viernes, 20 de julio de 2018

Una evolución energética que se inició durante la Edad Media europea

Imagen: Labores agrícolas, 818 dE, Salzburgo
Fuente: Wikipedia
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Frente a la aparente brillantez del mundo antiguo, la Alta Edad Media es conocida como la «Edad Oscura», por la fuerte regresión que experimentó la cultura clásica en estos siglos. Pero no todo es filosofía, arte o literatura, tan abundantemente cultivadas por griegos y copiada luego por romanos que, sin embargo, no tuvieron ninguna vocación para innovar en nuevas tecnologías o en eficiencia energética.

Mucha estatua clásica, novela, sátira o poesía, pero poco más, salvo obras civiles que resolvieran problemas puntuales que no podían solucionarse con brazos de esclavos. En el aspecto energético, tanto griegos como romanos fueron una completa nulidad.

Hasta ahora, el trabajo disponible había sido abundante y barato; por tanto, si no se disponía de la suficiente potencia —o sea, brazos— se compraban más esclavos. La explotación agrícola fue extensiva; si la producción no era suficiente, lejos de pensar en invertir para mejorar las técnicas de cultivo, se conquistaban nuevas tierras, se esclavizaba a todo lo que se movía y asunto concluido.

Desarbolado el Imperio, con la reordenación de la fuerza del trabajo, que se había convertido en escasa y cara tras la disminución paulatina de la esclavitud, unida a una cierta disminución de la población en Europa, llegaron incentivos para la innovación tecnológica, que marcaron la gran diferencia entre las nuevas sociedades agrícolas de la Edad Media y la rutina esclavista de la antigüedad.

Pero, no nos engañemos, la Alta Edad Media no vino a traer un nuevo mundo de libertades para las clases inferiores —un siervo del medievo podía vivir igual o peor que un esclavo romano o griego y tener la misma falta de libertades— los que ejercieron el poder tenían exactamente el mismo interés que siempre habían tenido los que les precedieron: enriquecerse sin trabajar.

Las instituciones políticas y económicas eran, como siempre lo habían sido, extractivas, su objetivo era extraer la máxima riqueza de la base social para beneficiar a las élites. Este modelo extractivo no es cosa del pasado y aún hoy sigue vigente en la mayor parte de la humanidad, pero hay que reconocer que, para unos pocos países privilegiados, las cosas empezaron a cambiar cuando en el siglo XVII, en Inglaterra, empezó a fraguarse un modelo inclusivo, con nuevas instituciones y libertades, que creó las bases para un crecimiento económico sostenido en el que vivimos una parte de la humanidad —probablemente a costa de la otra parte—.

Hablar de Edad Media como un todo es pretencioso, estaríamos intentando englobar mil años bajo un mismo epígrafe, desde la caída del Imperio romano de Occidente al de Oriente. Aunque en términos de evolución energética puede que sea posible por lo lentas, e incluso homogéneas, que fueron las cosas.

Analizar la evolución social desde un punto de vista endógeno europeísta parece, además, poco plausible porque empezaron a llegar nuevos vientos desde el Este. Roma y Alejandría, a estas alturas, eran unos villorrios. Bizancio y Venecia hacían lo que podían y un tal Mahoma la había liado parda en Arabia, con aspiraciones geográficas ambiciosas que hicieron reales sus sucesores —porque al hombre se lo llevó un mal viento de un día para otro—.

Repasando las innovaciones, se verá que todas ellas repercutieron en una evolución energética que comenzó en el medievo y sigue hasta nuestros días, aunque muy lentamente al principio.

Métodos de cultivo más eficientes:

Se partía de la antigua rotación bienal de «año y vez», que cada año dejaba en barbecho la mitad del suelo, para mantener su fertilidad y acumular humedad. Este método estaba adaptado a las tierras secas mediterráneas y a los débiles arados romanos, que no podían roturar los suelos compactos del norte, razón por la cual, allí cultivaban sólo las tierras arenosas y calizas de las colinas —con drenaje natural— evitando las tierras más fértiles, pero más pesadas, de valles y mesetas.

Una rotación bienal típica consistiría en un cultivo de primavera en la mitad del terreno (avena, cebada, guisantes, judías) que se cosechaba en verano, más una siembra en otoño (trigo, centeno) que se recogía al verano siguiente y luego, un año en barbecho, mientras se explotaba de la misma forma la otra mitad.

En los climas más húmedos de la Europa atlántica y central, con precipitaciones abundantes, los suelos son más profundos, no necesitan del barbecho para acumular humedad y toleran una absorción más constante de los nutrientes. Pero para trabajar estas tierras era necesario utilizar un apero más pesado que el famélico arado romano.

