sábado, 25 de agosto de 2018

Expansión europea de 1000 a 1300: eclosión del comercio

Imagen: Escena de feria en le Chevalier errant.
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La explosión demográfica y urbana que se produjo durante todo este período creó una situación prospera de interdependencia entre las ciudades y el campo. El campo aportaba excedente humano para poblar las ciudades, las cuales generaban mercados para los productos del campo. Ya vimos que esto estaba sucediendo principalmente en dos grandes focos alejados: Flandes y el norte de Italia. En torno a ellos se gestaron nuevas formas de relación económica que con su evolución dieron lugar a la economía capitalista.

La consecuencia del crecimiento urbano fue la aparición de mercados locales y regionales con infinitas transacciones diarias, modestas a escala individual, pero muy importantes por su número y continuidad. Esto era posible gracias a la ampliación de la base social capaz de consumir y producir mercancías, primero en los circuitos comerciales cercanos y después en los remotos. Se inició así una época de consumo y comercio de masas y consiguientemente un aumento masivo de la demanda.

Los dos polos principales (Países Bajos y norte de Italia) tenían un alto grado de especialización porque contaban con recursos diferentes, incluidos los de sus respectivas rutas comerciales, por lo que individualmente no eran capaces de abastecer sus mercados. Ello impulsó la necesidad de interconectarlos para unir comercialmente el norte con el sur, primero por tierra y finalmente por mar.

Las rutas comerciales de larga distancia a través de los mares del Norte, Báltico, Mediterráneo y Mar Negro fueron vitales para proveer a esta nueva Europa. Pero debemos ponernos en situación, porque a pesar de su importancia, el medievalista Robert Fossier estimó que la capacidad de carga de toda la flota europea en estos siglos era menor que la de uno solo de los grandes petroleros actuales.

En este traer y llevar productos, lógicamente se estaban produciendo grandes transacciones de dinero en situaciones que no estaban exentas de peligro. Los bandidos en los caminos y los piratas en el mar constituían un riesgo, además de las tormentas y las posibilidades de hundimiento; el riesgo era aún mayor si transportabas oro o plata, porque te hacía más deseado por el pillaje, así que había que solucionar este tremendo inconveniente.

La solución se encontró en Italia, que estaba muy en contacto con las formas árabes del comercio. Allí surgieron familias de comerciantes que empezaron a establecer sucursales a lo largo de todas las redes comerciales internacionales estables. Estas familias fueron las precursoras de la banca. También intervinieron algunas órdenes religiosas, en especial el Temple, que acabó siendo un gran banquero.

Imaginemos que somos comerciantes florentinos de la época que queremos comerciar a larga distancia, sea en dirección al este, hacia Asia menor o al Norte hacia Flandes. Cuando lleguemos a nuestros destinos vamos a necesitar mucho dinero para comprar mercancía o fletar un barco allí, pero claro, no queremos cargar con ese dinero en el camino de ida. Así que acudiremos a las oficinas de un mercader lombardo que tenga sucursal en Flandes o a la mismísima Orden del Temple para Asia menor. En ambos casos nos emitirán una nota de crédito que nos permitirá recibir en sus oficinas de nuestro destino la cantidad de dinero que hemos depositado en Florencia (menos unos gastos, obviamente) probablemente en moneda local, aplicando un cambio estipulado.

Respecto a la Orden del Temple, en realidad acabó siendo un gran banquero en la hoguera, cuando el rey francés se dio cuenta de que salían más baratas unas cuantas cargas de leña que pagar la deuda que tenía contraída con ellos.

Rutas mediterráneas

Entre las ciudades que comerciaban desde la cuenca mediterránea destacaron Génova y Venecia. Ambas traían de Oriente productos de alto valor que redistribuían hacia el norte.

La importancia del mar Negro como zona comercial aumentó después de que las invasiones mongolas del siglo XIII mejoraran el acceso a los productos del este para los comerciantes europeos. Los genoveses llegaron a surcar incluso el mar Caspio y el golfo pérsico a bordo de barcos construidos allí mismo.

