lunes, 8 de julio de 2019

Era Moderna I: cuando el mundo fue todo el mundo

Imagen: Estrecho de Magallanes
(mapa de Jodocus Hondius de 1606).
Fuente: Wikimedia
Escuchar el audio (recomendado):


En unos días espantosos de destrucción y muerte, en 1453, los otomanos conquistaron y arrasaron Constantinopla, que pasaron a llamar Estambul.

Esta fecha está considerada como el tránsito de la Edad Media a la Era Moderna. Por supuesto, desde un punto de vista eurocéntrico muy discutible. Si el que lee esto está en otra parte del mundo, Constantinopla puede sonarle a algo lejano y las consecuencias de su caída, aparentemente, sólo afectaron a los europeos, aunque quizá no, como veremos. Hasta entonces, Europa era un rincón del mundo, que tenía su epicentro en Asia al que, de golpe y porrazo, dos estados, ambos ubicados en la península ibérica, situaron en pleno centro de los acontecimientos que habrían de venir: el mundo, gracias a Portugal y Castilla, comenzó a ser todo el mundo.

Existe un debate que a mí me parece baladí sobre si el tránsito de la Edad Media a la Era Moderna se debe ubicar en 1453 o 1492. En primer lugar, las fechas de tránsito son artificiosas siempre y se refieren a hechos demasiado concretos como para que afecten a todas las geografías. Pero, puestos a preferir una fecha para poner fin a la Edad Media, me gusta más la de la caída de Constantinopla por dos razones.

La primera es nemotécnica, llamémosla del estudiante perezoso. “Principio de la Edad Media: caída del Imperio romano de Occidente. Fin de la Edad Media: caída del Imperio romano de Oriente”. Como regla de aprendizaje no es mala, salvo que el estudiante viva, por ejemplo, en Mianmar, el Imperio romano le suene sólo de “algo”, y no tenga claro eso de que hubiera dos imperios romanos ni por qué.

La segunda razón, igual más transcendente, es de causa y efecto. Si el mundo se hizo mundo fue porque a raíz de que los otomanos rompieran el statu quo en el Mediterráneo, en 1453, otros encontraran la forma de aprovechar la situación, lanzándose a la navegación atlántica. Primero Portugal y Castilla, luego Inglaterra y Holanda.

Pero, antes de contar el desenlace, vamos a ubicarnos en el contexto regional previo a la aventura sobre lo que estaba pasando estos días en el mundo.

1. Lo que pasaba en Asia:

En Asia era donde realmente se cortaba el bacalao, desde hacía tiempo y por muchísimos años más. Datos del siglo XVIII, con todo el mundo descubierto y en funcionamiento, nos dicen que el ochenta por ciento del PIB mundial se generaba en Asia y el veinte por ciento que quedaba, era a repartir entre los otros cuatro continentes.

Hacia 1500, París, la ciudad más populosa de Europa, contaba con 125.000 habitantes, mientras que Estambul o Pekín rondaban los 700.000, seguidos por Calcuta, con 500.000 o El Cairo con 450.000.

En sociedades de base agraria, la existencia de grandes ciudades y el porcentaje de la población total que habita en ellas, son un indicador de la productividad agrícola, ya que sólo agriculturas relativamente productivas pueden permitirse el lujo de alimentar a tanta gente que no se dedica directamente a producir alimentos.

A principios del siglo XV, cualquiera habría vaticinado que la China del Imperio Ming estaba llamada a conquistar el mundo. Tenía cien millones de habitantes, estaba en el meollo del comercio mundial, había establecido colonias en todo el sudeste asiático, poseían una tecnología avanzada y su flota estaba muy por encima de lo que podrían soñar otros estados. Sus barcos eran los más grandes que nunca se hubieron construido, de varios pisos, auténticos campamentos flotantes, capaces de albergar centenares de soldados cada uno, con dimensiones increíbles hasta entonces: 120 metros de eslora (longitud del buque) y 48 de manga (anchura máxima). Comparadas con la Santa María de Colón, que sólo tenía 25 metros de eslora, eran auténticos titanes.

En la primera década del siglo XV se construyeron o rehabilitaron unos 1.700 barcos en China. La flota principal se puso a cargo del almirante eunuco Zheng He (lo de eunuco, como se verá, tiene cierta importancia). Se componía ésta de más de trescientas naves que transportaban a treinta mil personas. Con estos medios, la presencia china se hizo fuerte en toda la costa asiática.

Pero en el decenio de 1430 subió al trono un emperador nuevo, muy influido por mandarines confucianistas que veían con malos ojos al comercio, porque para ellos, la única fuente verdadera de riqueza era la agricultura. Este grupo de presión era muy crítico con los eunucos que, según ellos, con sus aventuras marítimas habían agotado las arcas del Imperio y debilitado su autoridad sobre la población.