Una vez resuelta la invención del arado pesado de ruedas (la carruca) que permitía arar este tipo de suelos en profundidad, se hizo posible la rotación trienal, que dejaba improductiva sólo una tercera parte del terreno y que, por tanto, era mucho más eficiente.

En la rotación trienal los campos se dividían en tres hojas. La primera se sembraba en otoño con cereales de ciclo largo (por ejemplo, trigo o centeno) la segunda en primavera, con cereales de ciclo corto o leguminosas y la tercera se dejaba en reposo.

La rotación triple, con sus siembras de otoño y primavera, distribuyó las labores agrarias más uniformemente durante el año, redujo el riesgo de hambre ante perder una de las cosechas y al haber más variedad de alimentos, produjo una mejor nutrición, potenciando el uso de las legumbres.

Ruptura del equilibrio entre agricultura y ganadería:

El ganado en la economía medieval variaba mucho, dependiendo del área geográfica.

En las zonas mediterráneas la ganadería era menos importante que en el resto de Europa. Consistía, sobre todo, en rebaños trashumantes de ovejas y cabras que invernaban en las dehesas de las tierras cálidas y se trasladaban a las montañas en primavera.

Una nueva función importante de la ganadería fue servir como animales de tiro. El más corriente en casi toda Europa era el buey. En el noroeste de Europa y Rusia se utilizó el caballo; en el suroeste de Francia y España, el asno y la mula; y sólo en Italia, el búfalo de agua.

El arado pesado de ruedas no tuvo un uso generalizado hasta que la agricultura logró imponerse a la ganadería. La utilización de este apero requería de varios bueyes, pero cada campesino tenía sólo un buey, o dos a lo más, lo cual contribuyó a un espíritu cooperativo, necesario, de la agricultura feudal.

Mejor aprovechamiento de la fuerza motriz de los animales:

Las principales innovaciones en este campo, durante la Alta Edad Media, fueron, respecto al caballo, la herradura, la collera y el estribo. Respecto al buey, el yugo frontal.

Se impuso la herradura con clavos, para la caballería, cuyos cascos eran más blandos que los de los bueyes, lo cual aseguraba su pisada y reducía su desgaste, tanto en las tareas de tiro como en el combate.

La collera fue una nueva forma de enganche que mejoraba, en un factor de cinco, la fuerza de tracción, al no oprimir el pescuezo de los animales, no dificultaba su respiración y, por tanto, aumentaba su fuerza.

El estribo fue, sobre todo, una innovación en el terreno militar. Mejoraba el apoyo del jinete, al que le permitía desenvolverse más eficientemente en su combate frente a tropas a pie. Esto hizo a los caballeros aún más importantes, en la ordenación social, frente a la infantería.

Estas innovaciones, junto a los tiros de animales en fila, hizo que la capacidad de arrastre pasara de quinientos a dos mil kilogramos.

Nueva organización del trabajo:

La organización del trabajo en los señoríos dejaba muy poco margen para la iniciativa individual. El sistema de campos abiertos, con parcelas diseminadas forzaban el trabajo en común. Así, en las tierras más compactas, que eran las más fértiles, se podían necesitar hasta ocho bueyes para arar, cuando cada campesino, a lo más, podía tener dos. La recogida de la cosecha también se hacía en común, para que el ganado de todos pudiese pacer en el rastrojo.

Los sistemas de rotación en el señorío imponían ciertas formas de organización comunitaria de la producción. Una vez levantadas las cosechas, se dejaba pastar a todos los ganados de la aldea en las tierras recién segadas, se aprovechaba tanto el rastrojo como las hierbas, al tiempo que se resolvía el problema de la alimentación del ganado y se lograba el abonado natural de las tierras en reposo. Se permitía a los ganados deambular libremente por las parcelas de todos los propietarios, sin distinción. Esto requería que los campos permaneciesen abiertos, sin cercados, y que todos los campesinos respetasen el mismo sistema de rotación, de ahí que el término de la aldea quedara dividido en hojas donde se concentraban las parcelas de cultivo por una parte y las de barbecho por otra, para facilitar el pastoreo.

La consolidación del feudalismo se produjo a la vez que se extendían las prácticas agrarias diferenciadas entre las dos grandes regiones que componen Europa.

Al Sur poco cambió. La agricultura de la Europa del área mediterránea continuó con las prácticas heredadas de la antigüedad clásica, con los cereales, la vid y el olivo como principales cultivos, así como el pastoreo del ganado ovino y cabrío. Para el laboreo de los campos utilizaban el arado romano ligero, que rozaba la parte superior del terreno, ayudado por una yunta de bueyes, siguiendo el sistema de rotación bienal de año y vez, que continuó en esta zona hasta el siglo XIX.

