sábado, 25 de agosto de 2018

Expansión europea de 1000 a 1300: eclosión del comercio

Imagen: Escena de feria en le Chevalier errant.
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La explosión demográfica y urbana que se produjo durante todo este período creó una situación prospera de interdependencia entre las ciudades y el campo. El campo aportaba excedente humano para poblar las ciudades, las cuales generaban mercados para los productos del campo. Ya vimos que esto estaba sucediendo principalmente en dos grandes focos alejados: Flandes y el norte de Italia. En torno a ellos se gestaron nuevas formas de relación económica que con su evolución dieron lugar a la economía capitalista.

La consecuencia del crecimiento urbano fue la aparición de mercados locales y regionales con infinitas transacciones diarias, modestas a escala individual, pero muy importantes por su número y continuidad. Esto era posible gracias a la ampliación de la base social capaz de consumir y producir mercancías, primero en los circuitos comerciales cercanos y después en los remotos. Se inició así una época de consumo y comercio de masas y consiguientemente un aumento masivo de la demanda.

Los dos polos principales (Países Bajos y norte de Italia) tenían un alto grado de especialización porque contaban con recursos diferentes, incluidos los de sus respectivas rutas comerciales, por lo que individualmente no eran capaces de abastecer sus mercados. Ello impulsó la necesidad de interconectarlos para unir comercialmente el norte con el sur, primero por tierra y finalmente por mar.

Las rutas comerciales de larga distancia a través de los mares del Norte, Báltico, Mediterráneo y Mar Negro fueron vitales para proveer a esta nueva Europa. Pero debemos ponernos en situación, porque a pesar de su importancia, el medievalista Robert Fossier estimó que la capacidad de carga de toda la flota europea en estos siglos era menor que la de uno solo de los grandes petroleros actuales.

En este traer y llevar productos, lógicamente se estaban produciendo grandes transacciones de dinero en situaciones que no estaban exentas de peligro. Los bandidos en los caminos y los piratas en el mar constituían un riesgo, además de las tormentas y las posibilidades de hundimiento; el riesgo era aún mayor si transportabas oro o plata, porque te hacía más deseado por el pillaje, así que había que solucionar este tremendo inconveniente.

La solución se encontró en Italia, que estaba muy en contacto con las formas árabes del comercio. Allí surgieron familias de comerciantes que empezaron a establecer sucursales a lo largo de todas las redes comerciales internacionales estables. Estas familias fueron las precursoras de la banca. También intervinieron algunas órdenes religiosas, en especial el Temple, que acabó siendo un gran banquero.

Imaginemos que somos comerciantes florentinos de la época que queremos comerciar a larga distancia, sea en dirección al este, hacia Asia menor o al Norte hacia Flandes. Cuando lleguemos a nuestros destinos vamos a necesitar mucho dinero para comprar mercancía o fletar un barco allí, pero claro, no queremos cargar con ese dinero en el camino de ida. Así que acudiremos a las oficinas de un mercader lombardo que tenga sucursal en Flandes o a la mismísima Orden del Temple para Asia menor. En ambos casos nos emitirán una nota de crédito que nos permitirá recibir en sus oficinas de nuestro destino la cantidad de dinero que hemos depositado en Florencia (menos unos gastos, obviamente) probablemente en moneda local, aplicando un cambio estipulado.

Respecto a la Orden del Temple, en realidad acabó siendo un gran banquero en la hoguera, cuando el rey francés se dio cuenta de que salían más baratas unas cuantas cargas de leña que pagar la deuda que tenía contraída con ellos.

Rutas mediterráneas

Entre las ciudades que comerciaban desde la cuenca mediterránea destacaron Génova y Venecia. Ambas traían de Oriente productos de alto valor que redistribuían hacia el norte.

La importancia del mar Negro como zona comercial aumentó después de que las invasiones mongolas del siglo XIII mejoraran el acceso a los productos del este para los comerciantes europeos. Los genoveses llegaron a surcar incluso el mar Caspio y el golfo pérsico a bordo de barcos construidos allí mismo.

Antes de que los italianos barrieran del mediterráneo a los mercaderes orientales, esta ruta ya se utilizaba para traer productos de lujo a las cortes occidentales. Cuando ellos se hicieron dueños del comercio aún existía ese movimiento de este a oeste de artículos lujosos: especias procedentes de lugares del lejano Oriente, como las Molucas, seda y porcelana de China, brocados del Imperio bizantino, piedras preciosas y otros productos. Pero también se comerciaba con materiales más voluminosos, como alumbre de Asia Menor y algodón en bruto de Siria. En dirección contraria se transportaban telas corrientes de lana y lino, pieles procedentes del norte de Europa, utensilios metálicos de Lombardía y Europa Central, y cristal de Venecia.

La república veneciana construyó un imperio comercial, situando enclaves en el Mediterráneo oriental. Aunque siempre habían comerciado con el Imperio bizantino fue en el siglo XI cuando obtuvieron una situación de privilegio a cambio de ayudarles contra los turcos. Con ello obtuvieron libre acceso a todos los puertos del Imperio sin pagar derechos de aduana ni impuestos, un privilegio que no tenían ni los propios mercaderes locales.

En el otro extremo del Mediterráneo el comercio era más prosaico. Génova y Pisa también comerciaban con productos de lujo, pero su producto estrella era el trigo que traían de Sicilia porque las ciudades italianas eran pobres en cereal. Además de trigo, otros productos corrientes eran sal, salazones de pescado, vino, aceite, queso y frutos secos. Como vemos, nada que ver con los elegantes venecianos.

Genoveses y Pisanos expulsaron a los musulmanes de Córcega y Cerdeña. Se fueron luego al norte de África a saquear ciudades y allí, con tal de que pararan de hacer destrozos, se les ofrecieron condiciones ventajosas para sus barcos y comerciantes. Posteriormente, Génova derrotó a Pisa en la lucha por el dominio indiscutible del Mediterráneo occidental. Aunque este mercado estaba dominado por los genoveses tuvieron que compartirlo, de mejor o peor grado, con comerciantes catalanes, castellanos, provenzales, narboneses e incluso musulmanes.

Una prolongación exótica y diferente del comercio con Oriente, el llevado a cabo con China; floreció desde mediados del siglo XIII hasta mediados del siglo XIV. El Imperio mongol, el más extenso que haya habido sobre la tierra, se extendió en este período desde Hungría y Polonia hasta el Pacífico. Sus gobernantes, a pesar de la mala fama que tenían, acogieron a los misioneros cristianos y a los mercaderes de Occidente. Los italianos aprovecharon la situación para dominar el comercio, con colonias en Pekín y en otras ciudades chinas, además de la India.

Las guías de los mercaderes describían con gran detalle los itinerarios —por tierra a través de Persia o del Turquestán, “la Gran Ruta de la Seda”, o por mar a través del océano Índico —. Valga como ejemplo uno de los primeros best-sellers de la historia: “Los viajes de Marco Polo”.

Liga de la Hansa

Tras la expansión agrícola alemana hacia el este durante siglos precedentes, en el siglo XIII cobra auge un circuito comercial que se extiende por el mar del Norte y el Báltico. Allí se comercia con los productos de las diferentes regiones del litoral y las cuencas fluviales desde Inglaterra hasta Rusia. La necesidad de proteger sus intereses y de defenderse hizo que muchas ciudades se agruparan en una confederación conocida como la Liga de la Hansa.

La asociación germana de la Hansa, gestada en torno a la ciudad de Lübeck con el tiempo llegó a unir a más de doscientas ciudades. Sus actividades se impulsaban desde la red de ciudades alemanas asociadas y de cuatro grandes centros externos de comercio: Bergen (madera y pescado), Novgorod (pieles), Londres (paños y lana) y Brujas (paños). En estas cuatro ciudades había oficinas estables y sus mercaderes vivían allí, gozando de privilegios de venta. En el plano de los negocios, la Hansa consiguió monopolios comerciales en Escandinavia, Países Bajos, Rusia, Alemania e Inglaterra.