Para empeorar las cosas, en la frontera noroeste, los mongoles no dejaban de incordiar y fue más importante consolidar la fuerza continental que la expansión marítima. La amenaza mongola hizo conveniente trasladar la capital a Pekín, más al norte, cuando además de consolidar murallas era necesario construir un palacio nuevo suficientemente amplio (de algo más de 9.000 habitaciones). Los campesinos venían de estar obligados a prestar servicios durante treinta días, pero esta vez hubo que hacer una excepción y se les mantuvo en el tajo estatal durante varios años. ¡Cómo para ponerse a pensar en construir barcos! Así, entre unas cosas y otras, China se recluyó y en vez de ser un portador de mercancías que llevaba sus productos a otros lugares, se convirtió en un receptor de ofertas comerciales cuando estas llegaran, que llegaron, sobre todo con Portugal, luego con el comercio español en Manila y poco después con ingleses y holandeses.

La locura china anti expansionista llegó a tal punto que no sólo se abandonó la exploración marítima, sino que se erradicó el recuerdo de ella. En 1500, quien construyera una nave de más de dos mástiles se enfrentaba a la pena de muerte, en 1525, sus autoridades costeras, tenían orden de destruir cualquier barco y en 1550 se consideró criminal a cualquiera que navegara.

También en Asia, la India del Imperio Mughal era un gran polo industrial en contacto con los comerciantes árabes y a punto de ser visitado por los marinos y comerciantes portugueses. La India de esta época puede considerarse una de las zonas más ricas del mundo y foco comercial del Índico, tanto con China como con los árabes.

2. Lo que pasaba en el islam:

A pesar de que en la Península Ibérica el mundo islámico estaba en retroceso y próximo a su desaparición, la situación global era de expansión, tanto geográfica como de actividad comercial. Las caravanas árabes llegaban hasta el África subsahariana, eran los amos indiscutibles del mar Rojo, por mar llegaban hasta Mozambique y aunque su religión estaba siendo desalojada de Europa occidental, en Oriente seguían ganando adeptos, lo que les daba facilidades para el comercio.

Una vez que los otomanos entraron en Constantinopla y no dejaron títere con cabeza, no pararon ahí y en los setenta años siguientes ocuparon los Balcanes y la costa del Danubio, llegando a cercar Viena en 1529. En el Mediterráneo, desplazaron a venecianos y genoveses durante siglo y pico, hasta que la flota de la Liga Santa que unía las fuerzas de España, Venecia y el Papado vino a poner las cosas en su sitio en la batalla de Lepanto.

3. Lo que pasaba en África:

Casi siempre que busco referencias sobre historia económica africana me encuentro con poca información sobre ellos y mucha sobre lo que hicieron otros a partir de ellos.

Ya se ha dicho que las caravanas árabes se movían por la mitad norte del continente. Más tarde, cuando lleguemos a Portugal, veremos que éstos establecieron colonias en su costa y que dos colectivos, los africanos y los amerindios, sin saberlo, estaban preparándose para ser actores de reparto en una película muy triste. 

4. Lo que pasaba en Europa:

Me refiero aquí a la parte izquierda europea, porque en la zona oriental, entre el recrudecimiento de la servidumbre y los otomanos dando palos, las cosas no andaban finas.

En el aspecto demográfico, tras el desastre que había supuesto la Peste Negra, después de cien años, el asunto se iba arreglando poco a poco. La recuperación fue por zonas, dada la desigualdad regional que existía, pero puede considerarse que, a pesar de tener distintas velocidades según las geografías, el crecimiento fue generalizado.

A mediados del siglo XV, un siglo después de los devastadores efectos de las hambrunas y la Peste, se estima que la población europea era de aproximadamente 50 millones de habitantes, aún menor que los habitantes existentes antes de la Pestilencia, pero que empezaba a crecer con un ritmo sostenido.

La incidencia de la peste y otras enfermedades epidémicas, al parecer, disminuyó gradualmente, quizá como resultado de una creciente inmunización natural de la gente, o de cambios climatológicos que entorpecieron la acción de los portadores. El clima tal vez mejoró.

Europa se encontraba muy lejos de los grandes circuitos comerciales que estaban situados en el océano Índico y el mar de la China y su conexión con ellos se producía a través de las grandes caravanas de la ruta de la Seda, dominadas por un islam al que no podía considerarse precisamente un aliado. Si añadimos a esto el despeje que hicieron los otomanos en el Mediterráneo, la situación no pintaba bien para el comercio europeo de distancia.

A finales de la Edad Media, uno de los comercios más prósperos que existían en Europa era el de las especias (pimienta, clavo, nuez moscada, jengibre, etc. así como algunos tintes para tejidos). La utilidad de las especias era convertir a los alimentos en comestibles, ya que tapaban o disimulaban los olores y sabores de carnes y pescado que muchas veces estaban en proceso de descomposición cuando iban a ser ingeridos. Además, para el comercio de distancia, su atractivo residía en el elevado valor por unidad de peso.

Obviamente, la expansión otomana por el Mediterráneo asestó un golpe grave al comercio de las especias asiáticas, así que hubo que hacer algo para solucionar la situación, en función de las posibilidades existentes.

La clave de la solución la resume Cipolla en el título de uno de sus libros: “Cañones y Velas”. Los europeos habían avanzado poco tecnológicamente y su economía, eminentemente agraria, estaba creciendo de forma extensiva y no por mejoras en nuevos convertidores mecánicos. Sin embargo, desde hacía tiempo, dos industrias habían avanzado sustancialmente, la de construcción de barcos y la de la guerra. Esto venía potenciado por una tercera innovación, de índole política, que se reforzó a partir de la Peste Negra: los gobiernos absolutistas. Estos estados modernos eran más fuertes y en ocasiones más extensos, los nuevos monarcas tenían más poder y más medios para acometer grandes proyectos de expansión territorial y hacer la guerra de forma distinta. En ellos, ya no se desplazaban enormes ejércitos por tierra, bastaba con enviar barcos maniobrables y bien artillados.