Antes de que los italianos barrieran del mediterráneo a los mercaderes orientales, esta ruta ya se utilizaba para traer productos de lujo a las cortes occidentales. Cuando ellos se hicieron dueños del comercio aún existía ese movimiento de este a oeste de artículos lujosos: especias procedentes de lugares del lejano Oriente, como las Molucas, seda y porcelana de China, brocados del Imperio bizantino, piedras preciosas y otros productos. Pero también se comerciaba con materiales más voluminosos, como alumbre de Asia Menor y algodón en bruto de Siria. En dirección contraria se transportaban telas corrientes de lana y lino, pieles procedentes del norte de Europa, utensilios metálicos de Lombardía y Europa Central, y cristal de Venecia.

La república veneciana construyó un imperio comercial, situando enclaves en el Mediterráneo oriental. Aunque siempre habían comerciado con el Imperio bizantino fue en el siglo XI cuando obtuvieron una situación de privilegio a cambio de ayudarles contra los turcos. Con ello obtuvieron libre acceso a todos los puertos del Imperio sin pagar derechos de aduana ni impuestos, un privilegio que no tenían ni los propios mercaderes locales.

En el otro extremo del Mediterráneo el comercio era más prosaico. Génova y Pisa también comerciaban con productos de lujo, pero su producto estrella era el trigo que traían de Sicilia porque las ciudades italianas eran pobres en cereal. Además de trigo, otros productos corrientes eran sal, salazones de pescado, vino, aceite, queso y frutos secos. Como vemos, nada que ver con los elegantes venecianos.

Genoveses y Pisanos expulsaron a los musulmanes de Córcega y Cerdeña. Se fueron luego al norte de África a saquear ciudades y allí, con tal de que pararan de hacer destrozos, se les ofrecieron condiciones ventajosas para sus barcos y comerciantes. Posteriormente, Génova derrotó a Pisa en la lucha por el dominio indiscutible del Mediterráneo occidental. Aunque este mercado estaba dominado por los genoveses tuvieron que compartirlo, de mejor o peor grado, con comerciantes catalanes, castellanos, provenzales, narboneses e incluso musulmanes.

Una prolongación exótica y diferente del comercio con Oriente, el llevado a cabo con China; floreció desde mediados del siglo XIII hasta mediados del siglo XIV. El Imperio mongol, el más extenso que haya habido sobre la tierra, se extendió en este período desde Hungría y Polonia hasta el Pacífico. Sus gobernantes, a pesar de la mala fama que tenían, acogieron a los misioneros cristianos y a los mercaderes de Occidente. Los italianos aprovecharon la situación para dominar el comercio, con colonias en Pekín y en otras ciudades chinas, además de la India.

Las guías de los mercaderes describían con gran detalle los itinerarios —por tierra a través de Persia o del Turquestán, “la Gran Ruta de la Seda”, o por mar a través del océano Índico —. Valga como ejemplo uno de los primeros best-sellers de la historia: “Los viajes de Marco Polo”.

Liga de la Hansa

Tras la expansión agrícola alemana hacia el este durante siglos precedentes, en el siglo XIII cobra auge un circuito comercial que se extiende por el mar del Norte y el Báltico. Allí se comercia con los productos de las diferentes regiones del litoral y las cuencas fluviales desde Inglaterra hasta Rusia. La necesidad de proteger sus intereses y de defenderse hizo que muchas ciudades se agruparan en una confederación conocida como la Liga de la Hansa.

La asociación germana de la Hansa, gestada en torno a la ciudad de Lübeck con el tiempo llegó a unir a más de doscientas ciudades. Sus actividades se impulsaban desde la red de ciudades alemanas asociadas y de cuatro grandes centros externos de comercio: Bergen (madera y pescado), Novgorod (pieles), Londres (paños y lana) y Brujas (paños). En estas cuatro ciudades había oficinas estables y sus mercaderes vivían allí, gozando de privilegios de venta. En el plano de los negocios, la Hansa consiguió monopolios comerciales en Escandinavia, Países Bajos, Rusia, Alemania e Inglaterra.

Los intercambios de esta ruta comercial eran sencillos y generalmente voluminosos, pues los productos ofrecidos por los comerciantes de la Hansa eran naturales: madera, resinas y alquitrán, pieles, miel y cera, pescado salado, cereales y metal sin elaborar. A cambio, subían hacia los mercados del norte productos elaborados, entre los que destacan los paños, objetos de metal, vino, especias y grandes cantidades de sal.

