jueves, 20 de febrero de 2020

La manía de los tulipanes y otros delirios multitudinarios

Doble retrato de un matrimonio
con tulipán, bulbo y semillas,
de Michiel Jansz, 1609
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El capítulo de hoy se titula: la manía de los tulipanes y otros delirios multitudinarios. En él voy a contaros tres episodios grotescos que involucraron a Holanda, Francia e Inglaterra, respectivamente, durante los siglos XVII y XVIII. Los tres están ubicados históricamente en el nacimiento del capitalismo y pudieran parecer cosa antigua y extravagante que no puede repetirse en nuestra época, con público bien informado en una sociedad protegida por instituciones sanas y el conocimiento de su Historia.
Me considero algo escéptico respecto a esa visión optimista del progreso y me alineo más con la opinión del gran historiador económico Carlo Cipolla.
Dice Cipolla; “Algunas personas que se creen, o quieren parecer, instruidas y avisadas suelen repetir a menudo que la Historia es maestra de vida y que el hombre aprende mucho de la experiencia. Soy historiador de profesión [dice Cipolla], pero más de cuarenta años de estudios e investigaciones históricas me han persuadido de que esta convicción ingenua hace agua por todas partes y que el ser humano no aprende nada ni de su experiencia personal ni de la de sus semejantes, tanto si es colectiva como individual, y sigue, por tanto, repitiendo con monótona tozudez los mismos errores e idénticas fechorías, con consecuencias destructivas para el progreso humano”.
Cipolla aparte, para estructurar este capítulo, e incluso titularlo, me he basado en la reedición, hecha en 2008, de un libro publicado en 1841 por un periodista británico llamado Charles Mackay. Su título es “Delirios multitudinarios: la manía de los tulipanes y otras famosas burbujas financieras”. Como en él, me voy a centrar en tres grandes escándalos: la llamada tulipomanía holandesa, la compañía francesa del Mississippi y la inglesa del Mar del Sur. Este libro es la mayor referencia que existe sobre estos tres episodios y en él se basan o a él se refieren todos los estudios actuales sobre ellos. No obstante, antes de entrar en el libro como verdad absoluta, hay que tener en cuenta dos aspectos.
En primer lugar, muy importante, Mackay no fue historiador ni economista, fue periodista y por tanto, su narración de los hechos, aún sin faltar a la verdad, pudiera estar distorsionada para encontrar los vértices más llamativos de la historia. En segundo lugar, Mackay no fue contemporáneo a lo que narra, por lo que se tuvo que basar en lo publicado en su momento, también por periodistas y otras fuentes que no necesariamente buscaban el análisis sesudo y se centraron más en la noticia. De hecho, por ejemplo, en lo que respecta a la historia de los tulipanes, como os contaré, hoy en día se sabe que no fue un fenómeno de masas, sino que afectó sólo a parte de la población.
Por eso, para centrar la narración de hoy, he hecho una búsqueda en la bibliografía actual y con ello filtrar las historias para intentar acotarlas. Pero debo reconocer que una vez leídos autores serios al respecto, me he encontrado con algo que sucede, aquí en España, para hablar del siglo XIX: cuando las fuentes primarias se agotan, los historiadores recurren a un periodista insigne, Pérez Galdós.
Mackay, como sucede con Pérez Galdós, acaba siendo una fuente primaria de la que todos beben cuando buscan referencias.
Las tres historias de hoy van a tener en común a España como actor de reparto, aunque afortunadamente desde un punto de vista muy tangencial que hace que, por esta vez, nos libremos de ser sospechosos de tener la culpa de ninguna de ellas. Pero todo sucedió en una Europa muy influida por la decadencia del imperio español y, en buena medida, se trata de consecuencias del reparto de sus despojos.
Empezaremos por Holanda, que en la actualidad ha retomado su nombre de Países Bajos, porque Holanda es sólo una de las muchas provincias que componen el país. Allí sucedió la primera crisis especulativa a gran escala, cuando un bulbo de tulipán llegó a intercambiarse por una mansión en el centro de Ámsterdam. Veamos qué pasó y por qué.
Episodio 1: la tulipomanía
Contexto histórico de los Países Bajos
Los Países Bajos llegaron a la Corona de Castilla por herencia, de la mano de Felipe el Hermoso. Se trataba de diecisiete provincias que fueron agrupadas por el emperador Carlos V, a la vez que las dotó de una cierta autonomía. Estas diecisiete provincias ocupaban lo que hoy conocemos como Bélgica y Holanda (me referiré a Holanda para nombrar a las provincias del norte, aunque el nombre oficial para ellas es Reino de los Países Bajos desde el uno de enero de 2020, pero creo que generaría confusión al mezclar la parte con el todo, así que permítaseme la licencia).
A la muerte de Carlos V, los Países Bajos continuaron en la Corona española, de nuevo por herencia, quedando bajo el mandato de Felipe II. Nótese que Carlos había nacido y crecido en Gante, así que durante su reinado no fue mal visto. Sin embargo, su hijo Felipe era totalmente ajeno a estas provincias, por lo que la sensación de dominación extranjera fue ya un hecho.
Para complicar más las cosas, Felipe era un ferviente católico, tan implicado en la Contrarreforma como lo había estado su padre, por lo que no llevó nada bien la entrada del calvinismo, que se había hecho fuerte en las ricas provincias del norte, donde existió una auténtica persecución contra los católicos. Para zanjar la cuestión se envió allí al Duque de Alba que, con sus tercios, tuvo mejor fortuna en el sur que en el norte. Allí donde pudo, sometió a las provincias a sangre y fuego, ajusticiando de paso a más de mil personas, entre los que se encontraban algunos aristócratas locales. 
El mal ya estaba hecho y del espíritu de revuelta contra el dominador extranjero se pasó a una situación de guerra, que el rey Felipe intentó arreglar otorgando un perdón general en 1570. Pero este perdón Real no aplacó a las provincias calvinistas del norte ni dejó contentas a las católicas del sur. Todos estaban hartos del pago de impuestos que además revertía en la financiación de tropas extranjeras que invadían su país. Obviamente, los calvinistas habían pagado muy caro su insubordinación religiosa y los católicos estaban hartos de los abusos de los tercios españoles.
Mientras, se había abierto un abismo insalvable entre el norte calvinista y el sur católico. La situación fue de mal en peor, la guerra, especialmente en el norte, se iba a alargar ochenta años y en ella España perdió hasta la camisa. En 1648 se firmó la paz de Westfalia, donde la Corona española reconoció la independencia de Holanda, cosa que era ya un hecho consumado desde sesenta años atrás. La parte belga continuó bajo la Corona española hasta que pasó a manos austriacas como resultado del fin de la Guerra de Sucesión española, que se resolvió en el tratado de Utrecht en 1713.
La rica Holanda
La República Holandesa se gestó en 1579, cuando siete provincias del norte se asociaron en una alianza defensiva contra España. Se la conoció como Holanda por ser esta provincia la de mayor importancia económica y social. Como ya he dicho antes, cuando me refiera a Holanda estaré hablando del Estado formado por estas siete provincias.
La recién creada república ocupaba un lugar privilegiado para el comercio. Situada en el mar del Norte, abierta al Atlántico y a medio camino entre la Europa del Norte y la del Sur, fue, junto con Inglaterra, donde estaba naciendo una nueva Era del comercio mundial oceánico en la que el centro de gravedad del comercio europeo se trasladó desde el Mediterráneo hacia los mares del norte, a la vez que se fue produciendo un cambio en el tipo de mercancías y en las formas de organización comercial. Esto lo abordaré con más detalle en algún episodio futuro.
Holanda era una sociedad urbana. Ámsterdam, la capital, en doscientos años había pasado de tener 10.000 habitantes, a principios del siglo XVI, a más de 100.000, a finales del siglo XVII. En esta época, más de la mitad de la población holandesa vivía en ciudades.
En una Europa gobernada por monarquías absolutas que no tenían otros criterios que los que favorecían sus intereses particulares y que dejaban el gobierno a un puñado de aristócratas, muchas veces con mal tino y peor condición, Holanda y como veremos más tarde, Inglaterra, fueron una excepción.
El poder político y económico holandés estaba muy descentralizado. Los Estados Generales que eran el cuerpo legislativo de la República se ocupaban exclusivamente de la política exterior, y los asuntos internos se dejaban en manos de los estados provinciales y los ayuntamientos.
Las Provincias Unidas eran gobernadas por mercaderes que controlaban las grandes ciudades, siguiendo una política económica racional orientada a la expansión del comercio, que era su principal fuente de ingresos. Esta dependencia del comercio internacional hizo que no se pudieran permitir las políticas restrictivas y proteccionistas que estaban ejerciendo sus vecinos más grandes. Pero esta libertad de comercio era sólo relativa, porque en el vasto imperio comercial que forjaron instituyeron un monopolio absoluto y sólo en la metrópolis establecieron el libre comercio, recibiendo en sus puertos y lonjas, de buen grado, a mercaderes y productos de todas las naciones.
El imperio comercial holandés se forjó sobre la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, creada en 1602 por el gobierno de las Provincias Unidas, la ciudad de Ámsterdam y varias compañías comerciales privadas. Esta compañía monopolizó legalmente el comercio entre las Indias y los Países Bajos, a la vez que prácticamente expulsó de este comercio a los portugueses, que en estos años estaban bajo la Corona española.
Así, Ámsterdam se coronó como capital mercantil, junto a otras ciudades como Brujas o Amberes. Los intercambios eran grandes y complejos, por ello era necesario crear un mercado organizado de mercancías e instrumentos financieros, en torno a una Bolsa y un banco público, el Banco de Ámsterdam, fundado en 1609, que era un banco de intercambio y no el clásico de emisión y descuento. Es decir, los fondos podían llegar a él de otros bancos, o depositarse en él, para ser transferidos a otras cuentas mediante anotaciones en los libros de registro; pero el banco no emitía billetes ni hacía préstamos a mercaderes descontándoles papel comercial (letras o pagarés, por ejemplo). Su principal función consistía en proporcionar mecanismos de pago estables y fiables a todos los mercaderes holandeses y extranjeros que acudían a él. Podría decirse que el sistema capitalista se creó, o al menos se estructuró, en estos años. Aquí, en Holanda, nació el concepto de banca moderna que luego evolucionaría en la City londinense para acabar de afianzarse mucho más tarde en los Estados Unidos, desde donde nos reventó a nivel mundial en 1929 y 2007.
El banco y la bolsa de Ámsterdam, junto a una excelente balanza de pagos, convirtió rápidamente a Holanda en el emporio mundial del oro y la plata; se calcula que aquí llegó entre un cuarto y la mitad de la plata española incluso durante la guerra de la Independencia holandesa contra España (o quizá debiera decir plata peruana, o boliviana, para que no se enfade nadie).
