lunes, 13 de agosto de 2018

Expansión europea de 1000 a 1300

Imagen: Gremios. Fuente: Wikimedia Commons
Escuchar el audio (recomendado):



A partir del año 1000 se produjo, prácticamente a nivel mundial, un período de crecimiento económico que se extendió durante tres siglos, hasta la llegada de la Peste Negra, a mediados del siglo XIV.

Por centrarnos en Europa Occidental, veremos que aquí confluyeron diversos factores que permitieron dicho auge: transformaciones agrarias, expansión del territorio, crecimiento demográfico, resurgir de las ciudades, auge comercial y financiero y nuevas formas de organización empresarial.

El factor climático

Hacia el año 900, la frontera cálida europea se desplazó hacia el norte. Durante los siguientes cuatro siglos, los veranos propiciaron buenas cosechas. Verano tras verano, el tiempo cálido y estable comenzaba en junio y se extendía a julio, agosto, y aún más allá.

Comparados con los siglos anteriores y posteriores esta fue una edad dorada, al menos en lo que al clima europeo se refiere, porque en el continente americano estaba sucediendo lo contrario, con sequías salvajes que hicieron caer pueblos y culturas.

Estos cuatro siglos son conocidos como «Óptimo Climático Medieval». En él, las temperaturas medias estivales en el oeste de Europa se mantuvieron 1ºC sobre los promedios del siglo XX y fueron incluso más cálidas en Europa Central, con lo cual, las estaciones de crecimiento de las cosechas se alargaron.

Un período sin sobresaltos

En los siglos precedentes, Europa había vivido el saqueo de magiares musulmanes y vikingos y las guerras y las pestes habían mermado la población; pero a partir del año mil, la situación se tranquilizó y cesaron las oleadas de invasiones que se habían sufrido en la Alta Edad Media, por lo que disminuyó la mortalidad catastrófica.

Al haberse reducido la población, ahora existía gran disponibilidad de tierras y esto animaba al casamiento de las parejas en una edad más joven, lo cual incrementaba el período fértil de la mujer, lo que le permitía tener más hijos.

El aumento de recursos y el crecimiento de la productividad agraria favorecieron una mejor alimentación de la población, haciendo que ésta fuera menos propensa a enfermedades y por tanto disminuyó la tasa de mortalidad. De nuevo, provocando una tendencia demográfica aún más positiva.

Las aldeas de los señoríos crecieron y fue necesario fundar otras, ocupando terrenos cultivables, desecando zonas pantanosas o desbrozando montes y terrenos baldíos para dedicarlos al cultivo.

La consecuencia de la expansión agraria fue el incremento demográfico. En los tres siglos posteriores al año 1000, la población europea creció a un ritmo del doble que los tres siglos anteriores. El experto en demografía histórica Livi Bacci, estimó que entre el año 1000 y el comienzo de la Peste Negra, en 1340, la población en Europa pasó de 30 a 74 millones de habitantes.

En esta larga fase de crecimiento se ensancharon las fronteras europeas hacia el Este y el Sur.

La expansión hacia el Sur

Córdoba, la capital del Califato Omeya, era la ciudad más grande de Europa, y un centro cultural relevante que hasta ahora había servido de correa de transmisión del conocimiento entre el mundo antiguo y la emergente civilización europea.

Pero el Califato era un hervidero de conflictos entre las élites gobernantes y se sostenía mediante un ejército permanente cada vez mayor, muy caro de mantener. Cuando al final no hubo dinero porque los gastos públicos superaron a los recursos tributarios, el Califato estalló en mil pedazos en 1031, después de una guerra civil, dando paso a los reinos de taifas.

Entre los siglos XI al XIII, gracias al debilitamiento de los reinos de taifas, la expansión económica en Castilla fue acompañada de una expansión territorial y militar. La reconquista cristiana que había empezado un siglo antes adquirió vigor, y en tres siglos se recuperaron las nueve décimas partes del Califato.

La reconquista adquirió carácter de cruzada y muchos de los guerreros que tomaron parte en ella llegaron del norte de los Pirineos. El reino de Portugal, por ejemplo, lo crearon caballeros de la casa de Borgoña.