Los fines y la organización de la Liga superaban lo estrictamente mercantil para constituir una potente confederación dotada de una asamblea o “dieta” con representantes ciudadanos que resolvían los problemas internos y la defensa de los intereses colectivos incluso con la fuerza. La Liga elaboraba cartas náuticas, negociaba los privilegios comerciales de sus miembros y los protegía de ataques piratas e incluso de la guerra.

Pero sus convoyes no eran sólo marítimos, también por tierra atravesaban los Alpes hasta Venecia, donde existía una “fonda o lonja alemana” (fondaco dei Tedeschi) que proporcionaba comida y alojamiento a los mercaderes alemanes itinerantes, además de consejo y asistencia para vender sus productos.

El poder de la Liga comenzó a decaer a finales de la Edad Media, cuando tuvo que hacer frente a una mayor competencia procedente de Inglaterra y de los Países Bajos.

Las ferias de Champaña

El transporte por tierra es en general más caro que por vía navegable. Sin embargo, en la Edad Media hubo una importante excepción a la regla: el comercio entre el norte y el sur de Europa, especialmente el comercio del norte de Italia con Alemania y los Países Bajos.

Antes de los avances en diseño naval y técnicas de navegación que se produjeron a partir de finales del siglo XIII, la ruta entre el Mediterráneo y el mar del Norte era peligrosa y por ello poco rentable. Por esa razón los grandes pasos alpinos eran más transitados que el estrecho de Gibraltar.

Los duques de Flandes a partir del siglo XI, conscientes de la importancia del comercio para su territorio, establecieron pequeñas fortalezas con guarniciones en las encrucijadas de las principales rutas comerciales con el objeto de dar seguridad y cobijo a los mercaderes. En torno a ellos fueron surgiendo “burgos” donde los comerciantes hacían noche y que fueron el embrión de una serie de ciudades. El tamaño de estos “burgos” se fue engrosando cuando en ellos empezaron a existir mesones, almacenes, herrerías y más adelante todos aquellos servicios que requerían los comerciantes. El sufijo “burg” o “burgo”, en español, que aparece en el nombre de muchas ciudades europeas hace alusión a este origen.

En el resto de Europa, los señores feudales dueños de las tierras por donde pasaban las rutas acabaron con el bandidaje y mejoraron los caminos a cambio de cobrar peajes, que no eran altos porque había mucha competencia de rutas alternativas. También existían compañías profesionales de arrieros y carreteros que proporcionaban servicios de transporte a precios muy competitivos.

Las hermandades religiosas organizaron casas de postas al borde de los caminos y servicios de rescate, de los cuales, el símbolo más memorable es el del perro “san bernardo”, con el barril de brandy al cuello.

Los emporios más importantes en el extremo sur de la ruta eran las ciudades de la llanura lombarda, sobre todo Milán y Verona. Los destinos del norte eran numerosos, desde Viena y Cracovia en el este, hasta Lübeck, Hamburgo y Brujas en los extremos norte y oeste; pero la mayoría de las mercancías cambiaban de manos en las grandes ferias o mercados de Leipzig, Frankfurt y especialmente en las cuatro ciudades de feria de Champaña.

La región de Champaña, al norte de Francia, es una zona agrícola relevante. Durante los siglos XI y XII sus condes desbrozaron tierras, crearon una red de caminos y construyeron canales para el transporte de mercancías. Finalmente instituyeron seis ferias comerciales distribuidas a lo largo del año, de enero a diciembre, que atrajeron a comerciantes de toda Europa.

Los mercaderes que acudían a las ferias gozaban de inmunidad y de una protección especial durante su trayecto. Cada feria nombraba a unos “guardias de feria”, encargados de la organización, la seguridad y el control de los mercados, y ofrecían asistencia jurídica. También había notarios para registrar los grandes contratos y jueces comerciales para resolver los casos de contenciosos. Las ciudades ponían a disposición de los mercaderes almacenes, plazas y alojamientos.

