto, pero para unos más y para otros menos: las cosechas fueron más abundantes y las familias más numerosas, pero los señores, entonces, eran señores más ricos mientras los siervos seguían siendo tan siervos como antes y tan pobres como siempre, aunque mejor alimentados y con mayor esperanza de vida.

De forma súbita, el frío, la lluvia, las epidemias, las revueltas y las guerras bajaron como jinetes del apocalipsis para asolar una Europa feudal que después de quinientos años, aunque feudal, había empezado a levantar cabeza después de una Alta Edad Media donde casi todo lo que se había construido en el imperfecto Imperio Romano se había desmoronado.

A partir de 1300 las cosas empezaron a ir de mal en peor hasta que, justo a mediados del siglo XIV, se llegó a la hecatombe con «la Pestilencia», lo que hoy conocemos como «Peste Negra» que asoló la población europea y produjo cambios sociales irreversibles, algunos para mejor, por contradictorio que parezca.

El factor climático: la Pequeña Edad del Hielo

Europa gozó de un intenso desarrollo entre el siglo XI y principios del XIV, con un calentamiento de su clima, lo que se llama el «Óptimo Climático Medieval». Pero, a partir de 1290, el fenómeno se invirtió y de 1315 a 1317 se produjo una crisis climática que impactó gravemente en la producción agrícola de cereales europea, provocando escasez y una hambruna generalizada.

Para entender el comienzo del proceso, empezaré citando al antropólogo y arqueólogo Brian Fagan, que recoge testimonios de crónicas medievales:

“Siete semanas después de la Pascua de 1315, una cortina de lluvia se extendió a través de una empapada Europa, transformando los campos recién arados en lagos y lodazales. El diluvio se prolongó durante junio, julio y siguió en agosto y septiembre. El heno yacía aplastado en los campos; el trigo y la cebada se habían podrido sobre las plantas”

Los agricultores están acostumbrados a soportar un mal año, así que, si 1315 fue muy malo, ya vendría una mejor cosecha en 1316. ¡Dios aprieta, pero no ahoga!, dice el campesino; lo cual no fue cierto esta vez, porque las lluvias primaverales de 1316 fueron tan intensas que no permitieron sembrar y los cultivos se arruinaron e incluso los rebaños menguaron; la consecuencia en el aumento de los precios fue inmediata. Esta especie de diluvio perduró hasta 1321 y causó hambruna y desnutrición entre la población.

Durante la hambruna de 1315 a 1317, en Flandes, que era el área más densamente poblada de Europa, la tasa de mortalidad multiplicó por diez su cifra normal. La creciente precariedad del suministro de alimentos y unos servicios sanitarios insuficientes, hicieron a la población europea mucho más vulnerable a las epidemias, de las cuales, treinta años después, la peor fue la Peste Negra.

Las grandes lluvias que comenzaron en 1315 fueron el comienzo de lo que los climatólogos llaman la “Pequeña Edad del Hielo”, un período de seis siglos de constantes cambios climáticos. Hubo inviernos de tanto frío que el Báltico se congeló tres veces, los mercados de invierno permanecieron durante meses sobre un Támesis helado y en los Alpes, los glaciares avanzaron hasta arrasar aldeas. En Inglaterra desapareció la vid, en Noruega los cereales y las inundaciones en los Países Bajos y Alemania fueron cada vez más frecuentes y con peores consecuencias.

La nueva climatología nos dice que la Pequeña Edad del Hielo fue un zigzag de cambios climáticos cada veinticinco años que puede ser que concluyeran en 1860. Su origen parece estar en una alta actividad volcánica durante estos siglos que afectó especialmente al hemisferio norte del planeta.

Tras seis años, para cuando amainó el mal tiempo, se calcula que habían muerto por hambre o por epidemias millón y medio de personas en Europa (aproximadamente un dos por ciento de su población).