De una Europa feudal tremendamente fragmentada, se empezó a producir una “simplificación” política imparable. De las 1.000 unidades políticas en el siglo XIV se pasó a unas 500 en el siglo XVII (y sólo 25 hacia 1900) que luego aumentó tras los tratados posteriores a la Gran Guerra.

Respecto a las innovaciones en la navegación, desde el siglo XIII venían confluyendo las mejoras en las técnicas de construcción del Norte con las del Mediterráneo y el resultado fue unos barcos más grandes, más manejables, con mayor capacidad de carga, que podían realizar travesías mucho más largas en las que se utilizaba el astrolabio y la brújula, cuyo uso ya venía de lejos.

El timón de popa, de bisagras (también llamado de codaste), sustituyó al remo de dirección, lo cual mejoró la maniobrabilidad. Los navíos eran ahora de casco redondo, esto aumentaba la capacidad de carga y el mayor tamaño permitía colocar tres o cuatro velas, combinando cuadradas y latinas, lo que mejoró el empuje e hizo innecesario el uso de remeros, liberando así más sitio. La nueva combinación de velas permitía navegar incluso con vientos desfavorables.

A todo ello hay que sumar el uso del acero en espadas, picas y corazas, y la construcción de cañones en bronce o hierro, cada vez más ligeros, que empezaron a montarse en las naves a partir del siglo XIV.

Mucho antes de que las naves de Colón llegasen al Caribe, los europeos estaban explorando el mundo en el eje Norte Sur. Especialmente había interés por navegar a lo largo de las costas africanas, más desconocidas. Los genoveses, hacia 1300 habían enviado una expedición con galeras de remos para descender por las costas africanas, pero esa expedición no volvió y nunca más se supo de ella. Los italianos fueron conservadores en el diseño de sus barcos y otros países, más innovadores, les tomaron la delantera, especialmente flamencos, holandeses y portugueses.

5. Lo que pasaba en América:

En la América continental que se iban a encontrar los españoles pocos años más tarde, destacaban dos grandes civilizaciones: la Azteca, que desde México dominaba gran parte de Centroamérica y la Inca, en el altiplano andino, con una longitud de unos 4.000 kilómetros desde las actuales Colombia hasta el norte de Argentina y Chile.

Ambas civilizaciones, que podríamos llamar imperios, tenían mucho en común. Las dos estaban gobernadas por reyes que a su vez ejercían de sumos sacerdotes  Moctezuma, en el caso azteca, a la llegada de Cortés y Atahualpa, en el inca, cuando apareció Pizarro. Ambas, también, se habían formado a costa de dominar a pueblos vecinos con un uso indiscriminado del terror. Los aztecas, por ejemplo, habían sojuzgado a la civilización Maya. En definitiva, ambos eran muy guerreros y muy poderosos, pero digamos que poco queridos por los alrededores. ¡Ah, y ambos eran inmensamente ricos!

Los aztecas habían desarrollado una civilización muy urbanizada. Su capital, Tenochtitlán, tenía medio millón de pobladores (recordemos que, en aquellos años, la mayor ciudad de Europa, París, tenia 125.000). Recogían tributos en especie de los pueblos conquistados (alimentos, piedras preciosas, oro, plata) también hombres, muchos de los cuales acababan siendo usados en sacrificios rituales. Su agricultura se basaba en el maíz y era muy productiva, carecían de animales de tiro, poseían ciertos conocimientos astronómicos y tenían una escritura algo tosca.

Los Incas desconocían la rueda, claro que igual lo escabroso del terreno en el que se movían hacía a ésta poco útil o incluso innecesaria. Aunque tampoco disponían de animales de tiro, usaban llamas y alpacas para el transporte. No tenían propiedad privada ni practicaban el comercio. Recogían tributos en especie de los pueblos conquistados y su economía se basaba en el trabajo forzado y el cultivo del maíz y la mandioca. Desconocían la escritura, pero la sustituían con un sistema de notación basado en cuerdas y nudos que aún no ha logrado descifrarse. Su extenso imperio estaba recorrido por una red de caminos empedrados que los mensajeros imperiales recorrían continuamente, a pie. También construyeron grandes ciudades y edificios civiles, como Cuzco, Cajamarca o Callao. Cuando llegó Pizarro acababan de salir de una guerra civil muy cruenta.

6. Lo que pasaba en la Península Ibérica:

Tres décadas después de la caída de Constantinopla, la Península estaba regida por cinco coronas: Castilla, Aragón, Portugal, Navarra y Granada, aunque a la de Granada le quedaba muy poco para desaparecer de la lista.