En función de la temporada, los mercaderes ofrecían numerosos productos alimenticios, animales vivos, productos manufacturados, metales industriales o alumbre. También se comerciaba con metales preciosos y mercancías de elevadísimos precios (especias, azúcar, sedas, perfumes, productos para las recetas de los boticarios, ámbar, coral, perlas y piedras preciosas).

Pensemos en una época en la que existía una fragmentación política que llegaba al nivel de ciudad-estado en muchos casos. En dónde coexistían todo tipo de monedas acuñadas en cecas locales, con diferente peso y fineza. En la que de repente empiezan a confluir en una misma feria comerciantes de todas partes, cada uno con su moneda. En tales circunstancias se hicieron imprescindibles los “cambistas”, cuyo trabajo consistía en conocer el valor de las distintas monedas, que prestaban sus servicios a petición de los mercaderes. Como veremos, de sus filas surgieron muchos banqueros.

Las prácticas y técnicas comerciales que se desarrollaron en esas ciudades —por ejemplo, las “letras de cambio giradas” sobre la celebración de una feria y otros instrumentos de crédito, más los precedentes que sentaron sus tribunales de comercio— ejercieron una influencia más amplia y duradera que las propias ferias. Incluso después de su ocaso como sitios de compraventa de productos, siguieron sirviendo como centros financieros durante muchos años.

Volver de una feria cargado de monedas de oro y plata suponía un riesgo muy alto; por eso, los mercaderes preferían vender a crédito, invertir las ganancias en un cargamento para el viaje de vuelta y realizarlas mediante su venta. Otra opción era entregarlo en depósito a un cambista de confianza.

Para entender la importancia del crédito, imaginemos que algo que nos ha supuesto un valor inicial de 1.000 lo hemos vendido por 1.200 en una feria, pero en vez de monedas preferimos derechos de cobro (por supuesto solventes). A continuación, adquirimos allí, en la misma feria, algo por 1.200, pero como no tenemos monedas lo obtenemos mediante obligaciones de pago, porque la otra parte nos sabe solventes y al igual que nosotros, no quiere volver cargada de oro y plata, sino de otras mercancías. Entonces regresamos a nuestro mercado natural y vendemos nuestro nuevo cargamento por 1.400. Con ello, gracias al crédito, hemos realizado unos beneficios de 400 sin haber movido una sola moneda (como siempre, menos gastos financieros del cambista de turno). En esto consistían y aún consisten las letras de cambio: obligaciones de pago diferidas que pueden endosarse a otros e incluso compensarse entre varias partes.

Prácticamente todas las compras y ventas de las ferias de Champaña se realizaban a crédito. Al final de una feria, todas las cuentas pendientes se diferían a la feria siguiente por medio de letras de cambio. Las ferias de Champaña actuaron como cámara de compensación internacional para liquidar las deudas entre Francia e Italia.

Hacia 1300 las ferias de Champaña perdieron tirón, cuando pasaron a depender de Francia, que las vio como una fuente de recaudación de impuestos, además de generar conflictos políticos e incluso guerra entre Francia y Flandes. Entre tanto, Génova y Venecia habían abierto líneas marítimas regulares con el puerto de Brujas.

Tras su declive comercial, las ferias atrajeron a menos mercaderes, pero a más banqueros gracias a haberse convertido en mercados en los que se intercambiaban letras de cambio, créditos y deudas a término, divisas y metales preciosos.

La importancia de las Cruzadas

Las incursiones de carácter religioso-militar de los reinos cristianos en Oriente Medio entre, aproximadamente, 1100 y 1300, fueron aprovechadas por los grandes comerciantes para ampliar su negocio en aquella zona.

Una paradoja de las cruzadas fue que aumentaron las relaciones comerciales entre cristianos y musulmanes. A pesar de estar prohibidas por edictos papales, algunas ciudades-estado italianas (en especial Génova) no hicieron ni caso y vendieron a los musulmanes armas, materiales de construcción naval y otras mercancías relacionadas con la guerra, como fueron los esclavos reclutados en el mar Negro para las tropas de élite musulmanas (mamelucos).

Durante las Cruzadas, las ciudades italianas, unas veces de mutuo acuerdo y otras rivalizando entre sí, intensificaron su penetración en el levante; establecieron colonias y enclaves privilegiados desde Alejandría a lo largo de las costas de Siria y Palestina, en Asia Menor, en Grecia, en los alrededores de Constantinopla y en todo el Mar Negro.