En Italia, a finales del siglo XI, guerreros normandos conquistaron Sicilia, que estaba ocupada por los musulmanes. Sicilia había pertenecido al Imperio bizantino antes de ser musulmana y con la conquista normanda se incorporó a la cultura occidental. Su mezcla cultural de elementos árabes, griegos y normandos la convirtió en una de las zonas más prósperas de Europa.

Envalentonados y bien organizados, los normandos consiguieron a continuación su siguiente objetivo: el sur de la península itálica, que era el último territorio que quedaba en occidente del Imperio bizantino.

La expansión hacia el Este

El crecimiento demográfico en la Alemania Occidental provocó que sus señores y la Iglesia miraran hacia el este, con territorios muy escasamente poblados por pueblos no cristianos —un excelente motivo para avanzar en esa dirección—. Esto tuvo como resultado, en los siguientes siglos, la expansión política y la colonización de lo que ahora son Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía y Lituania.

Austria había pertenecido al Imperio carolingio, pero fue conquistada por los magiares en su expansión hacia occidente. Hacia el año mil, tropas alemanas lograron vencerlos y los empujaron hasta Hungría. A continuación, fue repoblada por colonos bávaros.

A mediados del siglo XI —unos cien años después del inicio del aumento demográfico en Occidente—colonos alemanes empezaron a interesarse por el Este, más allá del río Elba, obligando a la población eslava a marcharse o a someterse a su autoridad.

En el siglo siguiente, la Iglesia y los señores de Hungría y Polonia, invitaron a los colonos alemanes a establecerse en ellos, otorgándoles una serie de exenciones y permitiéndoles que se rigiesen por sus propias instituciones legales y económicas. Finalmente, en el siglo XIII, se encargó a los caballeros teutones que conquistaran y cristianizaran —y de paso germanizaran— las tierras aún paganas de Prusia y Lituania, en la región oriental del Báltico.

Más al este, las Cruzadas no supusieron una expansión geográfica permanente de Europa, pero las conquistas temporales de los cristianos en el Mediterráneo Oriental abrieron nuevos mercados y nuevas fuentes de suministro a los mercaderes de Occidente.

La expansión interior

El aumento de la producción agraria en la Europa Central fue principalmente extensivo, mediante la creación de más terrenos de cultivo, aunque en algunas zonas hubo también crecimiento intensivo, por la reducción del barbecho y mejores técnicas agrícolas.

La expansión de terrenos cultivables arrebatados a los bosques, los baldíos, las zonas pantanosas e incluso el mar, se produjo a instancias, o al menos con el permiso de los grandes señores. Fue necesario crear un efecto llamada para atraer colonos a los trabajos de adecuación del terreno y los señores se vieron obligados a renunciar a la posesión de la tierra y a los servicios en trabajo de los colonos. Así, los colonos se convirtieron en granjeros arrendatarios, independientes económicamente.

Esta expansión también contó con el apoyo directo de varias órdenes religiosas, muy especialmente la hermandad de monjes cistercienses, que establecieron sus abadías en zonas desiertas para hacerlas económicamente productivas, admitiendo a campesinos como hermanos legos para que les ayudasen en las tareas.

Bajo la dirección de Bernardo de Claraval, sus cabildos proliferaron por Francia, Alemania e Inglaterra. En el siglo XII, el Císter contaba con 328 cabildos desde los páramos de Yorkshire hasta el territorio eslavo del este de Alemania.

Otro sistema de colonización interna fue la creación de villas nuevas por parte de los nobles, los monasterios o el rey, para fomentar la emigración a zonas despobladas, concediendo a los campesinos mejores condiciones de asentamiento. Para ello se creaban estas villas nuevas, también llamadas «francas», a las que se otorgaban privilegios a través de «cartas pueblas». Mediante ellas, sus habitantes recibían algunas libertades personales, pagaban rentas más bajas y escapaban parcialmente a las servidumbres y las sumisiones más duras del feudalismo clásico. Estas novedades legales en los nuevos asentamientos contribuyeron a la transformación del régimen feudal en estos siglos.