El heredero aragonés, Fernando, y la aspirante a usurpar la Corona castellana, Isabel, habían establecido una alianza matrimonial que desembocó en una guerra civil en Castilla entre los partidarios de estos y los de la hija del rey fallecido, a los que apoyaba Portugal. La situación se resolvió a favor de los que luego serían conocidos como los “Reyes Católicos”. Permítaseme no entrar en la cuestión dinástica de Juana la Beltraneja y su padre, Enrique IV, llamado el impotente, porque la entrega se haría muy larga y se apartaría del objetivo.

En aquel momento, Portugal hacía mucho que había concluido sus guerras contra los moros y le preocupaba convertirse en una potencia atlántica, mientras que los planes de Aragón y Castilla estaban centrados en acabar con el reino de Granada.

Portugal llevaba, desde principios de siglo, realizando un trabajo concienzudo de exploración de la costa africana y, entre otras bases importantes, dominaba los archipiélagos de Azores, Madeira y Cabo Verde. Castilla había hecho sus pinitos, conquistando Canarias. Aragón, por su situación geográfica, siempre había estado más preocupado por el Mediterráneo y allí, bastante tenía con la amenaza turca.

Así que, al finalizar la guerra civil castellana, en la que Portugal había tenido parte activa, para poner orden a las cosas, Castilla y Portugal firmaron el tratado de Alcaçovas por el que Portugal reconocía a Isabel y a cambio obtenía algo que le interesaba sobre manera: eliminar la competencia castellana en su expansión atlántica hacia el sur, con el objetivo de rodear la costa africana y llegar a las Indias.

Por el tratado de Alcaçovas, Castilla reconocía a Portugal el derecho sobre las rutas y tierras del Sur, con la excepción de Canarias, cuyo dominio castellano era reconocido por Portugal.

7. La herencia de Enrique el Navegante:

Desde finales de la Edad Media, Portugal era una nación dedicada a la pesca de altura y el comercio con el norte de Europa, incapaz de competir en el Mediterráneo con los navegantes italianos, de ahí que aprovechara su situación periférica para hacerse la dueña del Atlántico.

Los éxitos portugueses en la navegación atlántica y luego asiática no fueron fortuitos, se debieron a un trabajo constante de estudio, conocimiento y avance paso a paso en las técnicas de construcción naval y de navegación que en buena parte fueron fruto del patrocinio de Enrique el Navegante.

El infante Enrique era el hijo menor del rey de Portugal. Desde muy joven se trazó el objetivo de alcanzar el océano Índico bordeando la costa africana.

Su primer paso fue convencer al rey, su padre, de la importancia de establecer bases estables en África. La conquista de Ceuta en 1415 fue la primera meta y a partir de ahí, la Corona portuguesa realizó incursiones casi anuales por la costa africana, en las que se constituyeron colonias, especialmente tras la conquista de Madeira y Cabo Verde.

Más tarde, el Infante estableció su base en Sagres, al extremo sudoeste de Portugal, muy cerca del Cabo de san Vicente. Allí reunió astrónomos, geógrafos, cartógrafos y navegantes de todas las nacionalidades. En Sagres, sus marineros trazaron cartas de las costas y las corrientes, descubrieron o redescubrieron y colonizaron las islas del atlántico y establecieron relaciones con los jefes nativos de la costa africana. Cuando Enrique murió, sus expediciones habían llegado más allá de las costas de Cabo Verde.

Muerto Enrique, el patronato real a la exploración decreció sustancialmente, probablemente muy influido por haber encontrado un filón en el reino nativo de Ghana, con el que los mercaderes portugueses mantenían un lucrativo comercio basado en marfil, oro y esclavos.

Veinte años después de morir el Navegante, llegó al trono Juan II de Portugal, que retomó el proyecto de su tío abuelo con el mismo entusiasmo y a un ritmo acelerado.

En pocos años, los navegantes portugueses llegaron casi al extremo de África y todos estaban seguros de que estaban a punto de conseguir el objetivo de bordearla. Juan, entonces, envío dos expediciones paralelas, una al sur y otra al este. 

Costa africana abajo, siempre por mar, navegó Bartolomé de la Cosa, que dobló el cabo de Buena Esperanza, al que llamó cabo de las Tormentas. Mientras, por el Mediterráneo y luego por tierra hasta el mar Rojo, viajó Pedro de Covilao, que llegó a los límites occidentales del océano Índico.

8. Y en eso llegó Colón:

De Cristóbal Colón hay pocas cosas seguras, pero una es indiscutible: ¡sabía nadar bien!, porque después de un rifirrafe entre la nave genovesa en la que navegaba y otra corsaria, se salvó llegando a nado a las costas del Algarve, desde donde partió hacia Lisboa para buscar la ayuda de uno de sus hermanos y otros contactos genoveses. Esto sucedió hacia 1476.

En Portugal no le fue mal, llegó a ocupar un puesto importante como enlace de una casa de mercaderes genoveses, se casó con una mujer perteneciente a la nobleza segundona y realizó viajes atlánticos hacia el norte y el sur durante algunos años.

Sea como fuere, vaya usted a saber, hacia 1483, cuando las tripulaciones portuguesas todavía andaban abriéndose camino por las costas africanas, pudo Colón acceder al rey de Portugal para presentarle su proyecto de llegar a la Indias navegando hacia el oeste y no hacia el este. El asunto no extrañó, porque se sabía desde tiempos inmemoriales que la Tierra era una esfera, otra cosa eran sus dimensiones.