Los aumentos de producción tuvieron consecuencias diferentes. Las familias campesinas los aprovecharon para mejorar su dieta y ampliar el número de sus miembros, los grandes propietarios los convirtieron en excedentes para alimentar a personas que no se dedicaban a tareas agrícolas, sino a la producción de bienes manufacturados, como bebidas, tejidos o piezas metálicas. De esa forma, los grandes dominios se constituyeron en generadores de reducidos excedentes, tanto agrarios como artesanales.

La creación de excedentes artesanales dio origen al intercambio entre señores. Por esa razón, muchos productos de lujo comenzaron a circular y surgieron rutas comerciales.

Especialización:

En el siglo XIII, ciertas áreas europeas fueron capaces de introducir cultivos muy especializados y romper la tradición de cultivar para el autoconsumo.

En las regiones mediterráneas y las cuencas de los grandes ríos europeos se aprovecharon las condiciones climáticas y de regadío para aclimatar plantas destinadas a los nuevos circuitos comerciales y los mercados urbanos: cítricos, frutos secos, azúcar, arroz, olivo, frutas, lino, azafrán, etc.

En Flandes y los Países Bajos comenzaron a cultivar menos cereal, que preferían importar —generando con esto beneficios a sus comerciantes— y se centraron en otros, como el lúpulo para la fabricación de cerveza, cuya demanda había aumentado en los mercados del norte de Europa y de Inglaterra. Esto requirió mejoras en los tratamientos de regeneración de los suelos, mediante inversiones que se justificaban por los altos rendimientos.

Energía hidráulica:

La rueda hidráulica más antiguo de la que se tiene constancia es el molino griego o escandinavo. Difiere del tipo que conocemos ahora en que el eje no era horizontal, sino vertical. Era utilizado, principalmente, para moler grano.

El romano Vitrubio, en el siglo I adE, propuso un diseño distinto para el molino hidráulico, más eficiente, con el eje horizontal y la rueda vertical. Era una modalidad que había conocido en Egipto, donde se venía utilizando desde hacía más de un siglo.

No sorprende que este molino de Vitrubio fuera escasamente utilizado en el Imperio romano hasta los siglos III y IV, dado el modelo social existente. Mientras se pudo disponer de esclavos y mano de obra barata, había pocos estímulos para emprender el desarrollo de capital necesario para la innovación. Como ejemplo, el emperador Vespasiano, en el siglo I, rechazó un proyecto de elevador de piedras pesadas accionado por agua, por miedo a generar desempleo.

Un molino romano de eje horizontal, como el propuesto por Vitrubio, podía moler unos 180 kilos de grano por hora. Un molino movido por un burro, o dos hombres, no pasaba de los cinco kilos por hora. A este tipo de molinos, movidos por hombres o animales, se les llamaba «molinos de sangre».

En el siglo IV las circunstancias habían cambiado radicalmente y existía una gran escasez de mano de obra, por lo que la construcción de molinos de agua se convirtió en un asunto de interés público.

Al principio, los molinos hidráulicos de eje horizontal eran impulsados desde abajo. Más tarde, se descubrió que era más eficiente mover la rueda desde arriba, porque a la fuerza de la corriente, se añadía la de la gravedad, aunque este funcionamiento requería de inversión en infraestructura adicional, dado que había que alterar el arroyo y embalsarlo para formar una alberca desde la que se pudiera lanzar el agua sobre la rueda. Este tipo de molino no sólo revolucionó la molienda de grano, sino que abrió el camino a la mecanización de otras muchas operaciones industriales mediante las mejoras en los procedimientos de transmisión mecánica, los sistemas de engranajes y la maduración de mejoras en la incipiente maquinaria.

Aunque fue la molienda de grano lo que proporcionó el estímulo más importante para el desarrollo de la rueda hidráulica, ésta se utilizó en toda la Europa medieval para una gran variedad de fines industriales.

Hacia 1100, la energía hidráulica se utilizaba en la industria maderera para serrerías y trituradoras de madera, en la textil para batanes, en la metalúrgica para molinos de martinetes para batir el metal, o para mover los fuelles de las fundiciones y en cualquier otro tipo de sector donde fuera necesario.

El uso de esta energía influyó de manera importante en la distribución geográfica de la industria, haciendo que los bataneros, por ejemplo, se trasladaran a áreas rurales en busca de arroyos apropiados y estimuló el crecimiento de asentamientos importantes en la minería y en la metalurgia.