Los intercambios de esta ruta comercial eran sencillos y generalmente voluminosos, pues los productos ofrecidos por los comerciantes de la Hansa eran naturales: madera, resinas y alquitrán, pieles, miel y cera, pescado salado, cereales y metal sin elaborar. A cambio, subían hacia los mercados del norte productos elaborados, entre los que destacan los paños, objetos de metal, vino, especias y grandes cantidades de sal.

Los fines y la organización de la Liga superaban lo estrictamente mercantil para constituir una potente confederación dotada de una asamblea o “dieta” con representantes ciudadanos que resolvían los problemas internos y la defensa de los intereses colectivos incluso con la fuerza. La Liga elaboraba cartas náuticas, negociaba los privilegios comerciales de sus miembros y los protegía de ataques piratas e incluso de la guerra.

Pero sus convoyes no eran sólo marítimos, también por tierra atravesaban los Alpes hasta Venecia, donde existía una “fonda o lonja alemana” (fondaco dei Tedeschi) que proporcionaba comida y alojamiento a los mercaderes alemanes itinerantes, además de consejo y asistencia para vender sus productos.

El poder de la Liga comenzó a decaer a finales de la Edad Media, cuando tuvo que hacer frente a una mayor competencia procedente de Inglaterra y de los Países Bajos.

Las ferias de Champaña

El transporte por tierra es en general más caro que por vía navegable. Sin embargo, en la Edad Media hubo una importante excepción a la regla: el comercio entre el norte y el sur de Europa, especialmente el comercio del norte de Italia con Alemania y los Países Bajos.

Antes de los avances en diseño naval y técnicas de navegación que se produjeron a partir de finales del siglo XIII, la ruta entre el Mediterráneo y el mar del Norte era peligrosa y por ello poco rentable. Por esa razón los grandes pasos alpinos eran más transitados que el estrecho de Gibraltar.

Los duques de Flandes a partir del siglo XI, conscientes de la importancia del comercio para su territorio, establecieron pequeñas fortalezas con guarniciones en las encrucijadas de las principales rutas comerciales con el objeto de dar seguridad y cobijo a los mercaderes. En torno a ellos fueron surgiendo “burgos” donde los comerciantes hacían noche y que fueron el embrión de una serie de ciudades. El tamaño de estos “burgos” se fue engrosando cuando en ellos empezaron a existir mesones, almacenes, herrerías y más adelante todos aquellos servicios que requerían los comerciantes. El sufijo “burg” o “burgo”, en español, que aparece en el nombre de muchas ciudades europeas hace alusión a este origen.

En el resto de Europa, los señores feudales dueños de las tierras por donde pasaban las rutas acabaron con el bandidaje y mejoraron los caminos a cambio de cobrar peajes, que no eran altos porque había mucha competencia de rutas alternativas. También existían compañías profesionales de arrieros y carreteros que proporcionaban servicios de transporte a precios muy competitivos.

Las hermandades religiosas organizaron casas de postas al borde de los caminos y servicios de rescate, de los cuales, el símbolo más memorable es el del perro “san bernardo”, con el barril de brandy al cuello.

Los emporios más importantes en el extremo sur de la ruta eran las ciudades de la llanura lombarda, sobre todo Milán y Verona. Los destinos del norte eran numerosos, desde Viena y Cracovia en el este, hasta Lübeck, Hamburgo y Brujas en los extremos norte y oeste; pero la mayoría de las mercancías cambiaban de manos en las grandes ferias o mercados de Leipzig, Frankfurt y especialmente en las cuatro ciudades de feria de Champaña.

La región de Champaña, al norte de Francia, es una zona agrícola relevante. Durante los siglos XI y XII sus condes desbrozaron tierras, crearon una red de caminos y construyeron canales para el transporte de mercancías. Finalmente instituyeron seis ferias comerciales distribuidas a lo largo del año, de enero a diciembre, que atrajeron a comerciantes de toda Europa.

Los mercaderes que acudían a las ferias gozaban de inmunidad y de una protección especial durante su trayecto. Cada feria nombraba a unos “guardias de feria”, encargados de la organización, la seguridad y el control de los mercados, y ofrecían asistencia jurídica. También había notarios para registrar los grandes contratos y jueces comerciales para resolver los casos de contenciosos. Las ciudades ponían a disposición de los mercaderes almacenes, plazas y alojamientos.

En función de la temporada, los mercaderes ofrecían numerosos productos alimenticios, animales vivos, productos manufacturados, metales industriales o alumbre. También se comerciaba con metales preciosos y mercancías de elevadísimos precios (especias, azúcar, sedas, perfumes, productos para las recetas de los boticarios, ámbar, coral, perlas y piedras preciosas).

Pensemos en una época en la que existía una fragmentación política que llegaba al nivel de ciudad-estado en muchos casos. En dónde coexistían todo tipo de monedas acuñadas en cecas locales, con diferente peso y fineza. En la que de repente empiezan a confluir en una misma feria comerciantes de todas partes, cada uno con su moneda. En tales circunstancias se hicieron imprescindibles los “cambistas”, cuyo trabajo consistía en conocer el valor de las distintas monedas, que prestaban sus servicios a petición de los mercaderes. Como veremos, de sus filas surgieron muchos banqueros.

Las prácticas y técnicas comerciales que se desarrollaron en esas ciudades —por ejemplo, las “letras de cambio giradas” sobre la celebración de una feria y otros instrumentos de crédito, más los precedentes que sentaron sus tribunales de comercio— ejercieron una influencia más amplia y duradera que las propias ferias. Incluso después de su ocaso como sitios de compraventa de productos, siguieron sirviendo como centros financieros durante muchos años.

Volver de una feria cargado de monedas de oro y plata suponía un riesgo muy alto; por eso, los mercaderes preferían vender a crédito, invertir las ganancias en un cargamento para el viaje de vuelta y realizarlas mediante su venta. Otra opción era entregarlo en depósito a un cambista de confianza.

Para entender la importancia del crédito, imaginemos que algo que nos ha supuesto un valor inicial de 1.000 lo hemos vendido por 1.200 en una feria, pero en vez de monedas preferimos derechos de cobro (por supuesto solventes). A continuación, adquirimos allí, en la misma feria, algo por 1.200, pero como no tenemos monedas lo obtenemos mediante obligaciones de pago, porque la otra parte nos sabe solventes y al igual que nosotros, no quiere volver cargada de oro y plata, sino de otras mercancías. Entonces regresamos a nuestro mercado natural y vendemos nuestro nuevo cargamento por 1.400. Con ello, gracias al crédito, hemos realizado unos beneficios de 400 sin haber movido una sola moneda (como siempre, menos gastos financieros del cambista de turno). En esto consistían y aún consisten las letras de cambio: obligaciones de pago diferidas que pueden endosarse a otros e incluso compensarse entre varias partes.

Prácticamente todas las compras y ventas de las ferias de Champaña se realizaban a crédito. Al final de una feria, todas las cuentas pendientes se diferían a la feria siguiente por medio de letras de cambio. Las ferias de Champaña actuaron como cámara de compensación internacional para liquidar las deudas entre Francia e Italia.

Hacia 1300 las ferias de Champaña perdieron tirón, cuando pasaron a depender de Francia, que las vio como una fuente de recaudación de impuestos, además de generar conflictos políticos e incluso guerra entre Francia y Flandes. Entre tanto, Génova y Venecia habían abierto líneas marítimas regulares con el puerto de Brujas.

Tras su declive comercial, las ferias atrajeron a menos mercaderes, pero a más banqueros gracias a haberse convertido en mercados en los que se intercambiaban letras de cambio, créditos y deudas a término, divisas y metales preciosos.

La importancia de las Cruzadas

Las incursiones de carácter religioso-militar de los reinos cristianos en Oriente Medio entre, aproximadamente, 1100 y 1300, fueron aprovechadas por los grandes comerciantes para ampliar su negocio en aquella zona.