La tesis Maltusiana

El crecimiento demográfico de los últimos tres siglos había requerido un aumento en la producción de alimentos que se logró aumentando la superficie cultivada. Al principio, con el movimiento de colonización, se ganaron buenas tierras, pero conforme fue aumentando la demanda se tuvieron que cultivar tierras marginales, menos productivas. Las talas de bosques para ganar tierras de cultivo contribuyeron a una paulatina erosión del suelo y la disminución de su fertilidad, a la vez que se reducían los pastos y con ello el ganado, lo cual suponía una disminución del abono disponible y menos proteínas en la dieta humana.

El movimiento colonizador se fue frenando hasta finalizar en 1300, porque las innovaciones tecnológicas que se produjeron no fueron suficientes para lograr el aumento paralelo de la población y la renta per cápita. Este ajuste, por doloroso que parezca, no llegó hasta que la población quedó diezmada por la crisis a partir de mitad del siglo. En definitiva, la población era excesiva para la situación productiva, los recursos y la tecnología disponibles. La consecuencia fue la subida del precio de los alimentos, escasez de tierras y aumento de las rentas por los señores a los campesinos que suponía salarios más bajos y por tanto menos poder adquisitivo, lo que redujo la demanda de los productos artesanales que se producían en las ciudades, extendiendo así la crisis a las urbes.

La natalidad cayó, pero lo peor fueron las hambrunas entre la población que, malnutrida, estaba a merced de virus y bacterias que provocaron epidemias recurrentes.

La pestilencia

La peste es una enfermedad de roedores, habitualmente ratas, que transmiten de una rata a otra sus huéspedes, las pulgas. Conforme las ratas van muriendo, las pulgas buscan nuevo hospedaje y pasan al humano. El asesino es un bacilo, Yersinia pestis, que provoca la aparición de la peste bubónica que se propaga por contacto o por la picadura, pero si el aparato respiratorio del enfermo se afecta, la peste se transforma en neumónica y entonces su transmisión es por vía aérea.

La peste negra, llamada así por el color negruzco de los bubones, pústulas y manchas que cubrían la piel de los infectados llegó a Europa desde Asia siguiendo las rutas del comercio establecidas por los mercaderes italianos. Es una enfermedad muy mortífera que mata a más de la mitad de los infectados tras dos o tres días de vómitos y convulsiones. Sólo puede curarse con antibióticos.

La pandemia de 1348 se inició casi veinte años antes en Mongolia, donde la enfermedad era endémica. Es probable que tarde o temprano llegaría a Europa, pero hubo un hecho que precipitó su viaje. En 1347, la ciudad de Cafa, un puesto comercial genovés en Crimea, famoso por su mercado de esclavos, estaba siendo asediado por un ejército mongol. La peste se propagó entre los atacantes, a los cuales, para deshacerse de sus muertos y de paso diezmar al enemigo, no se les ocurrió nada mejor que catapultar los cadáveres contaminados sobre la ciudad.

Pronto empezaron a morir genoveses dentro de las murallas, pero uno de sus barcos logró romper el bloqueo mongol de Cafa y huyó, navegando hasta Mesina, en Sicilia, donde arribó en verano de 1347 llevando consigo la plaga. Desde este momento la enfermedad se convirtió en una epidemia en la isla. De allí cruzó hasta la península itálica en otoño y comenzó a subir por ella a una velocidad bastante estable de once kilómetros diarios. Teniendo en cuenta que la península tiene una longitud aproximada de 1.000 kilómetros, supone que en tres meses toda Italia estuvo infectada.

Las muertes en las prósperas ciudades del norte comenzaron a principios de 1348, igual que en África del norte, Francia y España, donde otros barcos llevaron la infección. En 1349 llegó a Austria, Hungría, Suiza, Alemania, Países Bajos e Inglaterra y en 1350 a la región del Báltico. La gente de aquella época no tenía más armas para luchar contra la peste que la fe y la fortuna, así que las consecuencias demográficas fueron aterradoras a nivel global, con impacto desigual entre unas zonas y otras. A juzgar por los datos disponibles, parece que fueron las poblaciones de Francia e Inglaterra las más castigadas del continente.