El proyecto se estudió y se rechazó, más adelante podremos especular por qué. Portugal estaba enfrascado en sus expediciones africanas y a punto de llegar a las Indias por el este. Así que Colón se dirigió a los monarcas que tenía más a mano y volvió a presentar su proyecto a los reyes de Castilla y Aragón, pero estos estaban en plena fase final de la guerra contra Granada y no le hicieron ni caso. Colón acudió entonces a los reyes de Francia e Inglaterra que no le hicieron más caso que los anteriores.

La hipótesis de Colón era que la distancia entre las Azores y las tierras del Khan donde se encontraban las valiosísimas especias era poco más que la equivalente a atravesar el Mediterráneo. Y no era cierto, es más, sólo la distancia hasta el inexplorado Caribe duplicaba las dimensiones del Mare Nostrum, de la distancia para llegar a Las Indias ni hablamos, especialmente si había que sortear el continente americano, bordeándolo. Esta pudo ser la razón por la que los geógrafos portugueses rechazaron su plan, considerándolo alocado porque ellos tenían un conocimiento más exacto de las dimensiones de la Tierra.

En los primeros días de 1492 capituló Granada y la reina Isabel, convencida por algunos de sus consejeros más cercanos se atrevió a financiar la expedición. Colón izó velas el 3 de agosto en Palos y, después de bajar hasta las Canarias, se dispuso a atravesar el Atlántico hasta las primeras tierras que encontró, donde llegó “por los pelos” el 12 de octubre, porque la tripulación se sentía engañada y la opinión general era tirar al almirante por la borda y volver a casa.

Tras algunas semanas de reconocimiento por las islas a las que había llegado, volvió a España para dar la “gran noticia”, con las manos tan vacías como en sus tres siguientes viajes, porque ni en aquel ni en los sucesivos consiguió que alguien le diera referencias de un tal Gran Khan ni de Cipango y de lo que es clavo, pimienta etc. ni un gramo. De oro y plata, encontró muy poco.

La vuelta del primer viaje fue muy accidentada y paradójicamente tuvo que atracar en puertos portugueses, de forma que el descubrimiento llegó antes a los oídos del rey Juan de Portugal que a los de Isabel de Castilla. Los portugueses no daban crédito, ellos llevaban cien años trabajando en la aventura atlántica con expediciones planificadas, geógrafos, cartógrafos y todo tipo de medios y de pronto, un puñado de castellanos se habían montado en tres barcos y lograron, en un solo viaje, lo que ellos no habían conseguido en tanto tiempo.

Inmediatamente después de la vuelta de Colón, los reyes pidieron al Papa un una “línea de demarcación” para confirmar el título de españolas a las tierras recién descubiertas. Esta línea se situó a uno 600 kilómetros al oeste de las islas Azores. Al año siguiente, 1494, en el tratado de Tordesillas, los portugueses convencieron a los españoles para que esa línea se desplazase aproximadamente 400 kilómetros más al oeste. Aquí los portugueses ya estarían mejor ubicados, porque ganaron los derechos sobre la panza americana en la que está Brasil. En 1500 navegaron directamente hacia allí y lo reclamaron para Portugal.

A los seis meses de haber vuelto, el segundo viaje de Colón ya definió la política de asentamiento de la Corona de Castilla. Esta segunda expedición la componían 17 naves, 1.500 hombres y suficiente equipamiento para establecer una colonia permanente, con granjeros artesanos y ganaderos, incluido ganado vacuno y otros animales. El primer asentamiento castellano fue en La Española y resultó un desastre. Los colonos españoles se sentían engañados y parece que los Colón no supieron gobernar la situación de descontrol que se había generado. En su tercer viaje, Colón fue devuelto a España cargado de grilletes. Allí se le perdonó y se le encomendó un cuarto viaje, en 1502, para encontrar un paso a Catay, a ver si había suerte y encontraba algo de valor, más allá de las islas paradisíacas en las que todos nos quisiéramos jubilar hoy día.

Sólo en sus dos últimos viajes, Colón entró en contacto con el continente, siempre buscando un camino para llegar a las Indias, pero murió desacreditado y enfrascado en su idea de haber llegado a las costas de China, India o Japón.

9. La reacción portuguesa:

En palabras de Landes, “el descubrimiento de Colón conmocionó a los portugueses como conmocionó el Sputnik a los norteamericanos”. Ellos habían sido los primeros a los que el genovés les había propuesto el proyecto y habían sido tan torpes de rechazarlo. ¡Era injusto!, después de muchas décadas intentando rodear África con expediciones caras, sistemáticas y planificadas, llegaban los españoles y en un solo intento llegaban a Asia o quizá descubrían un nuevo mundo.

¡Había que reaccionar rápidamente! Así que en 1497 levaba anclas en Lisboa una pequeña flotilla de cuatro naves bajo el mando de Vasco de Gama con el perenne objetivo de llegar a la India circunnavegando África. El viaje se prolongó por más de 40.000 kilómetros, duró más de dos años, partieron 170 personas y sólo volvieron 54. 

Vasco de Gama Llegó hasta Calcuta, en la India. A causa de motines, enfermedades, tormentas y piratas árabes que se encontró, perdió dos de las cuatro naves y dos tercios de su tripulación. Sin embargo, la carga de especias con la que volvió fue suficiente para pagar varias veces el coste del viaje.