Pero no todo era comercio atlántico y transacciones financieras, porque Holanda, junto a Flandes, están consideradas las primeras economías agrícolas modernas, que de hecho fueron el germen de su superioridad comercial. Su agricultura era más productiva que la media del resto de países, gracias a la existencia de mercados urbanos próximos donde florecía la industria textil y se confeccionaban excelentes paños. La población rural holandesa gozaba de mayor libertad que en el resto de Europa.
Sostenida en un principio por una fuerte demanda local, la clave del éxito de la agricultura residió en la especialización, lo que le permitió expandirse en los mercados exteriores. Por ejemplo, los quesos holandeses se vendían en los mercados de España o Italia.
Los campesinos del resto de Europa se esforzaban en llegar a la autosuficiencia, o casi, produciendo todas las mercancías que necesitaban, fueran agrícolas o no. Los granjeros holandeses, sin embargo, se intentaron especializar en productos de valor relativamente alto, especialmente ganado y lácteos, comercializándolos a través del mercado y comprando en éste el resto de los productos que necesitaban. La especialización ganadera suponía una mayor disposición de abono para fertilizar las tierras. Porque, además de ganado y lácteos, en las inmediaciones de las ciudades creció la horticultura, especializada bien en productos industriales, como el lino o los colorantes naturales, los asociados a la fabricación de cerveza, o las flores, como veremos a continuación.
Ser rico en una sociedad calvinista
Queda claro que en Holanda había mucha riqueza, seguro que también pobreza, pero la proporción de gente que vivía desahogadamente era muy superior al resto de la realidad europea. Fue el nacimiento de la clase media. Comparémosla con la situación que se describe en nuestra literatura sobre la situación de penuria en la que vivían los hijosdalgo castellanos, cuyo principal alimento era el orgullo.
La cultura calvinista no permitía la ostentación, al menos de puertas afuera de las casas. Tanto hombres como mujeres debían aparecer en público vestidos de negro de la cabeza a los pies, con solapones blancos; ellos cubiertos con sombreros de copa alta, ellas con tocados también blancos. Fueran o no ricos, todos eran iguales en apariencia.
Había que encontrar una solución para la ostentación de la riqueza y ésta se encontró en el interior de las casas. Un primer ejemplo fue la proliferación de una nueva pintura, que evitaba los temas religiosos, porque la religión lo impedía. Mientras en Sevilla se pintaban vírgenes para colgarlas en conventos, en Holanda se pintaban cambistas, muchachas guapísimas o reuniones de amigos o socios, para decorar las casas. Fue el Siglo de Oro holandés.
Y luego llegó el culto por el jardín particular. La pasión y el esmero que pusieron los holandeses en ello, aún los mantiene como líderes indiscutibles del mercado de flores internacional. Y en esta situación, llegó el tulipán.
Origen de la tulipomanía
El tulipán es la flor que anuncia la primavera, florece sólo dos semanas al año y su valor es meramente ornamental ya que carece de olor y no tiene usos medicinales. Originaria de Asia Central, desde allí fue llevada a Turquía, donde los tulipanes fueron muy valorados en el Imperio turco. Entraron en Europa a través del Imperio austrohúngaro y desde aquí recalaron en Holanda, el país más rico de la Europa de aquella época. Recientemente he oído a gente que afirma que los tulipanes fueron introducidos en Europa desde Al-Ándalus. No puedo poner en duda que, en Córdoba, Granada, u otra ciudad musulmana de la Península, hubiera habido tulipanes, pero lo cierto es que su cultivo no se perpetuó, como sí lo hizo en Holanda a partir de finales del siglo XVI.
Ya en Holanda, los tulipanes empezaron a cultivarse en jardines botánicos. La plantación de tulipanes se hace a partir de bulbos, muy parecidos a una cebolla pequeña. Los bulbos se plantan en otoño y tras la floración, se desentierran y guardan para evitar que los roedores se los coman. En este momento se separan los bulbillos que hayan crecido alrededor del bulbo principal. Estos bulbillos necesitarán dos temporadas de plantación para convertirse en bulbos adultos. En resumen, el bulbo de tulipán está enterrado desde finales de otoño hasta la primavera y desenterrado y visible el resto del año. Por lo tanto, si quieres comprar un bulbo y llevártelo en ese mismo momento, tienes unos cinco o seis meses al año, pero si estás impaciente por conseguirlo, siempre puedes firmar un contrato por el que alguien se compromete a entregártelo una vez desenterrado. Una locura ¿verdad? ¿quién querría firmar un contrato por una especie de cebolla pequeña que da origen a una sola flor? Pues eso sucedió en Holanda.
Por cierto, el tulipán también podría plantarse mediante semillas pero, para que una semilla se convierta en un bulbo adulto se necesitan de siete a doce años, lo cual es mucho esperar en un mercado donde los ricos querían distinguirse por la excelencia de estas flores y los no tan ricos querían aparentar opulencia.
El precio de los tulipanes comenzó a dispararse en 1620 por la extravagante y creciente demanda de los amantes de estas flores. Conforme se fue intensificando su cultivo empezaron a aparecer, de forma aleatoria, una serie de variedades de aspecto precioso, veteadas de colores llameantes. Estas eran las más codiciadas y empezaron a llamárseles con nombres muy sonoros a la vez que se empezaron a pagar cantidades cada vez más altas por sus bulbos. Lo que no sabían los floricultores, ni los compradores, de la época era que estas iridiscencias estaban provocadas por un virus transmitido por el pulgón. En definitiva, los bulbos que se vendían más caros eran bulbos enfermos que acabarían muriendo tras algunas plantaciones. En 1623 tanto los bulbos como las flores de tulipán llegaron a alcanzar precios desorbitados, así que empezaron a atraer a los especuladores ante la llamada del dinero fácil.
La situación, más o menos, se mantuvo hasta que en 1636 sucedió una epidemia de peste bubónica que diezmó la población holandesa, redujo la mano de obra y con ello la producción de tulipanes. A continuación, durante un año, se produjo la locura especulativa.
A partir de este momento se intensificó lo que hoy llamaríamos mercado de futuros. Es importante tener en cuenta que éste no es un mercado regulado y por tanto ajeno a las bolsas, de hecho, este tipo de operaciones que describiré estaban prohibidas en Holanda por las dificultades contractuales y judiciales que entrañaban.
En primer lugar, ¿qué es un mercado de futuros financieros? Se trata de un acuerdo, insisto “no regulado” entre dos partes. Una parte se obliga a vender y la otra a comprar un activo (en este caso un bulbo de tulipán o una remesa de bulbos) en una fecha y por un precio fijados mediante contrato privado. A raíz de este acuerdo, ambas partes, la vendedora y la compradora, se obligan mutuamente a vender y a comprar el activo subyacente al precio y en la fecha establecida mediante contrato. Algo así como, ¡yo me comprometo a entregarte este bulbo dentro de dos meses, cuando lo desentierre en junio, y tú me pagas ahora 2 florines y te comprometes a pagar 98 florines más cuando te lo entregue! Por ejemplo.
La reputación de los tulipanes creció tanto que se consideraba de mal gusto que una familia acaudalada no tuviera una colección de ellos. La moda de su posesión se infiltró en las clases medias y mercaderes y tenderos empezaron a competir por la posesión de especies vistosas.
Antes de entrar en cifras, para centrar las cosas, hay que tener en cuenta que un holandés medio ganaba al año unos 2.000 florines. Un florín de la época tenía una capacidad adquisitiva de diez euros actuales, aproximadamente.
En octubre de 1636 un bulbo medio se pagaba a 20 florines. A mediados de noviembre los precios se dispararon a 50 florines, a finales de este mes el precio había subido a 150 florines (ya vamos por mil quinientos euros actuales por el derecho a que te entregaran un bulbo cuando fuese desenterrado). El tres de febrero se llegó al máximo, de doscientos florines por bulbo. Obsérvese que estoy hablando de bulbo medio, porque los precios de las especies más vistosas fueron espectaculares. Mackay cuenta que en 1635 se produjo la venta de unas decenas de bulbos por 100.000 florines (un millón de euros de los de ahora). Por curiosidad he entrado en Amazon para ver lo que vale ahora un bulbo y los más bonitos que he visto te los entregan en packs de 10 unidades por doce euros, incluidos los gastos de envío.
Los precios no paraban de crecer y con ellos la especulación. En Harlem se ofrecieron 50.000 metros cuadrados edificables por un bulbo. Otro bulbo se cambió por 4.600 florines, un coche nuevo, dos caballos grises y un juego completo de arneses. Hay muchos más ejemplos documentados de este frenesí especulativo.
Se cuenta que un marinero fue a entregar su mercancía a un rico mercader, el cual, en agradecimiento, le regaló un arenque. Al irse, el marinero vio sobre la mesa lo que creyó una cebolla, así que se la echó al bolsillo y de vuelta al barco se comió el arenque aderezado con la supuesta cebolla. Mientras, en la casa del mercader reinaba el caos, porque se había perdido un bulbo de Semper Augustus que había costado 300 florines, lo suficiente para alimentar a dos familias durante un mes. El desayuno le costó al marinero estar seis meses entre rejas.
A comienzos de 1636 el tráfico de tulipanes era tanto que no hubo más remedio que aceptarlo en la Bolsa de Ámsterdam y otras más, con lo cual la especulación se disparó. Para intentar regular la situación, se nombraron notarios especiales para dar fe de las transacciones: los “notarios de tulipanes”.
En los pueblos o las ciudades en las que no había Bolsa, la compraventa se hacía mediante subastas en la taberna principal, en un acto presidido por el notario de los tulipanes que daba fe de los acuerdos tomados.
Este intercambio de operaciones ganó el nombre de Windhandel (que significa comercio en el aire). Porque en el fondo no había más que papeles intercambiados entre unos y otros.
Lo que en principio había sido comercio de tulipanes para engalanar las casas, pasó a convertirse en especulación pura y dura donde lo que menos importancia tenía era el bulbo y lo que se buscaba era ganar dinero fácil y rápido. Hubo quien dejó de trabajar para dedicarse a la especulación.