Una paradoja de las cruzadas fue que aumentaron las relaciones comerciales entre cristianos y musulmanes. A pesar de estar prohibidas por edictos papales, algunas ciudades-estado italianas (en especial Génova) no hicieron ni caso y vendieron a los musulmanes armas, materiales de construcción naval y otras mercancías relacionadas con la guerra, como fueron los esclavos reclutados en el mar Negro para las tropas de élite musulmanas (mamelucos).

Durante las Cruzadas, las ciudades italianas, unas veces de mutuo acuerdo y otras rivalizando entre sí, intensificaron su penetración en el levante; establecieron colonias y enclaves privilegiados desde Alejandría a lo largo de las costas de Siria y Palestina, en Asia Menor, en Grecia, en los alrededores de Constantinopla y en todo el Mar Negro.

La caída del reino de Jerusalén y el fracaso de las Cruzadas apenas afectaron a las posiciones italianas en Oriente, porque firmaron tratados con los árabes y los turcos y continuaron sus negocios como de costumbre.

Durante las cruzadas, además de intercambios comerciales los hubo culturales, especialmente de este a oeste: el conocimiento de textos griegos clásicos que se habían perdido en Europa o la numeración arábiga, por ejemplo. También nos llegaron innovaciones económicas y contables como las letras de cambio, que venían siendo utilizadas en el mundo islámico, al menos desde el siglo VIII, tanto por los mercaderes en sus negocios como por las burocracias califales para transferir las recaudaciones de los tributos de las provincias a la capital. Asimismo, las primeras formas de contratos comerciales en Italia fueron una réplica de los que se estaban utilizando en Oriente.

Entre los transmisores de este conocimiento económico destacó el matemático Leonardo de Pisa (conocido como Fibonacci). En un libro publicado en 1202 (Liber abacci, libro de cálculos) introdujo en Europa el sistema numérico decimal y los procedimientos de cálculo orientales.

Este libro enseñó a los mercaderes italianos las aplicaciones de las matemáticas a la economía y las finanzas. En él se explicaba los cálculos realizables en la contabilidad comercial, en los cambios de moneda y en las operaciones financieras (incluso enseñaba a calcular el valor actual de una corriente de rentas futuras: el interés compuesto).

Novedades en la organización

En el siglo X, los mercaderes europeos eran ya preponderantes frente a los orientales y los judíos, que habían dominado en la Alta Edad Media. Pero hasta bien entrado el siglo XIII el mercader siguió siendo un viajero ambulante. En el comercio a larga distancia los mercaderes solían ir en caravana, armados o pagando los servicios de una escolta armada que los protegía de los bandidos. Por mar iban también armados contra los piratas, pero además debían enfrentarse a la posibilidad de naufragar.

En los casos más sencillos, los mercaderes trabajaban por cuenta propia; todo su capital consistía en los bienes que llevaba. Pero conforme aumentó el negocio entró en vigor una forma de sociedad, la commenda: mediante la cual, un mercader, quizá ya viejo para afrontar la dureza de un largo viaje, aportaba el capital y otro realizaba el trayecto. Las ganancias se dividían normalmente en tres cuartos para el capitalista sedentario y un cuarto para el socio activo. Estos contratos eran sobre todo frecuentes en el comercio por el Mediterráneo, pero también se daban en los viajes por tierra; en general se limitaban a un único viaje de ida y vuelta.

El persistente aumento del volumen del comercio y la normalización de las prácticas comerciales trajeron consigo el nacimiento de una nueva forma de organización mercantil, la vera societá o sociedad auténtica. Constaba de varios socios y solía operar en muchas ciudades de toda Europa. Los italianos fueron, con diferencia, los más sobresalientes en este tipo de organización; desde las sedes centrales en Florencia, Siena, Venecia o Milán, podían manejar sucursales en Brujas, Londres, París, Ginebra y varias ciudades más.

Los mercaderes más modestos idearon otros modos de minimizar o diversificar riesgos: varios podían unirse para alquilar un barco, uno alquilaba un barco y arrendaba parte del espacio, etc. A finales del siglo XIII ya era normal el seguro marítimo.

También se generalizaron en el siglo XIII los instrumentos contables, como los libros de partida doble, donde se asentaban los cargos y datos de los negocios, así como de las operaciones financieras en créditos y débitos. Las casas de préstamo florecieron sobre todo en Italia, con estructuras familiares, como los Peruzzi o los Bardi, pilares de la economía en Florencia.

Las dos innovaciones cruciales de la explosión comercial de este período fueron la aparición de las compañías colectivas y la adopción de técnicas contables e innovación en los servicios financieros como el crédito y los seguros.

Surgimiento de la banca

La expansión del crédito fue posibile por el surgimiento de la banca en las ciudades y en las ferias, cuyo principal instrumento fue la letra de cambio. La banca surgió cuando los banqueros comenzaron a conceder préstamos a terceros utilizando el dinero que les habían dejado en depósito algunos comerciantes.

Aunque hay antecedentes de orfebres judíos que ya concedían créditos en siglos anteriores, la creación de la banca medieval fue obra de los cambistas de moneda, que se asentaban en las grandes ferias para valorar y cambiar las distintas monedas en circulación. Para ello se sentaban en su banco (de ahí el nombre) con su balanza, para calibrar el peso y la fineza de las monedas de oro y de plata. Cuando los comerciantes adquirieron confianza en los cambistas, no tardaron en preferir entregarles sus monedas en depósito, para no tener que transportarlas de unas ferias a otras.

Con el tiempo los cambistas se convirtieron en banqueros cuando con los fondos en depósito (es decir, recursos ajenos) comenzaron a conceder préstamos con interés a terceros, abriéndoles simultáneamente depósitos en su banco (que eran ya dinero bancario). De manera que el total de los depósitos superaba al valor de las monedas que había en la caja. ¡Había nacido el dinero bancario!

Aunque por ley estaba prohibido prestar dinero sobre reservas, en esta época, reyes, papas, ciudades y otros gobernantes necesitaban mucho dinero en un entorno político complicado, así que perdieron los escrúpulos al respecto y uno detrás de otro empezaron a pedir prestadas grandes sumas, que unas veces devolvían y otras no, porque en esto no han cambiado mucho los grandes deudores.

Al permitir créditos y descubiertos por encima del total de sus depósitos, los banqueros italianos fueron capaces de incrementar el suministro de dinero, liberándolo de las seculares restricciones impuestas por la cantidad de moneda en circulación. Sin embargo, la mayor parte de las casas bancarias o financieras italianas se excedieron en su exposición al riesgo. Unas veces porque no les quedó más remedio si querían seguir operando en tal o cual país, otras para obtener privilegios comerciales y de exportación.

Las sociedades Bardi y Peruzzi de Florencia fueron las organizaciones comerciales más grandes del mundo anteriores a las sociedades anónimas del siglo XVII, pero ambas quebraron en el decenio de 1340 porque habían concedido demasiado crédito a la corona inglesa que, desangrada por la costosa guerra de los Cien Años, desatendió su deuda. Tras la caída de los dos pilares financieros, todos los otros bancos florentinos entraron en quiebra a continuación.

La reconstrucción del sector fue relativamente rápida y 30 años después la banca ya estaba reactivada de nuevo. Ahora los nombres eran otros: Medici, Strozzi y Pazzi. Con un negocio más concentrado, mayor volumen de activos y mejor control del riesgo. A los Pazzi se les acabó la racha el día que asesinaron a un Medici y los Medici cayeron en lo político por la aparición de un fraile loco, llamado Savonarola y en lo económico porque no supieron equilibrar sus activos a corto y largo plazo.

La gestión de las nuevas organizaciones comerciales se desarrolló gracias al uso de las nuevas técnicas contables. Por un lado, la adopción de la numeración arábiga en vez de la romana, infinitamente más fácil de manejar. Por otro, la contabilidad por partida doble, que permitía ordenar los confusos apuntes anteriores, al asignar a cada cliente de un banquero o comerciante una página en la que se anotaba en dos columnas el movimiento de su cuenta. En una columna todos los asientos de débitos y en la otra los créditos (el debe y el haber como los conocemos hoy) con lo que se disponía continuamente del balance.