Por lo oído de las expediciones de Colón, ellos iban cargados de chucherías, cuentas de vidrio y camisas malas, pero a diferencia del Caribe, los comerciantes musulmanes con los que se encontraron no vieron en absoluto atractivas estas baratijas. Allí se conocía la diferencia entre chucherías y objetos preciosos y los tejidos que ellos fabricaban eran de mucha mejor calidad que los europeos.

Gama volvía a Lisboa con las manos tan vacías como su colega Colón, cuando tuvo la suerte de avistar un pequeño navío musulmán cargado de especias, que logró capturar. La rapiña obtenida fue suficiente para disculpar económicamente la expedición y fijó un precedente, al basar el éxito económico en la fuerza de las armas, por encima de la competitividad comercial.

La relevancia de la expedición de Vasco de Gama fue la información que trajo a Lisboa. En primer lugar, habían comprobado que los europeos eran más poderosos que los nativos, tenían mejores naves y fusiles, así que el uso de la fuerza era posible. En segundo lugar, aunque no habían podido comerciar con fruslerías, como los españoles hacían en un Caribe sin muchas posibilidades, si llevaban oro a la India, podrían comprar infinidad de especias a precios irrisorios en Europa. Cincuenta kilos de pimienta podían pagarse en Calcuta a tres ducados. Esta cantidad, viajando por los circuitos tradicionales, pasando por media docena de intermediarios, pagando peajes y sobornos, se vendía en Venecia por ochenta ducados, casi treinta veces el precio pagado. Ante este beneficio ¿qué coste tenía equipar una flota? ¿qué valor tenían las vidas de los marinos?

Menos de seis meses después del regreso de Vasco de Gama, Portugal envío una segunda flota a la India con los objetivos mucho más claros. La componían trece naves y 1.200 hombres, la mayoría soldados. Su misión era hacer negocios y no meterse en líos, pero sin dudar en hundir a cañonazos a cualquier nave enemiga que se les antepusiese.
Con esta nueva misión, Europa empezó a dejar claro que, allí donde fuera, impondría su poder a todo aquel que se encontrara al alcance de sus cañones navales.

Los portugueses no tardaron en capitalizar su ventaja. En diez años barrieron a los árabes del océano Índico y establecieron puestos de comercio fortificados desde Mozambique y el Golfo Pérsico hasta las Molucas. En 1513, uno de sus barcos arribó a Cantón, al sur de China, y para mediados de siglo habían iniciado ya relaciones comerciales y diplomáticas con Japón.

Portugal no intento colonizar ni conquistar el interior de la India, África o las islas, contentándose con controlar las rutas marítimas desde los fuertes estratégicos y los puestos comerciales.

Para controlar el negocio marítimo, hacia 1500 se estableció en Lisboa la Casa de Indias, a la que se otorgó el monopolio del comercio con Oriente, la supervisión de la navegación y el cobro de impuestos.

A semejanza de Portugal, Castilla organizó la explotación económica de América a través de la Casa de Contratación de Sevilla, a partir de 1503, que perduró hasta el siglo XVIII. La Casa organizaba los convoyes anuales a América, cobraba la parte correspondiente al rey de las remesas de metales (un quinto de todo lo producido; el llamado Quinto Real) y otros aranceles y derechos sobre las mercancías. También se ocupaba de la formación de los pilotos y el registro de cartas náuticas y mapas.

10. La reacción europea

La noticia del descubrimiento de Colón se expandió como la pólvora. En 1497, los mercaderes de Bristol respaldaron dos viajes en los que se descubrieron Terranova y Nueva Escocia, pero como no encontraron especias, metales preciosos o algo vendible, se perdió interés. Los franceses también lo intentaron y llegaron al río San Lorenzo, reclamando para Francia lo que acabó llamándose Canadá. Tampoco estos pusieron mayor interés, salvo para pescar en los grandes bancos de Terranova.

11. Hay que llegar a Catay

En 1519, Fernando Magallanes, un marino portugués que había caído en desgracia en su país, convenció al rey de España para organizar una expedición de cinco barcos a las islas de las especias, bordeando América hacia el sur y luego yendo directamente a Asia, que él situaba a pocos días de navegación de Panamá.

Magallanes, igual que Colón, se basaba en datos equivocados sobre las dimensiones de la Tierra. Parece ser que partía de las estimaciones de Ptolomeo, que calculaba que el radio terrestre era de cuatro mil kilómetros en vez de los más de seis mil que tiene. Este error acortaba el perímetro terrestre en quince mil kilómetros, que fueron los que Magallanes se encontró delante de él cuando abandonó América por su lado occidental para intentar llegar a su destino.

La primera dificultad fue encontrar un paso navegable, que él situaba en el Río de la Plata, pero que resultó ser una fake new. Así que tuvo que seguir bajando hasta llegar al tormentoso y traidor estrecho que hoy lleva su nombre. Una vez atravesado éste, se adentró en lo que él llamó “Mar Pacífico”, borrando de la Historia el nombre de “Mar del Sur” que le había dado Núñez de Balboa, pocos años antes.