La legislación que se creó para estas operaciones obligaba a pagar al contado un 2’5% del total del contrato con un máximo de tres florines en el momento de firma del acuerdo. La cosa no podía ser más fácil ni más lucrativa, veamos por qué:
Supongamos que el sujeto A pone en venta un bulbo que entregará en dos meses a un precio de 100 florines. El sujeto B firma un futuro, paga 2 florines a A y le debe 98. Pero B, que es un tipo listo, coloca su futuro a C por 150 florines. Por esta transacción B recibe 3 florines, con lo que recupera los 2 que pagó a A y además gana, al contado, un florín y cuando C le pague habrá obtenido una ganancia de 50 florines en dos meses. Pero el sujeto C, que tampoco es tonto, logra colocarlo a D por 200 florines. De nuevo C recibe 4 florines y recupera con ganancias lo que había pagado a B.
En estas llega la fecha de desenterrar el bulbo, que ya está dispuesto para la entrega. En este momento D debe 196 a CC debe 147 a BB 98 a A. Pero, imaginemos que, a estas alturas, el precio de mercado de ese bulbo a caído a 20 florines. D se niega a pagar a C, probablemente porque no tiene los 196 florines que necesita ya que nadie ha querido comprarle su derecho al bulbo. A continuación Cse niega a pagar a B y B tampoco quiere pagar a A. La situación es que hay tres contratos incumplidos por resolver. Así que hay que ir a los tribunales, abarrotados de miles de casos como éste. 
Y esto fue lo que sucedió a partir del 6 de febrero de 1637. El día de antes, la burbuja había llegado a su máximo, pero este día, ya muchos empezaban a sospechar que la cosa había ido demasiado lejos y se retiraron del juego especulativo. Todas las alarmas sonaron cuando en una de las tabernas, donde se había puesto en venta un pequeño lote de bulbos, no apareció ningún comprador. La noticia se propagó rápidamente, llegó el pánico y en pocas semanas los bulbos se depreciaron un 95%, con lo que pasaron a valer poco más que sus primas las cebollas, dejando a miles de ciudadanos holandeses en la ruina y generando una situación de caos en el país, porque los tribunales no admitieron ningún caso, dado que consideraron que se trataba de deudas de juego (recordemos que nos movemos en un Estado calvinista).
Como en todas las crisis, lo peor que puede pasar es que la especulación se haya apalancado mediante créditos bancarios, porque los particulares puede que no cobren, pero al Banco hay que pagarle. En definitiva, la situación generó una crisis política donde era necesario que el Estado tomase medidas.
Y el Estado se hizo cargo, con una solución que no dejó a nadie contento (siendo justos, no había solución posible). Se declaró nulos e inválidos los contratos firmados antes de noviembre del año anterior y para los recientes, los compradores quedarían libres de su obligación mediante el pago de un 10% al vendedor. Pero los compromisos de pago eran tan altos que un diez por ciento era una fortuna, así que hubo muchos que se arruinaron y el próspero comercio holandés se resintió del golpe y tardó años en reponerse.
Lo interesante es que el Estado cambió la figura de “contratos de futuros” a otro producto financiero llamado “opción de compra”. Una opción de compra es un contrato mediante el que una de las partes se obliga a vender a un comprador, pero el comprador queda libre de tomar la decisión de comprar o no comprar, dependiendo de la situación de mercado. A cambio, el comprador paga al vendedor un porcentaje determinado (pongamos el 10%) que el vendedor se queda en caso de que el comprador no quiera realizar la compra.
La solución fue tomada como un robo desde el punto de vista del vendedor y un descalabro para los posibles compradores, que tenían que pagar cantidades muy altas, porque téngase en cuenta que he estado hablando de los precios unitarios de los bulbos, pero las más de las veces se trataba de remesas con decenas de unidades.
Pero no hay mal que por bien no venga, porque este delirio por las flores permaneció en Holanda y hoy es uno de los pilares de su economía. Según Trías, en 2008, el volumen mundial de tulipanes en flor supuso 11.000 millones de euros y Holanda concentraba el 87% de este mercado.
Esto no puede volver a pasar, ¿verdad?
En primer lugar, hay que aclarar que la manía de los tulipanes no tiene nada que ver con estafas piramidales, como la famosa del Esquema Ponzi o la menos famosa de Baldomera Larra, hija del periodista Mariano José.
En una estafa piramidal no hay lo que se llama “activo subyacente”. O sea, se vende humo y lo único que hay es que los últimos que llegan pagan a los primeros de la cola. También hablaré de esto en otras entregas.
En la manía de los tulipanes sí había un activo subyacente, era el bulbo del tulipán, que en principio se pagaba para poseer flores hermosas y que al final acabó siendo carne de especuladores, la mayoría ineptos, que confiaban en una situación que parecía no tener límite. Como en todas las crisis especulativas, el pato lo paga la avaricia, y si la situación es generalizada, la confianza en el país.
La especulación que se produjo sucedió a espaldas del mercado y nadie en su sano juicio habría estado dispuesto a pagar más de cincuenta florines por un bulbo y, los compradores a este precio serían muy pocos, por lo que habría una recesión de la demanda y no habría clientes para tanto bulbo. El disparate de la burbuja de los tulipanes holandeses fue que se trataba de un objeto de lujo, perfectamente prescindible, así que cuando se sobrepasó un límite se convirtió en un objeto especulativo, apartado de su valor real, que debía haber sido acabar adornando la casa de alguien.
Antes de seguir, desmentiré la entrada de esta sección donde digo “esto no puede volver a pasar”. Porque esto ha vuelto a pasar y seguirá pasando.
¿A que parece ridículo especular con bulbos de tulipán? ¿Y cuánto de juicioso tiene invertir los ahorros de toda una vida en sellos de Correos? ¿Recordáis el caso de Afinsa y Fórum filatélico?
Estas dos empresas se dedicaban a la inversión en sellos que eran el activo subyacente que ofrecían a sus clientes. Cuando la banca estaba dando una rentabilidad entre el dos o el tres por ciento, estas empresas daban entre el seis y el ocho. ¡Todo un chollo!
Ambas fueron intervenidas el nueve de mayo de 2004 acusadas de no tener todos los sellos que decían tener, de ser otros falsos y el resto sobrevalorados.
En aquel momento, Afinsa tenía cien oficinas, 2.600 empleados y 143.000 clientes. Fórum Filatélico era considerada una empresa de éxito; igual que Sofico unas décadas antes (de Sofico hablaré luego). Fórum recibió premios y reconocimientos; muchos recordaréis que llegó a patrocinar el equipo de baloncesto de Valladolid en la liga ACB. Sus operaciones de inversión afectaron a 269.000 clientes. O sea, entre Afinsa y Fórum fueron defraudadas más de 400.000 familias en España. 
Después de mucho pleitear, los inversores de Afinsa y Fórum apenas han recuperado el 15 % del dinero que invirtieron ¡en sellos!
Y por qué sucede esto.
Como dice el economista Trías de Bes: “Un crac viene precedido de una época de euforia irracional donde hasta los más prudentes olvidan cual es el valor real de las cosas. Todos nos convertimos en necios y confundimos el valor con el precio”. “Y para que se produzca una burbuja tiene que darse una época de política monetaria expansiva, con mucha facilidad para acceder al dinero” (prestado, por supuesto).
Como ya he dicho, se especulaba de espaldas al mercado. Nadie pagaría 2.000 euros por un bulbo, pero los especuladores si pagaban porque su intención era revender.
Tiempo tendré en esta entrega de hablar de más ejemplos recientes, seguro que muchos de vosotros ya le estáis poniendo nombre a este tipo de situaciones irracionales.
Según datos recabados por Trías en 2008, más de 5 millones de hogares españoles invierten directa o indirectamente en Bolsa, a través de planes de pensiones o fondos de inversión, que a su vez están especulando sobre activos subyacentes que nadie sabe en qué consisten, esperemos que no sean tan ridículos como bulbos de tulipán o sellos de correos.
Mientras, los inversores viven despreocupados esperando tranquilos sus rentabilidades futuras y sólo se alarmarán cuando estas rentabilidades desaparezcan e incluso también sus ahorros.
Episodio 2: la Compañía del Mississippi
Para el siguiente episodio cambiamos de país, nos vamos a Francia, y avanzamos unos ochenta años en el tiempo, hasta 1715, que fue cuando murió Luis XIV, el Rey Sol.
Cuando Luis XIV murió, heredó la Corona su biznieto, Luis XV, que sólo tenía cinco años. Durante la minoría de edad del rey, quedó como regente el Duque de Orleans, un sobrino del rey muerto, más dado a la buena vida que a las tareas de gobierno. La causa de que la Corona francesa fuese heredada por el biznieto del rey muerto y no por su nieto Felipe, que en este momento reinaba en España, fue el Tratado de Utrecht, firmado dos años antes, que cerró la Guerra de Sucesión española, por el que Felipe V renunció a sus derechos dinásticos ante el temor de las potencias aliadas contra España y Francia, que no estaban dispuestas a aceptar la creación de una superpotencia que uniera los dos Estados. Hay que recordar que España, si bien ganó la guerra en la península (salvo Gibraltar) la perdió totalmente en el resto de sus posesiones europeas.
El Rey Sol había sido un monarca absolutista y manirroto, que había derrochado el patrimonio de la nación entre el lujo desproporcionado, la construcción de Versalles y muchas guerras, en especial mediante la participación en la Guerra de Sucesión española, para apoyar a su nieto en el trono español, en la que luchó contra Inglaterra, Portugal, Países Bajos, Austria y Dinamarca.
El regente se encontró un país en bancarrota, con unas cuentas que no cuadraban, se miraran como se miraran. Voy a dar las cifras en términos de la época porque no he sabido encontrar la forma de expresarlas en términos actuales. La moneda que utilizaré será la libra, pero no debe confundirse con la libra esterlina inglesa, porque en Francia se acuñaba otra moneda, llamada “libra tornesa”. La única referencia que he encontrado dice que las rentas de las clases pudientes no pasaban de las 30.000 libras al año.
La deuda del Estado francés que se encontró el regente era de 3.000 millones de libras, comprometidas en bonos de deuda pública en manos de particulares.
Los ingresos del Estado eran de 145 millones al año, y sus gastos 142. Haciendo cuentas, al Estado sólo le quedaban tres millones de libras para pagar una deuda de 3.000 millones, lo que significaba ofrecer un interés máximo del 0’1% en un mercado que esperaba un interés mínimo del 3%, treinta veces por encima de lo que el Estado se podía permitir pagar. Sin embargo, había que pagar ese 3% mínimo porque, si no, ante cualquier incidente que obligase a emitir más deuda, ésta no tendría confianza y sus emisiones quedarían descubiertas. No eran años fáciles y en cualquier momento les podría salir un enemigo que obligara a Francia a volver a la dinámica de la guerra. Y las guerras salen caras, así que parecía inevitable tener que considerar la posibilidad de emitir más deuda para pagar intereses, entrando en una espiral financiera envenenada.