Esta fue la base sobre la que se organizó la planificación de las empresas capitalistas. En torno a 1300, el antiguo buhonero altomedieval, viajero con sus mercancías, había dado paso al capitalista residente que contaba con agentes en otros mercados, disponía de informaciones de los centros en los que actuaba y controlaba sumas de dinero aportadas por sus asociados y sus clientes. Estamos ante profesionales de la actividad mercantil, herederos de una experiencia familiar y preparados en lo teórico y lo práctico para ejercer su trabajo.

Y cuando todo va bien, llega un momento en el que las cosas solo pueden empeorar. Los primeros desastres anunciadores de la recesión que venía de camino se produjeron en vísperas de la guerra de los Cien Años, como bien experimentaron los banqueros toscanos y luego llegó el frío, el hambre y la enfermedad.

Pero eso será otra historia.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [4], [18], [22], [28].

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lunes, 13 de agosto de 2018

Expansión europea de 1000 a 1300

Imagen: Gremios. Fuente: Wikimedia Commons
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A partir del año 1000 se produjo, prácticamente a nivel mundial, un período de crecimiento económico que se extendió durante tres siglos, hasta la llegada de la Peste Negra, a mediados del siglo XIV.

Por centrarnos en Europa Occidental, veremos que aquí confluyeron diversos factores que permitieron dicho auge: transformaciones agrarias, expansión del territorio, crecimiento demográfico, resurgir de las ciudades, auge comercial y financiero y nuevas formas de organización empresarial.

El factor climático

Hacia el año 900, la frontera cálida europea se desplazó hacia el norte. Durante los siguientes cuatro siglos, los veranos propiciaron buenas cosechas. Verano tras verano, el tiempo cálido y estable comenzaba en junio y se extendía a julio, agosto, y aún más allá.

Comparados con los siglos anteriores y posteriores esta fue una edad dorada, al menos en lo que al clima europeo se refiere, porque en el continente americano estaba sucediendo lo contrario, con sequías salvajes que hicieron caer pueblos y culturas.

Estos cuatro siglos son conocidos como «Óptimo Climático Medieval». En él, las temperaturas medias estivales en el oeste de Europa se mantuvieron 1ºC sobre los promedios del siglo XX y fueron incluso más cálidas en Europa Central, con lo cual, las estaciones de crecimiento de las cosechas se alargaron.

Un período sin sobresaltos

En los siglos precedentes, Europa había vivido el saqueo de magiares musulmanes y vikingos y las guerras y las pestes habían mermado la población; pero a partir del año mil, la situación se tranquilizó y cesaron las oleadas de invasiones que se habían sufrido en la Alta Edad Media, por lo que disminuyó la mortalidad catastrófica.

Al haberse reducido la población, ahora existía gran disponibilidad de tierras y esto animaba al casamiento de las parejas en una edad más joven, lo cual incrementaba el período fértil de la mujer, lo que le permitía tener más hijos.

El aumento de recursos y el crecimiento de la productividad agraria favorecieron una mejor alimentación de la población, haciendo que ésta fuera menos propensa a enfermedades y por tanto disminuyó la tasa de mortalidad. De nuevo, provocando una tendencia demográfica aún más positiva.

Las aldeas de los señoríos crecieron y fue necesario fundar otras, ocupando terrenos cultivables, desecando zonas pantanosas o desbrozando montes y terrenos baldíos para dedicarlos al cultivo.

La consecuencia de la expansión agraria fue el incremento demográfico. En los tres siglos posteriores al año 1000, la población europea creció a un ritmo del doble que los tres siglos anteriores. El experto en demografía histórica Livi Bacci, estimó que entre el año 1000 y el comienzo de la Peste Negra, en 1340, la población en Europa pasó de 30 a 74 millones de habitantes.

En esta larga fase de crecimiento se ensancharon las fronteras europeas hacia el Este y el Sur.

La expansión hacia el Sur

Córdoba, la capital del Califato Omeya, era la ciudad más grande de Europa, y un centro cultural relevante que hasta ahora había servido de correa de transmisión del conocimiento entre el mundo antiguo y la emergente civilización europea.

Pero el Califato era un hervidero de conflictos entre las élites gobernantes y se sostenía mediante un ejército permanente cada vez mayor, muy caro de mantener. Cuando al final no hubo dinero porque los gastos públicos superaron a los recursos tributarios, el Califato estalló en mil pedazos en 1031, después de una guerra civil, dando paso a los reinos de taifas.

Entre los siglos XI al XIII, gracias al debilitamiento de los reinos de taifas, la expansión económica en Castilla fue acompañada de una expansión territorial y militar. La reconquista cristiana que había empezado un siglo antes adquirió vigor, y en tres siglos se recuperaron las nueve décimas partes del Califato.

La reconquista adquirió carácter de cruzada y muchos de los guerreros que tomaron parte en ella llegaron del norte de los Pirineos. El reino de Portugal, por ejemplo, lo crearon caballeros de la casa de Borgoña.

En Italia, a finales del siglo XI, guerreros normandos conquistaron Sicilia, que estaba ocupada por los musulmanes. Sicilia había pertenecido al Imperio bizantino antes de ser musulmana y con la conquista normanda se incorporó a la cultura occidental. Su mezcla cultural de elementos árabes, griegos y normandos la convirtió en una de las zonas más prósperas de Europa.

Envalentonados y bien organizados, los normandos consiguieron a continuación su siguiente objetivo: el sur de la península itálica, que era el último territorio que quedaba en occidente del Imperio bizantino.

La expansión hacia el Este

El crecimiento demográfico en la Alemania Occidental provocó que sus señores y la Iglesia miraran hacia el este, con territorios muy escasamente poblados por pueblos no cristianos —un excelente motivo para avanzar en esa dirección—. Esto tuvo como resultado, en los siguientes siglos, la expansión política y la colonización de lo que ahora son Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía y Lituania.

Austria había pertenecido al Imperio carolingio, pero fue conquistada por los magiares en su expansión hacia occidente. Hacia el año mil, tropas alemanas lograron vencerlos y los empujaron hasta Hungría. A continuación, fue repoblada por colonos bávaros.

A mediados del siglo XI —unos cien años después del inicio del aumento demográfico en Occidente—colonos alemanes empezaron a interesarse por el Este, más allá del río Elba, obligando a la población eslava a marcharse o a someterse a su autoridad.

En el siglo siguiente, la Iglesia y los señores de Hungría y Polonia, invitaron a los colonos alemanes a establecerse en ellos, otorgándoles una serie de exenciones y permitiéndoles que se rigiesen por sus propias instituciones legales y económicas. Finalmente, en el siglo XIII, se encargó a los caballeros teutones que conquistaran y cristianizaran —y de paso germanizaran— las tierras aún paganas de Prusia y Lituania, en la región oriental del Báltico.

Más al este, las Cruzadas no supusieron una expansión geográfica permanente de Europa, pero las conquistas temporales de los cristianos en el Mediterráneo Oriental abrieron nuevos mercados y nuevas fuentes de suministro a los mercaderes de Occidente.

La expansión interior

El aumento de la producción agraria en la Europa Central fue principalmente extensivo, mediante la creación de más terrenos de cultivo, aunque en algunas zonas hubo también crecimiento intensivo, por la reducción del barbecho y mejores técnicas agrícolas.

La expansión de terrenos cultivables arrebatados a los bosques, los baldíos, las zonas pantanosas e incluso el mar, se produjo a instancias, o al menos con el permiso de los grandes señores. Fue necesario crear un efecto llamada para atraer colonos a los trabajos de adecuación del terreno y los señores se vieron obligados a renunciar a la posesión de la tierra y a los servicios en trabajo de los colonos. Así, los colonos se convirtieron en granjeros arrendatarios, independientes económicamente.

Esta expansión también contó con el apoyo directo de varias órdenes religiosas, muy especialmente la hermandad de monjes cistercienses, que establecieron sus abadías en zonas desiertas para hacerlas económicamente productivas, admitiendo a campesinos como hermanos legos para que les ayudasen en las tareas.