El océano Pacífico atrapó a la expedición durante meses de hambre, enfermedad y finalmente la muerte de Magallanes y la mayoría de su tripulación.

Por fin, uno de los oficiales de Magallanes, Sebastián Elcano, consiguió llevar el único barco superviviente y su exigua tripulación a través del océano Índico y de vuelta a España, al cabo de tres años, convirtiéndose en los primeros hombres que habían navegado enteramente alrededor de la Tierra sin habérselo propuesto.

De los 239 hombres que salieron, sólo 18 llegaron en el viaje de vuelta, más tarde regresarían otros 17 que habían sido apresados por los portugueses en las costas de África. A pesar de todo, la carga de especias que los exiguos restos de la expedición había logrado traer a Sevilla, fueron suficientes para financiar los costes totales de la expedición. Como logro adicional, incorporaron Filipinas a la Corona, que constituyó un punto comercial de primer orden para el comercio español con Asia.

12. No todo fue plata

Como veremos más adelante, la minería de la plata americana fue el producto estrella durante más de un siglo, pero hubo muchos otros intercambios, que ahora tenemos normalizados, y que se produjeron durante las primeras décadas de la expansión española y portuguesa.

De Europa a América se llevaron cereales y ganado, que pronto generaron productos de exportación, como los cueros y sobre todo el azúcar, la cual pasó de ser cosa de ricos a un producto popular con gran demanda en Europa que, con el paso del tiempo, dio lugar a grandes plantaciones en las que, a falta de amerindios, se recurrió a esclavos africanos por parte de españoles, portugueses y luego ingleses y franceses.

Sobre el comercio humano, los portugueses partían de una excelente posición, ya que tenían la costa africana sembrado de puestos comerciales. Ellos dominaron este siniestro y lucrativo negocio, que regulaban a pachas con la Corona española mediante el llamado “asiento de negros”, con bases en el golfo de Guinea y Angola.

En cuanto a agricultura, de América llegaron productos que cambiaron radicalmente la economía agrícola y la alimentación de la población y del ganado europeos. Importante fue el maíz, que se aclimató en muchas regiones, con mayores rendimientos que los cereales tradicionales.

Portugueses y españoles expandieron el mundo, no sólo geográficamente sino también en los usos cotidianos. De América se importaron las patatas, los tomates, las judías verdes, los pimientos rojos, las calabazas y el maíz, así como el pavo domesticado, que llegó a Europa desde México.

El arroz, originalmente de Asia, se naturalizó tanto en Europa como en América. Tintes exóticos como el índigo o la cochinilla dieron color a los tejidos europeos y los hicieron más alegres y fáciles de vender tanto en Europa como en ultramar. El café de África, el cacao de América y el té de Asia se convirtieron en bebidas europeas básicas. El algodón y el azúcar, aunque ya conocidos en Europa, nunca habían sido producidos o comercializados a tan gran escala.

La porcelana china tuvo una historia similar. El tabaco, una de las contribuciones americanas a la civilización más célebre y controvertida, pronto adquirió popularidad en Europa. En años posteriores, las frutas tropicales y los frutos secos complementaron la dieta de los europeos, y las pieles y los cueros, las maderas exóticas y las nuevas fibras pasaron a constituir una parte importante de los productos europeos.

13. Los españoles por fin encontraron tajo:

A los españoles no les iba nada bien en los asentamientos que estaban realizando en esas nuevas tierras a las que habían llegado, porque todo el mundo empezaba a tener claro que aquello no eran las tierras buscadas y para llegar a las especias había que seguir hacia el Este. Así que, erre que erre, había que encontrar el camino. Especias seguía sin haber, pero en las incursiones en el continente, guerreando muchas veces contra los indígenas, encontraron que algunos portaban adornos de oro, que nunca dudaron en apropiarse con toda la brutalidad que fuera necesaria e incluso más. Pero estas rapiñas no lograban justificar la presencia de tantos hombres ni la inversión de la Corona.

Fueron muchas las expediciones que fracasaron, muchos los aventureros muertos, unos de enfermedades, otros de hambre o manos de los pobladores (ojo, que también llegaron a matarse entre ellos), pero la aventura militar siempre estuvo acompañada de una violencia desmedida por la que siempre se ha criticado a España.

Las dos expediciones que se han hecho más famosas son la de Hernán Cortés y la de Francisco Pizarro. La primera desbarató al Imperio azteca y la segunda hizo lo propio con el Inca, consiguiendo ambas los tesoros de sus reyes y sus templos y marcando un hito en la conquista que, después de treinta años de aventuras y sinsabores, empezaron a verse dueños de la situación.

14. Los gérmenes, esos grandes aliados

En “La Guerra de los mundos”, de George Wells, los gérmenes son los que logran salvar a la humanidad al contagiar y matar a los alienígenas que invadían la Tierra. En América sucedió a la inversa, fueron los alienígenas los que, sin saberlo, portaban esos gérmenes que diezmaron a la población y allanaron el camino de Pizarro y Cortés.

Todo arranca casi quince mil años antes, cuando los primeros pobladores del continente viajaron desde Rusia a Alaska a través del estrecho de Bering coincidiendo con una glaciación que lo hizo transitable.