El gobierno del duque de Orleans hizo de todo para intentar solventar la situación y evitar la bancarrota de un sistema que se nutría de la corrupción. Lo primero fue utilizar el viejo truco de rebajar la ley de las monedas, o sea, reducir la proporción de oro o plata en ellas. Pero ese truco nunca funciona, porque el mercado no es tonto y se regula de forma automática por lo que se produce una depreciación del valor del dinero y con ello suben los precios y nos quedamos en el mismo sitio de donde salimos, o peor.
Lo siguiente consistió en investigar las malversaciones de prestamistas y recaudadores estatales que, en esta época, en Francia, se merecían todo el odio que se les tenía. De hecho, unas décadas más tarde, el insigne químico Lavoisier, considerado el padre de la química moderna, fue guillotinado porque era recaudador de impuestos, y no le pudo salvar su enorme prestigio como científico, porque pesó más en la sentencia su condición de recaudador.
Para perseguir a los defraudadores, se prometió un quinto de la recaudación extra a los informantes que los delataran. Pronto los calabozos no dieron abasto para alojar a tanto detenido. Se ordenó a encargados de posta que no suministraran caballos a todo aquel que pareciera huir. Con todo, la sangre no llegó al río y sólo consta que hubiera una condena a muerte, a un banquero. A los demás los enviaron a galeras o se les impuso pena de cárcel o multa. En cualquier caso, se confiscó todo lo que se pudo. No obstante, la Administración era tan corrupta que lo recaudado por estos mecanismos coercitivos lograron muy poco, porque la mayoría se quedó por el camino. Se calcula que se recaudaron alrededor de 180 millones de libras de las cuales sólo 80 contribuyeron a amortizar deuda y los otros 100 se quedaron en los bolsillos de cortesanos corruptos (os recuerdo que la deuda era de 3.000 millones de libras, por tanto, la deuda se descargó en menos de un 3 %).
La situación era desesperada, hasta que apareció por la vida disipada de París un personaje muy singular, llamado John Law, que se hizo buen amigo de francachelas del Duque de Orleans. Y aquí fue cuando el Duque vio el cielo abierto, porque su amigo Law lo convenció de que tenía la solución y obtuvo permiso de él para iniciar una loca carrera que dejó a la historia de los tulipanes en algo parecido a un mal rato transitorio.
John Law
Dicen que hay unos que tiene pasado y otros que tienen antecedentes. Esto último podría bien ser el caso del escocés John Law.
Los historiadores no acaban de ponerse de acuerdo al catalogar a John Law; básicamente hay tres tendencias. Unos dicen que fue un loco, otros que fue un granuja y finalmente, hay quien dice que fue las dos cosas anteriores, además de un tonto útil en manos del gobierno francés, encabezado por su regente, el Duque de Orleans.
John Law había nacido en Edimburgo en 1671, hijo mayor de un banquero y joyero que amasó una fortuna considerable. El niño entró a trabajar en la banca paterna a los catorce años y demostró una excelente capacidad de trabajo, de comprensión de los números y del funcionamiento del negocio bancario. ¡Bien!, ¡excelente!, pero sólo durante tres años, porque ya con diecisiete, hecho un chicarrón alto guapo y despierto, empezó a sentir las tentaciones del lujo, preocupándose más por su atuendo que por los negocios.
Alto guapo y con dinero empezó a triunfar entre las mujeres, que le llamaban “John el Guapo” a la vez que sembró envidia entre los hombres, que le apodaban “John el Mariquita”.
En ese momento, cuando tenía diecisiete años, murió su padre y él decidió retirarse de los negocios para irse a Londres a gastar sus rentas y conocer mundo. Siendo joven, vanidoso, apuesto, rico y descontrolado, cuando llegó a Londres se sumió en una escalada de derroche y desde el principio se convirtió en un personaje habitual de las casas de juego.
En aquella época, la estadística y la probabilidad estaban poco o nada desarrolladas, así que la habilidad de Law para los números le hizo ganar mucho dinero y convertirlo en un jugador profesional que contrariamente al dicho, triunfaba tanto en el juego como en amores. Así, se convirtió en un jugador irrecuperable. No es de extrañar que un personaje con excelentes habilidades numéricas, como era Law, ganara dinero en el juego. Por esta misma época, Voltaire (que también era un piezas) y otros dos socios, especulaban en el juego de loterías francesa porque se dieron cuenta de que el sistema estaba mal diseñado. Aprovechando los huecos del imperfecto sistema de loterías se calcula que cada uno de los tres socios se había embolsado medio millón de libras cuando los descubrieron. Esto fue probablemente lo que convirtió a Law en un buen jugador, si no fuera porque el éxito lleva muchas veces a la temeridad.
Después de nueve años de descontrol, a Law se le acabaron ambas rachas. Respecto al juego, se había vuelto imprudente y acabó perdiendo todo, su fortuna y sus rentas. Respecto a sus flirteos, un asunto amoroso con cierta dama de la nobleza acabó con un reto a duelo por parte de un hombre que se sintió afectado de fuertes dolores en la frente. Se celebró el duelo y Law tuvo la mala suerte de matar en él a su oponente, que era miembro de una familia influyente, la cual hizo que se le encarcelara y sentenciara a muerte.
Law consiguió escapar y huyó al continente, donde vagó durante tres años por Holanda, Francia e Italia. Dedicaba las mañanas a estudiar los asuntos financieros y bancarios de los países en los que estaba y las tardes en las casas de juego. Luego volvió a Escocia donde intentó, sin éxito, hacerse perdonar a la vez que quiso vender la idea de lo que él llamaba un “Banco Hipotecario”, que el Parlamento escocés no aceptó, aunque luego veremos que su idea logró tomar forma en Francia.
Así que, con ambos fracasos en la mochila, Law volvió de nuevo al continente, ganándose la vida como jugador profesional. Durante otros catorce años se movió por Flandes, Holanda, Alemania, Hungría, Italia y Francia. Así, Law conoció y entendió que ninguno de los sistemas económicos de estos países evolucionaría sin la existencia del papel moneda. Pero eligió bien su destino final: Francia, por su situación financiera, que ya hemos visto, y por la fuerza de sus monarcas, que ejercían un poder absoluto como en ningún otro país europeo. Durante este tiempo se mantuvo como jugador profesional de éxito. Por esto y por su vida disoluta se le expulsó de Venecia y de Génova. También estuvo a punto de que lo expulsaran de París, pero tuvo la suerte de caerle en gracia al Duque de Orleans y eso lo salvó del castigo.
Gracias a sus contactos influyentes, Law propuso por primera vez su “gran proyecto financiero” todavía en época de Luis XIV. Pero se dice que este rey se enteró de que el proponente no era católico sino protestante y rechazó automáticamente la propuesta.
Muerto Luis XIV, al buen duque de Orleans todo esto de la economía le resultaba muy ajeno. Más preocupado por disfrutar de los placeres terrenales que del tediosísimo oficio de gobernar, le vino como agua de mayo que su amigo John Law apareciera con la solución a esta catástrofe.
Law no hizo mal diagnóstico de la situación, otra cosa es que las acciones que acometió fueran convenientes, pero veamos que dijo y que hizo.
En primer lugar, téngase en cuenta que en aquel momento no existía el papel moneda. Se vivía en una economía donde el dinero existía sólo en forma de monedas contantes y sonantes y su valor era el de la aleación de metales que contenían. Los únicos papeles que existían eran lo que se conocían como “billetes de estado” que eran el reconocimiento de deuda pública que los particulares habían comprado y que atenazaban las finanzas francesas con la carga de intereses que había que pagar por ellos.
Respecto al diagnóstico, Law aseguraba que el dinero metálico no era suficiente para las necesidades comerciales de un país y que, además, era necesario acrecentar el crédito. Ya digo, como diagnóstico no es malo, porque es cierto. De hecho, hoy se considera que Law fue un buen teórico monetario de corte que hoy llamaríamos keynesiano. Si John Law se hubiera limitado a escribir libros en vez de liarla parda poniendo sus ideas en práctica en una Corte corrupta, probablemente sus obras estarían entre las referencias obligadas de la economía actual.
En Escocia, Law había intentado convencer de que la sociedad necesitaba más dinero y bancos activos para combatir el desempleo. Sostuvo que si se incrementaba la oferta monetaria mediante billetes de banco emitidos para préstamos productivos, el empleo y la producción aumentarían proporcionalmente, y el valor del dinero permanecería estable. Allí no le hicieron ni caso.
Sin embargo, en Francia sus ideas triunfaron, pero no porque hablase de productividad, desempleo o cualquier otra idea económica, sino porque venía a resolver el terrible problema del coste de la deuda. Así, en 1716, sólo un año después de que muriera Luis XIV, se empezaron a aplicar las medidas de Law, que en sólo tres años llevaron al país a la locura. Voy a omitir los pasos intermedios, que son muy farragosos y me centraré en el esquema circular que Law construyó y la situación final que se produjo.
La Burbuja del Mississippi
Permitidme una digresión. Hablo de memoria, por lo que la cita puede no ser textual, aunque es cierta en su esencia: cuando tras el triunfo del golpe bolchevique informaron a Lenin de que no había dinero para pagar al ejército, Lenin respondió extrañado ¿Por qué no, si tenemos papel y tinta?
Y esto mismo es lo que sucedió doscientos años antes en el esquema de Law, que con papel, tinta y una buena dosis de mentiras intentó solucionar lo que no tenía arreglo. Pero que nadie se extrañe, porque aún hoy las imprentas del Banco Central Europeo están sobrecalentadas mientras imprimen billetes y los inyectan en el mercado a un interés negativo. ¿A alguno os ha pasado que alguien os haya llegado y dicho?: toma, te doy mil euros en billetes y a cambio de que te los quedes, me comprometo a pagarte dos euros y medio al año mientras dure la deuda. Una vez más, la economía esta sujeta a la única necesidad de papel y tinta. Alguien se está llevando esos dos euros y medio, y seguro que no somos ninguno de nosotros.
Pero bueno, volvamos a la Francia de comienzos del siglo XVIII, con un terrible problema de deuda que parecía no tener solución. La deuda estaba repartida entre los particulares en forma de “billetes de Estado”. El dinero en circulación era metálico, así que imaginad que en vuestra billetera tenéis un papelito que dice que el Estado se compromete a pagaros un interés, pongamos del 3% mientras dure la deuda. No es dinero, pero es un compromiso de pago por parte del Estado, tanto de intereses como finalmente del principal. Para eliminar la deuda y para activar el mercado, había que sacar esos papelitos de las billeteras de los ciudadanos y sustituirlos por otros, eso lo sabía Law y para que el gobierno le permitiera acometer el plan, propuso una jugada a dos bandas, que obviamente fue aceptada.