Cuando Guillermo el Conquistador ordenó su estudio sobre los recursos de Inglaterra en 1086, sus agentes censaron 5.624 molinos de agua en, aproximadamente, 3.000 pueblos, y eso que Inglaterra no era la zona más avanzada de Europa ni económica ni técnicamente.

Energía eólica

La utilización del molino de viento como fuente de energía, es mucho más reciente que la rueda hidráulica y para su desarrollo, se aprovechó de los conocimientos mecánicos adquiridos en la construcción y mejora de su predecesora. Parece que el inicio de su uso remonta a Persia, en el siglo VII.

A pesar de su gran utilidad, las ruedas hidráulicas tenían muchas limitaciones. La más importante era que necesitaban un caudal regular de agua o una cascada.

En el siglo XII se empezó a encontrar una solución más satisfactoria: el molino de viento que, con brisas regulares, podía realizar todas las tareas del molino de agua. En las llanuras del norte de Europa, donde los vientos eran más constantes y los arroyos más lentos y se helaban con mayor facilidad en invierno que en el sur, estos molinos brotaron profusamente y tuvieron especial importancia en las regiones de Holanda y Flandes, donde, junto a otros usos, accionaban bombas para extraer agua en las tierras ganadas al mar.

Industria textil:

En este campo, Los tres inventos de mayor importancia asociados con la industria medieval de la lana son el torno de hilar, el telar horizontal y el batán.

Según Adam Smith, el torno de hilar, con su continuo movimiento de rotación, duplicaba la productividad del trabajo.

El telar horizontal fue más una cuestión de comodidad para el tejedor que un avance energético de importancia.

El enfurtido o abatanado de la tela para hacerla más compacta batiendo la fibra es algo parecido al fieltrado de la lana. La novedad en la época medieval fue la sustitución del trabajo del hombre, con los pies pisando en agua, por mazas accionadas mecánicamente.

Otras innovaciones:

En la agricultura, además de las mejoras en los arreos y guarniciones de la caballería, fueron importantes las mejoras en la metalurgia. El hierro era ahora más abundante y barato y cada vez se utilizó más en las herramientas agrícolas, no sólo en el filo de los nuevos arados, sino también en herramientas sencillas, por ejemplo, se desarrollaron la hoz, de mango corto, y la guadaña, de mango largo.

En el transporte marítimo, las principales novedades fueron las introducidas por los vikingos, que construyeron embarcaciones dotadas de quillas y mástiles, aptas para largas travesías. Para usos comerciales, la innovación fue la coca, derivada de las barcas celtas, que permitió transportar grandes cargamentos en las rutas comerciales de las aguas del mar del Norte. También se generalizó el uso de la brújula y esto dio comienzo a la aparición de las primeras cartas de navegación.

En el transporte terrestre, la generalización de la collera, en los siglos XII y XIII, hizo que se multiplicara la fuerza de tracción efectiva del caballo. De este modo, el caballo hizo valer sus méritos, y sustituyó al buey.

En mecánica, el aprovechamiento de la energía hidráulica mediante molinos impulsados por agua, trajeron mejoras adicionales en los engranajes de las ruedas y la introducción de levas permitió transformar el movimiento circular en un movimiento alternativo, ampliando así las aplicaciones de la fuerza hidráulica.

En relojería: los molinos de agua y viento requerían complicados engranajes. Sus constructores y reparadores adquirieron un conocimiento empírico de la mecánica práctica que pronto llevaron a otro campo, la construcción de relojes. Ya en el siglo XII, la demanda de relojes era tan grande que en Colonia existía un gremio de relojeros especializado.

En la evolución del pensamiento: Las innovaciones en la mecánica trajeron una nueva actitud hacia el mundo material. Se podía comprender la naturaleza y aprovechar su fuerza. Roger Bacon, científico de Oxford, en el siglo XIII profetizó las posibilidades de la ciencia aplicada: «Máquinas que nos permitirán navegar sin remos, carros de los que no tiren animales… máquinas para volar… máquinas que puedan moverse en las profundidades de los mares y los ríos…».

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [7], [17], [18], [20], [26].


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viernes, 6 de julio de 2018

Esclavitud y servidumbre de la antigüedad hasta la Edad Media

Jardines Colgantes de Babilonia.
Fuente: Wikipedia
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El trabajo forzoso, sea por esclavitud o servidumbre, es tan antiguo como el ser humano; existe desde el Paleolítico y ha evolucionado de diversas formas a lo largo de la Historia, dependiendo del momento económico.

Existía, y existe, la servidumbre individual —más asociada al esclavismo— pero también la colectiva, cuando pueblos enteros, o clanes, eran vencidos y pasaban a ser siervos a los que se concedían ciertos derechos, como poseer algunas tierras, mantener a sus familias o conservar su religión.