Bajo la dirección de Bernardo de Claraval, sus cabildos proliferaron por Francia, Alemania e Inglaterra. En el siglo XII, el Císter contaba con 328 cabildos desde los páramos de Yorkshire hasta el territorio eslavo del este de Alemania.

Otro sistema de colonización interna fue la creación de villas nuevas por parte de los nobles, los monasterios o el rey, para fomentar la emigración a zonas despobladas, concediendo a los campesinos mejores condiciones de asentamiento. Para ello se creaban estas villas nuevas, también llamadas «francas», a las que se otorgaban privilegios a través de «cartas pueblas». Mediante ellas, sus habitantes recibían algunas libertades personales, pagaban rentas más bajas y escapaban parcialmente a las servidumbres y las sumisiones más duras del feudalismo clásico. Estas novedades legales en los nuevos asentamientos contribuyeron a la transformación del régimen feudal en estos siglos.

También los señores salían beneficiados, porque a pesar de todo obtenían más rentas. Al fin y al cabo, lo que les interesaba era tener más siervos y que estos aumentaran la producción. Aunque se renunciara a las rentas de arrendamiento de las nuevas parcelas, se aumentaban los ingresos totales con la mayor recaudación por las rentas señoriales, como los diezmos, los impuestos indirectos y los monopolios señoriales —llamados banalidades— que consistían en la obligación del campesino a usar el molino, el horno o la fragua señoriales.

Un crecimiento planificado

Para colonizar todos estos territorios hubo una cierta planificación económica —algo rudimentaria— en la cual, unos individuos llamados «asentadores», que eran una especie de antiguos promotores inmobiliarios, se comprometían con un gran terrateniente o gobernante local, mediante contrato, a fundar un pueblo, un grupo de pueblos o incluso una ciudad. Luego recorrían las partes de Europa con mayor crecimiento y densidad de población, sobre todo el oeste de Alemania y los Países Bajos, reclutando colonos.

Para asentamientos en tierras bajas o pantanosas, como por ejemplo, los cercanos a las desembocaduras de ríos, se prefería colonos de Holanda o Flandes, porque tenían experiencia en la construcción de diques y drenajes. Allí donde hubiese que despejar un bosque o recuperar tierra baldía, se buscaban campesinos de Westfalia y Sajonia.

También se reclutaban artesanos urbanos y comerciantes, porque los planes de colonización no sólo contemplaban asentamientos agrícolas, sino también redes de mercados urbanos.

Los colonos rurales llevaban consigo la forma de organización colectiva de los señoríos y las más avanzadas tecnologías agrícolas de la época. Deberían pagar al propietario en metálico y en especie después de un número estipulado de años, en los cuales harían productiva la tierra, pero tenían más tierra, menos cargas y más libertad que en las regiones de donde venían.

A los asentadores se les solía asignar lotes de tierra mayores que los de los campesinos comunes; a veces se establecían en los pueblos que habían fundado, como caciques, pero con frecuencia vendían sus derechos y se trasladaban a otro lugar para repetir el proceso.

También las órdenes religiosas, como el Císter o los Caballeros Teutones, tuvieron que ver con la expansión de Europa. La Orden Teutónica creó numerosos pueblos grandes y ciudades, entre ellas Königsberg y Riga.

Los resultados económicos globales de esta expansión se pueden resumir en: difusión de una tecnología más avanzada, importante incremento de la población debido a un aumento natural y a la emigración, gran ampliación de la tierra de cultivo, intensificación de la actividad económica e integración de la Europa Oriental a la economía y la civilización que emergía en Occidente.

Resurgimiento de la vida urbana

Antes del año 1000, muchas ciudades del norte de Europa eran como cáscaras vacías. Estaban abandonadas o alojaban a un puñado de habitantes.

En Italia, sin embargo, pese a que las ciudades padecieron y menguaron durante los siglos de invasiones y saqueos, subsistió la tradición urbana. Con anterioridad al año 1000, los contactos políticos, culturales y económicos de Italia con el Imperio bizantino y la civilización islámica fueron tan fuertes como los que se estaban creando con el Norte de Europa.

Las ciudades italianas tuvieron así la posibilidad de actuar de intermediarias entre el Oriente, más avanzado y próspero y el Occidente, atrasado y pobre.

En la Alta Edad Media, las principales intermediarias habían sido Amalfi, Nápoles, Gaeta y otros puertos del sur, unidos políticamente a Constantinopla, pero lo suficientemente lejos de ella como para que el Imperio, sus leyes y sus extravíos no las entorpecieran demasiado.

En el Norte, tres ciudades no tuvieron más remedio que echarse al mar:

Pisa y Génova lo hicieron para defenderse de los corsarios musulmanes. Lo hicieron con tanto tino que pronto se encontraron al mando del Mediterráneo Occidental. Venecia perdió sus tierras de cultivo por un desarreglo con los lombardos y no le quedó otra solución que dedicarse al comercio marítimo para subsistir. También ella tuvo éxito y se convirtió en la dueña del Mediterráneo Oriental.

En el interior, con el crecimiento demográfico, muchos campesinos emigraron a los centros urbanos, viejos y nuevos, donde se dedicaron a nuevas profesiones en el comercio y la industria. Milán y Florencia fueron los ejemplos más destacados, pero hubo muchos otros, más pequeños, pero igualmente bulliciosos.

La relación entre el campo y la ciudad fue intensa y recíproca. El campo se ocupaba de proporcionar el excedente humano necesario para poblar las ciudades, pero una vez allí, esa nueva población urbana formaba parte de los nuevos mercados para los productos del campo.

Bajo la presión de las fuerzas de mercado, el sistema señorial, concebido para la autosuficiencia rural, empezó a desintegrarse. Ya antes del año 1000, los servicios en trabajo se estaban empezando a sustituir por intercambios monetarios fruto del comercio; poco después, los señores feudales comenzaron a vender o arrendar sus señoríos a agricultores que cultivaban para comerciar con sus productos.

Algunos reyes y grandes señores feudales intentaron en vano que ciudades enteras estuvieran sometidas a vasallaje, pero los gobiernos urbanos hicieron valer su fuerza, los comerciantes se negaron a pasar por el aro y los ricos hombres de negocios, que empezaban a emerger, ejercieron su influencia para pararles los pies.

Los comerciantes más prósperos del norte de Italia se asociaron entre sí y formaron asociaciones voluntarias para atender los asuntos municipales, proteger los intereses comunes y resolver litigios sin recurrir a los engorrosos tribunales feudales. Con el tiempo, esas asociaciones se convirtieron en gobiernos municipales que negociaron cartas de libertad con sus señores feudales, por las buenas, o lucharon contra ellos para conseguirlas por las malas.

Las ciudades italianas, a diferencia de otras ciudades de Europa, demostraron ser lo bastante fuertes como para extender su poder a la campiña circundante, del mismo modo que las ciudades-estado grecorromanas de la Antigüedad.

En el resto del continente el desarrollo urbano empezó más tarde y fue menos intenso que en el norte de Italia. Crecieron los pueblos y las ciudades —en los Países Bajos, en la cuenca del Rin, diseminados por el norte de Francia, en Provenza y en Cataluña—, pero salvo pocas excepciones no alcanzaron ni el tamaño ni la concentración del norte de Italia. Sobre todo, ni remotamente consiguieron de sus príncipes el mismo grado de autonomía e independencia.

A finales del siglo XIII, cuando Milán contaba con una población de 200.000 habitantes, Venecia, Florencia y Génova superaban los 100.000 cada una de ellas, y algunas otras ciudades de Italia fluctuaban entre los 20.000 y 50.000; muy pocas ciudades del norte de Europa alcanzaban esta última cifra. París tenía 80.000 habitantes, Londres apenas llegaba a los 40.000, los mismos que tenía Colonia, la mayor ciudad de Alemania.

La única región que podía compararse con el norte de Italia en lo que respecta a desarrollo urbano era el sur de los Países Bajos, especialmente Flandes y Brabante. Aunque Gante, la ciudad mayor, sólo tenía 50.000 habitantes en 1300, la población urbana del territorio constituía un tercio de la población total, aproximadamente la misma proporción que en el norte de Italia.