La caída del reino de Jerusalén y el fracaso de las Cruzadas apenas afectaron a las posiciones italianas en Oriente, porque firmaron tratados con los árabes y los turcos y continuaron sus negocios como de costumbre.

Durante las cruzadas, además de intercambios comerciales los hubo culturales, especialmente de este a oeste: el conocimiento de textos griegos clásicos que se habían perdido en Europa o la numeración arábiga, por ejemplo. También nos llegaron innovaciones económicas y contables como las letras de cambio, que venían siendo utilizadas en el mundo islámico, al menos desde el siglo VIII, tanto por los mercaderes en sus negocios como por las burocracias califales para transferir las recaudaciones de los tributos de las provincias a la capital. Asimismo, las primeras formas de contratos comerciales en Italia fueron una réplica de los que se estaban utilizando en Oriente.

Entre los transmisores de este conocimiento económico destacó el matemático Leonardo de Pisa (conocido como Fibonacci). En un libro publicado en 1202 (Liber abacci, libro de cálculos) introdujo en Europa el sistema numérico decimal y los procedimientos de cálculo orientales.

Este libro enseñó a los mercaderes italianos las aplicaciones de las matemáticas a la economía y las finanzas. En él se explicaba los cálculos realizables en la contabilidad comercial, en los cambios de moneda y en las operaciones financieras (incluso enseñaba a calcular el valor actual de una corriente de rentas futuras: el interés compuesto).

Novedades en la organización

En el siglo X, los mercaderes europeos eran ya preponderantes frente a los orientales y los judíos, que habían dominado en la Alta Edad Media. Pero hasta bien entrado el siglo XIII el mercader siguió siendo un viajero ambulante. En el comercio a larga distancia los mercaderes solían ir en caravana, armados o pagando los servicios de una escolta armada que los protegía de los bandidos. Por mar iban también armados contra los piratas, pero además debían enfrentarse a la posibilidad de naufragar.

En los casos más sencillos, los mercaderes trabajaban por cuenta propia; todo su capital consistía en los bienes que llevaba. Pero conforme aumentó el negocio entró en vigor una forma de sociedad, la commenda: mediante la cual, un mercader, quizá ya viejo para afrontar la dureza de un largo viaje, aportaba el capital y otro realizaba el trayecto. Las ganancias se dividían normalmente en tres cuartos para el capitalista sedentario y un cuarto para el socio activo. Estos contratos eran sobre todo frecuentes en el comercio por el Mediterráneo, pero también se daban en los viajes por tierra; en general se limitaban a un único viaje de ida y vuelta.

El persistente aumento del volumen del comercio y la normalización de las prácticas comerciales trajeron consigo el nacimiento de una nueva forma de organización mercantil, la vera societá o sociedad auténtica. Constaba de varios socios y solía operar en muchas ciudades de toda Europa. Los italianos fueron, con diferencia, los más sobresalientes en este tipo de organización; desde las sedes centrales en Florencia, Siena, Venecia o Milán, podían manejar sucursales en Brujas, Londres, París, Ginebra y varias ciudades más.

Los mercaderes más modestos idearon otros modos de minimizar o diversificar riesgos: varios podían unirse para alquilar un barco, uno alquilaba un barco y arrendaba parte del espacio, etc. A finales del siglo XIII ya era normal el seguro marítimo.

También se generalizaron en el siglo XIII los instrumentos contables, como los libros de partida doble, donde se asentaban los cargos y datos de los negocios, así como de las operaciones financieras en créditos y débitos. Las casas de préstamo florecieron sobre todo en Italia, con estructuras familiares, como los Peruzzi o los Bardi, pilares de la economía en Florencia.

Las dos innovaciones cruciales de la explosión comercial de este período fueron la aparición de las compañías colectivas y la adopción de técnicas contables e innovación en los servicios financieros como el crédito y los seguros.

Surgimiento de la banca

La expansión del crédito fue posibile por el surgimiento de la banca en las ciudades y en las ferias, cuyo principal instrumento fue la letra de cambio. La banca surgió cuando los banqueros comenzaron a conceder préstamos a terceros utilizando el dinero que les habían dejado en depósito algunos comerciantes.