También los señores salían beneficiados, porque a pesar de todo obtenían más rentas. Al fin y al cabo, lo que les interesaba era tener más siervos y que estos aumentaran la producción. Aunque se renunciara a las rentas de arrendamiento de las nuevas parcelas, se aumentaban los ingresos totales con la mayor recaudación por las rentas señoriales, como los diezmos, los impuestos indirectos y los monopolios señoriales —llamados banalidades— que consistían en la obligación del campesino a usar el molino, el horno o la fragua señoriales.

Un crecimiento planificado

Para colonizar todos estos territorios hubo una cierta planificación económica —algo rudimentaria— en la cual, unos individuos llamados «asentadores», que eran una especie de antiguos promotores inmobiliarios, se comprometían con un gran terrateniente o gobernante local, mediante contrato, a fundar un pueblo, un grupo de pueblos o incluso una ciudad. Luego recorrían las partes de Europa con mayor crecimiento y densidad de población, sobre todo el oeste de Alemania y los Países Bajos, reclutando colonos.

Para asentamientos en tierras bajas o pantanosas, como por ejemplo, los cercanos a las desembocaduras de ríos, se prefería colonos de Holanda o Flandes, porque tenían experiencia en la construcción de diques y drenajes. Allí donde hubiese que despejar un bosque o recuperar tierra baldía, se buscaban campesinos de Westfalia y Sajonia.

También se reclutaban artesanos urbanos y comerciantes, porque los planes de colonización no sólo contemplaban asentamientos agrícolas, sino también redes de mercados urbanos.

Los colonos rurales llevaban consigo la forma de organización colectiva de los señoríos y las más avanzadas tecnologías agrícolas de la época. Deberían pagar al propietario en metálico y en especie después de un número estipulado de años, en los cuales harían productiva la tierra, pero tenían más tierra, menos cargas y más libertad que en las regiones de donde venían.

A los asentadores se les solía asignar lotes de tierra mayores que los de los campesinos comunes; a veces se establecían en los pueblos que habían fundado, como caciques, pero con frecuencia vendían sus derechos y se trasladaban a otro lugar para repetir el proceso.

También las órdenes religiosas, como el Císter o los Caballeros Teutones, tuvieron que ver con la expansión de Europa. La Orden Teutónica creó numerosos pueblos grandes y ciudades, entre ellas Königsberg y Riga.

Los resultados económicos globales de esta expansión se pueden resumir en: difusión de una tecnología más avanzada, importante incremento de la población debido a un aumento natural y a la emigración, gran ampliación de la tierra de cultivo, intensificación de la actividad económica e integración de la Europa Oriental a la economía y la civilización que emergía en Occidente.

Resurgimiento de la vida urbana

Antes del año 1000, muchas ciudades del norte de Europa eran como cáscaras vacías. Estaban abandonadas o alojaban a un puñado de habitantes.

En Italia, sin embargo, pese a que las ciudades padecieron y menguaron durante los siglos de invasiones y saqueos, subsistió la tradición urbana. Con anterioridad al año 1000, los contactos políticos, culturales y económicos de Italia con el Imperio bizantino y la civilización islámica fueron tan fuertes como los que se estaban creando con el Norte de Europa.

Las ciudades italianas tuvieron así la posibilidad de actuar de intermediarias entre el Oriente, más avanzado y próspero y el Occidente, atrasado y pobre.

En la Alta Edad Media, las principales intermediarias habían sido Amalfi, Nápoles, Gaeta y otros puertos del sur, unidos políticamente a Constantinopla, pero lo suficientemente lejos de ella como para que el Imperio, sus leyes y sus extravíos no las entorpecieran demasiado.

En el Norte, tres ciudades no tuvieron más remedio que echarse al mar:

Pisa y Génova lo hicieron para defenderse de los corsarios musulmanes. Lo hicieron con tanto tino que pronto se encontraron al mando del Mediterráneo Occidental. Venecia perdió sus tierras de cultivo por un desarreglo con los lombardos y no le quedó otra solución que dedicarse al comercio marítimo para subsistir. También ella tuvo éxito y se convirtió en la dueña del Mediterráneo Oriental.