Fijándonos sólo en el período histórico del que vamos a hablar —de la antigüedad a la Edad Media—, las situaciones de ausencia de libertad mantuvieron diversas formas según fue conveniente para las economías que las impusieron y existen múltiples nombres para describirlas, dependiendo de diversas connotaciones en cuanto al tipo de propiedad que se mantenía sobre la persona. No obstante, hoy se tiende a distinguir solo dos formas esenciales: esclavo y siervo. La esclavitud es un término muy claro que todos entendemos, pero el de siervo puede no serlo, así que lo definiremos por exclusión. Para simplificar, diremos que siervo es todo aquel trabajador que no puede ser considerado ni libre ni esclavo.

La diferenciación puede parecer trivial — ¿qué más da, si al fin y al cabo todo es opresión? — . Pero existen matices, interesantes de analizar, que determinaron el tipo de opresión que se ejerció y los intereses económicos y sociales detrás de cada etapa de la historia. Desde el punto de vista económico, el matiz principal que diferencia ambas formas es que la esclavitud necesita de mercados, mientras que la servidumbre no. Pasemos a verlo:

La servidumbre es colectiva y tiende a ser sostenible. Mediante ella, se obligaba a trabajar para personas o instituciones sin retribución económica. Los siervos tenían una dependencia personal de la que no podían librarse y además del trabajo forzoso al que estaban obligados, tenían que trabajar para la manutención de sus familias. Con el fin de que esta fuerza de trabajo se mantuviera en el tiempo, se les concedía ciertos derechos, pero carecían de movilidad territorial. No se compraban ni se vendían y sólo eran transferidos por conquista o donación. Por tanto, los siervos eran una inversión a largo plazo que aumentaba el valor de la propiedad raíz.

La esclavitud tenía un carácter individual y era una inversión en bien de capital. Los esclavos eran una mercancía y en las sociedades esclavistas no existía un mercado de trabajo, sino de trabajadores. Los esclavos carecían de cualquier derecho legal y humano —eran una propiedad con alma, según Aristóteles—. Por tanto, el esclavo era una inversión muy cara que había que rentabilizar a corto o medio plazo. Como ejemplo, en el edicto de Diocleciano sobre precios máximos en el año 301, el esclavo más caro —varón de 40 años— costaba el equivalente al salario de tres años de un cantero o un carpintero.

Las relaciones familiares de los siervos eran estables y esto fomentaba su reproducción. El esclavo, sin embargo, mantenía parentescos provisionales que podían desaparecer por venta de cualquiera de los miembros; siempre y cuando el dueño no hubiese intervenido antes, castrando al esclavo o prohibiendo el mantenimiento de relaciones sexuales. Los siervos, además, mantenían una cohesión social que los esclavos no tenían.

Hay que precisar que trabajadores libres han existido siempre, aunque la figura del trabajador asalariado no cobró importancia hasta el surgimiento de las ciudades, al final de la Edad Media y lo que existió hasta entonces fue la figura del agricultor que labraba sus propias tierras.

Existen testimonios del trabajo forzado desde el inicio de la Historia. Hace casi cuatro mil años, las disposiciones sobre la propiedad del código de Hammurabi, rey de Babilonia, incluían leyes sobre la esclavitud. En la época del primer imperio babilónico ya existían mercados regulares de esclavos y había una estabilidad en el precio que indicaba un comercio bastante habitual.

Mil años después y un poco más al norte, pero siguiendo en la actual Irak, los gobernantes asirios habían creado un imperio que se extendía desde Irán hasta Egipto. Era el mayor imperio terrestre creado hasta entonces, producto de la prodigiosa maquinaria de guerra asiria.

Mantener un territorio tan extenso obligaba a los asirios a ejercer políticas drásticas, tanto de sometimiento como aniquilación y castigo posterior. La deportación masiva y el sometimiento era una política asiria habitual. Cuando se encontraban con grandes grupos de población molesta, tras diezmarla, desplazaban de sus lugares de origen a quien quedaba y los reasentaban en otras partes del imperio.

Y aquí entra en juego una de las tribus hebreas, la de Judá, con capital en Laquis, a unos 40 km de Jerusalén, que era un punto estratégico en las rutas comerciales que unían Mesopotamia con el Mediterráneo y la inmensa riqueza de Egipto. Su rey, Ezequías, se rebeló contra el rey asirio Senaquerib, que le envió sus tropas, mató a todo el que se le antojó y deportó y sometió a todo ser vivo que quedaba.