Aunque hay antecedentes de orfebres judíos que ya concedían créditos en siglos anteriores, la creación de la banca medieval fue obra de los cambistas de moneda, que se asentaban en las grandes ferias para valorar y cambiar las distintas monedas en circulación. Para ello se sentaban en su banco (de ahí el nombre) con su balanza, para calibrar el peso y la fineza de las monedas de oro y de plata. Cuando los comerciantes adquirieron confianza en los cambistas, no tardaron en preferir entregarles sus monedas en depósito, para no tener que transportarlas de unas ferias a otras.

Con el tiempo los cambistas se convirtieron en banqueros cuando con los fondos en depósito (es decir, recursos ajenos) comenzaron a conceder préstamos con interés a terceros, abriéndoles simultáneamente depósitos en su banco (que eran ya dinero bancario). De manera que el total de los depósitos superaba al valor de las monedas que había en la caja. ¡Había nacido el dinero bancario!

Aunque por ley estaba prohibido prestar dinero sobre reservas, en esta época, reyes, papas, ciudades y otros gobernantes necesitaban mucho dinero en un entorno político complicado, así que perdieron los escrúpulos al respecto y uno detrás de otro empezaron a pedir prestadas grandes sumas, que unas veces devolvían y otras no, porque en esto no han cambiado mucho los grandes deudores.

Al permitir créditos y descubiertos por encima del total de sus depósitos, los banqueros italianos fueron capaces de incrementar el suministro de dinero, liberándolo de las seculares restricciones impuestas por la cantidad de moneda en circulación. Sin embargo, la mayor parte de las casas bancarias o financieras italianas se excedieron en su exposición al riesgo. Unas veces porque no les quedó más remedio si querían seguir operando en tal o cual país, otras para obtener privilegios comerciales y de exportación.

Las sociedades Bardi y Peruzzi de Florencia fueron las organizaciones comerciales más grandes del mundo anteriores a las sociedades anónimas del siglo XVII, pero ambas quebraron en el decenio de 1340 porque habían concedido demasiado crédito a la corona inglesa que, desangrada por la costosa guerra de los Cien Años, desatendió su deuda. Tras la caída de los dos pilares financieros, todos los otros bancos florentinos entraron en quiebra a continuación.

La reconstrucción del sector fue relativamente rápida y 30 años después la banca ya estaba reactivada de nuevo. Ahora los nombres eran otros: Medici, Strozzi y Pazzi. Con un negocio más concentrado, mayor volumen de activos y mejor control del riesgo. A los Pazzi se les acabó la racha el día que asesinaron a un Medici y los Medici cayeron en lo político por la aparición de un fraile loco, llamado Savonarola y en lo económico porque no supieron equilibrar sus activos a corto y largo plazo.

La gestión de las nuevas organizaciones comerciales se desarrolló gracias al uso de las nuevas técnicas contables. Por un lado, la adopción de la numeración arábiga en vez de la romana, infinitamente más fácil de manejar. Por otro, la contabilidad por partida doble, que permitía ordenar los confusos apuntes anteriores, al asignar a cada cliente de un banquero o comerciante una página en la que se anotaba en dos columnas el movimiento de su cuenta. En una columna todos los asientos de débitos y en la otra los créditos (el debe y el haber como los conocemos hoy) con lo que se disponía continuamente del balance.

Esta fue la base sobre la que se organizó la planificación de las empresas capitalistas. En torno a 1300, el antiguo buhonero altomedieval, viajero con sus mercancías, había dado paso al capitalista residente que contaba con agentes en otros mercados, disponía de informaciones de los centros en los que actuaba y controlaba sumas de dinero aportadas por sus asociados y sus clientes. Estamos ante profesionales de la actividad mercantil, herederos de una experiencia familiar y preparados en lo teórico y lo práctico para ejercer su trabajo.

Y cuando todo va bien, llega un momento en el que las cosas solo pueden empeorar. Los primeros desastres anunciadores de la recesión que venía de camino se produjeron en vísperas de la guerra de los Cien Años, como bien experimentaron los banqueros toscanos y luego llegó el frío, el hambre y la enfermedad.

Pero eso será otra historia.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [4], [18], [22], [28].

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