También hay otras semejanzas. No sólo en las dos zonas se hallaban las ciudades con mayor número de habitantes, sino que además eran las más pobladas de Europa. La agricultura de ambas era la más avanzada e intensiva y las dos tenían los centros comerciales e industriales importantes.

La influencia entre el campo y las ciudades, con industria y comercio, fue recíproca y la agricultura fue siempre más intensiva en las cercanías de las ciudades que en pleno campo, debido a la demanda de los mercados urbanos.

Los gremios

Todavía, buena parte de las manufacturas se realizaba en las aldeas, pero en las ciudades resurgió el sector secundario, que entregaba productos de mayor calidad y con mayor regularidad, ya que la producción campesina dependía de los tiempos muertos de las tareas del campo.

En la industria, la novedad de este período estribó más en el terreno organizativo que en el tecnológico. Los artesanos del textil, cuero, madera, metal, construcción, etc. se agruparon en corporaciones para cada oficio, «los gremios», que se regían por unas ordenanzas aprobadas por la corporación de artesanos.

Los gremios fueron unas organizaciones esenciales en el desarrollo de las ciudades medievales, del comercio y de la industria. En la industria eran asociaciones obligatorias de los artesanos de un mismo oficio de la ciudad.

Sea cual fuera el gremio, sus talleres se organizaban de la misma manera: estaban dirigidos por un maestro del que dependían oficiales y aprendices. El régimen gremial marcaba las condiciones de la formación y la promoción profesional, el paso de oficial a maestro. Los aprendices vivían en casa del maestro y tenían que pagar por el aprendizaje recibido.

Tenían un cierto carácter religioso y caritativo; cada gremio tenía un santo patrón que les aglutinaba en las procesiones y también constituían una rudimentaria seguridad social que se hacía cargo del cuidado de los enfermos, las viudas y los huérfanos.

El fin profesional era el fundamental, pues los gremios se encargaban de la defensa de los intereses económicos de los artesanos a través del monopolio del sector que permitía el control de la oferta y la calidad del producto.

Eran también cooperativas de compra de las materias primas. En definitiva, los gremios controlaban las compras, la producción y las ventas.

Como monopolio de oferta, los gremios controlaban la producción, fijando el número de talleres y operarios que podía tener cada uno de ellos; controlaban las características técnicas para homogeneizar el producto y evitar la competencia en calidad.

Además, tenían un fin político destinado a defender los intereses de la profesión y a conseguir su participación en la administración del burgo o ciudad.

Para vigilar y asegurar el cumplimiento de las normas y resolver los conflictos se nombraban los síndicos, que tenían la autoridad del gremio, incluida la de imponer sanción a quienes transgredieran las reglas.

Esta industria urbana no exigía grandes inversiones en capital fijo, pues el taller, que era al mismo tiempo la tienda, estaba en la propia vivienda del artesano. Por ejemplo en textil, las mayores inversiones exigidas para las fases finales de abatanado y tintado eran realizadas colectivamente por las asociaciones gremiales.

Una nueva clase: los burgueses

De 1000 a 1300, la población de las ciudades europeas creció a un ritmo mayor que la rural. Las concentraciones urbanas en los burgos surgieron por el desarrollo del comercio y de la industria, gracias a los privilegios jurídicos concedidos por reyes y señores a través de «cartas pueblas».

Para la historia económica lo más significativo de las ciudades medievales fue su singularidad legal, frente al ordenamiento jurídico del derecho señorial, lo que permitió el desarrollo de actividades comerciales.

A partir del año 1000, en las ciudades de la Europa Occidental surgieron los burgueses, un nuevo grupo social que no encajaba en la sociedad estamental, puesto que no eran siervos, ni nobles ni clérigos.

Los burgueses de las ciudades se ganaban la vida con las actividades artesanales y las comerciales realizadas con el mundo feudal circundante.

Es cierto que en esta época también surgieron comerciantes en otras partes del mundo, como sucedió en los califatos musulmanes y en los imperios tributarios de China e India. Pero lo característico de Europa fue que aquí lograron ocupar parcelas de poder político que los llevó a influir sobre la política económica, contribuyendo al surgimiento del capitalismo comercial.

Una historia feliz con un final triste

Igual que un factor exógeno, como fue el climático, propició el crecimiento, otro echó todo por los suelos de un día para otro.

En 1348 entró en Europa la Peste Negra, que se llevó por delante un tercio de la población, atacando con especial saña a la población urbana, porque hubo ciudades que perdieron más de la mitad de sus habitantes.

Hubo crisis y cambios, según los sitios, pero esa es otra historia.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [18], [25].

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jueves, 2 de agosto de 2018

Nacimiento y expansión del islam

Imagen: Mahoma predicando El Corán en La Meca.
Fuente: Wikipedia
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Las primeras compilaciones históricas del islam se escribieron 200 años después de la muerte de Mahoma. Incluso el Corán se pasó a limpio, como pronto, 20 años después de su muerte y hay quien sostiene que pudieron ser muchos más años.

Por tanto, respecto a lo que sabemos del nacimiento de la civilización musulmana, como sucede con Roma, o con el cristianismo, nunca hay que olvidar que la historia la escriben los vencedores; algunas veces, bastante después de los hechos descritos y como siempre en Historia, adornando unas partes y afeando otras.

Lugar de origen: la península arábiga

La península arábiga es un vasto territorio que ocupa más de cinco veces la extensión de la península ibérica. A finales del siglo VI, se podían distinguir allí tres grandes áreas con diferencias relativamente pronunciadas.

La zona del norte estaba abierta a la influencia siria y mesopotámica. Por su situación geográfica, venía de conocer diversas tradiciones filosóficas y religiosas (helenísticas, sasánidas, judías y cristianas).

La zona central era el dominio de los nómadas, tanto de los pastores beduinos como de los mercaderes, con ferias comerciales en Medina y La Meca. En esta última ciudad, se hallaba el santuario de la Kaaba, que albergaba la piedra negra, ya entonces centro de peregrinación para los politeístas preislámicos.

Al sur estaba la «Arabia feliz», que se beneficiaba de un comercio marítimo que conectaba Egipto con la India y había propiciado el desarrollo de algunas ciudades.

Las tres zonas habían incrementado su actividad mercantil y pastoril con la difusión del camello como bestia de transporte y de guerra. Sus habitantes estaban organizados en tribus lideradas por jeques. Sus creencias religiosas eran animistas, que atribuían carácter sagrado a ciertas piedras, árboles o manantiales y una vaga idea de dioses superiores, más universales.

La desagregación social y religiosa de la península Arábiga no era tan acusada en La Meca, cuyos habitantes poseían creencias más complejas y más tendentes a la unidad que las tribus dedicadas al pastoreo. Por un lado, la veneración de la «piedra negra» establecía una jerarquía; por otro, su contacto con influencias sasánidas, judías y cristianas le acercaban al monoteísmo en contraste con las tribus politeístas.

Mahoma y su doctrina

Mahoma nació en La Meca en torno al año 570. A los 40 años sintió la llamada de la divinidad, para hostigar la impiedad y la corrupción de la aristocracia mercantil de La Meca y comenzó a predicar por mandato del mismísimo Arcángel Gabriel.

Entre los años 610 y 619, Mahoma fue transformándose de predicador a profeta. A la vez, su mensaje fue enriqueciéndose desde el punto de vista teológico. Hacia el año 619, Mahoma constituyó una primera comunidad ante la que se presentó como el Profeta, encargado de difundir la nueva doctrina que reconocía a Alá como dios único. Mahoma se reconocía como el último de los enviados divinos, entre los que se hallaban antes, Abraham, Moisés y Jesús.

En La Meca apenas consiguió adhesiones y se encontró con la aversión de los mercaderes, que lo consideraron una amenaza. En 622, temeroso de la reacción de sus paisanos, optó por alejarse quinientos kilómetros hacia el norte, y huir a Medina, donde había comunidades judías, más receptivas a sus ideas monoteístas. La fecha de la hégira (16 de julio de 622) se convirtió en el punto de arranque del calendario islámico.