En aquel momento no había sucedido aún la Revolución Neolítica, en la que el hombre domesticó a los animales y empezó a convivir con ellos. Durante el neolítico, los animales transmitieron al hombre muchas enfermedades ante las que asiáticos africanos y europeos estaban relativamente inmunizados, hasta el punto de que se convirtieron en enfermedades de la infancia.

Pero en América apenas se habían domesticado animales y allí no había cerdos, gallinas, caballos o vacas; por eso, los patógenos que portaban los europeos eran nuevos para ellos y la consecuencia fue atroz.

Pero de esto no podemos culpar a los españoles porque, si no hubieran sido ellos los primeros en llegar al Continente, era cuestión de años que lo hubieran hecho otros y, por muy pacífica que hubiera sido otra expedición, las consecuencias hubieran sido las mismas. En este sentido, habría hecho el mismo daño una expedición de monjes tibetanos liderados por el Dalai Lama.

El trabajo forzado de los indígenas en minas y plantaciones vino a rematar la catástrofe, donde el muy posible hacinamiento y las duras condiciones de trabajo no ayudaron a fortalecer a la población contra las enfermedades.

La viruela, sobre todo, el sarampión, la gripe, el tifus y otras enfermedades actuaron, provocando la crisis demográfica. Se calcula que entre 1492 y 1650 la población amerindia se redujo entre un cincuenta y un noventa por ciento. Por ejemplo, se estima que en 1532 México contaba con más de 16 millones de habitantes nativos, de los que en 1602 sólo quedaban poco más de un millón. 

15. Bien vale un Potosí

La primera fuente de extracción de riqueza fue relativamente sencilla y rápida, el robo y el saqueo. Para ir más allá, para conseguir más, había que recurrir a la potencialidad extractiva, que fue la explotación minera que se comenzó en la década de 1540 en las minas de plata de Zacatecas en México y muy por encima, de Potosí, en Bolivia.

Potosí está en los Andes, a 3.800 metros de altitud, en una zona prácticamente inaccesible. Pese a ello, la necesidad de mano de obra hizo que su población creciera hasta los 150.000 habitantes.

La plata de las minas españolas del continente americano fue creciendo, desde 150 kilos anuales en la década de 1520 a casi tres millones de kilos en la de 1590.

Neil Mac Gregor afirma que, sin Potosí, la historia del siglo XVI europeo hubiera sido muy diferente. Fue la plata americana la que hizo de los reyes españoles los gobernantes más poderosos de Europa y pagó sus ejércitos y armadas. Permitió a la monarquía española combatir a franceses, holandeses, ingleses y turcos, estableciendo una pauta de gasto que en última instancia habría de rebelarse ruinosa.

Igual que sucedió en las antiguas minas romanas de azufre, las condiciones de trabajo en Potosí fueron letales. A un ritmo y condiciones de trabajo penosos, se añadía el frío de las montañas, por lo que la pulmonía era un peligro constante y el envenenamiento por mercurio acechaba a los que trabajaban en el proceso de refinado, que se hacía por amalgamación. Hacia 1600, cuando el índice de mortalidad se disparó entre las comunidades indias autóctonas, se llevó a Potosí a decenas de miles de esclavos africanos para sustituirles. Éstos resultaron ser más resistentes que la población local, pero también ellos murieron en gran número.

En la ceca de Potosí se acuñaba la más famosa de todas las monedas, el Real de a Ocho, desde allí, las monedas se cargaban a lomos de llamas para realizar un viaje de dos meses a través de los Andes hasta Lima y la costa del Pacífico. Desde aquí, la flota del tesoro llevaba la plata de Perú a Panamá, donde era transportada por tierra a través del istmo, para luego cruzar el Atlántico en convoyes.

La irrupción de tanta plata en Europa aumentó enormemente las reservas europeas de masa monetaria, triplicándola al menos en el curso del siglo XVI y dando lugar a un siglo inflacionista que se conoce como el de la Revolución de los Precios. Hasta entonces habían sido habituales las bruscas oscilaciones anuales o estacionales, fruto de las variaciones de las cosechas. Lo nuevo era una inflación sostenida. Aunque muy pequeña si se mide con parámetros actuales (un 1,4 por ciento anual acumulado) sin embargo, a los coetáneos les pareció catastrófica. La subida de los salarios estuvo por debajo de la de los precios, con lo que los salarios reales se vieron mermados.

Podría pensarse que entonces, en España, se ataba a los perros con longaniza, porque aquí deberían ser ricos todos. Pero no, la situación era muy distinta y la realidad fue que la sociedad estaba empobrecida y nadie veía un chavo de plata, porque todo iba a manos de los banqueros europeos (muchos italianos) que financiaban las guerras de religión de la Corona española. De hecho, la mayoría del comercio hacia América se basaba en productos extranjeros con lo que el comercio nacional empeoró y España empezó a vivir una mala racha que duró mucho tiempo. Pero eso es otra historia.

Acabo con el resumen del viaje de la plata, creo que brillante, de Francisco de Quevedo en su sátira:

Nace en las Indias honrado, donde el mundo le acompaña; viene a morir en España, y es en Génova enterrado...Poderoso caballero es don Dinero.

Fuentes de la bibliografía: [1], [3], [6], [10], [13], [31].

Escuchar el audio (recomendado):