La primera medida fue crear un banco público que primero se llamó Banque Générale y luego pasó a llamarse Banque Royale. A partir de ahora me referirá a él como el Banco. Este banco tenía la concesión de emitir papel moneda que al principio fue convertible en oro o plata. Se ponía en mercado mediante créditos concedidos en billetes, que el Estado admitiría como bueno para el pago de impuestos. Para los que quisieran invertir en el Banco, se emitieron participaciones con la condición de que, en su compra, una cuarta parte fuera hecha en moneda y el resto podía ser pagado con bonos de deuda. Obsérvese la jugada: aquellos que compraban acciones del banco pagando con deuda estaban primero vaciándose los bolsillos de monedas y a su vez, cambiando unos bonos que les reconocían una aportación de capital y un compromiso de pago de interés. ¿Qué se le ofrecía a cambio?: una participación accionarial basada sólo en expectativas, que les podía rentar más que los bonos o, según fueran las cosas, incluso llegar a suponerles que la acción se quedase en nada, como cuando en Holanda se desplomó el precio de los bulbos. En esencia, la emisión de acciones del Banco supuso una primera retirada importante de deuda pública, que al Estado le venía muy bien. ¡Ya se las apañaría el Banco!
Recordemos que el sistema metálico estaba alterado y falto de confianza por las depreciaciones que el gobierno seguía causando mientras bajaba la ley de sus monedas. Frente a eso, Law se comprometió a hacer todos sus billetes pagaderos a la vista (los más mayores recordaréis esa frase escrita en todos los billetes españoles de cuando las pesetas, con una sinceridad tan falsa como la de Law, que decía: el Banco de España pagará al portador la cantidad de… tantas pesetas). Pero bien, la garantía de pago hizo que los billetes de Law fueran más apreciados que las monedas, así que empezaron a cotizar unos contra otras en el mercado. Al cabo de un año del lanzamiento del Banco, en las operaciones comerciales, si querías pagar con monedas tenías que pagar un quince por ciento más que si lo hacías con billetes del Banco Real.
Todo iba miel sobre hojuelas, así que ahora procedía acometer la segunda fase del proyecto: la creación de una compañía con privilegios monopolísticos para el comercio con la zona francesa del Mississippi y la colonización de una nueva ciudad que, para hacerle la pelota al regente, se llamó Nueva Orleans. La emisión de acciones y posteriores ampliaciones de capital fueron un auténtico disloque. Si alguien quería enriquecerse participando de esta fiebre especuladora tenía tres caminos: participar con ahorros metálicos propios (cosa poco probable), pagar con bonos de deuda pública (de nuevo, cambiando obligaciones de cobro por expectativas de una empresa que podía ir bien o mal), o finalmente, pedir un crédito al Banco Real que te iban a conceder seguro si lo garantizabas con acciones de la Compañía. La cosa no podía ir mejor para la situación financiera de la regencia, cada paso que se daba disminuía la deuda pública que pasaba a acciones del Banco o de la Compañía. Nunca, antes, se había solucionado una situación económica tan calamitosa con sólo papel y tinta. ¡Qué fácil! De hecho, adelanto que gracias a las maquinaciones de Law se acabó retirando el 100% de la deuda pública. ¿Puede algún país soñar con eso?
En cuanto a los particulares, además de los beneficios que se esperaban de la especulación, se prometía un 4% de dividendos sobre el nominal.
La Compañía del Mississippi, que así se llamaba, no era una idea nueva, porque este tipo de compañías ya estaban funcionando con bastante éxito en Holanda e Inglaterra y lo habían hecho en el pasado en Portugal y España. La diferencia con las otras Compañías era que, en este caso, las riquezas de la colonia francesa eran más que dudosas y lo imaginativo en la fundación de la Compañía del Mississippi fue la forma de atraer capital, que sobre todo fue basada en la retirada de deuda.
En meses sucesivos se le fueron dando privilegios adicionales a la Compañía, lo cual se aprovechaba para hacer ampliaciones de capital y más emisiones de billetes por el Banco. En ese momento se emitieron títulos por valor nominal de 25 millones de libras, pero el éxito de peticiones fue tal que a continuación se liaron la manta a la cabeza y se lanzó una segunda ampliación de capital por valor de 1.500 millones de libras.
En este momento el Banco Real ya estaba gobernado por el regente y Law gestionaba la Compañía. 
La situación en Francia era como si el sentido común se hubiese dado a la fuga. El regente no paraba de echar billetes al mercado, encantado de ver como la deuda pública disminuía de una forma tan sencilla. John Law no le iba a la zaga, admitiendo más y más participación en su Compañía, y la gente se había tragado el disparate hasta la bola. Muchos descubrieron que era más rentable especular que trabajar, y dejaron sus oficios para alquilar un apartamento lo más cerca posible de la sede de la Compañía, que era donde se realizaban las transacciones.
La historia cuenta que el cochero de Law ganó tanto dinero que se despidió de su trabajo. Entonces, el señor pidió a su ya ex lacayo que le presentara algún otro cochero para reemplazarlo. El cochero cesante accedió y presentó dos posibles candidatos a Law. Una vez que éste hubo elegido nuevo cochero, el lacayo, ahora nuevo rico, contrató al otro como cochero propio. 
Todos los días había muchos robos en la calle, por la gran cantidad de dinero en papel que la gente llevaba encima. También fueron frecuentes los asesinatos. Durante unos meses, la locura colectiva parecía no tener límite.
Así que, poco a poco y a la chita callando, los grandes capitales se dieron cuenta de que la situación era insostenible y empezaron a convertir sus billetes en monedas para luego ocultarlos en Holanda e Inglaterra. Aquí fue cuando Law prohibió que saliera la moneda y obligó a que las operaciones comerciales se hicieran con papel. En este momento Law pertenecía al Gobierno con el cargo de controlador general de las Finanzas, previa conversión al catolicismo.
A estas alturas empezaron a aparecer sospechas de que las promesas hechas sobre las tremendas riquezas de Luisiana eran falsas, de hecho, la colonización de Nueva Orleans fue un fracaso. Así que para animar el cotarro se creó un teatrillo imponente. Se apresó a más de seis mil pobres a los que se dio ropa, picos y palas con el objeto de embarcarlos hacia América, no sin antes hacerlos desfilar por las calles de París, para que todo el mundo fuera consciente de que había llegado el momento de que empezaran a venir ingentes cantidades de lingotes de oro y plata. De la leva forzosa de seis mil hombres, sólo dos mil llegaron a destino, el resto se escapó antes de embarcar y vendieron las herramientas por lo que les quisieran dar. El resultado fue un repunte del valor de la acción de la Compañía, a la vez que se ponían en circulación otros mil quinientos millones de libras.
Así se creó una situación parecida a una hoguera, que era la Compañía, alimentada por billetes que echaba el Banco sobre ella.
Del valor nominal de las primeras acciones, 500 libras, se pasó a 1.000 en la siguiente emisión y 10.000 en la última. En el mercado de futuros, las acciones cotizaban a 12.500 libras a tres meses. Mientras, el proyecto de Luisiana hacía agua por todas partes y en diciembre de 1719 los primeros inversores empezaron a retirarse.
La primera alarma se produjo a principios de 1720, cuando un inversor se sintió agraviado por Law y fue al Banco para que se cumpliera el compromiso de devolver en oro y plata el valor nominal de los billetes que tenía. Se habrían necesitado tres vagones para transportar la moneda y no era conveniente que otros hicieran lo mismo, así que el regente ordenó entregar sólo un tercio de la cantidad exigida, cosa que el inversor tuvo que aceptar a regañadientes. Aquí ya se puso en evidencia que algo olía a podrido en el sistema financiero francés.
Law, como controlador general de las Finanzas, tenía bajo su poder el sistema fiscal, monetario y financiero de Francia. Con ello tomo una serie de medidas para detener la depreciación de las acciones. Estas medidas fueron demasiadas y contradictorias entre ellas. Destaco las siguientes:
Se estableció la obligación del Banco de garantizar un precio mínimo de 9.000 libras, comprando las acciones que fueran presentadas en sus ventanillas. Obviamente, se produjo tal aluvión de público en las oficinas del Banco que éste tuvo que cerrar sus puertas ante el tumulto que, por cierto, se cobró muertos y heridos.
Se aprobó la fusión de este Banco con la Compañía del Mississippi. Ahora de dos problemas muy grandes se creó un problema irresoluble, porque con esto, ya no se podía salvar a una parte y recuperar la otra. Es decir, si quebraba la Compañía, quebraba el banco, o viceversa.
Para animar el mercado, se vendieron opciones de compra por 1.000 libras que permitirían adquirir las acciones por 10.000 libras en los seis meses siguientes. A estas opciones de compra no acudió ni el Tato.
La consecuencia de estas medidas agravó el problema porque, especialmente la primera, la de la compra obligatoria por parte del Banco a 9.000 libras (obviamente en billetes) cuadruplicaron la oferta monetaria y generaron una fuerte inflación: los precios se duplicaron en dos años. Mientras, los inversores más avezados se anticiparon a lo que iba a ser la depreciación de los billetes y comenzaron a convertirlos en oro y plata a un precio más bajo, pero al fin y al cabo, llevando el dinero a un valor seguro, que rápidamente trasladaban a Holanda o Inglaterra.
Para evitar la fuga de monedas, Law empezó a bracear contra corriente, intentando poner puertas al campo:
Se decretó que los billetes eran moneda legal, de aceptación obligatoria y se prohibió la exportación de oro y plata e, incluso, que los particulares poseyeran más de una cierta cantidad de monedas metálicas.
En repetidas ocasiones, se infló la paridad de los billetes en términos de oro y plata, con el fin de aumentar la demanda de billetes por el público.
Pero esta sucesión de medidas monetarias, contradictorias entre sí, acabó por descorrer el velo que tapaba los ojos de los inversores que aún permanecían atrapados en la burbuja que intentaban abandonar acudiendo a la compra obligatoria por 9.000 libras que ofrecía el Banco. Lo cual sólo era un primer paso, porque luego había que refugiar esos billetes en valores seguros, aún perdiendo más dinero, pero intentando salvar lo que se pudiese.
En febrero, Law dejó de garantizar el precio de 9.000 libras y las acciones se derrumbaron de inmediato a menos de 8.000 y la caída siguió. Para detener esta caída, una semana después, Law restituyó la compra por 9.000, para ello tuvo que emitir muchos más billetes, por encima del permiso de emisión que tenía el Banco. Los accionistas empezaron a vender al Banco como posesos y las tenencias de billetes por los particulares se duplicaron entre marzo y mayo.