En Medina, Mahoma tuvo éxito y en poco tiempo logró convertirse en jefe político, religioso y militar. Al final, desde Medina, tras varias reyertas con La Meca, la cosa se puso seria y ocho años después de haberse ido de su pueblo natal, volvió y demostró quien mandaría allí, de entonces en adelante.

En el año 632, cuando Mahoma murió de forma inesperada, prácticamente toda la península arábiga estaba unida bajo su autoridad, en un Estado que se estaba creando y que tenía a Medina como capital política y La Meca como centro religioso de la nueva fe.

Con Mahoma quedaron establecidas las fuentes doctrinales del islam: el «Corán» y la «Sunna». El Corán recoge el mensaje que Dios transmite y la Sunna —o tradición— es el conjunto de hechos y dichos de Mahoma y sus sucesores inmediatos, que servirían de orientación a los creyentes.

El islam es la última de las grandes religiones mundiales. Su éxito residió en que no especulaba acerca de la naturaleza de Dios, como sucedió con el cristianismo temprano. Un único Alá, monoteísta, era más fácil de presentar que una incomprensible Trinidad, que había causado tantos cismas.

La cuestión sucesoria

Da la impresión de que Mahoma murió antes y más deprisa de lo que él había calculado, así que el primer conflicto que se creó fue de poder, porque el Profeta no dejó las cosas atadas en cuanto a liderazgo.

No podemos dejar a un lado que el nuevo Estado que se estaba creando se componía de tribus, principalmente nómadas, gobernadas por jeques mal avenidos. Por tanto, con todo el respeto por el líder muerto, con independencia de su testamento político, si es que lo hubo, a profeta muerto, califa puesto, en una guerra de intereses entre clanes.

La cosa de la sucesión se acabo debatiendo entre uno de sus muchos suegros y su yerno Alí, marido de Fátima, hija del Profeta. Hubo quien dijo que Mahoma prefería a Alí, pero a estas alturas, Mahoma ya estaba muerto y a nadie parecía importarle lo que hubiera preferido, así que el suegro ganó en influencia  al yerno y Alí tuvo que esperar turno para ser califa, que llegó veinticinco años más tarde, en una lucha constante de conflictos internos entre las familias influyentes, en la que cayó apuñalado su predecesor.

Tras años de reyertas, pocos años después, Alí también fue asesinado por algunos de sus propios seguidores y con él acabó la saga conocida como califas ortodoxos, compañeros de Mahoma y supuestos conocedores del camino elegido por él. Con ello, treinta años después de la muerte del profeta, se instauró el califato Omeya, que trasladó la capital política del islam a Damasco.

La muerte de Alí fue relevante para el futuro del mundo islámico, porque lo dividió en dos escuelas de interpretación de los libros: “Corán” y “Sunna”. Se trataba de chiíes y sunníes, cuyas diferencias de interpretación aún existen.

Los chiíes derivan del reconocimiento de la autoridad de los descendientes del Profeta, en concreto del malogrado Alí. A la importancia del Corán añaden, como fuente de ley, la interpretación de los expertos en religión, «los imanes». Actualmente son el 15 % de la comunidad musulmana y mayoritarios en Irán, Azerbaiyán, Irak, Bahréin y el sur del Líbano.

El termino sunní deriva de Sunna. Ellos, los sunníes, consideran relevantes y aplicables los testimonios orales de Mahoma, recogidos más tarde por escrito en la Sunna.

Comienzo de la expansión: los califas ortodoxos

Veinte años después de la muerte de Mahoma, sus seguidores habían acabado con el Imperio persa, habían reducido a una tercera parte al Imperio bizantino y habían tomado Jerusalén, que convirtieron en ciudad santa del islam, como ya habían hecho antes judíos y cristianos.

Este primer éxito fulminante se puede atribuir a la cohesión supratribal para conquistar las riquezas de sus vecinos, unida al agotamiento del Imperio persa y al clima de presión fiscal y persecuciones religiosas en el que estaba inmerso el Imperio bizantino, especialmente en Siria y Egipto.

Un factor favorecedor de la expansión fue el buen trato que los nuevos conquistadores dieron a los pueblos invadidos, especialmente a los «hombres del libro» (la Biblia) esto es, judíos y cristianos. Las condiciones de ese trato quedaban fijadas en los pactos de capitulación, según los cuales, los conquistados reconocían la soberanía de los conquistadores, que respetaban la antigua administración, buscaban la colaboración de los notables y reconocían los derechos de los antiguos propietarios.

El control del territorio se confiaba a una guarnición de guerreros árabes. Los nuevos recursos fiscales incluían las tierras y riquezas públicas de los imperios persa y bizantino y la imposición de un tributo personal a la población sometida, que vino a añadirse al territorial que ya pagaban a sus antiguas autoridades —con discriminación fiscal de los musulmanes, que sólo estaban obligados a la limosna voluntaria prevista en el Corán, el 10% de sus rentas—. Lógicamente, la discriminación fiscal estimuló las conversiones a la nueva fe.

Por esta época, el Corán se estaba pasando a escrito, hasta ahora sólo había sido tradición oral. Las diferentes posiciones frente al poder califal, e incluso el contenido del Corán, dio lugar al asesinato de tres califas.

Ascensión y caída de los Omeyas

Los Omeyas eran uno de los clanes más poderosos de La Meca. Como hemos visto, llegaron al poder de forma sangrienta y lo retuvieron durante casi cien años.

Desde el principio, aún a riesgo de descuidar su jefatura religiosa, se propusieron reforzar su papel de dirigentes políticos del Estado, para lo cual escogieron el modelo bizantino: Centralizaron la administración, trasladaron la capital política de Medina a Damasco y fortalecieron el carácter autocrático de su poder.

Por aquel entonces los árabes eran sólo una pequeña minoría entre los millones de creyentes, pero la lengua común de la civilización islámica era el árabe, idioma en el que estaba escrito el Corán, aunque utilizaban también otras lenguas, en especial el persa y el turco. En cualquier caso, la minoría árabe era la casta dominante.

Los Omeyas consolidaron el nuevo Imperio mediante la adopción del idioma árabe en lengua común de la administración del califato; crearon un sistema monetario bimetálico con acuñación de monedas propias —dinar de oro y dírham de plata—; organizaron las provincias al mando de emires —siempre árabes— y jueces o cadíes; y prestaron atención a los guerreros árabes conquistadores, repartiéndoles botín, tierras y rentas.

A la caída de la dinastía Omeya, a mediados del siglo VIII, el islam había alcanzado unas dimensiones más amplías que las del Imperio romano en la cumbre de su poder, abarcando un territorio que se extendía desde la ribera del Indo hasta las costas atlánticas de la península ibérica.

Dinastía Abasí

Todo estuvo mas o menos tranquilo mientras hubo expansión y botín suficiente, pero cuando, alrededor de 740 esta situación cesó, empezaron las críticas: hubo movimientos antiárabes, antiomeyas, antiestatales, antiaristocráticos, que se expresaron siempre en términos religiosos.

El conjunto de críticas se desarrollaba en unas sociedades en las que el engrandecimiento de las ciudades había provocado la creación de una plebe de artesanos, pequeños comerciantes y campesinos muy dispuestos al motín. Al frente del cual, se situaron los abasíes.

El clan Abasí descendía de un tío de Mahoma, uno de cuyos biznietos acabó derrocando a los omeyas y tomando el poder para una dinastía que perduró quinientos años, hasta que finalmente cayó, cuando los mongoles tomaron Bagdad.

El primer califa Abasí fundó Bagdad, a donde trasladó la capital política del Estado, pero el centro religioso permaneció en La Meca, lugar de peregrinación obligada, lo cual tuvo importantes repercusiones en el desarrollo económico de la península arábiga.

Frente a una monarquía árabe Omeya, más centrada en lo político, los abasíes proponían un imperio islámico, con la recuperación del valor de jefatura religiosa del califa.