En el interior, con el crecimiento demográfico, muchos campesinos emigraron a los centros urbanos, viejos y nuevos, donde se dedicaron a nuevas profesiones en el comercio y la industria. Milán y Florencia fueron los ejemplos más destacados, pero hubo muchos otros, más pequeños, pero igualmente bulliciosos.

La relación entre el campo y la ciudad fue intensa y recíproca. El campo se ocupaba de proporcionar el excedente humano necesario para poblar las ciudades, pero una vez allí, esa nueva población urbana formaba parte de los nuevos mercados para los productos del campo.

Bajo la presión de las fuerzas de mercado, el sistema señorial, concebido para la autosuficiencia rural, empezó a desintegrarse. Ya antes del año 1000, los servicios en trabajo se estaban empezando a sustituir por intercambios monetarios fruto del comercio; poco después, los señores feudales comenzaron a vender o arrendar sus señoríos a agricultores que cultivaban para comerciar con sus productos.

Algunos reyes y grandes señores feudales intentaron en vano que ciudades enteras estuvieran sometidas a vasallaje, pero los gobiernos urbanos hicieron valer su fuerza, los comerciantes se negaron a pasar por el aro y los ricos hombres de negocios, que empezaban a emerger, ejercieron su influencia para pararles los pies.

Los comerciantes más prósperos del norte de Italia se asociaron entre sí y formaron asociaciones voluntarias para atender los asuntos municipales, proteger los intereses comunes y resolver litigios sin recurrir a los engorrosos tribunales feudales. Con el tiempo, esas asociaciones se convirtieron en gobiernos municipales que negociaron cartas de libertad con sus señores feudales, por las buenas, o lucharon contra ellos para conseguirlas por las malas.

Las ciudades italianas, a diferencia de otras ciudades de Europa, demostraron ser lo bastante fuertes como para extender su poder a la campiña circundante, del mismo modo que las ciudades-estado grecorromanas de la Antigüedad.

En el resto del continente el desarrollo urbano empezó más tarde y fue menos intenso que en el norte de Italia. Crecieron los pueblos y las ciudades —en los Países Bajos, en la cuenca del Rin, diseminados por el norte de Francia, en Provenza y en Cataluña—, pero salvo pocas excepciones no alcanzaron ni el tamaño ni la concentración del norte de Italia. Sobre todo, ni remotamente consiguieron de sus príncipes el mismo grado de autonomía e independencia.

A finales del siglo XIII, cuando Milán contaba con una población de 200.000 habitantes, Venecia, Florencia y Génova superaban los 100.000 cada una de ellas, y algunas otras ciudades de Italia fluctuaban entre los 20.000 y 50.000; muy pocas ciudades del norte de Europa alcanzaban esta última cifra. París tenía 80.000 habitantes, Londres apenas llegaba a los 40.000, los mismos que tenía Colonia, la mayor ciudad de Alemania.

La única región que podía compararse con el norte de Italia en lo que respecta a desarrollo urbano era el sur de los Países Bajos, especialmente Flandes y Brabante. Aunque Gante, la ciudad mayor, sólo tenía 50.000 habitantes en 1300, la población urbana del territorio constituía un tercio de la población total, aproximadamente la misma proporción que en el norte de Italia.

También hay otras semejanzas. No sólo en las dos zonas se hallaban las ciudades con mayor número de habitantes, sino que además eran las más pobladas de Europa. La agricultura de ambas era la más avanzada e intensiva y las dos tenían los centros comerciales e industriales importantes.

La influencia entre el campo y las ciudades, con industria y comercio, fue recíproca y la agricultura fue siempre más intensiva en las cercanías de las ciudades que en pleno campo, debido a la demanda de los mercados urbanos.

Los gremios

Todavía, buena parte de las manufacturas se realizaba en las aldeas, pero en las ciudades resurgió el sector secundario, que entregaba productos de mayor calidad y con mayor regularidad, ya que la producción campesina dependía de los tiempos muertos de las tareas del campo.