Como la operación era insostenible, en mayo se aprobó la reducción gradual del precio oficial de adquisición de las acciones de 9.000 a 5.000 libras, al tiempo que reducir a la mitad el valor de los billetes en circulación, que fueron devaluados, cosa que el regente había asegurado que no sucedería.
Para finales de mayo la acción cotizaba a poco más de 4.000 libras y se armó tal revuelo a las puertas del Banco y de la Compañía que se mantuvo a Law apartado del gobierno y en arresto domiciliario, más que nada para protegerlo de un linchamiento.
No obstante, el gobierno francés pensó que el único que podía evitar el colapso del sistema era su creador, por lo que Law fue nombrado intendente general del Comercio. Desde este nuevo puesto, logró un ligero repunte, pero al final, el gobierno no tuvo más remedio que autorizar el uso de las monedas de oro y plata en las transacciones, de forma que las acciones, en octubre, cotizaban a 1.000 libras.
Al final la burbuja estalló, la Compañía cerró y John Law tuvo que huir de Francia, se dice que disfrazado de mujer. Su experimento financiero causó enormes pérdidas a los inversores franceses. Las secuelas a largo plazo para la nación aún fueron más graves, ya que aquel experimento de Law paralizó el desarrollo financiero de Francia, por la aversión que sus ciudadanos adquirieron a los billetes, las acciones, los bancos y las bolsas. La experiencia traumática con el papel moneda realizada por John Law retrasó un siglo la evolución de los billetes de banco en ese país.
Law pasó los siguientes ocho años vagando por Europa en condiciones de pobreza hasta que murió, en Venecia, a causa de una neumonía.
Según Ferguson, la burbuja de Law fue una de las causas responsables de la Revolución Francesa, porque agravó la crisis fiscal de la monarquía de tal manera que las sucesivas reformas de Luís XV y Luís XVI no lograron detener el deterioro de las finanzas públicas. Finalmente, la Hacienda real llegó a la bancarrota, contribuyendo a precipitar la Revolución francesa. 
Esto no puede volver a pasar, ¿verdad?
Indudablemente en Francia, como antes en Holanda, lo que sucedió fue un fenómeno especulativo. Lo que hizo subir el precio de las acciones del Mississippi pronto pasó a ser el afán de comprar acciones para venderlas a un precio mucho más alto, como hizo el cochero de John Law. La buena rentabilidad ofrecida en un principio, del 4% sobre el valor nominal, de 500 libras, suponía unos dividendos de 20 libras al año, que no estaba mal, pero quien comprara estas acciones unos meses después a, por ejemplo, cuatro veces el valor de salida, seguían obteniendo los mismos dividendos de 20 libras sobre 2.000 libras invertidas, lo cual ya es sólo un uno por ciento. Esta oleada de segundos inversores no buscaba la rentabilidad de la Compañía, sino la especulación con sus acciones.
Las burbujas especulativas siempre arrastran en su caída a los avariciosos, pero la avaricia es muy contagiosa. La imagen del vecino o el conocido que consigue ganancias de capital, aunque solo sea sobre el papel, tiende a hacer que la gente sea menos precavida. Además, somos más propensos a contar los éxitos que los fracasos.
Una monomanía limitada a un objeto de especulación relativamente restringido, como los tulipanes holandeses tiene grandes posibilidades de esfumarse sin provocar consecuencias monetarias. Cuando la euforia y la especulación se extienden a distintos objetos y a diferentes lugares, la probabilidad de que el sistema monetario se conmocione aumenta considerablemente.
En Holanda sólo se arruinó el que se montó en el carro del tulipán, pero en Francia la cosa fue más grave, porque se alteró el sistema monetario. En Francia no sólo pagaron los codiciosos; pagaron también los que, de espaldas a la Compañía del Mississippi o al Banco, probablemente viendo la falacia del montaje o sin poder económico suficiente para entrar a invertir, sufrieron una inflación galopante debida a la inyección artificial de dinero, generada para costear la broma.
Las burbujas se alimentan de los que creen que las tendencias son infinitas y enriquecen a los que saben que no es así, se montan en el tren a primera hora, y cuando el tren ha pillado velocidad, se tiran de él en marcha, recogen beneficios y se callan. Porque en estas historias hubo, hay y habrá quien gane mucho dinero, pero no se lo va a contar nunca a nadie.
¿Alguien recuerda la burbuja española del ladrillo? La resumiré con las cifras que da Trías. Son espeluznantes: en el año 2000 operaban en España 65.000 inmobiliarias, en 2008 lo hacían 173.000 (casi tres veces más). De este auténtico porrón de inmobiliarias, sólo 140 tenían más de 100 trabajadores y dos tercios de ellas, casi 120.000, no tenían asalariados porque se trataba de particulares atraídos por la burbuja que se animaron a especular creando pequeñas promociones con la ayuda de créditos bancarios y préstamos de amigos y familiares.
Algunos promotores ganarían mucho dinero, otros se arruinaron. Hubo mucha gente que perdió todo porque habían comprado viviendas sólo para especular. Lo siento por ellos, pero por quien más lo siento es por aquellos que se compraron casas con el único propósito de habitarlas. Estos fueron los que realmente pagaron el pato.
Cuando las burbujas atentan contra bienes accesorios, como los tulipanes, realmente no son peligrosas. Lo peor viene cuando llegan a través de sistemas establecidos, como el monetario o el bursátil. Pensemos en una aparente monomanía que no fue tal, porque afectó a un sector, las puntocom, y a una bolsa que se apoyaba en ellas.
El caso Terra
Entre un gran clamor de gurús financieros que invocaban a invertir en empresas tecnológicas, el 17 de noviembre de 1999 Terra salió a bolsa y arrancó su primera sesión a un precio de menos de 12 euros por acción. Al cerrar la sesión, el precio de cada acción fue 37 €. Un éxito mayor que la Compañía de Law. Terra se había revalorizado más de un 300 % en un solo día.
La colocación de estas primeras acciones se había hecho por sorteo para establecer el derecho a compra, con un máximo de 25 acciones por inversor. En el tramo de particulares, las solicitudes de títulos fueron noventa veces superiores a las cantidades de acciones ofrecidas.
En enero de 2000 Terra entró en el Ibex, con un valor bursátil que superaba a las compañías eléctricas y los bancos. Mientras, con absoluta transparencia, Terra publicaba sus cuentas que decían que sus ingresos eran ínfimos y sus pérdidas monstruosas. ¿Por qué nadie se preguntaba acerca de los resultados de un valor al alza? Sencillo, porque se buscaba la especulación.
El 14 de febrero de 2000 alcanzó su techo, cotizándose a 157’6. Su valor de arranque se había multiplicado por más de trece en sólo tres meses. Su valor bursátil había pasado de 3.600 a 47.700 millones de euros (llegó a ser la cuarta empresa por capitalización de la bolsa española). Los inversores iniciales que hubieran comprado 25 acciones y vendieron ese día, habrían tenido un beneficio neto (insisto, en tres meses) de 3.630 €. En renta actualizada eso serían hoy 5.400 euros.
En abril de ese mismo año, en plena semana santa, empezaron a llegar desde Estados Unidos, noticias alarmantes sobre el sector puntocom y comenzó una bajada gradual del precio de la acción, pero muchos aguantan esperando un repunte que nunca llegó.
Para animar el cotarro, en mayo, con un movimiento parecido al de los falsos mineros de Law, Terra compró la empresa Lycos por 12.500 millones de dólares. La operación fue un auténtico fiasco y cuatro años más tarde, Terra se deshizo de Lycos por 416 millones de euros (aproximadamente un 0’5 % del valor de compra).
Desde la bajada del precio de la acción la situación se vuelve insostenible y la opinión pública se echa encima de Telefónica, que para calmar los ánimos presenta una oferta de compra por el 100% del capital a 5’25 € por acción.
La mayoría de los inversores aceptaron la oferta resignados, pero hubo quien aguantó. Creo recordar que en torno a un 30 % de los accionistas permanecieron, confiando en un repunte del valor en bolsa. Pero esto no sucedió, más bien lo contrario, así que dos años después, el consejo de administración de Terra aprobó la absorción completa del capital de la compañía ofreciendo tres euros por acción a estos que habían aguantado hasta el final. Algunos de ellos habían comprado a 157 euros.
Episodio 3: la Compañía de los Mares del Sur
A principios del siglo XVIII, Inglaterra y Holanda eran excepciones dentro del panorama político europeo. Ya hemos visto antes el caso holandés y aquí exploraremos el inglés, para luego pasar a contar la historia de la Compañía del Mar del Sur que en buena medida fue una réplica de la del Mississippi, aunque con final algo mejor que el caso francés. La razón de que aquí la cosa no acabara demasiado mal se debió, entre otras razones, a la fortaleza de las instituciones inglesas, que no tenían las francesas.
Contexto histórico de Inglaterra
Después de la decapitación del rey Carlos I en 1649, surgió el período llamado del Protectorado, con Oliver Cromwell a la cabeza. Siguieron años convulsos con fuertes conflictos religiosos y civiles que estaban desangrando al país. Finalmente, tras la muerte de Cromwell se decidió la Restauración de la dinastía Estuardo en 1660 y el hijo del rey muerto llegó a Londres para ocupar la Corona de Inglaterra. Durante su reinado intentó todo lo que pudo para debilitar las instituciones y reforzar su poder. Todo esto se producía en una sociedad en la que ya existía una fuerte creencia en que el poder de los monarcas debería ser acotado.
Aunque las aguas más o menos se calmaron, en Inglaterra existían conflictos sin resolver. Uno de ellos el religioso, porque los católicos eran acusados de todo lo malo, como se había hecho antes con los judíos. Se les acusó de propagar una epidemia de Peste, del incendio de Londres en 1666, de complots para acabar con la vida del rey y de todo lo que hubiera hecho falta para desacreditarlos.
Todos estos revuelos dieron lugar a que se aprobara una legislación que excluía del gobierno, las instituciones y las universidades a los católicos y a los protestantes considerados sectarios (me refiero a anabaptistas, cuáqueros y otros).
Pero el rey Carlos no sólo reinaba en la anglicana Inglaterra sino también en las católicas Escocia e Irlanda y a su muerte, heredó la Corona su hermano Jacobo que… ¡horror! Era católico. Y peor aún, tuvo un heredero, el Príncipe de Gales, qué también era católico. Los ingleses estaban aterrados ante la posibilidad de una dinastía católica.
Acto seguido, el nuevo rey potenció la participación de los católicos en las instituciones. Incluso, cometió la osadía de franquear el acceso de sus correligionarios a dos bastiones anglicanos: Oxford y Cambridge.