Con tan vasto Imperio, se rompió el principio de unidad de poderes impuesto por Mahoma y se sustituyó por un reparto de estos. El religioso se reservó a los califas, el político se atribuyó al gran visir, el judicial al gran cadí de Bagdad y el militar al emir, jefe del ejército.

Pero, hacia el siglo X, las enormes dimensiones del Imperio islámico, la falta de una estructura administrativa y militar adecuada para mantener su unidad, el vigor de los grupos tribales conquistadores y la fortaleza de las respectivas tradiciones regionales, propiciaron la fragmentación en tres califatos: el Abasí de Bagdad, el Omeya de Córdoba, y el Fatimí de El Cairo. Los dos primeros suníes y el tercero chií.

Lo que pasó en Hispania

En 711, Tariq, jefe bereber de un ejército de bereberes, invadió la Hispania visigoda para los califas omeyas de Damasco. Derrotó y mató al rey Rodrigo. En sólo siete años, bereberes y árabes ya habían tomado casi toda la península y luego, durante otros quince años, hicieron incursiones en Francia.

Con el ejército visigodo derrotado, los musulmanes firmaron tratados separados con varios señores locales y en vez de asentar su base en Toledo, la vieja capital visigoda, se acomodaron en Córdoba, en el rico sur.

Cuarenta años después de la invasión musulmana de la península ibérica, cuando sucedió el derrocamiento de los Omeyas, el único Omeya importante que se salvó fue Abderramán, que se refugió lo más lejos que pudo, concretamente en Córdoba, donde en menos de un año se erigió como emir, en completa independencia de sus enemigos abasíes de Bagdad, como lo hicieron sus descendientes, que al final se declararon califas.

Finalmente, el califato cordobés se desintegró en el siglo XI, dando paso a reinos de taifas.

Comercio

Los árabes originarios eran principalmente nómadas, aunque algunos practicaban la agricultura de oasis y existían unos pocos centros urbanos, como La Meca y Medina.

Con el tiempo, el islam se convirtió en una civilización predominantemente urbana con una economía tributaria, aunque muchos musulmanes árabes y otros, continuaron siendo nómadas y cuidando de sus rebaños de ovejas, cabras, camellos o caballos; raramente ganado vacuno y jamás cerdos, prohibidos por Mahoma.

El potencial agrícola de su territorio era limitado, pero su localización geográfica les confería grandes posibilidades comerciales. En él se encontraban todas las grandes rutas de caravanas entre el Mediterráneo y China. Mahoma había sido mercader, así que el islam, lejos de considerar las actividades mercantiles como ocupaciones inferiores, manifestaba respeto por ellas.

Los tributos recaudados por el Estado y la necesidad de transportarlos lejos para atender a las necesidades de la nobleza y los ejércitos musulmanes crearon flujos de mercancías que dieron lugar a amplios intercambios comerciales en el mundo musulmán.

Los musulmanes tenían prohibida la usura, pero sus mercaderes idearon numerosos y complicados instrumentos crediticios, como las cartas de crédito y las letras de cambio, para facilitar el comercio.

Los comerciantes cristianos —especialmente venecianos— aprendieron mucho de sus técnicas comerciales, bajo prohibición expresa del Papa que no fue tenida muy en cuenta.

Los árabes viajaban y comerciaban por tierra y mar. Algunos llegaron hasta China, en cuyos puertos existían colonias de mercaderes musulmanes. Cuando era posible, aprovechaban también los ríos para el transporte fluvial.

En cuanto a las rutas comerciales marítimas, los navegantes musulmanes se hicieron dueños del Mediterráneo y surcaron el Océano Índico.

En el transporte por tierra, para las distancias cortas utilizaban caballos, mulas y asnos. Para las distancias largas, el animal preferido era el camello. Se hicieron habituales enormes caravanas de cientos o incluso miles de camellos.

La nobleza feudal de los reinos cristianos recurría a los mercaderes para adquirir artículos de lujo, accesibles por la existencia de un comercio interregional a largas distancias realizado por comerciantes extranjeros no cristianos (judíos, bohemios, eslavos, griegos y árabes).

El mundo musulmán era un gran receptor de esclavos. La Europa occidental exportaba al mundo islámico esclavos, procedentes de la Europa oriental, y espadas. En contrapartida, importaba especias, textiles, seda y plata.

Agricultura y ganadería

Buena parte de las técnicas de regadío procedía de tradiciones iraníes e iraquíes preislámicas, que fueron mejoradas por los musulmanes. El resultado fue un notable incremento de la productividad agrícola, la difusión de nuevos productos y la configuración de un paisaje de huerta.

En agricultura, las novedades más notables fueron la expansión del olivo, generalización del arroz, el algodón, el azafrán, los cítricos, la alcachofa, la espinaca y, en general, las frutas y los productos de huerta. Sólo la vid, por la prohibición religiosa, experimentó un retroceso.

En muchas regiones, el otro pilar de la economía era el pastoreo, aunque el clima de las áreas de expansión islámica no propiciaba el desarrollo de bosques y pastos, lo que excluía la cría del ganado vacuno, mientras que la religión proscribía el consumo de cerdo. En consecuencia, los rebaños quedaron constituidos por ovejas, cabras, camellos y dromedarios.

Industria textil

El textil fue la principal actividad manufacturera del mundo musulmán. Se utilizó para vestimentas, alfombras, cortinajes y velas de navíos.

La principal materia prima era la lana, procedente de los rebaños ovinos, también el lino en las zonas húmedas de los grandes ríos, el algodón y la seda. El mundo musulmán era autosuficiente en lana, pero necesitaba importar algodón, procedente de la India.

La actividad textil también involucraba los tintes y los mordientes, que fijan el tinte en las telas; es el caso del alumbre. En muchas zonas del islam, el tinte de los tejidos lo realizaban artesanos judíos.

Otra actividad involucrada era el trabajo del cuero en el que se alcanzaron altos grados de calidad.

El origen de las prendas estaba asociado a lugares: muselina (por Mosul), damasco, o fustán (por Al Fustat, denominación antigua de El Cairo).

El mundo musulmán fue proveedor de diferentes tipos de estos tejidos para el Imperio bizantino y para las cortes de los reyes cristianos.

Ciencia y tecnología

Durante cientos de años, los árabes fueron los principales intermediarios en el comercio entre Europa y Asia. En este proceso, facilitaron enormemente la difusión de la tecnología. Muchos elementos de la tecnología China, entre ellos la brújula o la fabricación del papel, llegaron a Europa a través de los árabes.

También realizaron importantes innovaciones industriales en la fabricación del papel, el vidrio o la seda. La expansión de la industria papelera favoreció la producción de libros, la extensión de escuelas y bibliotecas y la alfabetización.

En tecnología, alcanzaron un gran nivel en relación con el aprovechamiento de la energía hidráulica, el diseño de instrumentos astronómicos y de útiles para la medicina.

Conocimiento

El desarrollo económico del mundo islámico fue acompañado del florecimiento cultural, donde logró combinar el conocimiento que adquiría de Oriente con el legado cultural grecorromano.

Debido a sus conquistas en el Imperio romano de Oriente, los árabes acapararon gran parte del saber de la Grecia clásica. Durante la Edad Media europea, junto con los chinos, se situaron a la vanguardia mundial en pensamiento científico y filosófico. Muchos autores griegos han llegado hasta nosotros gracias a sus traductores árabes.

La Bagdad del siglo IX se convirtió en un auténtico foco cultural. La teología, la filosofía, el derecho, la poesía, el gobierno, la historia, la medicina, la ciencia y la geografía contaban con sus propios expertos, en este mundo cultural hiperactivo.

Durante el renacimiento intelectual europeo de los siglos XI y XII, muchos eruditos cristianos fueron a Córdoba y otras ciudades musulmanas, a estudiar ciencia y filosofía clásica.

Los avances en matemáticas fueron también decisivos en el desarrollo científico posterior. El álgebra es un invento árabe y árabe es la notación numérica actual que se usa universalmente.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [17], [18].

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