En España, los primeros casos de peste se detectaron en Palma de Mallorca, desde donde la epidemia se extendió a los puertos de Barcelona y Valencia, penetrando luego en el interior. La peste afectó con mayor intensidad a los territorios de la Corona de Aragón, en especial a las zonas litorales.

En los casi tres años que duró la plaga, es probable que la cifra de muertes fuera más de un tercio de la población. Eso quiere decir que los muertos fueron entre 25 y 40 millones sólo en Europa. A nivel mundial, se estima que fueron unos 75 millones de seres humanos los que murieron en Europa, Asia y África desde su inicio en China hacia 1330.

Aunque de la peste no se podía librar nadie, el mayor número de víctimas se produjo en ciudades y pueblos grandes, que facilitaron su expansión por las malas condiciones de salubridad y el hacinamiento que había en ellos. Hubo ciudades en las que murieron más de la mitad de sus habitantes, en algunas se superó el setenta por ciento de víctimas. Por ejemplo, se tienen datos de Toulouse, que era una ciudad de 30.000 habitantes en 1335, donde un siglo después sólo vivía 8.000 personas.

La enfermedad fue implacable con las órdenes religiosas, que estuvieron atentas para cuidar los cuerpos y redimir las almas de los infectados. Como ejemplo, murieron todos los franciscanos del convento de Carcasona y 133 de los 140 dominicos de Montpellier. Este descenso del número de clérigos tuvo importantes consecuencias en el futuro.

Se creó una situación de irracionalidad, el fundamentalismo religioso consideró a la pestilencia un castigo divino; se produjeron incesantes procesiones de multitudes pidiendo perdón por los pecados de la humanidad. En 1350 más de un millón de peregrinos trataron de presentarse en Roma, pero llegaron menos de la mitad. A la Iglesia se le fue de las manos un movimiento que acabó considerándose herejía «los flagelantes» que pretendían hablar con Dios directamente, saltándose la intermediación de sus representantes en la Tierra. Los flagelantes procedían sobre todo del este de Europa y caminaban de un pueblo a otro infligiéndose azotes, dos veces al día, para expiar sus faltas y mostrar a Dios que la humanidad ya había sufrido mucho.

Y cómo no, les llegó el turno a herejes, brujas y sobre todo a los judíos, que además de morir por la enfermedad como todos los demás, cayeron por decenas de millares en manos del integrismo cristiano que los acusaba de ser los causantes de todo lo que estaba pasando. Estalló una locura colectiva de búsqueda de chivos expiatorios y se produjeron pogromos de judíos por todas partes. Europa se llenó de hogueras donde se quemaba a la mínima sospecha.

Consecuencias de la epidemia

Tras tres años de epidemia, el efecto inmediato fue la caída abrupta de la población que hundió la actividad económica tanto en la producción como en el consumo, así que el comercio se vino abajo. La brusca caída del número de campesinos hundió los ingresos de los señores feudales, que tuvieron que recomponer sus economías, reordenando sus tierras, abandonando las menos productivas y dedicándolas a la ganadería, que exige menos mano de obra.

Al menos en lo que respecta a Europa occidental, la relación de los señores feudales con los campesinos se convirtió en un “tira y afloja”. La nobleza no quería perder sus privilegios, pero los campesinos eran conscientes de que el trabajo se había convertido en un factor escaso y se veían con mayor poder de negociación. Se produjeron revueltas por toda Europa que fueron reprimidas brutalmente, pero que dieron lugar a una mejora de las condiciones del trabajo, abolición de antiguas cargas serviles y mejora de las rentas. Por otro lado, las monarquías fueron conscientes de la crisis por la que atravesaba la nobleza y aprovecharon la oportunidad para fortalecer su posición y aumentar sus ingresos. La consecuencia en esta parte de Europa, la occidental, supuso una reorganización del sistema feudal en la que los campesinos lograron mejorar su situación y desapareció la servidumbre, con un aparato fiscal que pasó a manos de monarquías centralizadas y más fuertes.