Ni escoceses ni irlandeses se sentían a gusto compartiendo Corona con los ingleses. Los conflictos se sucedían. La frontera entre Escocia e Inglaterra era un hervidero y en Irlanda no le iban a la zaga entre el norte anglicano y el sur católico.
Todos estos conflictos se sofocaron en la llamada Revolución Gloriosa, cuando con el apoyo del Parlamento, desembarcaron en Inglaterra tropas holandesas. El rey Jacobo y su familia tuvieron que huir y el Parlamento ofreció la Corona a Guillermo de Orange, yerno de Jacobo. Obviamente, la parte perdedora, que la hubo, no quedó nada contenta. Los jacobitas crearon centros de disidencia que aún hoy se patentizan en las revueltas anuales que se producen durante el desfile de la Orden de Orange, que conmemora la victoria de las tropas de Guillermo de Orange contra los jacobitas de Belfast o las pretensiones independentistas de Escocia.
Pero a Guillermo no le dieron gratis la Corona. A cambio de ella se vio obligado a aceptar un nuevo marco de relaciones entre Parlamento y Corona (la Bill of Rights, algo así como Declaración de Derechos) que asentaba el derecho de prensa, el carácter no permanente del ejercito, la obligación de aprobar los impuestos en el Parlamento, las bases en la división de poderes entre legislativo y ejecutivo y garantizaba una mayor libertad individual y de propiedad privada.
Según la historiografía marxista, la Revolución Gloriosa de 1688 fue un enfrentamiento entre la vieja aristocracia terrateniente y la burguesía urbana incipiente. El triunfo de la segunda supuso una renovación de las élites, que canalizaron su poder a través del Parlamento. Quizá sea un punto de vista algo simplista, porque olvida que hubo factores religiosos, pero como punto de arranque nos puede valer.
Lo seguro es que, en Inglaterra, la Revolución Gloriosa de 1688 asentó una monarquía parlamentaria que limitó la autoridad real en aspectos fundamentales, entre otros el tributario, y que propició una mayor participación de las élites, cuya base social se amplió.
Las singularidades de Inglaterra y Holanda hicieron que en sus políticas pesasen más los intereses de comerciantes y hombres de negocios que en el resto de Europa.
Las finanzas inglesas
A pesar de las revueltas y de la guerra civil, la economía de Inglaterra en estos años iba viento en popa debido a su supremacía comercial y nació una burguesía y una clase media pudiente que depositaba sus excedentes de oro y plata en las arcas de orfebres.
Desde los primeros años de la Restauración de los Estuardo, varios orfebres importantes de Londres empezaron a funcionar paralelamente como banqueros que emitían recibos de depósito que circulaban como billetes de cambio y concedían préstamos a empresarios solventes.
La fundación del Banco de Inglaterra en 1694, con su monopolio legal de emisión, forzó a los banqueros privados a abandonar sus emisiones de billetes de banco, pero continuaron funcionando como bancos de depósito, aceptando y descontando letras de cambio.
En 1700, Londres ya competía con París en tamaño y, por supuesto, le ganaba en relevancia comercial.
La Guerra de los Treinta años se saldó positivamente para Inglaterra, al menos en apariencia. Además de ganancias territoriales en Gibraltar, Menorca y Terranova, se obtuvieron de España dos concesiones comerciales importantes: El Asiento de negros, que les otorgaba el monopolio durante treinta años del comercio de esclavos con las colonias españolas. Otro fue el llamado Navío de permiso, por lo que se autorizaba al envío de un navío comercial al año a las Indias españolas con una limitación de 500 toneladas.
La Compañía del Mar del Sur
Para financiar los gastos y la deuda de la guerra contra España y Francia se había creado la Compañía del Mar del Sur en 1711. En ese momento, la deuda contraída era de diez millones de libras esterlinas, que pasaron a ser cincuenta millones menos de diez años después. Se trataba de un 40% del PIB inglés y el crecimiento de la deuda parecía imparable. La situación era preocupante y era necesario buscar algún remedio.
La preocupación del gobierno era sensata. Recordemos que, en la actualidad, los criterios de estabilidad de Maastricht de la Unión Europea establecían que la deuda pública de sus estados miembros no debía superar el 60% de su PIB. Claro que de esos criterios nadie quiere acordarse. Baste comprobar que, hoy en día, la ratio de porcentaje de deuda vs PIB es de 175 en Grecia, 130 en Italia, 125 en Portugal, 105 en Bélgica y 98 en España y Francia, por citar los más afectados. Cuando uno ve estas cifras no se anima demasiado sobre la situación financiera europea.
Pero volvamos a la Compañía del Mar del Sur que fue creada para intentar reducir deuda. Para ello, se cedieron a la Compañía los impuestos del vino, vinagre, bienes de India, sedas elaboradas, aletas de ballena, tabaco y algún que otro producto adicional. Poco después se les sumaría las cesiones ganadas a los españoles: el Navío de permiso y el Asiento de negros.
A cambio de estos privilegios, la recién creada Compañía asumiría la deuda total del Gobierno, diez millones de Libras en 1711, con el compromiso de que éste le abonaría un 6% de interés a perpetuidad, es decir, 600.000 libras anuales.
Este tipo de operación se llama titulización de la deuda, con esta operación, como en la francesa que veíamos anteriormente, se quitaba deuda del mercado y se cambiaba por una boyante Compañía con prometedores resultados que ahora tenía que salir a buscar inversores, admitiendo sus títulos de deuda como pago por las acciones. El resultado fue cambiar deuda comprometida por expectativas de futuro, sin más compromiso que esperar a que todo fuera bien (o mal, claro está).
¿Os suena de algo lo de titulizar deuda? Por si acaso os lo voy a recordar. En los años anteriores a la crisis de 2008 las agencias financieras recogieron todas las hipotecas subprime, de dudosísimo pago y las empaquetaron en Fondos de Inversión con nombres rimbombantes (como pasó con los bulbos de tulipán) que repartieron entre planes de pensiones e inversores particulares. Cogieron deuda, en este caso privada, de un sitio, la trocearon y la encasquetaron. Exactamente lo mismo que hizo la Compañía del Mar del Sur.
En Inglaterra, todo el mundo había oído hablar de las minas de oro y plata de Perú y México, que se creían inagotables, aunque ya entonces se habían agotado; se difundió un informe falso que decía que el rey de España había concedido licencia a la Corona británica para comerciar a cuatro puertos en Chile y Perú donde se podrían vender los productos británicos por muchas veces su valor. Todo esto hizo que las acciones de la Compañía fueran muy valoradas en sus primeros años.
Pero eso no era cierto, o al menos era exagerado, porque lo que la Corona española había concedido era comerciar con negros durante treinta años, y un barco al año, limitado en tonelaje y valor del cargamento. Estas concesiones tenían una contrapartida, porque el rey de España disfrutaría de una cuarta parte de los beneficios. Estas noticias, claro está, fueron ocultadas a la opinión pública.
El primer barco, supuestamente anual, hacia Sudamérica no viajó hasta 1717, y además fue el último, porque las relaciones con España se habían roto.
Aunque el acuerdo firmado con los españoles estaba dando escasísimos ingresos, las acciones de la Compañía tenían una gran demanda. En estos primeros años, la Compañía francesa de John Law estaba en pleno auge, y los directivos ingleses quisieron copiar su modelo. En Inglaterra ya se preveía que el esquema de Law iba previsiblemente al fracaso, pero creían que todo iba a ser distinto allí, porque ellos, los ingleses, se consideraban más listos que los franceses, así que continuaron su huida hacia delante.
Ese año de 1717, con objeto de reducir deuda que no paraba de crecer, la Compañía solicitó al Parlamento que se le permitiera aumentar su capital social en una suscripción pública de dos millones de libras, que se le concediesen privilegios adicionales y a cambio estaba dispuesta a bajar los intereses que le pagaba el estado, del seis al cinco por ciento.
La operación fue un éxito, el mercado la recibió con buenos ojos y se suscribió sin problemas, así que dos años después se decidieron a ir a por todas y solicitar al Parlamento poder realizar una ampliación de 30 millones de libras en 1719. ¡El 60% de la deuda!
En el Parlamento había existido una discusión muy fuerte porque al principio hubo detractores de la Compañía que advertían de lo que era inevitable que sucediera. Pero la Compañía encontró una solución, que consistió en “untar” con acciones a todo parlamentario que se dejara, que fueron muchos, de forma que no sólo conseguía su voto positivo inicial, sino todo voto posterior que favoreciera la subida de la cotización de las acciones. Así que se produjo la ampliación.
Existe un dicho inglés de la época que dice que, entonces, cada tonto aspiraba a ser un granuja.
A principios de 1720, cuando la Compañía de John Law estaba dando sus primeras muestras de fatiga, La Compañía del Mar del Sur estaba empezando una loca carrera inflacionista En enero sus acciones cotizaban a 100 libras; en febrero a 200, en abril a 300, en mayo a 550.
En estos años, el salario anual de un artesano era de 20 libras, las familias de la clase media ingresaban 100 libras anuales y los burgueses pudientes 500.
Entonces no existía aún la Bolsa londinense y la compraventa de títulos se realizaba en un callejón del centro de Londres. Todo el mundo quería invertir y se generó una fiebre especuladora en la que nadie quería perder la oportunidad de ganar dinero fácil. Así que empezó a aparecer un aluvión de compañías de acciones, todas ellas con el reclamo de invertir en Sudamérica, que era la moda surgida a partir de la Compañía del Mar del Sur. Los negocios que se prometían en estas compañías llegaron a ser estrambóticos.
Una de ellas pretendía construir en Sudamérica una rueda de movimiento perpetuo. Consiguió recaudar un millón de libras.
Otra pretendía construir hospitales para niños bastardos, supongo que hijos de ricos.
Hubo otra que pretendía armar barcos contra piratas.
Otra iba a convertir el mercurio en metales preciosos.
Pero mi preferida fue la que ofrecía lo siguiente: “una compañía para desarrollar un asunto muy ventajoso, pero que nadie debe saber en qué consiste” (capital necesario, medio millón) Había que pagar el dos por ciento de la acción al contado y se exigiría el pago de lo restante al mes, cuando se hiciera público el asunto. Al día siguiente de anunciarlo, este genio abrió una oficina a las nueve en punto de la mañana, donde se agolparon inversores ávidos de ganancias para suscribir la inversión. La oficina cerró a las tres de la tarde, momento en que se habían desembolsado 6.000 libras en metálico. Nuestro héroe, cogió el metálico, huyó al continente y nunca se supo más de él.