Veamos como lo cuenta el propio Senaquerib, supuestamente según sus palabras:

«Como Ezequías, rey de Judá, no se sometía a mi yugo, me alcé contra él, y por la fuerza de las armas y la potencia de mi poder tomé 46 de sus ciudades fortificadas; y de las ciudades más pequeñas que estaban dispersas, tomé y saqueé un número incontable. De estos lugares tomé y me llevé a 200.000 personas, viejas y jóvenes, hombres y mujeres, junto con caballos y mulas, asnos y camellos, bueyes y ovejas, una incontable multitud».

Esta historia también se narra en el Libro de los Reyes de la Biblia hebrea, donde se recoge la negativa a pagar el tributo por parte de Ezequías. Lo que se soslaya en la Biblia es el hecho desagradable de que Senaquerib respondió con brutalidad y ganó la partida, tomando las ciudades de Judá, hasta que Ezequías se rindió y pagó. Dice la Biblia respecto a Ezequías:

«Yaveh estuvo con él y tuvo éxito en todas sus empresas; se rebeló contra el rey de Asiria y no le sirvió»

Parece que las tribus hebreas eran bastante reacias a ser sometidas y proclives a dar problemas a sus líderes sobrevenidos. De hecho, vencidos los asirios y llegados al poder los caldeos, de nuevo en Babilonia —estamos, más o menos, en 600 adE— el rey Nabucodonosor tomó cartas en el asunto y confinó a buena parte del pueblo hebreo en zona babilónica, independientemente de su tribu, para utilizarlo en sus fabulosas construcciones.

Una generación después, Ciro el Grande, primer emperador persa, desde su centro político situado en Irán, se constituyó como rey de reyes de una confederación de estados con un enfoque multirreligioso y multicultural que pervivió doscientos años. Cuando Ciro invadió Babilonia, reestableció los cultos de distintos dioses y permitió que quienes habían sido hechos prisioneros por los babilonios pudieran volver a sus lugares de origen, entre ellos los judíos, que ahora eran una única etnia fruto de la mezcla habida de las diferentes tribus, confinadas en un mismo espacio.

La esclavitud fue importante en Egipto, pero se cree que era menos fundamental que el estamento de los agricultores libres, aunque estos trabajaran en levas forzosas para la construcción de obras civiles.

Ya en la época griega clásica, el comercio de esclavos estaba totalmente organizado, como si se tratara de cualquier mercado de intercambio de los que existen actualmente. El foco comercial más importante era la isla de Delos, yéndole de cerca los puertos de las futuras ciudades de Bizancio, junto al Bósforo y Tanais, en el extremo oriental del Mar Negro.

Delos es una isla minúscula de 3’5 km2 de superficie, cuyo perímetro costero puede recorrerse caminando en menos de tres horas, muy bien situado en las rutas marítimas de aquel momento. Al final de las guerras médicas, cuando Esparta perdió su hegemonía, Atenas la eligió centro neurálgico de lo que se conoció como Liga de Delos, para defenderse de los ataques persas. Allí se ubicó inicialmente el tesoro de la Liga.

Estrabón documenta que en Delos se negociaban hasta 10.000 esclavos al día. La oferta era casi regular, aunque los comerciantes controlaban la oferta en función de las demandas del mercado.

La demanda era diversa: hombres robustos para las minas, el campo o la guerra; mujeres jóvenes «con encanto»; mujeres expertas en labores domésticas o textiles; obreros especialistas u hombres cultivados para ser tutores de familias ricas, por ejemplo.

Con frecuencia, los esclavos no pisaban tierra y eran adquiridos en el mismo barco «al por mayor» por importantes mercaderes.

El precio de un esclavo reflejaba la calidad, la edad, la salud y los conocimientos profesionales. Tomando como referencia el salario diario de un obrero libre, 1 dracma por día, podemos comparar la valoración de cada tipo de esclavo: esclavo para las minas, seis meses; especialistas metalúrgicos hasta dos años; intérpretes, científicos, técnicos, artistas, mujeres de gran belleza o cortesanas, alcanzaban precios desorbitados que se valoraban caso a caso.

La oferta y la demanda fluctuaban en función de las guerras y las cosechas. Antes de que se desencadenara una guerra, la demanda de esclavos robustos crecía. Las guerras del Peloponeso y los conflictos entre las polis griegas y los persas hicieron que el precio aumentara antes del inicio de las hostilidades y cayera al terminar las mismas.

Con las expediciones de Alejandro, ya en la época helenística, estalló la demanda de esclavos exóticos: negros etíopes, indios y esclavos circasianos. Las muchachas de ojos grises procedentes de allí cuadruplicaban el precio habitual.