En la industria, la novedad de este período estribó más en el terreno organizativo que en el tecnológico. Los artesanos del textil, cuero, madera, metal, construcción, etc. se agruparon en corporaciones para cada oficio, «los gremios», que se regían por unas ordenanzas aprobadas por la corporación de artesanos.

Los gremios fueron unas organizaciones esenciales en el desarrollo de las ciudades medievales, del comercio y de la industria. En la industria eran asociaciones obligatorias de los artesanos de un mismo oficio de la ciudad.

Sea cual fuera el gremio, sus talleres se organizaban de la misma manera: estaban dirigidos por un maestro del que dependían oficiales y aprendices. El régimen gremial marcaba las condiciones de la formación y la promoción profesional, el paso de oficial a maestro. Los aprendices vivían en casa del maestro y tenían que pagar por el aprendizaje recibido.

Tenían un cierto carácter religioso y caritativo; cada gremio tenía un santo patrón que les aglutinaba en las procesiones y también constituían una rudimentaria seguridad social que se hacía cargo del cuidado de los enfermos, las viudas y los huérfanos.

El fin profesional era el fundamental, pues los gremios se encargaban de la defensa de los intereses económicos de los artesanos a través del monopolio del sector que permitía el control de la oferta y la calidad del producto.

Eran también cooperativas de compra de las materias primas. En definitiva, los gremios controlaban las compras, la producción y las ventas.

Como monopolio de oferta, los gremios controlaban la producción, fijando el número de talleres y operarios que podía tener cada uno de ellos; controlaban las características técnicas para homogeneizar el producto y evitar la competencia en calidad.

Además, tenían un fin político destinado a defender los intereses de la profesión y a conseguir su participación en la administración del burgo o ciudad.

Para vigilar y asegurar el cumplimiento de las normas y resolver los conflictos se nombraban los síndicos, que tenían la autoridad del gremio, incluida la de imponer sanción a quienes transgredieran las reglas.

Esta industria urbana no exigía grandes inversiones en capital fijo, pues el taller, que era al mismo tiempo la tienda, estaba en la propia vivienda del artesano. Por ejemplo en textil, las mayores inversiones exigidas para las fases finales de abatanado y tintado eran realizadas colectivamente por las asociaciones gremiales.

Una nueva clase: los burgueses

De 1000 a 1300, la población de las ciudades europeas creció a un ritmo mayor que la rural. Las concentraciones urbanas en los burgos surgieron por el desarrollo del comercio y de la industria, gracias a los privilegios jurídicos concedidos por reyes y señores a través de «cartas pueblas».

Para la historia económica lo más significativo de las ciudades medievales fue su singularidad legal, frente al ordenamiento jurídico del derecho señorial, lo que permitió el desarrollo de actividades comerciales.

A partir del año 1000, en las ciudades de la Europa Occidental surgieron los burgueses, un nuevo grupo social que no encajaba en la sociedad estamental, puesto que no eran siervos, ni nobles ni clérigos.

Los burgueses de las ciudades se ganaban la vida con las actividades artesanales y las comerciales realizadas con el mundo feudal circundante.

Es cierto que en esta época también surgieron comerciantes en otras partes del mundo, como sucedió en los califatos musulmanes y en los imperios tributarios de China e India. Pero lo característico de Europa fue que aquí lograron ocupar parcelas de poder político que los llevó a influir sobre la política económica, contribuyendo al surgimiento del capitalismo comercial.

Una historia feliz con un final triste

Igual que un factor exógeno, como fue el climático, propició el crecimiento, otro echó todo por los suelos de un día para otro.

En 1348 entró en Europa la Peste Negra, que se llevó por delante un tercio de la población, atacando con especial saña a la población urbana, porque hubo ciudades que perdieron más de la mitad de sus habitantes.

Hubo crisis y cambios, según los sitios, pero esa es otra historia.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [18], [25].

Escuchar el audio (recomendado):


No hay comentarios:

Publicar un comentario