El mismísimo Príncipe de Gales se hizo gobernador de una de esas supuestas compañías y se dice que recogió 40.000 libras con sus especulaciones. Se calcula que en estas transacciones unos sinvergüenzas ganaron y otros tontos perdieron un millón y medio de libras esterlinas en pocas semanas (insisto en la equivalencia, trescientos millones de euros de hoy).
La aparición de todas estas compañías ponía en riesgo que el público se centrase en invertir en la Compañía del Mar del Sur, así que ésta consiguió que el parlamento inglés aprobara en 1720 la Bubble Act, algo así como “la ley de la Burbuja”, por la que se restringía la creación de sociedades anónimas, cuya suscripción debía ser aprobada por el Parlamento. No es de extrañar que los parlamentarios quisieran primar a la del Mar del Sur, estando como estaban untados por acciones de ella.
En junio, mientras en París estaba estallando en pedazos la Compañía del Mississippi, en Inglaterra era muy común conceder créditos sin más garantía que las propias acciones. El motivo era procurar que el precio de la acción siguiera subiendo, porque eso les interesaba a los grandes accionistas.
La misma Compañía comenzó a dar créditos en un timo endiablado del tocomocho. En un mismo acto otorgaban un crédito en dinero, que sacaban de caja, para a continuación volverlo a meter por la venta de acciones.
Los directivos de la Compañía, que eran unos sinvergüenzas, recibían las acciones a crédito, sin pagar por ellas, así que sólo tenían que esperar unas semanas, vender y retirar beneficios sin desembolsar ni una sola libra.
Se invitó a participar en la Compañía a personalidades destacadas, como a Newton, científico de eminente prestigio y que en aquel momento era director de la Casa de la Moneda.
Pero, aún a pesar de esta fiebre especulativa, a nadie parecía importarle que, hasta este momento, la Compañía sólo hubiese realizado una operación insignificante con un barco y hubiese logrado comerciar con unos cuantos miles de esclavos.
La acción, que en mayo cotizaba a 550 libras, al comenzar el verano estaba ya en 1.000. Se calcula que, en aquel momento, el valor de la empresa equivalía a tres veces el precio del suelo de toda Inglaterra. Era obvio que la situación había llegado al extremo de la locura y los más avezados, e incluso los bien informados de lo que estaba sucediendo en Francia, empezaran a retirarse del juego.
Entonces llegaron las noticias de la quiebra de la Compañía francesa y empezó el miedo.
Para frenar la caída, la propia Compañía empezó a comprar acciones en los corrillos para intentar mantener la cotización a 800 libras. Esta operación acaba generando lo que se conoce como “autocartera”, que cuando se trata de un derrumbe, lo único que consigue es un cúmulo de acciones compradas muy por encima de su valor de mercado a la vez que una descapitalización de la empresa.
La situación sólo pudo mantenerse durante quince días y para entonces el miedo se había convertido en pánico.
Pero este pánico fue mayor en los accionistas apalancados en créditos, porque si tú eras un inversor que había comprado a inicios del año, a cien libras, tenías prisa por salir, con pena por haber perdido la oportunidad de vender en la cresta de la ola, pero igual ganabas algo al vender. Sin embargo, si para entrar en la especulación habías solicitado un crédito, todo lo que sacaras por debajo de la cotización a la que habías comprado, quedaba recogido en una deuda que te perseguiría en el futuro.
En septiembre la acción había bajado a 200 libras y en octubre a 150. Entonces aparecieron los tontos de última hora, que entraron a comprar, esperando un repunte, que se produjo, hasta las 300 libras, pero que no duró y sólo sirvió para que los que estaban dentro pudieran vender las acciones a un precio algo más alto. Fueron los últimos que perdieron, porque en diciembre la acción cotizaba al mismo valor que cuando empezó el año, 100 libras, que probablemente fuera un valor razonable de la Compañía.
Para el gobierno no todo había sido malo, porque se había desprendido del 80% de su deuda. Esto hoy día sería una catástrofe en cualquier economía moderna. Imaginad que en España, donde la deuda es casi el 100% del PIB, en menos de un año desaparecieran ahorros de particulares por valor del 80% de toda la producción nacional anual.
Miles de aristócratas y muchos prestamistas se arruinaron. Es cierto que hubo recesión en los siguientes años, pero a diferencia de Francia, la situación pudo resolverse porque en esos momentos Inglaterra estaba inmersa en lo que se llamó Revolución Industriosa y en puertas de que llegara la Revolución Industrial, de las que hablaré en próximas entregas.
La justicia actuó y hubo responsabilidades penales entre los directivos de la Compañía y algún miembro del Gabinete.
A pesar de todo, la Compañía del Mar del Sur sobrevivió a la tragedia y continuó operando hasta 1850.
Y el mismo Isaac Newton, a pesar de su mente brillante y de ser un altísimo cargo en la economía inglesa, perdió unas 20.000 libras, casi cuatro millones de euros de hoy. Parece que Newton dijo “puedo calcular el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura de la gente”.
Esto no puede volver a pasar, ¿verdad?
Esto de comprar expectativas en la confianza de que la tendencia va a ser infinita no es nuevo, pero se sigue dando. ¡El ladrillo nunca baja! Se decía hasta 2008. Las puntocom son el futuro, nos vaticinaban los gurús. Hoy vivimos todavía en la burbuja de las criptomonedas.
Acabo de buscar “Criptomoneda” en Google y lo primero que me salen son muchos reclamos publicitarios que incitan a su compra, llenan toda la primera página del buscador. Por poner un ejemplo, el primero dice: “Convierta su dinero en Crypto para la jubilación”. ¡No lo hagas, por favor! ¡El fantasma de John Law está detrás de ese anuncio!
Prometí poner ejemplos de disparates recientes, me he centrado en España para huir de los grandes ejemplos y porque seguro que a alguno de vosotros o a alguien cercano le han afectado, así que cerraré con los dos últimos.
Sofico
¿Alguien recuerda Sofico? Esto sucedió en la generación de mis padres y a un tío mío le soplaron sus ahorros. Veréis cómo.
En 1962 se fundó Sofico con un capital social de quince millones de pesetas para invertir en apartamentos en la Costa del Sol, prometiendo a grandes inversores (y al principio, dando) una rentabilidad del 10 %, que estaba por encima que la que se ofrecía en los bancos en esos momentos.
En 1969 se da un paso adelante y se lanza al mercado de particulares Sofico Renta, la empresa del “caballito de mar”, con participaciones mínimas de 25.000 pesetas y una rentabilidad prometida del 12 %. Estas 25.000 pesetas, actualizada según los datos de IPC del INE, serían ahora casi 3.500 €. Los vendedores de Sofico iban de puerta en puerta vendiendo contratos. Mi tío vivía en un pueblo de 5.000 habitantes, así que imaginad el número de vendedores que se pusieron en calle para vender el proyecto.
Ese mismo año de 1969, el Ministerio de Información y Turismo premió a Sofico con la Medalla de Plata del Mérito Turístico. En 1973, la Agrupación Nacional de Agencias de Viaje lo distinguió con un diploma por su labor en la promoción turística.
Pero lo cierto es que la empresa vendía participaciones en apartamentos de los que ni siquiera se poseían los solares para construir los edificios y el 12 % que se pagaba a los inversores provenía de la entrada de nuevos incautos que compraban nuevas participaciones. La situación era de estafa piramidal al puro estilo Ponzi.
En julio de 1974, Sofico dejó de pagar la rentabilidad prometida y en diciembre de ese mismo año presentó suspensión de pagos.
El fraude afectó a 25.000 pequeños inversores y fue de 3.200 millones de pesetas. Casi 500 millones de euros hoy, a una media de 20.000 euros actuales por inversor.
Tras trece años de pleitos, sólo dos personas fueron condenadas, una a nueve años y otra a dos de cárcel, amen de unas indemnizaciones milmillonarias en pesetas a los inversores timados, pero la sentencia se recurrió y al final, nadie fue a la cárcel y no se devolvió ni un duro a nadie.
Astroc
El sector inmobiliario no fue menos impudente que el puntocom. Traigo como ejemplo a Astroc porque tuvo el dudoso honor de ser la primera gran inmobiliaria en despeñarse, meses antes de que estallara la crisis de las subprime. Es decir, fue una burbuja en sí mismo y su desplome no tuvo nada que ver con la crisis inmobiliaria.
Astroc salió a bolsa a 6’4 € y en nueve meses cotizaba a 75 €, doce veces el valor de salida. Detrás de Astroc había grandes inversores, uno de ellos Amancio Ortega.
Pero, si alguien se hubiese preocupado de mirar las cuentas de Astroc, que eran públicas, porque cotizaba en bolsa, se habría dado cuenta de que para recuperar la inversión vía beneficios, habría tenido que esperar 172 años.
En abril de 2007 se hizo público un informe de auditoría que puso en negro sobre blanco lo que era evidente. La solidez de la empresa era muy cuestionable.
Y el 18 de abril de 2007, cuando la bolsa estaba exultante y todo el mundo encantado, los inversores de Astroc vieron con pánico que el precio de la acción cayó un 43% en un solo día. A finales de ese año, la Acción de Astroc cotizaba a 3 euros.
A modo de cierre
He traído tres burbujas famosas. Sobre ellas he leído varias veces que se produjeron debido a que se estaba en un capitalismo recién nacido y fueron fruto de la inexperiencia en las reglas de mercado. Pero yo no me lo creo y por eso he intentado apoyarme en ejemplos reales y cercanos que demuestran que lo que sucedió ha sucedido y va a volver a suceder, no tiene su origen ni en la inexperiencia ni en la falta de información.
Comencé este episodio con una reflexión de Cipolla en la que dice, más o menos, que una de las cosas que el ha observado en sus cuarenta años de experiencia es la tozudez en repetir errores de “Algunas personas que se creen, o quieren parecer, instruidas y avisadas”.
Resumiendo a Javier Ortiz en su excelente prólogo al libro de Mackay que os recomendaré al final: “las hormigas actúan en grupo por instinto, pero los inversores son personas que pueden tomar sus decisiones individualmente. Se ha dicho que los hombres piensan en rebaños, enloquecen en rebaños, pero recuperan la sensatez poco a poco y de uno en uno”.
Los teóricos del comportamiento económico alertan de dos peligros: la excesiva confianza en los conocimientos propios y el seguimiento de las decisiones de la mayoría. Esto genera una paradoja que evidencia Mackay: “si la locura es sostener algo contra la opinión de todos ¿cómo podemos estar todos locos cuando todos defendemos lo mismo?
Y para acabar, me quedo con el diagnóstico que hace Mackay sobre la causa de estos enloquecimientos: ……. la codicia.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [31], [33], [35], [42], [43], [44], [45], [46], [47].