En el este de Europa las consecuencias de la epidemia fueron muy diferentes. Allí la densidad de población era menor que en Europa occidental, había menos ciudades y con menos habitantes, por lo que las fuerzas de mercado eran más débiles. Tras la peste, las ciudades se quedaron casi en nada y la economía pasó a ser de subsistencia en manos de los señores. El poder de la nobleza era mayor y el campesino no tuvo poder de negociación, la única salida que tenía era huir y afrontar los riesgos de ser cazado o adentrarse en tierras inexploradas. La consecuencia fue el retroceso a una situación de servidumbre que había desaparecido de Europa occidental quinientos años antes.

Volviendo a las ciudades de Europa occidental, las consecuencias alcanzaron al sector industrial, dominado por los gremios, que cuando vieron que caía la demanda, endurecieron los reglamentos para fortalecer su oligopolio; limitaron la producción y restringieron la admisión a hijos y parientes de los maestros fallecidos. Esto provocó que los nuevos emprendedores emigraran al campo para buscar métodos de producción que ahorrasen mano de obra y escapasen de las arcaicas reglas restrictivas de los gremios. Parte de la industria textil se llevó al campo para salvar la crisis, generalizándose la elaboración de paños más bastos y más baratos en talleres particulares en las casas de los campesinos. Esto fue el origen del declive de los gremios que quedaría patente, siglos más tarde, en la Revolución Industrial inglesa.

El poder de la Iglesia se debilitó entre una buena parte de la población, que oía con descreimiento sus mensajes apocalípticos, que hacían recaer en ellos mismos la culpa de sus males mientras morían familias enteras, probablemente también las suyas en cuestión de días.

A causa de la disminución drástica del número de frailes y la práctica desaparición de algunas comunidades se cerraron numerosas escuelas seminarios y conventos, con lo que la Iglesia también perdió control sobre la educación pública que dio paso a un movimiento de secularización de la sociedad. El latín no sólo perdió hablantes, sino docentes, y la práctica de esta lengua disminuyó abruptamente. El latín perdió su rol de idioma universal, cultural, político y religioso y dejó paso a las lenguas «vulgares» locales y regionales que se propagaron rápidamente cuando se reactivó el comercio.

El desquiciamiento demográfico a raíz de estas sucesivas epidemias se vio incrementado por un descontrolado movimiento de las poblaciones sobrevivientes en medio de un caos político generalizado: las primeras acciones de la guerra de los Cien Años, la guerra civil castellana de los Trastámara, la guerra de Escocia, la de las ciudades italianas y la de la Hansa en el Báltico contribuyeron a alterar la estabilidad de las poblaciones, que se vieron impulsadas a huir para buscar cobijo en otras partes. Las sangrientas guerras de estos siglos no fueron la causa, sino una consecuencia de la crisis. Las guerras sólo contribuyeron a agravar y prolongar la depresión económica.

Los siglos XIV y XV fueron años de catástrofes demográficas a consecuencia de epidemias, guerra y hambre, que provocaron una profunda crisis en las mentalidades y se tradujo en un replanteamiento de la religiosidad y aparición de tristeza y desolación en las manifestaciones artísticas con la difusión de imágenes de la muerte y el surgimiento del estilo conocido como «danza macabra».  La enfermedad dejó una huella indeleble en la mente de los supervivientes. Petrarca escribió que las generaciones futuras jamás creerían lo que había sucedido, ya que ni los mismos que la habían sufrido eran capaces de asimilarlo.

La enfermedad mató a mucha gente, pero tras su paso, las propiedades quedaron. Los supervivientes heredaron dinero tierras y edificios, pero también ropas, juegos de cama y otros artículos de tela. Cientos de millones de prendas fueron de repente inútiles. Hacia finales de siglo se descubrió un nuevo uso para toda esa tela que sobraba: hacer papel de trapo. Este nuevo material valía para diversos fines, pero hacia 1450 existía un enorme excedente de este papel y su precio descendió hasta un nivel muy bajo. La abundancia de papel junto con la invención de la imprenta de tipos móviles convirtió los manuscritos en libros que expandieron la idea del Renacimiento que Petrarca y Boccaccio habían iniciado.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [8], [18], [22], [25], [30].

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