Más tarde, la república romana desarrolló aún más la economía de Delos. Los mercaderes romanos establecidos en Delos reclamaron al Senado autorización para crear un puerto franco en la isla, donde se llevaron a cabo grandes trabajos para mejorar las infraestructuras del puerto y su capacidad de transacción de esclavos.

Las guerras contra el legendario Mitrídates, el aumento de la piratería y, sobre todo, el cambio de las rutas comerciales debido al auge de la nueva ciudad de Alejandría, hicieron que Delos perdiera su posición comercial dominante y fuera en declive.

En el Mundo Antiguo, los esclavos solían estar en los núcleos urbanos y se dedicaban a trabajos especializados. Los plebeyos, carentes de derechos políticos, trabajaban las tierras en las afueras de las ciudades bajo diferentes modalidades de servidumbre.

Las complejidades políticas del mundo clásico, en Grecia y Roma, obligaron a otorgar libertades a los campesinos y plebeyos, a los que se convirtió en hombres libres y se les reconoció derechos políticos. Esto originó escasez de mano de obra precaria y fue un incentivo para recurrir a la esclavitud.

Las reformas de Solón, en Grecia (594 adE) abolieron la servidumbre por deudas y otras formas de trabajo servil que entonces existían.

En Roma, las reformas que introdujeron las leyes Licino Sextias (367 adE) declararon a los antiguos plebeyos hombres libres, con derechos de participación política, religiosa y de propiedad.

 Lo que define a una sociedad como esclavista es que esté generalizado el empleo de esclavos en el proceso productivo. Fue una innovación organizativa de Grecia y Roma. En las ciudades griegas y romanas, junto a los esclavos, trabajaban asalariados libres en casi todas las actividades, aunque, por razones obvias, el esclavo no tenía acceso a la jurisprudencia, la política y el ejército —excepto remeros, claro está—.

En el mundo romano, la demanda se concentraba en las ciudades, especialmente en Roma. Esto estimuló una agricultura intensiva en algunas zonas de Italia, en grandes latifundios trabajados por esclavos. Sin embargo, en las provincias del Imperio, lo habitual era que las tierras fueran trabajadas por campesinos que pagaban impuestos al Estado, y la esclavitud no era tan relevante.

Los hombres libres predominaban en las pequeñas explotaciones en una agricultura de subsistencia, con una pequeña producción artesanal y algún comercio urbano. Los esclavos predominaban en la producción a gran escala, fuera en el campo o en las urbes.

Como hemos visto antes, la esclavitud requería de una actividad mercantil y una economía muy monetizada. Por eso, cuando la actividad mercantil decayó a partir de la crisis del Imperio romano, la esclavitud perdió relevancia.

La esclavitud en Roma tuvo su apogeo entre los siglos II adE y II dE, pero tras la crisis del siglo III, la decadencia del Imperio durante los siglos IV y V conllevó la práctica desaparición de la esclavitud y en las grandes y autosuficientes villas romanas, la esclavitud se tornó en servidumbre bajo la forma de colonos y siervos.

Respecto a los pequeños propietarios, desde el siglo III, la presión fiscal sobre la tierra aumentó y el pequeño campesino, que apenas sobrevivía en una agricultura de subsistencia, tenía que pagar al Estado entre un 25% y un 33% de su producción. Esto hizo la situación insostenible y provocó que algunos abandonaran sus tierras para dedicarse al bandidaje y otros se pusieran al mandato de latifundistas bajo la figura del patrocinio o colonato.

El patrocinio era una institución del derecho romano consistente en un contrato mediante el cual, a cambio de la protección del noble, el campesino aceptaba la autoridad sobre sí mismo y su propiedad. Esto acarreaba la pérdida de la independencia personal. Por dicho contrato, el colono se comprometía a realizar para el patrón determinados servicios productivos y militares. Esta figura fue el antecedente del señorío feudal.

Colonos y siervos eran dos caras de la misma moneda, ya que los colonos eran campesinos adscritos a la tierra y eran dependientes de sus amos. Las leyes de Constantino, a principios del siglo IV, establecían que los colonos que intentasen huir deberían «encadenarse como esclavos». La legislación de Valentiniano I, pocos años más tarde, definía a los colonos como «esclavos de la tierra».

Frente a la creencia generalizada de que el cristianismo contribuyó fuertemente a la desaparición de la esclavitud, lo cierto es que los cristianos sólo exhortaban a tratar a los esclavos con compasión y la Iglesia nunca se pronunció como antiesclavista. De hecho, desde principios del siglo V surgieron edictos papales y conciliares que limitaban y prohibían la manumisión de esclavos que fueran propiedad de las iglesias o los clérigos.

 En Historia económica, el feudalismo se define como el sistema económico basado en los señoríos que empezó a gestarse en el siglo VI, tras la decadencia del esclavismo y el fin del Imperio romano y que pervivió hasta la llegada del capitalismo, en el siglo XVIII. No obstante, la auténtica consolidación del sistema feudal se fecha en la época de Carlomagno en torno al año 800.

En el sistema económico feudal, las unidades económicas productivas (los señoríos) se habían convertido en autosuficientes por lo que apenas había comercialización de productos. De esta forma, desaparecieron los mercados de los factores de producción. No se comerciaba ni con la fuerza del trabajo ni con las tierras. Las tierras sólo se transmitían por herencia, confiscación o donación y los trabajadores dejaron de venderse en el mercado y, a cambio, se los sujetó a la tierra por la legislación y la coacción señorial.

Desde los siglos VI al VIII —en los que la situación política fue convulsa— existió un modo de producción campesino, en el que estas comunidades gozaron de una relativa independencia frente a los señores y el Estado, y la presión fiscal para la apropiación del excedente, no fue ni tan intensa ni tan sistemática como lo era antes. En este modo de producción campesino, las clases sociales eran propietarios versus arrendatarios.

Más tarde, consolidada la situación política, en el modo de producción feudal —después del año 800— la situación se recrudeció y paso a dividir a la sociedad en señores y siervos.

En los señoríos dominicales, el noble poseía las tierras y sus habitantes no eran libres, sino siervos, que tenían que cultivar las tierras del señor, con sus propios aperos y animales de tiro y carga. Los trabajadores estaban ligados a la tierra y en caso de intentar escapar eran castigados según el criterio de su señor. Además de trabajar las tierras del señorío, el siervo debía prestar servicios militares.

Un segundo grado de poder lo constituía el señorío jurisdiccional, en el que además de las prerrogativas del señorío dominical, existía autonomía jurídico-administrativa con respecto al reino y aquí los señores eran la autoridad política absoluta y realizaban las funciones públicas correspondientes al Estado: dictaban leyes, nombraban tribunales, cobraban impuestos, reclutaban ejércitos y acuñaban moneda.

Desde el siglo XI, las relaciones económicas entre el señor y sus vasallos empezaron a flexibilizarse, proceso que se intensificó aún más en el siglo XIV. El mayor cambio fue la posibilidad de que el campesino pudiera sustituir todo o parte del trabajo obligatorio por pagos en especie o en dinero. Esto permitió a los campesinos dedicarse más a sus propias tierras y les dio incentivos para mejorar su productividad, por lo que tanto siervos como señores ganaron con el cambio.

Las razones que impulsaron a los señores a realizar libremente esos cambios pudieron ser varias, pero en buena parte, pudieron estar ligadas a las nuevas circunstancias económicas que se produjeron por las conquistas militares y la incorporación de nuevas tierras de cultivos.

En Europa occidental los vínculos se relajaron, en parte por la monetización de la economía. Los terratenientes querían comprar artículos exóticos y empezaron a preferir dinero que rentas en trabajo. También, el surgimiento de las ciudades generó puntos de fuga en el sistema feudal.

Bien fuera en las nuevas tierras conquistadas o en las nuevas ciudades, se crearon zonas francas a las que el siervo podía huir sin ser castigado. Esto obligó al feudalismo a adaptarse a los hechos y a dotar de más libertades políticas y económicas a los siervos, en una nueva etapa económica de florecimiento de los mercados y de transformación social, en la que los hombres libres cobraron relevancia en las ciudades.

Mientras continuó el crecimiento urbano y demográfico, los precios de la mayoría de los productos agrícolas subieron —debido al aumento de bocas— al mismo tiempo que bajaron los salarios —por la abundancia de brazos—. Pero esta tendencia se rompió abruptamente cuando irrumpió en escena la terrible plaga de La Peste Negra, en 1348, que ocasionó que Europa perdiera un tercio o más de su población.

La Peste Negra intensificó mucho las tensiones y conflictos sociales. Con la fuerte caída de la población y la demanda urbana, cayó el precio de los alimentos y aumentaron los salarios por la escasez de mano de obra. Se produjeron insurrecciones, sublevaciones y guerras civiles que fueron sofocadas brutalmente. Aunque las sublevaciones fracasaron, lograron que en Europa Occidental el campesinado se librara de la esclavitud feudal.

La enorme escasez de mano de obra que originó La Peste Negra sacudió violentamente los cimientos del orden feudal de una forma contradictoria. En la Europa occidental para flexibilizarlo y en la oriental para hacerlo aún más duro, en lo que se llamó la segunda Servidumbre.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [6], [10], [20], [22], [27].

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